King Vidor, Marion Davies y las tartas de crema

A finales de los años 20, King Vidor había estrenado dos de las grandes obras del cine mudo americano: El Gran Desfile (1925) e Y el Mundo Marcha (1928). Ambos eran dramas que trataban respectivamente sobre la I Guerra Mundial y sobre el fracaso del sueño americano. Como contraste, para su siguiente proyecto Vidor afrontó una comedia ligera que satirizaba sobre Hollywood llamada Espejismos (1928).

Como protagonista contó con la actriz Marion Davies, la amante del magnate de la prensa William Randolph Hearst. Aunque Davies y Vidor tenían muy buena relación, el cineasta tuvo que vérselas con el todopoderoso Hearst para añadir un detalle que a éste le parecía contraproducente para lo que debía ser un proyecto a medida de su amante. Dejemos que Vidor nos lo explique a través de su imprescindible autobiografía Un Árbol Es un Árbol:

«La tercera película que me fue encargada con el patrocinio de Hearst era la adaptación de una obra de teatro cuya lectura no había podido aguantar hasta el final. Me dieron instrucciones de «usar lo que pudiera, o no usar nada, pero lograr algo para la próxima película de Marion [Davies]».

Me puse en contacto con mi viejo amigo Laurence Stallings y le dije: «Hagamos un filme sobre Hollywood. ¿No podemos fijarnos en la carrera de alguna famosa estrella de cine y hacer con ella una comedia para Marion?».

No nos costó mucho elegir a Gloria Swanson. Había comenzado como una de las bellas bañistas de Mack Sennett, se había casado con Wallace Beery y se había convertido en la marquise de la Falaise de la Coudray. Cuando se fue de Francia para volver a Hollywood desplegaron literalmente una alfombra roja para que se bajase de la limusina y llegase a su camerino.

Allí había suficiente material para una divertida sátira que explotara el gran talento cómico de Marion, pero necesitábamos un «gancho», un símbolo de algún tipo que la acompañara en su ascenso al estrellato.

A menudo, la suerte se cruza en el camino del que trabaja con ahínco. Un día, Stallings y yo estábamos viendo una comedia de dos rollos de Hal Roach que había dirigido Leo McCarey. Se titulaba The Battle of the Century (1927), y a McCarey se le había ocurrido que los actores se lanzaran más pasteles de los que nunca se habían lanzado en ningún otro filme. Para ello había utilizado una camioneta llena de pasteles aparcada enfrente de una panadería. Podía ver a Stallings sonreírse maliciosamente en medio de la oscuridad.

Allí estaba nuestro símbolo: el pastel de crema. En sus primeros slapsticks, Marion sería el blanco de los pasteles de crema; después, convertida en la altiva condesa que mira por encima del hombro a sus antiguos camaradas, un actor le devolvería la cordura acertándole en pleno rostro con un merengue cabalmente lanzado. Allí estaba nuestra historia, el principio, el desarrollo y el final. Estábamos como locos, absolutamente entusiasmados. Cuando se la contamos a Louis B. Mayer, que velaba por los intereses de los proyectos de Hearst, se mostró bastante dubitativo. Nos dijo que fuéramos a San Simeón y viéramos si éramos capaces de venderle la idea a W.R.

(…)

A última hora de la tarde, le contamos a W.R. y a Marion nuestra historia hollywoodiense. Al final, nos ganamos a Marion: «Me gusta», dijo con la mejor de sus voces. Pero el jefe guardó silencio.

Miré a Stallings y él me devolvió mi perpleja mirada. Nos preguntábamos en qué nos podíamos haber equivocado, y comenzamos a ser presa de un negro presentimiento. El gran hombre no hizo ningún comentario. Decidí hablar con Marion después de la cena para tratar de resolver aquel misterio. Después de todo, a ella le había gustado nuestra idea.

