Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2021 (II)

Aunque es cierto que se le pueden poner pegas a esta edición del festival algo descafeinada, que por culpa del Covid no ha sido el gran retorno al formato presencial que esperábamos el año pasado, tampoco vamos a negar que a la práctica el simple hecho de estar aquí disfrutando de estas películas y del ambiente de Pordenone (aunque se echen en falta bastantes rostros conocidos) ha sido una de las cosas más ilusionantes de este año para los que somos habituales. Incluso las pequeñas incomodidades del Teatro Verdi que ya había olvidado (esos famosos asientos que se diseñaron sin tener en cuenta a la gente que mide más de metro ochenta) se me hicieron simpáticas por traerme viejos recuerdos. Pordenone ha vuelto, y esto es lo que nos ha ofrecido en sus primeras jornadas.

Viernes 1 de octubre – La última tentación de Maciste

Después de haberme perdido en los últimos años la clásica sesión pre-inaugural que tiene lugar justo antes del inicio oficial del festival en Sacile (un pueblo a unos 20 kilómetros de Pordenone), esta edición no quise dejarla escapar y fue una elección acertadísima. La película que se nos ofreció en el Teatro Zancanaro fue Maciste all’Inferno (1926) de Guido Brignone, que yo acudí a ver esperando un divertido entretenimiento para abrir boca y acabó siendo para mi asombro un filme más que notable. Pero vayamos por partes.

De entrada, ¿quién es ese tal Maciste? Es un personaje surgido en la película Cabiria (1914) de Giovanni Pastrone que tuvo tal éxito que se realizaron un montón de películas teniéndole a él como protagonista. El actor que lo encarnaba, Bartolomeo Pagano, había sido originariamente un estibador que inesperadamente se convirtió en todo un héroe de la gran pantalla sobre todo por su imponente aspecto físico y su fuerza hercúlea. Se sintió tan apegado a este personaje al que le debía la fama que llegaría a cambiarse legalmente su nombre por el de Maciste.

Maciste all’Inferno es pues una de las muchas películas que pueden encontrar sobre este heroico personaje, pero con el aliciente añadido de que no se trata de un filme barato que simplemente se dedique a explotar el potencial de Maciste, sino de una gran producción con un argumento que pretendía tener cierto empaque.

Crédito: Museo Nazionale del Cinema, Torino

La trama se inicia en el infierno, donde Plutón se siente frustrado al ver cómo ese tal Maciste no para de devolver a patadas a todos los diablos que envía a la Tierra para hacer el mal. Así pues, esta vez manda a un emisario, Barbariccia, para que acabe con ese enojoso gigantón. Ahí en la Tierra Barbariccia decide tentar a Graziella, la bella e inocente vecina de Maciste, para llevarla consigo al infierno. Para ello logra que se enamore de un noble, el cual la deja embarazada y luego se escaquea vilmente. Maciste intentará reparar esa situación y en cierto momento caerá en las garras de Barbariccia e irá a parar al infierno, donde le esperarán nuevas aventuras.

Más allá de la simpleza de la historia, si por algo destaca este filme de Guido Brignone es por su impecable factura técnica y su acabado visual. Es una de esas obras que le dejan a uno boquiabierto por todo el trabajo que hay en cada plano a todos los niveles (vestuario, maquillaje, iluminación, efectos especiales…), especialmente en las escenas situadas en el infierno, que son un auténtico deleite para los ojos. Es una de esas películas plenamente rebosantes de imaginación, con multitud de planos metafóricos que le dan una riqueza extra o sorprendentes efectos especiales que todavía hoy día funcionan perfectamente – no en vano son obra del gran Segundo de Chomón. Películas como ésta invitan a replantearse algunos tópicos tantas veces repetidos como que los países realmente avanzados técnicamente en la era muda son los mismos que se citan siempre, cuando de repente nos encontramos en la Italia de mediados de los años 20 (esto es, después de su edad de oro en los años 10) con una película de gran presupuesto perfectamente acabada y que no tiene mucho que envidiar a nivel técnico a otras obras extranjeras.

