Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2017 (II)

29 de septiembre

Este año el Dr. Caligari decidió asistir a la proyección gratuita que sirve como prólogo al festival y que tiene lugar en el Teatro Zancanaro de Sacile, un pueblo (muy bonito por cierto) a solo unos kilómetros de Pordenone. En este caso se trataba ni más ni menos que de una de las obras cumbre del cine silente, El Viento (1928) de Victor Sjöstrom, con una orquesta en vivo interpretando una excelente banda sonora compuesta para la ocasión por Günter A. Buchwald. Para sorpresa de los organizadores, el teatro estaba tan lleno que tuvieron que abrir los palcos superiores (de hecho había gente haciendo cola una hora antes… ¡Sjöstrom arrasando en Sacile!).

No voy a entrar en detalles porque a esta obra maestra no se le puede hacer justicia en un párrafo. Solo decir que si bien siempre se suele destacar (con razón) la increíble interpretación de Lillian Gish, debo añadir que la que ofrece el sueco Lars Hanson es también extraordinaria: vulgar y cómico al principio hasta luego adquirir una dignidad y honestidad que hacen que sea tan doloroso el rechazo que debe sufrir. Maravillosa.

30 de septiembre

Empezamos el festival propiamente dicho con una película incompleta recientemente restaurada: Three Days to Live (1924) de Tom Gibson, que a modo de curiosidad cuenta con un joven Frank Capra encargándose del montaje y los intertítulos. Explica la historia de tres hombres de negocios que se van suicidando tras haberse arruinado en la bolsa por culpa de un misterioso hombre acaudalado, y que previamente van recibiendo días antes de su muerte unas extrañas notas anunciando los días que les quedan por vivir. Esta prometedora premisa se va viniendo poco a poco abajo cuando se descubre todo lo que hay tras este complot: la trama no es suficientemente imaginativa y/o absurda como la de algunos seriales para ser divertida, ni tampoco lo suficientemente creíble como para tomársela en serio. En consecuencia acaba siendo un producto bien facturado pero olvidable.

Mucho mejor fue en cambio la primera sesión de westerns europeos, que tuvieron como protagonistas al director Jean Durand y al actor Joë Hamman, sobre quienes ya escribí hace tiempo. Un par de ellos son de corte más cómico: en Calino Veut Être Cow-boy (1911) se contraponen las habilidades de Joë Hamman a la cuerda y el caballlo en contraste con las del tal Calino, que intenta en su casa emular a su héroe con una cuerda y una pistola destrozando todo; en Le Revolver Matrimonial (1912), mucho más divertida, el protagonista se fuga con la hija de un ranchero y para conseguir a un sacerdote dispuesto a casarles caza a uno con su lazo. Del resto de westerns más serios destaco La Prairie en Feu (1912), que denuncia los malos tratos a los indios y contiene algunos planos muy vistosos (los incendios que provocan los indios, el transporte de todo el ganado, etc.), y sobre todo Cent Dollars Mort ou Vif (1912), que tiene una escena increíble en que Joë Hamman se sube a un tren en marcha y unos planos muy llamativos de él en el techo del vagón en que pasa a poquísima distancia de la cámara, permitiéndonos verle de cerca. Dichos westerns a nivel de exteriores resultan bastante efectivos aunque se rodaron en la región francesa de la Camargue, pero tienen algunos detalles que revelan que no son americanos; como los decorados tan escuetos (casi precarios) y el hecho de que cuando los personajes hablan aunque no los escuchemos se note a veces que están dialogando en francés. También vimos un western filmado en Reino Unido, The Scapregrace (1913) de Edwin J. Collins, un tanto olvidable salvo como curiosidad.

