Si el difunto director Graham Cutts pudiera ver desde donde quiera que esté el regocijo con que se recibió el reciente descubrimiento de unos rollos de su película The White Shadow, se llevaría en primer lugar toda una alegría. Pero más adelante se decepcionaría al darse cuenta de que lo que los cinéfilos han celebrado no es el descubrimiento de un film suyo, sino el de una obra que se creía desaparecida en que colaboró Alfred Hitchcock.
Y aquí está el mayor peligro a la hora de encarar The White Shadow: verla como una película de Hitchcock e incluso atribuirle a él parte de la autoría de la misma pese a que no era el director. Es cierto que colaboró muy activamente en su producción y que de hecho desempeñó varias tareas (escribió el guión, diseñó los decorados y fue ayudante de dirección), pero no hay que caer en la trampa de buscar su estilo en una película que ni siquiera es suya. Es cierto que tiene el aliciente ser el único ejemplo que tenemos hoy día de los films en que Hitchcock colaboró antes de pasarse a la realización, pero no hay que buscar más allá de eso.
La mala noticia es por tanto que The White Shadow no es un film de Hitchcock. A cambio la buena noticia es que The White Shadow es un film notable que se sostiene por sí solo.