Crédito: Museo Nazionale del Cinema, Torino

A nivel de argumento el filme no depara demasiadas sorpresas para bien o para mal. La historia fluye bastante bien incluso en su tramo central más moralizante (y por tanto, más potencialmente aburrido) sobre la tentación a la que se somete a Graziella. Pero a partir de cuando Maciste baja al infierno hay diversión para toda la familia: numerosas peleas y trompazos para que los fans de Maciste disfruten de sus hazañas, planos visualmente espectaculares de las hordas de diablos o los hombres torturados para los más interesados en el apartado visual y una subtrama sobre Maciste sometido a la tentación por si algún despistado había acudido al cine por la historia. Incluso aunque a uno le eche atrás su mensaje moralizante y religioso, hay que reconocer que el filme consigue evocar momentos muy sugestivos, como cuando Maciste por fin se libera de sus ataduras al infierno y emerge a la superficie rodeado de una nube de humo.

Para rematarlo, el acompañamiento musical fue sobresaliente y además muy original. Su autor es el compositor Teho Teardo, quien con la ayuda de la Zerorchestra nos ofreció una banda sonora de estilo más contemporáneo, con toques de jazz e instrumentos electrónicos. No se podía esperar un mejor inicio para el festival.

Curiosidad a destacar: Maciste all’Inferno es la primera película que recuerda haber visto en el cine Federico Fellini siendo un niño en compañía de su padre. No es de extrañar que le dejara marca con toda su imaginería visual, sus efectos especiales, su temática tan poderosa y el erotismo de muchas de sus escenas.

Crédito: Museo Nazionale del Cinema, Torino

Sábado 2 de octubre – ¿En qué sueñan las ovejas coreanas?

Generalmente no soy muy amigo de las galas y de sus largos discursos, pero este año la sesión de inauguración ha sido una excepción a la norma, seguramente porque tan solo tuvimos dos discursos de presentación que además iban encaminados directamente a homenajear el festival, que cumple 40 años. No deja de ser una pena que una efeméride tan sonada no se haya podido celebrar por todo lo alto, pero es difícil no sentirse conmovido ante los recuerdos que se evocaron de esas primeras ediciones, realizadas por puro amor al arte de forma tan amateur y casera (en las cuales, según se comentó jocosamente, el acompañamiento musical lo hacía un pobre hombre que solo sabía tocar ragtime al piano). Del mismo modo, el director del festival Jay Weissberg fue más escueto de lo habitual y simplemente enfatizó su agradecimiento porque hayamos acudido a esta edición con todos los inconvenientes que eso supone y lo problemático que resulta viajar hoy día – aunque mientras decía esto yo pensaba que en realidad el agradecimiento se lo deberíamos dar a ellos por seguir esta quijotesca hazaña de mantener un festival de cine mudo en estos tiempos tan difíciles. En todo caso, de una forma u otra, Pordenone sigue siendo una especie de hogar para fans del cine mudo al que siempre resulta emotivo retornar.

Empezamos con un par de largometrajes del programa dedicado a mujeres guionistas, que se inició con la hiperactiva Grace Cunard, que ejercía de guionista, actriz protagonista y a menudo también directora de los seriales que escribía junto a Francis Ford, que era el otro actor principal y el director de las películas que hacían juntos. Ford es ya de por sí una figura fascinante más allá del hecho de ser el hermano mayor de un tal John Ford, pero siendo éste un ciclo dedicado a guionistas como Cunard le dejaremos un poco aparcado y si tienen más ganas de leer sobre él les remitimos al post que le dedicamos hace unos años.


Crédito: AMPAS – Margaret Herrick Library, Los Angeles

Cunard y Ford se especializaron en los años 10 en todo tipo de seriales que tuvieron un éxito extraordinario, y hoy pudimos ver a modo de ejemplo un par de capítulos de The Purple Mask (1916-17). Atentos a la trama: Cunard es Patricia Montez, una mujer de alta sociedad que en sus ratos libres lidera una banda criminal bajo el pseudónimo de Purple Mask. Su propósito es robar dinero a gente que se ha hecho rica de forma poco ética para luego darlo a personas desamparadas, es decir, una especie de Robin Hood femenina. Ford encarna aquí al detective Phil Kelly, que intenta detenerla en vano.