La sorpresa de la tarde fue una sesión dedicado a pioneras de la aviación, primero con brevísimos fragmentos de imágenes documentales de esas primeras aviadoras (Raymonde de Laroche, Marie Marvingt, Hélène Dutrieu y Adrienne Bolland) que sirvieron de prólogo al film L’Autre Aile (1924) de Henri Andréani. El inicio de la película es magnífico, muy bellamente filmado con planos reales de aviones haciendo acrobacias, la imagen de los pilotos que la protagonista visualiza como gladiadores a punto de morir y el dramático plano de ella paseando entre los escombros del avión en que ha muerto el hombre que amaba. La trama se centra entonces en su intento de superar su muerte, que le lleva a convertirse en aviadora ella misma desafiando el peligro – la idea me recuerda en cierto modo a la preciosa El Cielo os Pertenece (1944) de Jean Gremillon, donde también aparecía Charles Vanel (aquí en un papel secundario), y de hecho siguiendo con los vínculos entre Vanel y el cine de aviación, en la era muda protagonizaría otra película sobre el tema, La Presa del Viento (1927) de René Clair.

Desafortunadamente, a media película la trama se pierde un poco en asuntos de celos, triángulos amorosos y venganzas que no están a la altura de su primer acto. A cambio, el film se redime con un desenlace que es fiel al espíritu de la película, sin el previsible cierre amoroso entre la protagonista y el hombre que la ama: ella seguirá sintiendo cariño por su nuevo pretendiente, pero no podrá volver a querer a otro hombre, no obstante ambos son felices por estar juntos.

El gran evento de inauguración del festival dio comienzo esa noche con The Butcher Boy (1917) de Roscoe Arbuckle para conmemorar el centenario del debut de Buster Keaton en el cine, ya que éste fue su primer papel para la gran pantalla (de hecho en su libro de memorias explica que su primer día en el cine consistió en que Arbuckle le estampara una bolsa de harina a la cara tirándole al suelo). No creo que haga falta dar detalles sobre la maestría de Keaton como cómico, así que reivindicaré un poco a Arbuckle. Para mí su gran virtud es la capacidad de conseguir, con un cuerpo tan gigantesco, ser inverosímilmente ágil y cuidar pequeños detalles, algo que se nota en la segunda parte de la película cuando se cuela en un internado femenino disfrazado de chica. La forma como imita los gestos femeninos resulta divertida no solo porque no encajan con su cuerpo sino porque sabe recrear cierta gracilidad en los gestos, obviamente de forma exagerada para resultar cómica. Cuando otros cómicos slapstick se disfrazan de mujer, a menudo se basan simplemente en ser lo más grotescos posible, cosa que no sucede aquí.

Y por supuesto la gran proyección del día fue la magistral Y el Mundo Marcha (1928) de King Vidor, que ya ha aparecido por este blog anteriormente, con una orquesta dirigida por el veterano Carl Davis. Me sigue pareciendo una de las películas más atrevidas que se han hecho en el Hollywood clásico: la antitesis del héroe americano que ha protagonizado la mayoría de películas producidas en América y la antitesis del argumento que uno esperaría de una producción de este calibre, puesto que no es la vida de un gran hombre sino de alguien que se pensaba que lo sería y se ha visto relegado a ser uno más entre la multitud. En cierto momento, el cuñado del protagonista le dice despectivamente que no es más que una bolsa hinchada de aire, y lo peor de todo es que tiene razón: John se ha pasado toda la película fantaseando con ser un gran hombre, con distinguirse de la multitud, pero nunca lo conseguirá. De hecho la trama ni siquiera nos ofrece un argumento fuera de lo común. Excepto por la muerte de su hija, los conflictos que afronta son los mismos que debe superar cualquier hombre normal en su día a día, y ésa es la que va a ser ni más ni menos la tan poco espectacular historia de su vida.

 

Aparte de los planos más famosos que se comentan tan a menudo, la escena que se me ha quedado en este visionado es la de su primer viaje en tren cuando los protagonistas deben afrontar (¡horror!) su noche de bodas, su primer momento de verdadera intimidad. Fíjense cómo Vidor evoca esa idea de forma tan sutil y llena de humor: la pareja está sentada en un vagón donde todos los demás pasajeros están durmiendo y el mozo encargado de montar las camas se pasea nervioso a su lado. Ellos acaban entendiendo que ha llegado el momento que temían: tarde o temprano van a tener que pedir que les haga la cama y tendrán que compartir lecho. Una vez asumido eso, ambos se preparan para la ocasión arreglándose lo mejor posible aunque como es de suponer al final su primera noche de casados estará lejos de ser memorable. ¿No echan de menos estas maravillosas sutilezas de la era clásica?

