Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2017 (III)


Imagen cortesía de Valerio Greco

A lo largo de esta semana, hay ocasiones en que este Doctor siente la tentación de sentarse en algunas proyecciones en la primera fila del Teatro Verdi para poder de vez en cuando asomarse y mirar a los excelentes músicos en acción acompañando al filme. Este año de hecho Herr Caligari se ha escapado a alguna de las «Masterclasses» que se imparten durante el festival, en que músicos expertos en acompañar películas mudas enseñan a otros más jóvenes cómo llevar a cabo este meritorio trabajo. Recomiendo a los asistentes a Pordenone que se escapen algún día para asistir a esas clases, no solo por su valor musical, sino porque en ellas sobre todo se discute de cine, de los detalles que permiten a los músicos ir descifrando sobre la marcha cómo funciona la narrativa de los films e ir adaptando la música a su contenido. Es una experiencia altamente estimulante.

3 de octubre

Hoy es un día «histórico» para mí. Es la primera vez en mis cuatro años en Pordenone en que por fin he podido perderme la primera sesión del día. Por algún endiablado motivo, hasta ahora siempre me he encontrado con que las películas que se programaban a las 9 de la mañana siempre me interesaban, lo cual puede resultar problemático a medida que avanza la semana y uno va acumulando la falta de sueño tras noches acostándose más tarde de lo debido (es difícil huir de la tentación habiendo justo un bar enfrente del teatro donde se reúnen los habituales del festival). Bien, hoy he decidido que podría permitirme perderme la primera sesión dedicada a los documentales soviéticos, no porque no me gustara el último que vi, sino porque no los considero imprescindibles en mi hoja de ruta y además necesito llegar fresco a la noche. En el que es el día menos interesante del festival para mí, se me acumulaban a la noche los visionados que más me interesaban, así que decidí reservar fuerzas sacrificando Pamie, Krisha Mira (1927) de Vladimir Yerofeyev, sobre una expedición hacia Asia Central.

De modo que mi día comenzó con otra sesión de westerns europeos dominados una vez más por nuestros viejos conocidos Jean Durand y Joë Hamman. Una de las cosas que me gustan más de Hamman es que podía interpretar indistintamente a héroes, villanos o indios, de forma que cuando uno le reconoce en estos westerns no tiene a qué agarrarse: solo podremos saber si es de los «buenos» o de los «malos» a partir de sus acciones. En Coeur Ardent (1912) por ejemplo podemos verle interpretando a un indio que pasa por una serie de pruebas para que el jefe de la tribu le deje juntarse con su hija. Pero el mejor film del dúo Durand-Hamman es sin duda Le Railway de la Mort (1912), tanto por sus magníficas secuencias de acción a bordo de un tren como por la historia que explica cómo una mina de oro convierte a dos amigos en enemigos hasta las últimas consecuencias.

Me gustaron algo menos las películas en que no coincidían los dos. Onésime Peau Rouge (1913) de Jean Durand es una parodia de los westerns no especialmente brillante con un clown protagonista algo cargante y unos indios que nadie se molesta en disimular que son tipos con peluca. Lo más interesante es toparnos al actor Gaston Modot en el papel secundario de villano. Nel Paese Dell’Oro (1914) de Alberto Collo es una propuesta de western hecha desde Italia que no acaba de funcionar tan bien a nivel de ambientación como sus homólogos franceses y que tiene dos partes diferenciadas: una en el salvaje oeste y otra en Veracruz, donde el hijo de los protagonistas es secuestrado. Cabe decir que seguramente se trate del rapto peor urdido de la historia, ¿a quién se le ocurre huir con un niño secuestrado en bicicleta cargándolo en brazos como un saco de patatas? Al final ni siquiera el héroe tiene la necesidad de hacer nada para recuperar a su hijo: los criminales se caen solos con sus bicicletas por el puerto. Un desenlace más propio de un slapstick que en consecuencia provocó bastantes risas entre el público.

