Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2016 (II)

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No hay nada como encontrarse con el mismísimo Douglas Fairbanks dándonos la bienvenida con los brazos abiertos al Teatro Verdi para otra intensa semana dedicada al cine mudo. Durante le Giornate del Cinema Muto, Pordenone vuelve a convertirse durante siete días en un extraño oasis en que los actores han perdido el habla y los cortos de cine primitivo pasan de ser una mera curiosidad a ser joyas aplaudidas efusivamente por un público compuesto sobre todo de archivistas, historiadores y genios del mal.

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Hardy sin Laurel: los inicios de Oliver Hardy

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Así como el recorrido artístico de Stan Laurel encaja con la función que ejercería en sus películas como Laurel y Hardy, la de su compañero Ollie nos muestra en contraste una personalidad y ambiciones muy diferentes. Laurel siempre quiso ser un gran artista, Oliver en cambio se conformaba con poder vivir de la interpretación, sin grandes aspiraciones más allá de eso. Mientras Laurel intentaba hacerse un nombre como cómico, Hardy ya era feliz haciendo papeles secundarios para cualquier producción humorística de la época.

Lejos de ser un inconveniente, ese rasgo de personalidad fue seguramente uno de los que contribuyó a que la colaboración artística del dúo perdurara durante tantos años, al no haber peleas de egos entre ellos. Hardy siempre le dejó gustosamente a Laurel el papel de pensador de gags y de que se preocupara por las ideas y planteamientos de sus films, y tampoco le quitaba el sueño que, en consecuencia, éste cobrara más que él. A cambio, Stan siempre respetó las dotes humorísticas de su compañero y, según dicen los que colaboraron con ellos, en los rodajes jamás le daba indicaciones a Oliver sobre cómo tenía que actuar o interpretar los gags, eso era algo que ya sabía que haría a la perfección.

Por tanto, puede que Stan Laurel fuera el gran creador del dúo, pero es innegable que necesitaba a alguien tan valioso como Oliver Hardy, uno de esos artistas que saben ceder modestamente el primer puesto a otros pero que, al mismo tiempo, tienen mucho talento. Hardy tardó años en moldear ese sentido de la comedia que haría que Laurel le apreciara y respetara como compañero. Viendo algunos de los cientos de cortometrajes que realizó antes de convertirse en el “gordo” de “El Gordo y el Flaco”, podemos comprobar no sólo cómo Hardy fue afinando su humor, sino apreciar la evolución de una carrera que, en otras circunstancias, le habría convertido simplemente en otro de los divertidos secundarios de oro del slapstick.

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Laurel sin Hardy: los inicios de Stan Laurel

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¿Quién no conoce al dúo más famoso de la historia del cine? Stan Laurel es un nombre que estará siempre vinculado al de Oliver Hardy, del mismo modo que Oliver Hardy no tendría sentido sin Stan Laurel. Sin embargo, tanto Laurel como Hardy ya tenían una carrera más que respetable en el cine hasta que el destino los unió. El propósito de este post y el siguiente que publicaremos es echar un vistazo a la carrera cinematográfica de ambos hasta que se encontraron y formaron equipo como Laurel y Hardy, comenzando por Stan Laurel.

Un rasgo muy interesante a destacar de esta pareja es que tenían personalidades muy diferenciadas. Aunque en la pantalla son siempre inseparables, en la vida real tenían procedencias distintas (Laurel era británico, Hardy del sur de Estados Unidos) y no se movían en los mismos círculos. Cierto es que ambos se tenían un enorme aprecio y respeto mutuo, pero si aguantaron como equipo tanto tiempo sin acabar en agrias discusiones es porque en ningún momento se cuestionó quién era el líder y cabeza pensante de los dos, y ése era Stan Laurel.

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Crazy Like a Fox (1926) de Leo McCarey

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Siempre es un buen momento para reivindicar a nuestro buen amigo Charley Chase, el cómico de slapstick más injustamente olvidado de todos. No solo realizó una serie de cortometrajes realmente divertidos en que demostraba sus dotes como actor, sino que previamente se había hecho un nombre como director convirtiéndose en uno de los realizadores de slapstick más solicitados del momento.

Hoy nos centramos en su faceta de cómico para rescatar Crazy Like a Fox (1926), una de las joyas que protagonizó bajo las órdenes de Leo McCarey, otro de los nombres clave del slapstick aunque luego se haría una carrera alejado del género.

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El Guardaespaldas (The High Sign, 1921) de Buster Keaton y Edward F. Cline

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Buster Keaton se inició en el mundo del cine en 1917, trabajando como actor en cortometrajes dirigidos y protagonizados por Roscoe Arbuckle (conocido como «Fatty»), uno de los cómicos más famosos de la época. Inicialmente, Keaton dejó momentáneamente el vodevil por el cine únicamente por motivos económicos, pero de la mano de un maestro como Arbuckle acabó enamorado para siempre de ese nuevo medio. No solo el cine le permitía llegar a más público sino que además multiplicaba las posibilidades creativas, y más en alguien con la inventiva de Keaton. Según explica él en su autobiografía, una de las primeras cosas que hizo cuando empezó a sentir interés auténtico por el medio fue coger una cámara y estamparla contra el suelo, para así investigar cómo era su interior. Alguien tan interesado por la mecánica como Keaton necesitaba literalmente conocer con detalle todo el proceso que permitía la realización de películas.