  • Joya a descubrir: L’Autre Aile (1924) pese a su irregularidad.
  • Mi momento favorito: el poderosísimo plano final de La Prairie en Feu (1912) con el jefe indio muriendo con dignidad entre el fuego.
  • Detalle a destacar: en el plano final de Le Revolver Matrimonial (1912) resulta obvio que los protagonistas no están en un desierto sino… ¡en una playa! Al fondo puede verse la línea del mar y algunos barcos.
  • Rótulo memorable: después de que un personaje de L’Autre Aile se haya estrellado con su avión: «Robert sufrió mucho, pero nada de su cuerpo de atleta fue destruido«.


 

1 de octubre

Nuestro primer contacto con el ciclo escandinavo ha sido una obra de uno de sus máximos exponentes de la era muda más allá del conocimo binomio Sjöstrom-Stiller: John W. Brunius. Se trata de A Norway Lass (Synnöve Solbakken, 1919), una historia de amor situada en Noruega entre dos jóvenes granjeros de casas vecinas. A decir verdad, aunque a nivel formal la película es irreprochable (el uso de exteriores y la impecable puesta en escena), la historia resulta tan poco interesante y tan predecible que al final acaba siendo una obra que a día de hoy satisfará básicamente a fanáticos de la cinematografía escandinava. Un punto a favor es la excelente interpretación de Lars Hanson, que como veremos se está convirtiendo en el gran rostro de esta edición, así como la de la actriz Karin Molander, que luego sería curiosamente su futura mujer.

Después de un largometraje algo extenso para empezar la jornada (más de hora y media) pasamos a una sesión de cortos más ligera dentro de la sección «Nasty Women», que en esta ocasión llevaba el sutítulo de «Desastres en la cocina». Como dice el título, son cortos humorísticos mayormente de las primeras décadas del cine en que las mujeres protagonistas provocan todo tipo de desastres en la cocina. Los primeros, que datan de entre 1898 y 1901, tienen como protagonista a una tal Bridget McKeen, que tan pronto hace explotar su cocina (su epitafio reza «Aquí yace Bridget McKeen que encendió la cocina con parafina») como malinterpreta la demanda de un cliente de servirle una ensalada sin aliño y se la lleva en ropa interior (en inglés aliño es «dressing», que también sirve para designar la ropa).

Tenemos también un par de clásicas persecuciones a animales, una a un perro que ha robado unas salchichas – La Course à la Saucisse (1907) de Alice Guy – y otra a un mono – Le Singe de Pétronille (1913). Este tipo de films tan alocados suelen funcionar muy bien y siempre tiran del recurso de la acumulación: los protagonistas persiguen al animal, van chocando con otras personas por el camino y éstas se suman sin motivo a la persecución. ¡En aquellos años parece que cuando uno veía una persecución en la calle se podía sumar libremente bajo cualquier pretexto! También tenemos un par de comedias tempranas de Griffith: en Her First Biscuits (1909) un hombre prueba las galletas que ha cocinado su mujer y acaba sintiendo náuseas y mareos, mientras que en Lucky Jim (1909) el protagonista lamenta que la mujer que ama se case con otro, pero cuando su contrincante fallece y la toma como esposa descubre que en realidad el afortunado es su primer marido, porque muriendo ha podido librarse de esa mujer que en la intimidad del hogar es una arpía que le maltrata y le fuerza a beberse un café repugnante. Menos interesante me ha parecido una comedia de Sennett, Are Waitresses Safe? (1917) a la que parecía que le faltaban algunos rollos puesto que su trama era incomprensible incluso para los estándares de un slapstick. Pero eso no quita que ha sido una sesión muy divertida y ligera.

Y cerramos la mañana con  The Island Girl (Shima no Musume, 1933) de Hotei Nomura, uno de los pioneros del cine japonés. Se trata de una obra realizada en los últimos años de la era muda, y de hecho cuenta con banda sonora propia, pero formada por efectos de sonido y música, sin diálogos. La película surgió curiosamente para capitalizar el éxito de una canción de una popular cantante, Katsutaro, que de hecho dio pie a varias versiones fílmicas.