La segunda inclusión de Victor Sjöstrom, el gran nombre del cine mudo escandinavo con permiso de Mauritz Stiller, fue una de sus obras menos conocidas de su etapa sueca: La Prueba de Fuego (Vem Dömer?, 1922). Pero aunque en su época fue un fracaso comercial y de taquilla comparado con sus obras anteriores, esta película fue la que le facilitó a Sjöstrom el salto a Hollywood un par de años después y, vista hoy día, se revela como una obra más que notable. Ambientado en la época renacentista, narra la historia de una mujer obligada a casarse con un hombre mucho mayor que ella al que no ama y que, cuando éste muere, es acusada injustamente de haberlo asesinado.

Quizá pese en contra de la película el no tener las características que solemos asociar a la cinematografía sueca al ser un drama ambientado en la época renacentista; de hecho ése fue el motivo por el que la crítica masacró la película en su momento, al acusar a Sjöstrom de haber abandonado ese tipo de cine que reflejaba tan bien el espíritu escandinavo. Pero la puesta en escena es impecable, ayudada por un trabajo de fotografía apabullante, y he de reconocer que sin ser de mis favoritas de su director, la escena final me consiguió emocionar mucho más de lo que está dispuesto a reconocer un genio del mal.

Y cerramos la noche con dos mediometrajes representativos de cine impresionista y de las vanguardias francesas de los años 20 comenzando por la maravillosa Ménilmontant (1926) de Dimitri Kirsanoff, la historia de dos hermanas huérfanas que se trasladan al barrio parisino que da título a la película. Una obra estremecedora desde su inolvidable escena inicial, que por mucho que la revisione me sigue impactando igual. Narrada sin un solo rótulo, el film es un festival visual. Kirsanoff mueve la cámara con libertad, utiliza numerosas sobreimpresiones, se acerca a los personajes sin miedo a los desenfoques y en general le da a la cinta ese estilo tan libre y expresivo que hace de ella una obra única.

Fièvre (1921) de Louis Delluc es más el retrato de unos personajes y un lugar que una película de argumento. Ambientado en un bar de mala muerte en el puerto de Marsella, Delluc dedica la mayor parte de metraje a sumergirnos en el ambiente y dar vida a sus personajes (presentándonos de hecho a todos y cada uno de ellos aunque su relevancia en la trama sea nula). Cuando hacia el final emerge el conflicto, da la sensación de que es en realidad una excusa para concluir la película. Muy interesante pero claramente inferior a la de Kirsanoff.

  • Joya a descubrir: aunque en realidad no es una película desconocida, debo decir Ménilmontant (1926).
  • Mi momento favorito: el precioso desenlace de La Prueba de Fuego (1922) genialmente puntuado por el acompañamiento al piano de Neil Brand.
  • Momento favorito del público: todas las apariciones del perrito de Nel Paese Dell’Oro (1914), que comienza llamando poco a poco la atención en la primera parte del film (ayudando a montar las barricadas y atacando a los villanos) hasta convertirse en el héroe absoluto hacia el final. Más carismático que los actores protagonistas, a media película sus apariciones solían ser recibidas con aplausos de la audiencia.
  • Detalle a destacar: una pequeña reflexión nocturna. Me llama la atención cómo en algunos de estos cortos de los orígenes del cine a veces los rótulos describen lo que sucede antes de que lo veamos, rompiendo con cualquier atisbo de suspense (por ejemplo, hablarnos de un secuestro antes de que se produzca o de que un personaje va a recuperar la vista antes de que comprobemos cómo sucede). Aunque algunos historiadores atribuyen eso a que los directores aún no dominaban la narrativa para explicar todo con imágenes, a mí no me encaja puesto que a veces esa información realmente es posible mostrarla muy fácilmente de forma visual. Yo lo atribuyo más a que sus creadores aún entendían el cine como una forma de plasmar visualmente una historia que debía tener un referente verbal previo, como una especie de cuento ilustrado. Pero por supuesto, esto daría para un post por sí solo…

