Salomé (1922) de Charles Bryant y Alla Nazimova

Puede que Salomé (1922) no sea una de las grandes películas de la era muda, pero a cambio tiene el mérito de ser una de las obras más extrañas y únicas que se produjeron en Hollywood en esos años e incluso yo añadiría que en su era clásica en general. Es una de esas rarezas que solo muy de vez en cuando algún cineasta conseguía colar en una industria por lo general conservadora y que buscaba el éxito seguro. ¿De dónde salió un filme tan extravagante y adelantado a su tiempo? La respuesta la tenemos en la figura de Alla Nazimova.

Nazimova era una actriz de origen ruso que se había hecho popular en Broadway en las dos primeras décadas del siglo XX interpretando prestigiosas obras de autores como Ibsen o Chekhov. Como muchas estrellas del teatro, Nazimova fue tentada por la industria cinematográfica y en 1916 hizo su debut en la gran pantalla en una adaptación de una de sus obras más famosas. Atraída por las posibilidades expresivas de este medio, la actriz se volcó al cine por completo trasladándose a Hollywood, donde su carrera siguió siendo un éxito.

A finales de los años 10, la ambiciosa Nazimova se dedicaba a producir sus propias películas controlando todos sus aspectos creativos, aunque sus tareas como guionista y directora aparecían acreditadas bajo pseudónimos. Sin ir más lejos, su marido el actor Charles Bryant aparece como director de algunas de estas obras, pero todo hace suponer que la verdadera creadora fue ella. Los filmes que realizaba en su productora Nazimova Productions eran por descontado obras de prestigio, como una adaptación de Casa de Muñecas de Ibsen del año 1922 que se considera perdida o este Salomé (1923) basado en la obra de Oscar Wilde.

Inspirada en el célebre relato bíblico, la película narraba la historia de Salomé, quien esquiva los intentos de seducción de su padrastro, el cruel rey Herodes, y se encapricha del profeta Jokaanan, encerrado en un calabozo por orden expresa del monarca. Pero cuando el profeta rechaza a la princesa, ésta, furiosa, promete vengarse. La oportunidad le llega más tarde cuando Herodes le pide que baile para él y a cambio le concederá lo que ella desee. Su petición será la cabeza de Jokaanan.

Me cuesta recordar otra película americana de la época que sea visualmente tan impactante como Salomé. Su llamativo estilo visual, que es lo que caracteriza por completo la película, está basado en las ilustraciones de tipo Art Nouveau que hizo Aubreay Beardsley en la versión impresa de la obra de Wilde (y que, según parece, eran tan buenas que el propio Wilde temía que podrían eclipsar su obra). Por otro lado el vestuario corrió a cargo de la célebre diseñadora de arte Natacha Rambova, que ya antes de Salomé se había hecho famosa por sus diseños tan llamativos y modernos. El resultado es una obra inusitadamente avanzada a su época con un tono abiertamente irreal y estilizado que solo conoce equivalentes en algunas vanguardias cinematográficas europeas de la época.

Es cierto que la película tiene un deje muy teatral, no solo en el hecho de suceder toda en un mismo escenario sino en el tipo de puesta de escena, y que los interminables rótulos iniciales delatan que es una obra de prestigio rozando en ocasiones lo rimbombante. Pero aún reconociendo sus defectos, Salomé es una obra tan excesiva y delirante que uno no puede evitar caer rendido a ella. Los personajes son todos tan exagerados, el tono de la obra es tan ridículamente serio e impostado, se notan tanto sus pretensiones artísticas, que el resultado se encuentra en la fina línea entre lo insoportablemente pedante y lo genial… y al final acaba cayendo en una tercera opción en que ambas opciones van de la mano y se alternan no solo a lo largo de la película sino a veces en una misma escena.

En apenas media hora de película (y el filme dura solo hora y cuarto) hemos presenciado dos suicidios pero, a cambio, la trama avanza lenta y pesadamente como queriendo extender al máximo su breve argumento. Y aun así no hay tiempo para el aburrimiento. Aunque Salomé se tome su tiempo en liberar al profeta, intentar seducirlo y verse rechazada, mientras tanto el espectador visualiza embobado las imposibles combinaciones de maquillaje y vestuario de los personajes, los llamativos juegos de luces, el descarado homoerotismo de los soldados y a una Nazimova de 40 años intentando a duras penas pasar por una adolescente. No se puede negar el magnetismo de la Nazimova, que tiene aquí su momento cumnbre cuando interpreta la danza de los siete velos (una adición de Wilde a la leyenda original), pero el resto del reparto está tan exagerado sin nadie que ponga freno a sus actuaciones que en ocasiones hacen peligrar el conjunto. Eso es especialmente palpable en el personaje de Herodes, que muestra tal lascivia y placer baboso al ver a su hijastra bailando que roza lo ridículo.