El film se inicia con un hombre melancólico viajando a una isla en barco que es interpelado por una geisha que intenta animarlo. Ya en tierra se entera de la historia de una joven del pueblo que va a ser vendida a causa de unas deudas familiares, y decide acudir a ellos y pagarles la deuda para salvarla. En paralelo, el prometido de la chica ha intentado infructuosamente robar dicha cantidad de dinero y se ha embarcado a probar suerte. La historia es sencilla y está contada con suma delicadeza, destacando especialmente ese emotivísimo final en que la joven y la geisha lloran juntas al lado del mar. Una de las últimas frases que dice una de ellas es que «Las mujeres hemos venido a este mundo a sufrir», un tema que se ve reflejado en muchas obras japonesas de la época.

 

Por la tarde arrancamos con un excelente corto, Le Contramaître Incendiaire (1907), en que el patrón de una fábrica roba la caja fuerte y provoca un incendio inculpando a un obrero con el que se había peleado. La película resulta muy entretenida y bien narrada para su época y contiene unas asombrosas imágenes reales de un incendio que se combinan con la ficción. Le siguió L’Emigrante (1915) de Febo Mari, un largometraje del que vimos una versión recortada en forma de corto de 20 minutos. Narra el viaje que realiza un empobrecido padre de familia a Sudamérica, para toparse con la dura realidad que deben afrontar allá los emigrantes. Es remarcable la atención que se pone a los detalles (como toda la preparación del viaje) y la autenticidad y honestidad que destila la cinta. Lástima del final feliz tan precipitado e incoherente que quizá en la versión completa habría cobrado sentido.

A cambio la siguiente película del programa fue una pequeña decepción. Fui incapaz de disfrutar de Fauno (1917), también de Febo Mari, drama fantástico en que la estatua de un fauno cobra vida para la modelo de un escultor. La película visualmente es preciosa y posee cierto erotismo que merece ser destacado pero no entré nada en ella. Así como L’Emigrante me pareció una obra llena de honestidad, ésta me pareció artificiosa y demasiado larga (una hora), no sé si porque no me pilló en el humor adecuado o por la película en sí. A cambio terminamos la tarde con una sesión de cortos primitivos de la época victoriana destinados (en palabras de la organizadora del programa) a alejarnos de la visión tan rígida de esa época que nos transmiten las fotografías de entonces, y poder ponerles una sonrisa a esos rostros. Un programa demasiado breve pero encantador, con cortos de una calidad de imagen apabullante que además nos mostraban vistas de Venecia y Pompeya.

Para cerrar el día la gran película de la noche correspondía al ciclo dedicado a la actriz Pola Negri: The Devil’s Pawn (Der Gelbe Schein, 1918) de Victor Janson y Eugen Illés. La historia es en apariencia el clásico melodrama de joven huérfana que acaba descubriendo a su verdadero padre, pero el film tiene un interés especial por tratar de forma directa el problema judío. Negri encarna a una joven que viaja a San Petersburgo a estudiar medicina pero por su condición de judía le obligan a sacarse la tarjeta amarilla que se utiliza para marcar a las prostitutas. La trama avanza siguiendo el camino más o menos esperado con algunos giros tan melodramáticos que se pasan ligeramente de rosca (¡el verdadero padre de la protagonista debe operarla para salvar su vida!), pero merece la pena por el gran trabajo de la protagonista y por contener escenas grabadas en el barrio judío de Varsovia, que años después pasaría a convertirse en un ghetto bajo la ocupación alemana.

Como preludio y epílogo del filme tuvimos algunos documentales. El primero forma parte de uno de los ciclos más sorprendentes de este año: films documentales sobre África rodados por cineastas noruegos. Aunque aprecio su interés histórico, me gustó más el siguiente documental que formaba parte del ciclo «Soviet Travelogues». En Lesnie liudi (1928) Alexander Litvinov filma a la comunidad Utege que habita en los bosques de la parte más al este de Rusia. Para ello el realizador y su pequeño equipo convivió con ellos hasta poder ganarse su confianza y poder filmar con detalle su día a día. Aunque se hace larga (una hora), la película es un retrato muy fidedigno de este pueblo que inevitablemente acaba desembocando en propaganda soviética sobre los maravillosos cambios que la modernidad les depara a estas gentes por cortesía de la madre Rusia. No estuvo mal como cierre del día, un film con instantes hermosos y que contrasta en su tono documental con los excesos melodramáticos de la película de Pola Negri.