Como buen serial que es, The Purple Mask destaca por sus situaciones desinhibidamente alocadas y sin sentido, en que se da prioridad a la desbordante imaginación antes que a la lógica. Y desde luego a Cunard no le faltaban ideas como guionista. Por ejemplo, en cierto momento un millonario esconde su fortuna en una caja fuerte que oculta tras una pared tapiada y, ojo al dato, una habitación inundada de agua (¿cómo planea pues sacar o meter más dinero en esa caja fuerte?). Si se piensan que eso detendrá a la heroína enmascarada, están equivocados.

Por otro lado ella está magnífica y se come sin problema a Francis Ford en la pantalla, pero también debo admitir que el segundo episodio del serial me supuso un bajón cuando ella y el detective se alían y, mucho me temo, acaban enamorándose. El personaje de Cunard pierde mucho cuando pasa de heroína al margen de la ley a ser una mujer que llora al ser detenida por la policía y que, al final, se casa y se convierte en una simpática madre. Pero este cambio de tono y estilo es una muestra de cómo se hacían los seriales en la época, alargando e improvisando las tramas sobre la marcha hasta acabar desgastándolas y llevándolas hacia terrenos más convencionales como salida más fácil para cerrar la historia.

Imagen: Valerio Greco

Hoy día creo que nos puede resultar un misterio la inmensa popularidad de la que gozaba el actor Charles Ray a finales de los años 10 y principios de los 20. Con ese rostro tan aniñado, sin unas dotes cómicas especialmente destacables (aunque tampoco se le daba mal) ni un carisma que hoy día podamos reconocer, nos puede parecer curioso que este hombre fuera una de las principales figuras de la industria. Pero, quién sabe, quizá en el futuro se pregunten qué le veíamos a algunos de los actores más famosos de nuestra época (yo de hecho me lo pregunto ya en algunos casos). En esta ocasión le vimos en An Old Fashioned Boy (1920) de Jerome Storm, una simpática y breve comedia escrita por Agnes Christine Johnston que trata sobre el choque entre la mujer moderna y la mujer tradicional.

El protagonista es un joven anticuado enamorado de una chica moderna para la que construye en secreto una casa de ensueño en la que espera vivir con ella. El problema es que cuando ella descubre todo se siente ofendida porque él diera por hecho que iba a aceptar ser su esposa y porque haya planificado de antemano una casa que incita a un tipo de vida que quizá no va con ella. Justo cuando es abandonado por su prometida, nuestro protagonista debe repentinamente cuidar los hijos de dos amigos suyos que se han peleado y están a punto de divorciarse. Y al final, no pregunten cómo, la cosa se enreda con una falsa cuarentena de sarampión (que no puedo dejar de comentar que he descubierto que en italiano se dice «morbillo emorragico») y varias situaciones confusas.

La película es ligera y entretenida, yendo claramente de menos a más a medida que se enredaban más las situaciones. Pero aunque Charles Ray no lo hace nada mal sigo sin verle el punto cómico necesario para realzar el filme, y en cuanto al tema de mujer moderna vs. mujer anticuada, me temo que al final se desaprovecha la premisa solucionándolo todo con el mismo recurso estándar con que Grace Cunard cerró el serial de antes: casando a los protagonistas. A nadie le importará que sus caracteres sigan siendo incompatibles si al final de la película les vemos esbozando una sonrisa camino a la vicaría.


Crédito:  AMPAS – Margaret Herrick Library, Los Angeles

Uno se da cuenta de que se le ha ido la mano esto de ser un aficionado al cine mudo cuando se encuentra en un pueblo de Italia viendo una película coreana de 20 minutos sobre ovejas. Un factor que me gusta de Pordenone es su absoluta imprevisibilidad, el hecho de que se dé cabida a literalmente todo tipo de cine mudo, y cuando digo todo, es todo. Como me comentó un compañero al salir de esa proyección: toda película muda tiene su interés, si no es por su valor artístico, al menos por el histórico, como reflejo de su tiempo. O al menos eso nos parece a los que vemos cortometrajes mudos coreanos sobre ovejas.