A diferencia de otras obras que optaban por una apariencia tan irreal a propósito (desde El Pájaro Azul (1918) de Tourneur al cine expresionista alemán), en Salomé todo parece más descontrolado y un tanto torpe, un poco como la obra más extrema del cine expresionista, De la Mañana a la Medianoche (1920), que también tenía una apariencia excesivamente teatral y un estilo tal irreal que acababa pasándose de rosca (aunque con la diferencia de que dicho film sí creo que acababa funcionando bien).

No se puede negar que Nazimova se tomó realmente en serio su proyecto: pese a suceder todo en un mismo escenario la película le costó la friolera de 350.000 dólares de la época, que tuvo que poner la protagonista de su bolsillo para producirla de forma independiente, ya que ningún gran estudio aprobaría un proyecto como éste. Dado lo poco comercial de la propuesta y que no estaba arropada bajo una major, cuando el filme estuvo acabado tardó un tiempo en encontrar distribuidor, y cuando lo consiguió fue un sonoro fracaso de taquilla, igual que su Casa de Muñecas. En consecuencia, Nazimova dejó la producción de películas y no tardaría en volver al mundo del teatro.

Viendo Salomé se nota que en el fondo Nazimova filmó la película más con mentalidad de director de teatro que de cine, y que su forma de aportar complejidad a la obra está más en los aspectos estéticos que en los narrativos. Pero aun así merece aplaudirse un proyecto tan caro, tan ambicioso y tan destinado al fracaso como éste que en el fondo revela la voluntad de su creadora de elevar el cine como forma de arte. Puede que el camino que tomara no fuera el más indicado para ello, pero algo que me apasiona de la era muda es disfrutar también de esos caminos equivocados, que en muchas ocasiones resultan igualmente fascinantes.

3 comentarios en “Salomé (1922) de Charles Bryant y Alla Nazimova

  1. «algo que me apasiona de la era muda es disfrutar también de esos caminos equivocados, que en muchas ocasiones resultan igualmente fascinantes» este lucido comentario (como el resto de la crónica) ha hecho replantear mi visión de esta película delirante. Se trata desde luego de una de las últimas que le pondría a un recién llegado, para aficionarlo al cine mudo. Pero te puedes llevar grandes sorpresas. Cierto día se me acerca un conocido (cierto que tiene unos gustos muy extremos y al margen de lo normal, eso también, lo cual le añade todavía más encanto al conocido) diciendo que ha visto un película muda y que le ha encantado. Yo: «Ah, que bien. ¿cuál?» «¡Salomé!». Casi me muero, como si me pillaran escondiendo una chuleta en un examen. Yo aumentando mi ridículo, cargándome la película (tipo «¡no podías empezar por peor sitio! con la de cosas maravillosas que hay por ahí») y disparando una desordenada y alocada lista de supuestas obviedades que un espectador moderno se supone podría entender y degustar. Otro craso error. El tipo había flipado con Salomé de un modo sincero. ¿Quién era yo para venirle a a afear su genuíno entusiasmo? Y llegué a la conclusión que (y más conociéndole: la verdad es que es un ser maravilloso, original y sensible como él solo) me estaba comportando como un tontaina. Es más, gracias a él volví a ver Salomé con otros ojos y ví algunas de las cosas que se dicen en la crónica y que en mi primer visionado no pillé, ahogado en mi propio rubor. Me dí cuenta que el tipo que «solo había visto esa sola película muda» la había sabido ver y leer, mucho mejor que yo. La presente crónica es un dulce tiro de gracia a mis presunciones. Me arrodillo a los pies de Nazimova esperando que mi cabeza no acabe como la de San Juan Bautista.

    • Ésta es una anécdota muy interesante, porque creo que a los fanáticos del cine mudo o el clásico en general nos ha pasado algo similar, que alguien no muy puesto en la materia te viene entusiasmado hablando del visionado de un filme que sabemos que es claramente menor y no podemos evitar pensar «Pues si has flipado con éste, ¿qué harás cuando veas X?».
      Y lo sorprendente es que luego recomiendas otra película que es claramente mejor y no les cala igual. Y ahí está parte de la gracia del arte. Que a cada uno nos llegan cosas distintas de un filme, y que a veces alguien menos puesto en cine mudo o clásico logra ver cosas que a nosotros se nos pasan por alto por tener una mirada más fresca y desprejuiciada.
      No se preocupe, la gran Nazimova estoy seguro que entenderá lo sucedido.

      • Aparte de alegrarme que la anécdota pueda ser útil, me tranquiliza mucho lo de Nazimova. No hay nada como conocer gente con contactos, para limar malentendidos de los que siempre te arrepientes.

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