Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2018 (III)

9 de octubre – El día de Victor Sjöstrom

Hoy yo tenía clarísimo cuál era la película que más ganas tenía de ver: The Price of Betrayal (Judaspengar, 1915) de Victor Sjöstrom, uno de los momentos que más esperaba de esta edición del festival, ya que no todos los años se descubre una película considerada perdida de uno de tus directores predilectos. No obstante, es cierto que el destino es caprichoso, y a veces la películas que se recuperan no son necesariamente remarcables, de modo que fui con expectativas medianas. Bien, pues me equivoqué: Judaspengar es un grandísimo filme que a día de hoy añadiría sin dudarlo a mi lista de obras favoritas de 1915 y que confirma cómo ya en esa fecha tan temprana Sjöstrom se vislumbraba como un excelente director y especialmente avanzado para su tiempo. Dado que me gustaría hablar con más calma de este filme, me reservo escribir un post aparte sobre él tan pronto retorne a mi guarida después del festival. Simplemente añadir que el martes fue sin duda el día de Victor Sjöstrom, ya que a continuación pudimos ver en pantalla grande una de sus mayores obras maestras, La Carreta Fantasma (1921) dentro del ciclo Canon Revisited, dedicado a recuperar clásicos de la era muda.

Sí, Suecia fue la gran protagonista de la tarde porque aparte de Sjöstrom también apareció por ahí Mauritz Stiller con una de sus primeras obras, Ballettprimadonnan (1916) de la que por desgracia solo se conserva la mitad de su minutaje, encontrado hace ya años en Zaragoza y Madrid y ahora recientemente restaurado. De modo que es difícil juzgar la película cuando la mitad del metraje lo forman fotogramas estáticos que solo nos dejan intuir cómo serían las escenas que faltan, pero lo que vimos es muy prometedor: una chica de pueblo es animada por su novio, un humilde violinista, para que pruebe suerte en el mundo de la danza, ya que cree que tiene talento innato; para ello contará con el apoyo de un hombre adinerado que se enamorará de ella. Al igual que sucedió décadas después con Las Zapatillas Rojas (1948), aquí el papel de bailarina se le dio a una de verdad que luego prefirió seguir su carrera en la danza antes que en el cine. Por suerte, dos de los fragmentos que se conservan nos permiten verla en acción: su prueba de ingreso donde inicialmente baila torpemente a causa de los nervios y el número de baile la noche de su debut, que está bellamente filmado. Cuando la película olvida el ballet y se centra en el triángulo amoroso pierde un poco de interés, pero está excelentemente filmada (los planos interiores de la casa de caza son una maravilla) y tiene el aliciente extra de ver a un jovencísimo Lars Hanson (¡otra vez!) en uno de sus primeros papeles en el cine.

Fue en verdad un martes intenso en que este Doctor hizo lo que no debe hacerse nunca en un festival de cine de este estilo, y es intentar ver todas las proyecciones del día, ya que es más de lo que el cuerpo humano puede aguantar. Pero, ¿qué quieren? No me vi capaz de renunciar a ninguna de las sesiones del día. Podría haber dejado de lado por ejemplo Suspicious Wives (1921) bajo pretexto de que tiene pinta de no ser una de las mejores de John M. Stahl. Y no obstante me habría perdido un filme que, efectivamente, no es de sus obras más reseñables, pero que a cambio su tendencia a los giros inverosímiles llegaba a unos niveles alucinantes. La película empieza fuerte con una boda en la que de repente una figura misteriosa irrumpe pegando un tiro al padre del novio por un motivo que desconocemos todos… salvo el propio novio, que pide que no se persiga al causante del crimen. Cuando el matrimonio inicia su vida de casados las cosas no van bien, ya que él guarda un secreto que su mujer interpreta como que tiene una amante. En este caso los giros de guion imprevisibles basados en casualidades son tan cogidos por los pelos que hasta los propios rótulos lo reconocen entre líneas. De hecho la explicación final del misterio es algo tan rebuscado que les hizo falta dos rótulos enteros para aclararlo. No, definitivamente no me habría perdonado perderme este Stahl menor pero bien realizado y disfrutable en su estilo tan salido de madre.