La primera sesión dedicada a cine coreano es la menos sorprendente del programa por ser todos de tipo documental, ya que lo que desconocemos por completo del país es qué tipo de ficción hacían en esos años, pero no dejó de ser por ello muy interesante. A mí al menos me fascinan este tipo de películas porque son una forma de sumergirnos en otra época y periodo. Además el hecho de que sean filmes mudos para mí les da una cualidad irreal casi fantasmal que enfatiza la idea de estar viendo resquicios de un pasado ya desaparecido.

Crédito: Korean Film Archive

De esta selección, que incluye desde panoramas de ciudades al trabajo que hacían unos misioneros educando a niños coreanos, destacaron dos de más larga duración. El primero es la recreación de una boda, que para mí fue el más remarcable de todos por estar a medio camino entre la ficción y el documental. Es decir, lo que se narra es auténtico, vemos una ceremonia de boda de verdad, pero los pasajes previos fueron necesariamente recreados, como los padres pidiendo referencias de la posible pretendiente para su hijo (que por suerte es «buena y sumisa») o la negociación para concertar la boda, en la que por supuesto los novios no pintan nada. Luego la boda en sí es puramente documental, y resulta apasionante ver la absoluta rigidez de la ceremonia, hasta el punto de que a nosotros desde la distancia nos parece casi tensa. Solo la furtiva e inesperada entrada de un bebé en mitad del proceso le da algo de espontaneidad y vida. De igual forma, en uno de los cortos anteriores vimos a un niño poniendo caras graciosas a cámara al fondo de un plano de hombres trabajando. Los pequeños parecen ser los únicos que mantienen algo de espontaneidad en situaciones tan rígidas según las tradiciones del país.

Por supuesto no me olvido del cortometraje de las ovejas, que seguro que están esperando con ganas. Se trata de un documental de 20 minutos que explica el viaje de miles de ovejas desde Australia hasta Corea del Norte, donde se espera que se establezcan y se multipliquen. Según el programa del festival, la razón de ser de todo esto es un plan de producción impuesto desde Japón que establecía que en Corea del Sur se cultivaría algodón y en el norte se criaría ganado. Lo interesante de este documento es que está narrado… ¡desde el punto de vista de las ovejas! Así pues, éstas hablan de su difícil travesía pero definen su destino, Corea del Norte, como un paraíso. Y están tan satisfechas con su nueva vida que se dejan cortar sus colas felizmente y nos regalan su lana para nuestro disfrute. ¡Qué afortunadas son estas ovejas coreanas!

Crédito: Korean Film Archive

Me dejo para el final la proyección que ha sido, como era de prever, la gran triunfadora del día, El Abanico de Lady Windermere (1925) de Ernst Lubitsch. En Pordenone las sesiones de inauguración y clausura son las más populares del festival y que atraen a más gente del pueblo, por ello suelen programarse en ellas películas que puedan ser del agrado de todos, y en ese sentido Lubitsch es un valor seguro. Todas sus proyecciones en Pordenone (ahora mismo me vienen a la mente unas tres que yo haya presenciado) han sido invariablemente muy bien recibidas, y en este caso además se trataba de una de sus mejores películas mudas con el aliciente de una nueva partitura compuesta y dirigida por el gran Carl Davis. ¿Qué podía fallar?

No me voy a extender sobre el filme porque ya le dediqué un post que pueden leer aquí, pero solo insisto una vez más en la absoluta grandeza de Lubitsch como cineasta, a la altura de cualquiera de los grandes directores de la historia que se les ocurra. Pocos cineastas hay que puedan hacer reír al público con un simple efecto de cortina lateral o que puedan dar a entender tanto con un primer plano de unas manos. Hay un momento maravilloso en que este sardónico cineasta nos saca unas carcajadas con la reacción que tienen tres respetables ancianas ante la llegada de una mujer poco respetable a una fiesta, pero no lo logra por la expresión de sus rostros sino por la forma como usa la cámara: nos encuadra un cuadro que está encima de donde ellas están sentadas y, una por una, aparecen sus pequeñas cabecitas con expresión abochornada en la parte de abajo del plano y luego van desapareciendo. El efecto es irresistiblemente cómico.