  • Joya a descubrir:  The Island Girl (Shima no Musume, 1933)
  • Mi momento favorito: el emotivísimo (y tristísimo) final de The Island Girl (Shima no Musume, 1933) con las dos mujeres al lado del mar lamentando su suerte.
  • Detalle a destacar: la escena de Lesnie liudi (1928) en que un miembro de los Utege acude al cine por primera vez, un momento metacinematográfico muy interesante.
  • Momento favorito del público: el niño de no más de cinco años de los Utege fumando en pipa en Lesnie liudi (1928). ¡Aparentemente para ellos es normal que los niños fumen desde esa edad!

2 de octubre

Pocas formas mejores se me ocurren de empezar el día que con una sesión de cortos del ciclo «Nasty Women». Las películas cortas funcionan mucho mejor a las 9 de la mañana que no los largometrajes como el de ayer, que por su ritmo tan pausado no lo veo muy acertado a esas horas. Y si además, son cortos cómicos, ¿qué más se puede pedir?

En el caso de hoy se nos ofrecía una selección de películas de dos actrices cómicas francesas apodadas Léontine y Rosalie (o Betty y Jane cuando sus películas llegaron a los Estados Unidos), que nos sirven para reivindicar una vez más que realmente había grandes cómicas en la era muda. En el caso de Léontine, ésta suele interpretar a una niña malcriada que hace todo tipo de travesuras, desde inundar su casa para jugar con un barquito en Le Bateau de Léontine (1911) – impagable su cara de felicidad e inocencia después de todas las desgracias que ha provocado – a provocar innumerables desastres en diferentes trabajitos que le intenta conseguir su madre – seguramente para alejarla de casa – en Léontine en Apprentissage (1910), hasta desembocar ya en travesuras que rozan lo criminal en Les Malices de Léontine (1911) donde… ¡casi ahorca a un vecino! Uno de mis favoritos es Léontine Garde la Maison (1912), donde además de prender fuego a la cocina (¿cuántas cocinas en llamas hemos visto ya en solo dos días?) pierde a su hermano pequeño y el perro de la familia. El corto incluye uno de los pocos movimientos de cámara de esta serie, cuando Léontine deja al bebé y el perro en un banco, la seguimos en una panorámica a la izquierda, y al volver a la derecha éstos han desaparecido. Se nota que el cámara no estaba acostumbrado a tal virtuosismo técnico porque en el seguimiento de la protagonista la llega a perder en el encuadre pese a que ésta avanza poco a poco.

La actriz que interpreta a Léontine resulta muy divertida, notablemente superior a Rosalie, que no obstante tiene mi corto favorito de todos: Rosalie et son Phonographe (1911), en el cual cada vez que acciona el fonógrafo todos los muebles y personajes de la casa empiezan a moverse a su ritmo mientras dibujos de notas musicales llenan la pantalla. El que más hizo reír al público fue uno menos centrado en las actrices: Ventitateur Breveté (1911), en que tres ciclistas se ponen un ventilador en sus bicicletas que, al pedalear, hacen tanto viento que lanzan a la gente por los aires. Resulta tan cómica la idea como la forma tan exagerada que tienen los actores de fingir que los arrastra el viento. Por cierto, me encanta ver cómo en cortos de esta época ya aparecen los gags prototípicos que luego llegarían a generaciones posteriores en forma de dibujos animados como los del Coyote y el Correcaminos (apisonadoras aplastando objetos, usar cuerdas para tender una trampa a tus perseguidores, etc.).

