Archive for the ‘Reseñas de películas’ Category

Bill Morrison es uno de los artistas actuales que mejor ha sabido aprovechar las posibilidades del cine mudo dentro de lo que se conoce como found footage, es decir, películas montadas a partir de material fílmico ya existente. En este campo Morrison ha destacado por su uso de fragmentos de películas perdidas o en alto proceso de deterioro dándoles una nueva vida, mostrándonos cómo estas imágenes descontextualizadas o casi convertidas en abstracciones pueden funcionar cómo cine experimental.

Su proyecto más célebre es el largometraje Decasia (2002) compuesto íntegramente por fragmentos de películas desaparecidas junto al acompañamiento musical del compositor Michael Gordon. No obstante, como primera aproximación a los que no conozcan su obra yo recomendaría este cortometraje, Light Is Calling (2004), creado a partir de una escena de una película que por suerte sí se conserva – The Bells (1926) de James Young – pero tomando como referencia una copia muy deteriorada que convierte la imagen en una abstracción que adquiere vida propia ayudado por la música del ya citado Michael Gordon.

Si tienen ganas de descubrir más sobre este interesantísimo artista, no dejen de visitar su canal de Vimeo.

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Aunque tradicionalmente el cine chino clásico ha estado bastante olvidado en occidente salvo contadísimas excepciones, en las últimas décadas ha habido un interesante proceso de reivindicación y, sobre todo, de difusión de algunas de las grandes películas de dicho país. En lo que respecta a su era muda, no son muchas las obras chinas que han llegado a mis manos, pero sin duda una de las más míticas es La Diosa (1934) de Wu Yonggang.

La protagonista es una joven prostituta cuyo principal objetivo en la vida es cuidar de su bebé. Para su desgracia, una noche conoce a un matón que se encapricha con ella y que la toma como si fuera su posesión, quitándole buena parte del dinero que ella gana y negándole el derecho a escapar. Ella aguanta estoicamente esa situación por el bien de su hijo y esconde parte de su dinero para enviarle al colegio. Pero ahí se topará con los prejuicios de los padres de otros niños.

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Una vez que a principios del siglo XX se hizo evidente el enorme éxito del cine entre las clases populares, no faltó quien viera este medio como una forma de educar a los espectadores, es decir, ofrecerles historias de tono moralizante como la que nos ocupa, de título bastante explícito: Les Victimes de l’Alcoolisme (1902).

La película ostenta el honor de ser la primera adaptación que se conoce de Émile Zola (en este caso L’Assommoir) si bien la historia está tan sintetizada, en tan solo cinco planos, que podría ser perfectamente cualquier argumento similar relacionado con el alcoholismo: una familia humilde pero feliz, el padre es tentado en la calle por unos amigos para irse a tomar unas copitas de nada, la madre acude a buscarle alarmada por el descenso al alcoholismo de su marido y finalmente un desenlace trágico con la familia abocada a la miseria y el protagonista encerrado en un manicomio, víctima de un delirium tremens.

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Un filme como La Marca de Fuego (1915) puede ser afrontado desde muy diversos puntos de vista. Puede verse como uno de los primeros grandes logros de Cecil B. De Mille, tanto a nivel comercial como artístico; puede analizarse también como ejemplo de la madurez a la que estaba llegando el cine en esos años tan cruciales, y por último es además una obra que se presta a debatir sobre su polémico contenido.

A nivel cinematográfico no puede suscitar ninguna duda o debate: La Marca de Fuego es una gran película marcadamente moderna para la época. Aunque De Mille solo llevaba un año en el mundo del cine, el agitado ritmo de trabajo que seguía (filmó más de 10 películas en 1914, y otras tantas en 1915) le permitió coger el punto en relativamente poco tiempo a ese invento tan sofisticado. Aunque aún quedaban algunas marcas del cine primitivo (como cierto estatismo a la hora de basarse principalmente en planos generales) cuando uno ve La Marca de Fuego ya tiene la sensación de que su contenido sigue una estética fílmica: los decorados y la iluminación están muy cuidados, las interpretaciones son menos exageradas y el montaje deja discurrir fluidamente la historia.
Hay incluso algunos momentos visualmente brillantes, como la escena del disparo en que De Mille juega con las sombras de los personajes tras las paredes de tela. En ese sentido se trata de una película absolutamente fundamental.

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Hoy les ofrecemos una pequeña curiosidad surgida de la factoría Edison: Fun in a Bakery Shop (1902). La premisa es muy sencilla: un panadero lanza un trozo de masa a una rata que se desliza por la pared y luego decide jugar a hacer caras con la masa.

La película parece una versión de esos espectáculos de caricaturistas que se dedicaban a hacer dibujos humorísticos en tiempo real sobre pizarras, que luego tendrían su equivalente en algunos cortos mudos, aunque en este caso se nota la trampa de hacer un corte cuando el actor está manipulando la masa para que parezca que lo ha hecho en menos tiempo del real. Desde luego no está a la altura de las maravillas por el estilo que hacía Georges Méliès en aquellos años pero aun así resulta muy interesante.