Crédito: AMPAS-Margaret Herrick Library, Los Angeles

Lubitsch es el ejemplo por excelencia de cineasta engañoso, que hace parecer sencillo lo que son unos planos tan cuidadosamente compuestos y unas ideas sumamente ingeniosas. Podría parecer que, sí, aunque sea un tipo muy ocurrente en realidad no es tan difícil pensar este tipo de ideas. La cuestión es, que si realmente todo lo que hace en sus películas no es tan difícil de lograr, ¿cómo es que no ha habido otros cineastas que hayan conseguido emularle estando a su altura? Pues porque Lubitsch solo hay uno.

Película del día: es obvio, ¿no?

Detalle a destacar: la sorpresiva aparición en los últimos episodios de The Purple Mask de ¡piratas! que se alían con los terroristas revolucionarios. Revolucionarios antisistema + piratas, ¿quién da más?

Frase a destacar: «Mi idea del matrimonio perfecto es tener siempre los papeles del divorcio a mano» de An Old Fashioned Boy (1920).

Crédito: AMPAS-Margaret Herrick Library, Los Angeles

Domingo 3 de octubre – El día de las mujeres problemáticas

Antes de adentrarnos en este nuevo día de festival permitan que responda a una primera pregunta que le asalta a uno al leer el programa: ¿quién es Ellen Richter y por qué no me suena apenas su nombre cuando tiene un ciclo dedicado a ella? Aunque hoy día no es muy recordada, en su momento Frau Richter fue una de las actrices más populares de Alemania, con 70 largometrajes en su haber entre 1913 y 1933. Por desgracia su carrera llegó súbitamente a su fin cuando tuvo que emigrar de Alemania con el auge del nazismo acompañada de su marido Willi Wolff, también director de muchos de sus filmes, ya que ambos eran judíos. Tras la guerra su nombre no volvió a ser reivindicado y la mayoría de sus obras desaparecieron (solo se conserva una tercera parte), de modo que es normal que su figura haya caído en el olvido. Pero para eso están festivales como Pordenone, para rescatar a cineastas como Richter, de la que este año veremos siete de sus películas recuperadas.

Debo confesar que no empezamos con muy buen pie con el drama Leben um Leben (1916), dirigido por Richard Eichberg, su primer colaborador habitual. La historia es una secuela de un filme previo que se resume de forma confusa en el prólogo y del cual Richter retoma el personaje de villana, Carmen Sorghata, que aquí se hace pasar por una princesa con la ayuda de su fiel cómplice, que aparenta ser un aristócrata llamado Pedro Costa (sin ninguna relación con el cineasta portugués hasta donde yo sé). La trama, en que Carmen intenta llevar a la ruina al protagonista seduciendo a su socio con el que dirige una banca cooperativa, no me resulta demasiado interesante y creo que arranca realmente en el último acto, cuando Carmen y Pedro intentan cometer un asesinato. A cambio, cabe destacar el inesperado final en que los villanos acaban atrapados en la nieve, de una gran belleza y que nos pilló completamente por sorpresa. Lástima que no sea un momento representativo del resto del filme.

Crédito: DFF – Deutsches Filminstitut & Filmmuseum, Frankfurt

Me gustó bastante más Aberglaube (1919) de Georg Jacoby pese a tener un ritmo entrecortado y precipitado fruto de que falte una tercera parte de metraje. Aquí Richter interpreta a una gitana, Militza, que lleva a una serie de hombres a la perdición: un clown que trabaja en el mismo circo que ella apuñala a un pretendiente; el sacerdote de una comunidad la acoge pero se enamora de ella, y Dios le da a entender lo poco que le gusta eso de forma más bien poco sutil derrumbando el techo de la iglesia con un rayo justo cuando éste estaba dando misa; un músico abandona su familia para seguirla pero el barco en que ambos viajan naufraga… No se puede decir que Militza tenga una vida tranquila.