A medida que quedó cada vez más claro que ese joven cómico tenía un talento innato para el cine, el amable Arbuckle pasó de utilizarle como secundario a cederle el rol de co-protagonista junto a él. Pero era inevitable que tarde o temprano Keaton fuera a probar suerte por su cuenta. Eso sucedió en 1920. Primero protagonizó su primer largometraje, Pasión y Boda de Pamplinas (en el resto del mundo civilizado se conocía como The Saphead), un título menor y poco adecuado para su talento. Lo realmente interesante vino cuando Joseph M. Schenck, el ejecutivo bajo el que Arbuckle estaba en contrato, le ofreció la oportunidad a Keaton de tener su propia unidad de producción en la que podría dirigir y protagonizar sus cortometrajes. Esos primeros films, perdidos durante décadas, son una parte tan imprescindible de su carrera como sus célebres largometrajes.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (IV)

Cuando llega ese momento en que uno tiene en la cabeza música de piano de películas mudas al pasear por las calles de Pordenone o darse una ducha (¡sí, eso sucede!), en ese preciso instante es cuando uno se da cuenta de que quizá lleva demasiados días viendo films mudos y de que obviamente Le Giornate del Cinema Muto llega a su fin. Otros síntomas indicativos son agujetas en las piernas de tenerlas encajonadas durante horas en las butacas del Teatro Giuseppe Verdi en el caso de que seas un poco patilargo, o que tu cuerpo se haya acostumbrado finalmente a saltarse horarios de comida, resignado ante la evidencia de que uno prefiere no perderse la conferencia sobre cine soviético o la primera película de la tarde antes que sentarse a recuperar fuerzas en un restaurante.

Es una auténtica pena que le Giornate del Cinema Muto llegue a su fin, pero quizá nuestros cuerpos agradecerán que esta genial cita no se prolongue más de una semana.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (III)

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Cuando uno tiene por delante toda una semana repleta de películas muy interesantes por ver, necesariamente se ha de hacer selección y renunciar a algunas. La norma más lógica es renunciar a las más fáciles de visionar fuera del festival, pero aun así servidor no puede resistir la tentación de saltarse esa regla acudiendo por ejemplo a la proyección de un film tan fácil de conseguir como La Máscara del Zorro (1920) o, el año pasado, El Tesoro de Arne (1919). ¿Por qué? En primer lugar porque en Pordenone la música en vivo que acompaña a las películas suele ser muy buena, que ya es más de lo que podemos decir de algunas ediciones en DVD que circulan por ahí. Y en segundo lugar, en el caso de la película de Stiller, por la experiencia de verla en pantalla grande (aún recuerdo lo mucho que me impresionó), y en el de Fairbanks por ser el tipo de película que se agradece ver rodeado de más gente que comparte el mismo entusiasmo. Quizá este Doctor debería emplear esa hora y media en reposar un poco de tanta película y tomar el aire pero, ¿cómo resistirse a la tentación?

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Charlot, Faquín (His New Profession, 1914) de Charles Chaplin

En algún momento de su autobiografía, Chaplin comenta que en una ocasión un fan le escribió una carta en que le decía que inicialmente el famoso cineasta era el dueño de su personaje, pero que al final acabó siendo el personaje el que le dominó a él, algo que el propio Chaplin reconoció que era cierto. Vista hoy día en perspectiva esa reflexión cobra aun más sentido si tenemos en cuenta que cuando vemos sus primeras películas lo hacemos con una idea predeterminada: la de Chaplin como el gran cineasta, el que consiguió conjugar dos elementos tan dispares como el slapstick y el melodrama, el que consiguió humanizar  a un personaje cómico como era Charlot. De esta forma, existe la tentación de infravalorar sus primeros films y verlos como un inevitable precio a pagar hasta llegar al Chaplin más aclamado. O, dicho en pocas palabras, el peso que tiene sobre nosotros el Chaplin que pronuncia el discurso de El Gran Dictador (1940) hace que el Chaplin de la Keystone nos parezca poca cosa.

No cometan ese terrible error. Ambos Chaplin tienen su interés y creo que resultan complementarios más que estar uno por encima del otro. Y como ejemplo les traemos hoy Charlot Faquín, una película de su etapa en la Keystone, el primer estudio en que trabajó y donde empezó a dirigir sus films. He escogido a propósito una obra que no es de las más citadas de su época Keystone y cuyo estilo y argumento todavía son más simples para defender al primer Charlot en estado puro.

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Luces de la Ciudad (City Lights, 1931) de Charles Chaplin

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Hace poco, este nostálgico Doctor se preguntó con qué película sería especialmente memorable empezar el año, y de entre los posibles títulos a escoger pensó que comenzar con una de las más memorables obras de Chaplin sería difícilmente superable. Así pues, les proponemos dar inicio a este 2015 revisionando (porque si han llegado hasta este blog damos por hecho que ya la han visto… ¿verdad?) la que seguramente sea la obra cumbre de Chaplin: Luces de la Ciudad (1931).

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Big Business (1929) de James W. Horne y Leo McCarey

Cuando a mediados-finales de los años 20 parecía que al slapstick tradicional le quedaba poco tiempo de vida, y más con la amenaza del cine sonoro cada vez más presente, aún tuvieron tiempo algunos cómicos de resurgir con un éxito apabullante. Eso fue lo que le sucedió al dúo formado por Stan Laurel y Oliver Hardy, quienes pasaron la prueba con creces hasta convertirse no ya en dos de los cómicos más célebres de la época sino en iconos históricos.

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