4 de octubre

Empezar el día con los cuatro capítulos de un serial es en apariencia una gran idea: películas emocionantes con tramas enrevesadas y giros imposibles que le obligan a uno a estar atento para no perder el hilo de lo que está viendo. No obstante, el serial italiano Il Fiacre n. 13 (1917) de Alberto A. Capozzi y Gero Zambuto no estuvo a la altura de las expectativas. Tenemos una trama policíaca sobre un crimen cometido por dos villanos para enriquecerse gracias a una cuantiosa herencia, un inocente acusado del crimen y guillotinado, y una serie de personajes que se proponen limpiar su imagen años después descubriendo a los verdaderos culpables. Todo esto tiene muy buena pinta, pero a la práctica Il Fiacre n. 13 se pierde en un laberinto de personajes y subtramas que hacen muy difícil seguir la historia y, lo que es peor de todo, no resulta especialmente emocionante. Ni siquiera su desenlace tiene la espectacularidad que uno esperaría, de modo que los cuatro capítulos que vimos quedan en algo anecdótico pero no memorable. A modo de curiosidad, el primero fue censurado en la época por su contenido (seguramente por mostrar a un inocente ejecutado por la justicia) y no se llegó a estrenar nunca en Italia.

En cambio, la serie de cortos dedicados a la I Guerra Mundial resultó bastante interesante, destacando sobre todo Rééducation des Mutilés: aux Champs (1917-18), un pequeño documental que tenía la loable finalidad de demostrar cómo los mutilados de la Gran Guerra podían reincorporarse con normalidad a la vida laboral desempeñando varios trabajos en el campo. El cortometraje de ficción Le Petite Simon (1918) de Julien Clément también mostraba la dura realidad del retorno de los excombatientes a través de la historia de un soldado que vuelve ciego del frente y recupera sus ganas de vivir a través de la adorable hija de la criada de la casa. No es una gran película, pero es tan naif y bienintencionada que podemos pasar por alto sus limitaciones.

No sé si se han dado cuenta de que últimamente tenemos a Hollywood muy abandonado, pero enseguida se le puso remedio con The Right to Happiness (1919) de Allen Holubar, que destaca por el doble papel de la actriz Dorothy Philips interpretando a dos hermanas gemelas que fueron separadas de pequeñas en San Petersburgo: una regresa con su padre a Estados Unidos y se convierte en una niña rica mimada, y la otra (dada por muerta) se convierte en una agitadora bolchevique. ¡El drama está servido! Lo curioso es que más que un melodrama sobre dos hermanas separadas que se reencuentran perteneciendo a mundos distintos, The Right to Happiness se centra más los conflictos sociales, contraponiendo la vida de lujo de una con la vida miserable de la otra, o el carácter autoritario del padre que maltrata a sus obreros en contraste con las proclamas izquierdistas de su hija desaparecida. La conclusión acaba siendo previsiblemente que la solución a todos estos conflictos sociales pasa por entendernos más los unos a los otros y no olvidar el poder del amor y la fraternidad, pero tanto si quieren comprar la moraleja o no al menos hemos pasado un rato entretenido.

La gran sorpresa de la tarde (de hecho una de las grandes sorpresas en general en lo que a mí respecta) fue el cortometraje Mediolanum (1933) de Ubaldo Magnaghi, que de hecho habría encajado perfectamente en los ciclos de ediciones anteriores sobre sinfonías de ciudades. Se trata de un corto experimental de media hora filmado en la ciudad de Milán que se centra sobre todo en las formas arquitectónicas de edificios y estatuas, dándole al film un toque casi abstracto. Lo curioso es que la génesis del proyecto vino como encargo de Agfa para demostrar las bondades técnicas de las películas de su marca. Cabe decir que esta proyección me dejó absolutamente fascinado en parte por el soberbio acompañamiento musical de Günter Buchwald y Romano Todesco combinando percusión con piano, acordeón y violín. Le supieron dar exactamente el tono de extrañeza que precisa este tipo de obras y aunque no es una película para todos los gustos, llegué a estar tan en trance que por mí podría haber durado media hora más.