Richter parece ser que se especializó en interpretar personajes exóticos, que iban muy en consonancia con su aspecto, y aquí creo que aprovecha muy bien la caracterización de gitana haciendo gala de un gran desparpajo y marcándose algunos bailes. La actriz consigue transmitir la sensualidad que caracteriza el personaje sin que por ello podamos echarle la culpa de nada: en el fondo es una femme fatale a su pesar, ella no seduce a nadie, son los hombres los que la persiguen. Al final la gente del pueblo creerá que es una figura diabólica que trae mala suerte (no se puede negar que un poco gafe sí que es la muchacha) y la historia desembocará en un final trágico que visto hoy día resulta premonitorio respecto a la violencia que años después se practicaría contra el pueblo gitano.

Crédito: Eye Filmmuseum, Amsterdam

Las sesiones de cortometrajes de las primeras décadas del cine son una de mis debilidades de Pordenone, no solo por lo que me apasiona esa época sino porque nos permiten ver auténticas rarezas en la gran pantalla, de modo que podemos percibir todo tipo de detalles que se nos escapan cuando vemos algunos de estos filmes en Youtube o sitios similares. El hecho de que sean mayormente películas en planos generales hace que esta claridad que da la pantalla de cine y una buena copia sea fundamental para captar matices en el fondo de los planos o en las interpretaciones de los personajes.

Pero si este tipo de sesiones son una debilidad mía, las que además pertenecen al programa que lleva el título Nasty Women, lo son aún más. De hecho no es cosa mía, me atrevería a decir que los programas de Nasty Women ya son un clásico de Pordenone muy apreciado por los habituales: son cortos que recopilan historias en que los personajes femeninos se rebelan contra los hombres o cometen todo tipo de tropelías. Incluso, aunque uno no sea muy fan del cine primitivo, suelen ser cortos tan interesantes y/o divertidos que no se pueden desdeñar. Si tienen curiosidad, pueden leer en crónicas de otras ediciones los cortos que vimos anteriormente bajo esta etiqueta, pero centrémenos en lo que se nos ofreció hoy.

Empezamos con unos cortos de 1899 de apenas un minuto en que básicamente una joven le da un buen guantazo a otro hombre en situaciones diversas. A destacar lo evidente que resulta el decorado en A Bad (K)Night: el viento mueve la tela que representa la casa e incluso vemos de fondo la sombra del toldo meciéndose, lo cual nos confirma que se está filmando al aire libre para aprovechar la luz solar. Pero lo realmente bueno empieza con La Grève des nourrices (1907), un divertidísimo filme en que las niñeras de la ciudad deciden declararse en huelga provocando todo tipo de destrozos y enfrentándose a la policía. Especialmente memorables son los momentos en que dejan a los niños en el suelo y se nota cómo éstos se sienten genuinamente perdidos sin saber qué hacer. Tampoco podemos fiarnos de las criadas. Nuestra ya vieja amiga Cunegonde se enamora de su patrón en Cunégonde aime son Maître (1912) y provoca todo tipo de destrozos en la casa.

Uno de los cortos más alocados fue Le Rembrandt de la Rue Lepic (1911), en que una mujer se sienta por accidente en un cuadro y a partir de aquí se desarrolla una frenética persecución en que se destroza todo lo que se les cruza por delante sin que entendamos muy bien el por qué. Este corto tiene una pequeña sorpresa: esa mujer en realidad es… ¡el actor Gaston Modot travestido antes de sus famosas colaboraciones con Buñuel y Renoir! Otro de mis favoritos es Little Moritz Enlève Rosalie (1911), en que un hombrecillo intenta fugarse con una mujer que es más grande con él con desastrosas consecuencias. El momento cumbre es cuando el vestido de Rosalie se hincha con el vapor de la chimenea y vuelan todos hacia la luna.

Crédito: Cinémathèque française

Tenemos también una nasty woman afroamericana en Laughing Gas (1907) de Edwin S. Porter, en que la protagonista va al dentista y para dormirle le ponen un gas que provoca la risa y va contagiándosela a la gente allá por donde va, culminando en una misa que acaba con todos desternillándose. Siguiendo esa línea me ha resultado interesantísimo el western cómico de la Keystone Fatty and Minnie-He-Haw (1914) dirigido y protagonizado por Roscoe Arbuckle, en que llega accidentalmente a una tribu de indios y una corpulenta mujer se enamora de él. El motivo por el que me llama la atención es porque apenas me vienen a la mente otros ejemplos de filmes en que una mujer india hiciera un papel tan abiertamente cómico y por tratar, aunque sea de forma humorística, una relación interracial, algo que era todavía un tema tabú en la época. No es de lo mejor que he visto de Fatty pero esos detalles le dotan de un gran interés.