   

Le siguió una película italiana, Fiore Selvaggio (1921) dirigida y coprotagonizada por Gustavo Serena a mayor gloria de la actriz (y en este caso, también guionista) Anna Fougez. El inicio de la película es realmente prometedor: nos muestra la llegada de un compositor a su pequeño pueblo natal, donde es calurosamente recibido por su familia y amigos y se enamora de una joven e inocente pastora. Este primer segmento es mi favorito del film, con un tono de comedia rural muy auténtico y entrañable. Pero entonces Fiore Selvaggio pasa a convertirse en la clásica película de divas y Anna Fougez toma el protagonismo absoluto convirtiéndose en una improbable gran mujer de sociedad que acaba dejando a su amado para no obstaculizar su carrera (¡oh!) y luego descubrir que el hombre con el que se ha ido es un contrabandista (¡¡oh!!). Pese a estar bien filmada y contar con una buena actuación de la Fougez, no puedo evitar lamentar que la película no siguiera los derroteros de su primer acto, pero claro, éste era un vehículo para Anna Fougez, y quién soy yo para decirle a ella cómo debe ser su película.

La siguiente incursión en tierras escandinavas a cambio funcionó bastante mejor que la de ayer. Fante-Anne (1920) de Ramus Breistein tiene en común con A Norway Lass (1919) la historia de amor entre dos granjeros, el ritmo pausado y la importancia que se da a recrear el espacio donde sucede la acción, pero a diferencia de la anterior, aquí esos elementos creo que funcionan mucho mejor.  Fante-Anne fue además la obra que dio a la industria cinematográfica noruega el impulso que necesitaba. A diferencia de las películas que se producían hasta entonces, que solían ser dramas absolutamente impersonales, Fante-Anne mostraba por primera vez una historia que recalcaba las raíces noruegas de la trama y de los protagonistas. Inspirada en las magníficas películas que estaban haciendo sus vecinos suecos, Breistein dio una enorme importancia a que las cámaras captaran el entorno natural y las costumbres típicas de los granjeros para darle más autenticidad. Como es de suponer, el público noruego acogió esta obra que apelaba a su identidad nacional con gran entusiasmo.

La sesión que vino a continuación fue sin duda una de mis favoritas de lo que llevo de festival: una serie de cortometrajes, especialmente de cine de los orígenes, que tienen como tema en común la ceguera. En Mieux Valait la Nuit (1911) una mujer se queda ciega, hecho que aprovecha su marido para engañarla con su mejor amiga prácticamente en sus narices… pero resulta que la buena esposa ha estado yendo en secreto a unas sesiones de cura para la visión (¿?) y cuando recupera la vista les pilla in fraganti y le da un infarto. Bastante similar es A Flash of Light (1910) de Griffith, en que un químico pierde la vista y el oído por un experimento y su mujer decide que prefiere darse a la buena vida antes que acompañar a su desvalido esposo. Su cuñada se queda a su lado haciéndose pasar por su mujer hasta que un día tras una operación recupera la vista… pero justo en el momento de abrir los ojos su mujer rompe sin querer las cortinas y la luz del sol le deja ciego para siempre, un desenlace tan extremo que no pudimos evitar tomar con humor.

No obstante, no todos los melodramas tenían puntos humorísticos y algunos siguen funcionando plenamente vistos hoy día. Le Coeur et les Yeux (1911) de Émile Chautard es una bonita historia de una madre que tras perder la vista debe pedir limosna con su hija en la calle hasta que un oculista la opera y se enamora de ella, mientras que Water Lilies (1911) contrapone a una bailarina que ha sufrido un ataque al corazón con un hombre que, tras quedarse ciego, finge no amarla más para que no se sacrifique por él. Estos son solo algunos de los ejemplos de esta magnífica selección que demuestra cuantas apasionantes rarezas hay aún por descubrir en las primeras décadas del cine.