Por la noche este Doctor se acicaló a conciencia en el hotel porque tenía una nueva cita con Pola Negri. Carmen (1918) fue una de las primeras grandes películas que lanzaron a Lubitsch como uno de los directores más destacados de Alemania. Realizada en una época especialmente difícil (la I Guerra Mundial no era un contexto muy apropiado para producciones tan costosas como ésta), el film fue un enorme éxito que confirmó el talento de Negri como una de las grandes actrices del mundo. Y no es para menos, porque ella es la película. Seductora, descarada, divertida, mentirosa… La Negri se adueña sin compasión de todas las escenas en complicidad con el director convirtiendo al resto de personajes en meras sombras a su lado. Aunque no está todavía a la altura de las mejores colaboraciones entre Negri y Lubitsch, es una película más que notable.

Al gran evento de la noche le precedieron una serie de cortometrajes de los hermanos Lumière restaurados por la Jeffrey Selznick School of Film Preservation, entre los que pudimos ver algunas curiosidades como unos soldados bailando jotas (¿?) o un film muy peculiar que consistía en una panorámica de una gran pintura, cuyo contenido a la práctica se distinguía tan poco que parecía más un corto experimental de Stan Brakhage que otra cosa.

Y cerramos el día con la película hacia la que tenía más expectativas: An Unprecedent Campaign (Nebuvalyi Pokhid, 1931) de Mikhail Kaufman, el hermano de Dziga Vertov a quien tenía en el punto de mira por una película suya que me parece extraordinaria, En Primavera (Vesnoy, 1929). Kaufman había seguido a su hermano a Ucrania a finales de los años 20 para encargarse de la cámara, pero pronto las relaciones entre ambos se enfriaron y Kaufman empezó a rodar algunas películas por su cuenta que denotan claramente la influencia de Vertov. El film que nos ocupa hoy, prácticamente imposible de encontrar, era un encargo para mostrar las bondades de la colectivización, algo que se le encargó también a su colega Dovzhenko – una clarísima influencia de esta película – y se pasó por el forro.

Kaufman se comportó más y les dio en An Unprecedent Campaign la propaganda que querían pero realizado con el clásico estilo de montaje virtuoso que hace de estos documentales auténticas maravillas audiovisuales. Quizá le achacaría que la película parezca querer abarcar demasiadas cosas y que las primeras escenas de la fábrica no las veo muy cohesionadas con el grueso del film centrado en el campo, pero aun así es una maravilla para los amantes del cine soviético como este Doctor. Tal y como se nos comentó en la presentación del film, Kaufman capturó con su cámara el último verano feliz que vivió el pueblo ucraniano antes de las terribles hambrunas que llegaron en 1932, de modo que esos rostros de niños y granjeros felices no son más que el reflejo de una ilusión que por desgracia no duró mucho.

Al acabar la película los espectadores salimos del cine con ganas de colectivizar los campos de los alrededores de Pordenone, pero al final escogimos más bien irnos al hotel a descansar. Después de todo, ¿qué mejor forma hay de acabar una jornada cinéfila que viendo un documental soviético a medianoche?

  • Joya a descubrir: Mediolanum (1933) y An Unprecedent Campaign (1931).
  • Rótulo destacable: (el soldado ciego de Petite Simon a su criada): «Mi vida no tiene sentido, estoy solo en esta perpetua oscuridad» «¿Y yo no cuento?» «Ah, sí, lo había olvidado. Después de todo puedo ser feliz«. En solo dos rótulos de diálogo que aparecen seguidos el guionista nos ha despachado el sufrimiento del protagonista y la historia de amor entre él y la criada. Ojalá las depresiones y relaciones sentimentales pudieran resolverse en los segundos que duran estos rótulos.
  • Detalle a destacar: en un corto de los Lumière en que aparecían unos personajes disfrazados de época bailando ante una iglesia, de fondo se podía ver a dos niños observando todo desde un tejado hasta que uno de ellos se caía fuera de plano. Esperemos que no le sucediera nada grave…

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