Y por si no había suficiente con las Nasty Women, más tarde tuvimos otra selección de cortos, en este caso de la Cineteca del Friuli, que también resultaron apasionantes. De Cenerentola (1913) de Eleuterio Rodolfi poco podemos decir porque apenas se conserva metraje, pero resultó apasionante porque la historia es una excusa para mostrar el funcionamiento por dentro de unos estudios de cine en Turín. Al espectador actual le resultará curioso comprobar cómo se trabajaba en un gran set donde no solo se rodaban diferentes películas al mismo tiempo, sino que también se construían decorados y la gente se paseaba como si nada. En aquella época los rodajes eran puro bullicio.

Crédito: Kino Lorber

En Polidor Cambia Sesso (1914) el director y actor cómico Ferdinand Guillaume encarna a un hombre al que el protagonista paga para hacerse pasar por mujer y así cobrar una valiosa suma de su tío, quien quiere que su sobrino se case a toda costa. El recurso del travestismo era bastante habitual en los filmes cómicos de la época pero suele funcionar bastante bien, sobre todo cuando al final acaba siendo el tío el que se enamora de esa «muchacha». También tenemos Bigorno Fume l’Opium (1914) de Roméo Bosetti, que destaca por la escena de alucinaciones en que todos los muebles se mueven a su alrededor hasta convertirse la casa en un exótico decorado oriental.

No obstante, mi favorito fue La Bolle di Sapone (1911) de Giovanni Vitrotti. En él vemos a un niño que es un absoluto gamberro (¡le quita el bastón a una anciana para que se caiga al suelo!) que recapacita sobre su comportamiento cuando juega formando pompas de jabón y ve en ellas la dura vida que lleva su madre. Lo que me dejó alucinado es la forma como el director consiguió filmar las pompas de jabón para mostrar en ellas las imágenes de la madre del protagonista. Soy incapaz de deducir cómo se hizo: la cámara se acerca a una de las pompas y ésta queda detenida en suspensión en el aire hasta que aparecen las imágenes, pero desconozco cómo lo consiguieron. Descarto que fuera un fotograma congelado ni tampoco un montaje, porque no hay ningún corte desde que el niño sopla hasta que la cámara se acerca a la pompa. Puede parecer una tontería, pero en estos tiempos de avanzados efectos digitales me fascina pensar cómo se consiguieron estos pequeños trucos artesanales de antaño.

Crédito: La Cineteca del Friuli, Gemona

Cerramos el día con una doble sesión del ciclo dedicado a escritoras con la que es una de las más importantes de la era muda: Anita Loos. No me veo capaz de resumir aquí la trayectoria de Loos, que trabajó con muchos de los más grandes directores de Hollywood además de escribir libros y obras de Broadway. Ella sola daría para un ciclo extenso y nos confirma cómo en la era muda definitivamente había más sitio para mujeres talentosas que en las décadas posteriores. La primera muestra de su talento fue ni más ni menos que American Aristocracy (1916) de Lloyd Ingraham, que a su vez fue una de las primeras obras de importancia del actor Douglas Fairbanks.

La capacidad de Loos para escribir rótulos ingeniosos y de tono satírico encaja perfectamente con el tono que le imprime Fairbanks a sus películas, sobre todo las de su primera época, que son obras frescas, dinámicas y ligeras. Ya desde el inicio el carismático actor se apodera del filme haciendo una continua exhibición de sus piruetas y su agilidad, de hecho literalmente en su primera aparición en pantalla se sube a un árbol y salta de una rama a otra con la agilidad de una ardilla antes siquiera de que sepamos algo más sobre ese personaje. Tómenlo o déjenlo, pero Doug es así.