Otra opción habría sido renunciar a la última proyección del día, Lisboa: Crónica Anedótica (1930) de José Leitão de Barros, un documental de más de dos horas sobre la capital portuguesa, pero ¿cómo iba a hacer eso? Me gustan mucho las sinfonías de ciudades y no quería perdérmela. Y si bien siendo estrictos no estoy muy seguro de si entraría dentro del rango de las sinfonías urbanas, sigue siendo un documental muy atractivo que combina influencias de todo tipo: hay momentos más influenciados por la vanguardia (esa tendencia del autor a los ralentizados, especialmente en los bellos planos de gimnastas) y otros más puramente documentales; pequeños segmentos de ficción recreados (mis favoritos son los pequeños incidentes que le suceden a un conductor de tranvía y la pelea entre una pescadera y una carnicera que acaba con un pobre hombre que pasaba por ahí cubierto de suciedad), junto a otros que se basan simplemente en lo puramente visual (el bello plano de los marineros subidos en los mastiles del barco o los preciosos besos de la pareja de amantes tan delicadamente filmados). Lo único que creo que me sobraba y que no funcionaba en absoluto es el breve episodio histórico, que no encaja en el conjunto, pero fue en general una grata experiencia.

La última opción posible habría sido renunciar al serial de Lincoln con el que se abre cada día, pero por suerte tampoco lo hice, porque los episodios de hoy (My First Fury y Tender Memories, ambos de 1917) me compensaron el relativo mal sabor de boca que me dejó el de ayer. El primero es una simpática anécdota de infancia en que mini-Lincoln intenta salvar de una paliza a un niño afroamericano que acaba de robar una gallina, proponiendo que se le dé un juicio justo. Este juicio, en que él ejerce de abogado defensor y el jurado lo componen otros niños junto a animales de la granja, será por tanto su primer caso. El segundo corto me sorprendió aún más por la forma tan audaz como conecta con episodios anteriores. En el de My First Jury veíamos al final aparecer un reverendo por la casa de los Lincoln sin que se nos explicara qué había venido a hacer. Aquí se nos revela que previamente mini-Lincoln le había escrito para pedirle que realizara una pequeña ceremonia en la tumba de su madre (lo cual nos conecta al primer episodio de la serie), pero su primer encuentro tiene lugar después del ya citado juicio, que acaba en una pelea en la cual el pobre reverendo recibe un puñetazo de mini-Lincoln por accidente. Hoy día puede no parecer algo tan especial, pero me parece muy inteligente a nivel de guion esa forma de conectar diversas tramas que se superponen entre sí sin ser reiterativas, y que además hacen que el serial no siga un orden cronológico lineal, sino que algunos recuerden avancen más o menos atrás en el tiempo. Ahora sí, no me pienso perder el de mañana.

De hecho la proyección que menos me entusiasmó del día fue una de la que tampoco me arrepentí: Captain Blood (1921) de David Smith, que vino precedido de un anuncio en que una ama de casa hacía galletas tan malas que acababan usándolas de decoración para el jardín. Volviendo al capitán, se trata de una eficiente cinta de piratas que, si bien está irreprochablemente bien hecha y no se me hizo larga pese a sus dos horas de duración, tampoco me aportó gran cosa. Le falta ese extra que por ejemplo sí encuentro en El Pirata Negro (1926) gracias a la magnética personalidad de Douglas Fairbanks. No obstante, es un buen entretenimiento con algunas escenas de batalla muy bien hechas.