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El British Film Institute a veces nos depara sorpresas muy agradables a los cinéfilos, como el filme que nos ocupa hoy: Underground (1928). Con motivo del 150º aniversario del Metro de Londres, el debut a la dirección en solitario de Anthony Asquith ha sido restaurado y relanzado en DVD. Y una vez visto uno no puede evitar pensar que es una pena que se tuviera que esperar a una efeméride de ese tipo para volver a sacar a la luz una obra tan extraordinaria. Se trata de la segunda película dirigida por un joven Asquith después de haber codirigido Shooting Stars (1928), además de la primera de la que escribió el guion y en la que tuvo control absoluto. Y viendo este filme junto a A Cottage on Dartmoor (1929) creo que Asquith ya atesora méritos para considerarle uno de los grandes nombres a tener en cuenta del cine mudo británico así como para lamentar que no hubiera empezado a dirigir antes para dejarnos más joyas silentes como éstas.

Como sucede en A Cottage on Dartmoor, el argumento es lo de menos y en este caso se basa en una simple historia de amor entre dos parejas de clase obrera. Nell, una dependienta, conoce en el Metro a dos hombres que cambiarán su vida. Por un lado Bert, un hombre persuasivo que insiste en seducirla pese a sus negativas, por otro Bill, un simpático trabajador del Metro con el que decide tener una cita. Bert, celoso, intentará romper su vínculo ayudado por Kate, una mujer que vive en su misma pensión y que está enamorada de él aunque éste no le corresponda.

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Alfonso Frenguelli fue en los años 10 uno de los cámaras más reputados de Reino Unido que, como es lógico, acabó dando el salto a la dirección. Hoy rescatamos este corto suyo especialmente apropiado por su temática navideña: Christmas Eve (1915), la historia de un pobre padre de familia con una mujer enferma que acaba robando a su jefe para para curar a su esposa y que es despedido.

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En los años 10, la industria italiana fue una de las primeras que empezó a atreverse con grandes producciones espectaculares como El Infierno de Dante (1911), Quo Vadis (1912) o, la más famosa de todas, Cabiria (1914).

Desde el principio Cabiria fue concebida como la película más grande hecha hasta entonces: se tardó dos años en producirla, su presupuesto llegó a la por entonces increíble suma de un millón de liras y su duración era inusitadamente larga (tres horas en su primer montaje, en una época en que los largometrajes todavía estaban en fase de asentarse). Sin duda, se trataba de uno de los proyectos más ambiciosos de las primeras décadas del cine.

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Siempre es un buen momento para rescatar algún cortometraje de Albert Capellani, uno de los grandes realizadores franceses de las primeras décadas del cine. La Fille du Sonneur (1906) es un melodrama en que la hija de un campanero se fuga con un hombre que acaba siendo un indeseable que la maltrata. Desesperada, cuando da a luz a un bebé lo deja al cuidado de su padre.

A los que estén interesados en aspectos técnicos de los primeros años del cine tendrán como aliciente el uso que hace aquí Capellani de las panorámicas con la cámara, de hecho hay un plano en que el padre se asoma a la torre pensando qué ha sido de su hija al que le sigue una panorámica que es claramente una excusa para mostrarnos toda la ciudad desde lo alto. Y a los que prefieren centrarse en la historia, tienen aquí un clásico melodrama muy eficientemente realizado. Dedíquenle diez minutos de su minuto, Monsieur Capellani lo merece.

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Uno de los ciclos más interesantes de la pasada edición del Festival de Cine Mudo de Pordenone fue el dedicado al cineasta John M. Stahl, hoy día caído en el olvido excepto por su película Que el Cielo la Juzgue (1945) pero en los años 20 y 30 considerado uno de los más grandes directores de melodrama de Hollywood. De hecho fue durante muchos tiempo el realizador estrella del productor Louis B. Mayer hasta el punto de que tenía una unidad de producción semiautónoma dentro del estudio, un favor que raramente se le otorgaba a ningún cineasta (y menos por parte de alguien como Mayer). Los estrenos de sus películas en los años 20 solían crear mucha expectación entre el gran público y, al ganarse la fama de ser un gran director de mujeres, las principales actrices de la época buscaban trabajar para él. Obviamente todos estos datos hablan más de su fama que de sus cualidades como director, pero nos sirven de entrada para justificar que hay motivos de sobra para poner nuestra atención en alguien como Stahl, y que lejos de ser un oscuro cineasta de la época en realidad se trata de un director de fama a quien la historia del cine ha relegado al olvido.

Viendo sus obras más tempranas en Pordenone me quedó claro que ya desde sus inicios Stahl demostró ser un muy buen cineasta con experta mano para el melodrama y la comedia, pero que siempre se topaba con un mismo problema: sus guiones. Sus primeros filmes (de los cuales hablé en más detalle en mis crónicas de Pordenone) eran melodramas bigger than life rebosantes de casualidades imposibles que ponían a sus personajes en situaciones límite y que, invariablemente, solían derivar en algún crimen o tentativa de crimen. No eran en absoluto malas películas pero sí un tipo de filmes que hoy día no han envejecido especialmente bien, y que aún arrastraban cierta tendencia de las primeras décadas del cine al exceso, de cuando la sutileza todavía no había encontrado su sitio en la pantalla. Todo eso se soluciona en las obras de mediados de los 20 de Stahl (o al menos en las que se conservan, ya que muchas se han perdido), de las cuales Memory Lane (1926) me parece la más redonda y la más representativa de sus virtudes.

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