La película es bastante notable aunque aún no a la altura de lo mejor de Doug, en parte por la falta de un director que sepa aprovechar mejor su potencial (eso llegaría en los próximos años). A cambio tenemos ya un indicio de las habilidades y el carisma que Fairbanks explotaría más a fondo y una crítica muy divertida de Loos a esa «aristocracia americana», que basa su snobismo en su capacidad por triunfar comercialmente – en contraste con la europea, que es snob ya de por sí.

Crédito: Museum of Modern Art, NY

La siguiente muestra del talento de Loos como guionista es aún mejor: la divertida comedia A Temperamental Wife (1919) de David Kirkland, que fue escrita y producida por Loos junto a su marido John Emerson. Aquí el protagonismo absoluto recae sobre la actriz Constance Talmadge, que está al mismo tiempo divertidísima y adorable encarnando a una joven que, desengañada de los hombres, solo se casará con uno que viva aislado de otras mujeres. Así pues intentará dar caza al senador John Newton, un hombre incapaz de relacionarse con el otro sexo, pero poco sospechará que en realidad sí que hay una mujer importante en la vida de Newton…

Aquí sí, nos encontramos ante una película ligera y divertida pero además sin altibajos. Ya la escena inicial, en que la protagonista tiene un encontronazo con un policía por conducir rápido huyendo de su antiguo prometido, nos muestra las bases de todo el filme en solo unos minutos: la frustración de ella hacia los hombres, su facilidad para coquetear y manipular a los demás y los rótulos llenos de ingenio y mordacidad. Lo único que se le podría reprochar siendo muy exigentes es que quizá un final más logrado o ingenioso habría elevado el filme aún más de categoría. Pero no seamos quisquillosos, es un magnífico divertimento en que Talmadge está magnífica y todo, hasta los dibujos que acompañan los rótulos, muestra un enorme cuidado por parte del equipo Loos-Emerson de los diversos aspectos de la producción.


Crédito: Museum of Modern Art, NY

Película a reivindicar:  A Temperamental Wife (1919) de David Kirkland.

Detalle a destacar: deberíamos tratar alguna vez el uso expresivo del color en fotogramas tintados. En Leben um Leben (1916) tenemos un ejemplo magnífico cuando la pareja protagonista es abordada por la muchedumbre a las afueras del banco. Justo cuando entran a refugiarse el plano del interior es de un color rojizo muy marcado. En el resto de la película no hemos visto ese tinte en otras escenas ni tampoco está justificado argumentalmente (por ejemplo sería el caso si hubiera un incendio), de modo que su razón de ser es plasmar cómo se sienten los personajes en ese momento. Del mismo modo, previamente en una suntuosa escena ambientada en una fiesta hay un plano de una bailarina en que los tintados iban cambiando de color mientras ésta se movía, algo que no recuerdo haber visto en otros filmes.

Momento divertido a destacar: en American Aristocracy (1916) hay una escena en que Fairbanks planea colarse en una fábrica saltando por una ventana muy alta. El actor examina la pared, camina para atrás para coger carrerrilla, se prepara… y entonces descubre que hay una ventana abierta a nivel de suelo y entra tranquilamente por ahí, una forma muy divertida de reírse de sus continuas exhibiciones atléticas, a veces un tanto gratuitas (pero, ¿qué más da?).

Dato a retener: el año que viene se comercializará un DVD con 99 cortometrajes de Nasty Women. Vayan ahorrando porque será una adquisición obligatoria.

Anita Loos y John Emerson

Crédito: AMPAS, Margaret Herrick Library

4 comentarios en “Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2021 (II)

    • Gracias a ti por tus amables comentarios de mis reseñas, que si bien no dejan de ser un humilde repaso a lo que he visto, bien me quitan horas de sueño para ir escribiéndolas, así que es de agradecer ver que vale la pena el esfuerzo.
      Un saludo.

      • Sí, sí, es lo que imagino, precisamente. Por muy doctor Caligari que sea ¿cómo se lo hace este hombre para escribir unos artículos tan extensos y completos, metido en un berenjenal mudo de este calibre? Solo de pensarlo se me ponen los pelos de punta como a Harold Lloyd. Espero que el café sea bueno en Pordenone. ¡Ánimos!

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