(…)

La charla que, después de cenar, mantuve con Marion no arrojó luz sobre el asunto. ¿Por qué Hearst se había quedado helado y se había puesto pálido mientras oía nuestra historia? Trató de consolarnos repitiéndonos que a ella le gustaba mucho nuestra propuesta. Nos pidió un poco de paciencia hasta que W.R. compartiera nuestro punto de vista.

(…)

De vuelta al estudio, informamos de la situación al señor Mayer, pero éste no supo darnos una solución a nuestro problema. Sin embargo, nos dijo que la MGM mantenía el plan de rodar la película en los plazos que se habían acordado. Dentro de dos días, Marion debía presentarse en el estudio para las pruebas de vestuario.

Aquella mañana, el diseñador de vestuario me llamó para que pasara por su departamento y viera cómo le sentaban a Marion algunos de los vestidos que llevaría en la película. Mientras iba hacia allí, vi que el señor Hearst salía por la puerta. Sonreí, le hice un amistoso saludo con la mano y le dije: «Buenos días, W.R.». Pasó junto a mí sin decirme ni una palabra. Mi buen amigo y anfitrión me daba la espalda, sin que yo tuviera la mejor idea de qué era lo que había hecho para ofenderle.

Mientras estaba sentado en el probador, dando el visto bueno a una serie de vestidos, me llegó el mensaje de que debía presentarme inmediatamente en la oficina del señor Mayer. El señor Mayer había recibido una visita del señor Hearst y ahora el señor Mayer estaba enterado del secreto. L.B. afrontó la cuestión con cierta diplomacia.

«King, tú eres un hombre razonable. A veces una idea es tan buena como otra. A veces es mejor incluso que la otra. En vez de hacer que a Marion le lancen una tarta, ¿no podrías introducir una escalera plegable que la lanzara a una piscina?».

Así que se trataba de eso, de que a Marion le tiraran una tarta. ¿Por qué no nos lo había dicho el propio W.R.? Decidí entonces que en aquella ocasión no sería un hombre razonable, y dije:

«No. La historia gira alrededor de la indignidad de que a uno le lancen una tarta a la cara. La tarta es un símbolo de su pasado. Una escalera plegable es un símbolo estúpido. Si no les gusta nuestra historia, nos la podemos llevar a otro sitio.»

Louis B. Mayer concertó una reunión para aquella misma tarde, a las cinco. Él, Irving Thalberg, Hearst, Stallings, Paul Bern, entonces supervisor de guiones, y yo estaríamos presentes. Tendría la oportunidad de exponer mi punto de vista.

Durante aquella conversación, el señor Hearst se mostró más receptivo y de mejor humor. Las cosas pintaban bien hasta el momento en que el señor Mayer me invitó a contar la historia tal y como tenía planeado llevarla a la pantalla.

Los directores tienen fama de ser malos actores, pero yo interpreté todos los personajes de nuestro guión desde el principio hasta el final, y me quedé sorprendido de mi propia capacidad histriónica. El señor Mayer asentía y sonreía apreciativamente. El señor Hearst se mostraba atento pero distante. Mediante gestos y de manera heroica, recibí en la cara el golpe de tarta conclusivo y guardé un largo y dramático silencio para mostrar que había recuperado la normalidad mediante aquella acción indigna. El señor Mayer y Stallings estuvieron a punto de alzar las manos para aplaudirme. Luego siguieron algunos momentos de silencio mientras todos dirigíamos nuestras miradas hacia el señor Hearst.

Por fin, el gran hombre se levantó, y, en un tono de voz muy agudo, dijo: «King tiene razón, pero yo también la tengo, porque no voy a permitir que a Marion le tiren una tarta a la cara».

Con aquella simple afirmación, salió de la sala dejando las cosas absolutamente claras. Me di cuenta de que habíamos llegado a un callejón sin salida. Había que pensar en un símbolo de compromiso, y lo encontramos: un fuerte chorro de agua lanzado con un sifón. Tras muchas reservas, al final fue aceptado, y la película comenzó a ir felizmente hacia adelante.

(…)

No creo que al cambiar nuestro símbolo de una tarta de crema por un spray carbónico perdiéramos mucha efectividad«.

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