La sorpresa del día sin duda fue la película italiana Trappola (1921) de Eugenio Perego, de la que no tenía ninguna referencia y resultó ser una comedia divertidísima. La protagonista es Leda Gys, una de las grandes actrices italianas de la época que aquí borda el papel de Leda, una jovencita descarada que se enfrenta a las monjas del internado en que se encuentra, y que luego se escapa para ayudar a su mejor amiga a recuperar a su pretendiente, que se ha enamorado de una actriz. Leo para mi asombro que Leda Gys era una actriz tanto de drama como de comedia, y si me asombra es porque muestra un don tan natural para la comedia y una forma de actuar tan fresca que choca con la concepción que solemos tener de las solemnes divas italianas (de hecho, en su segunda parte la película hace un retrato paródico del mundo del cine y de sus divas). Leda está extraordinaria, su personaje es irreverente, temperamental y tan hiperactivo que agota a los demás con sus constantes travesuras. El único punto en contra de esta muy estimable cinta es que falta parte del metraje y eso hace que haya algunos saltos súbitos entre escenas, pero eso no quita que haya sido una de las obras mejor recibidas en el día de hoy.

Finalmente, la sesión nocturna nos deparaba uno de los grandes platos fuertes del festival: la proyección de un fragmento de 20 minutos de la comedia Now We’re in the Air (1927) de Frank R. Strayer considerada perdida del todo hasta el encontrarse el año pasado en Praga. ¿Que porque es tan importante esta película virtualmente desconocida dirigida por un tipo que probablemente ni les suene? Pues porque contiene una de las primeras apariciones de Louise Brooks en el cine. En realidad el papel que tiene en la película es secundario y en el fragmento que se ha conservado aparece solo unos minutos, pero son más que suficientes para confirmar el enorme carisma y sex appeal de la actriz. Existe el tópico de que hay actores y actrices que sencillamente tienen algo especial que encandila a la cámara, más allá de su belleza. Louise Brooks lo tenía. En sus pocos minutos de Now We’re in the Air es difícil apartar la vista de ella, tal y como dice el programa del festival. La película en sí es una comedia sobre dos aviadores patosos (uno de ellos interpretado por Wallace Beery) que forman una pareja del tipo Laurel & Hardy. Lo poco que se ve deja intuir una comedia muy animada pero del montón, que no habría creado tanta expectación a día de hoy de no ser por esa actriz que aquí no interpretaba más que un papel secundario.

La película que la siguió fue en cambio una visible decepción. The Reckless Age (1924) de Harry Pollard es una comedia de enredo que tiene todos los ingredientes para hacernos pasar un buen rato: un matrimonio de alta sociedad abocado al desastre, una poliza de seguros absurda, falsos miembros de la nobleza, el robo de un collar de diamantes, periodistas deshonestos, etc. Y sí, no se puede negar que nos hizo pasar un buen rato, pero no deja de ser una comedia agradable de la época sin más de la que solo destaca una emocionante carrera entre un coche y un tren que además tiene lugar al principio. Le falta ese extra que convierte una comedia funcional en algo brillante: ya sea un director que sepa imprimirle más ritmo, actores más carismáticos o un guión mejor definido (las situaciones son buenas pero no se aprovechan del todo y el ritmo tiene muchos altibajos). No obstante, parte del encanto de Pordenone es no solo descubrir grandes obras sino también films como éste, que son un reflejo de cómo eran las películas medianas de la época que nunca pasarán a la historia.

  • Joya a descubrir: Trappola (1921).
  • Momento favorito del público: la primera aparición de Louise Brooks en Now We’re in the Air (1927) que fue recibida con un aplauso.
  • Detalle a destacar: viendo Léontine Garde la Maison (1912) me vino a la cabeza lo interesante que son las apariciones de bebés y perros en estas películas primitivas. Al ser obras hechas de forma tan rápida sin prestar atención a los detalles es frecuente que los extras apenas estén dirigidos, y eso se nota en el caso de perros y bebés porque no son conscientes de lo que sucede y su comportamiento es realmente genuino. Por ejemplo las miradas de los canes al otro lado de la cámara, seguramente obedeciendo alguna orden de su amo, o en el caso que nos ocupa, un bebé llorando y mirando a cámara como queriendo entender qué sucede. Cuando el cine se volvió más profesional, los directores se verían obligados a disimular este tipo de detalles.
  • Rótulo memorable: en el desenlace de Fante-Anne (1920) se nos habla de cómo los protagonistas emigran a Estados Unidos, ese país donde pueden ser ellos mismos sin prejuicios morales ni de clase. El auditorio respondió ante ese rótulo con una carcajada general, y más en los tiempos en que nos encontramos…

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