Y lo que me queda son ni más ni menos que dos de mis descubrimientos más destacables de esta jornada. El primero es L’Homme du Large (1920) de Marcel L’Herbier, basado en un relato corto de Balzac sobre un pescador que malcría a su hijo confiando que de mayor será marinero como él pero que acaba siendo un patán egoísta que solo piensa en divertirse y hacer el vago. Me encantan este tipo de filmes realizados por cineastas que estaban metidos en la vanguardia, ya que aunque aquí apuesten por la ficción en vez de sus usuales experimentos, suelen ser muy atrevidos a la hora de utilizar recursos visuales muy llamativos que un director convencional vería demasiado arriesgados. Tal es así que L’Homme du Large acaba siendo una obra visualmente tan intensa y narrativamente tan apasionada que roza lo delirante: las numerosas escenas tintadas de rojo son muy llamativas, la película está repleta de pequeños trucos visuales (algunos un tanto gratuitos, cabe reconocer, pero se agradece el afán de experimentar) y la forma como se combinan los rótulos con la narración (a veces irrumpiendo en mitad del plano) es muy estimulante, si bien es cierto que parece tratarse de una copia que se editó a posteriori y desconozco si se hizo algún cambio sobre la original. Dos detalles me dan pistas sobre que ésta no es la versión que se estrenó en 1920: el color de algunos rótulos es demasiado intenso como para corresponder al uso que se hacía en los años 20 y en los créditos iniciales se destaca la presencia de Charles Boyer… que aquí interpreta un personaje secundario en sus primeros pinitos en el cine. Realmente, es una combinación muy llamativa de ambientación totalmente realista con experimentos visuales, quizá no sea para todos los gustos pero a mí me fascinó.

La última película que me dejaba por mencionar es la italiana Assunta Spina (1915) dirigida, escrita y protagonizada por Gustavo Serena y Francesca Bertini. En mi desconocimiento yo pensaba que se trataría del típico melodrama de divas, pero no podía estar más equivocado: lo que hace que Assunta Spina sea una de las obras clave del cine italiano es precisamente su voluntad realista, desmarcándose de la tradición cinematográfica del país, que prefería dramas de época o pomposas tragedias – el catálogo cita otras dos obras de la época con esa vocación: Sperduti nel buio (1914) y A San Francisco (1915), pero ambas están perdidas.

Se trata de un drama al servicio de la diva Francesca Bertini (el primer rótulo de los créditos anuncia sin pudor «Una extraordinaria interpretación de Francesca Bertini«), que interpreta a una mujer que vive una serie de desventuras a causa de dos hombres enamorados de ella. Ambientada en Nápoles, la película se rodó en escenarios reales, lo que nos permite contemplar no solo los lugares característicos de la ciudad sino también la suciedad de las calles y los rostros de gente espontánea que miran sorprendidos a cámara. Bertini, que había accedido a realizar la película a cambio de tener el control absoluto sobre ella, está desbordante encarnando además a un personaje de carne y hueso, no a una figura trágica poco creíble. Se le puede achacar, eso sí, cierta torpeza en algunos planos (en la escena del restaurante al aire libre casi no se ve a los personajes a causa de la mala iluminación) pero es algo normal en la época y no le resta cualidades como una de las obras clave del primer cine italiano.

  • Joya a descubrir: Judaspengar (1915).
  • Mi momento favorito: el travelling inicial de Judaspengar mostrando la miserable buhardilla en que vive el protagonista primero desde fuera de la ventana y luego penetrando en su interior.
  • Momento favorito del público: no suele gustarme cuando la gente se ríe en voz alta de escenas de películas mudas que están hechas en serio y que hoy día han quedado algo anticuadas, pero el delirante reencuentro de todos los protagonistas al final de Suspicious Wives (1921) justo en el momento más fatídico parecía casi un gag.

10 de octubre – Cuando conocimos el último blockbuster del cine italiano mudo y el último filme silente de Mizoguchi

De aquí a unos días se me hará raro levantarme y no empezar el día conociendo nuevas aventuras de Abraham Lincoln, pero de momento hoy teníamos dos episodios más de este serial que espero que Netflix no tarde en adquirir. El primero de ellos, A President’s Answer (1917) explica cómo en la Guerra de Secesión el hijo de su amigo el reverendo es engañado para formar parte del bando Confederado y, tras ser capturado, mata por accidente a un guardia. En este caso el episodio está muy bien pero sin ser nada especial, más allá de que los rótulos iniciales se enorgullezcan de que el presidente les dio permiso por rodar algunas escenas en la Casa Blanca. El segundo, Native State (1917) estuvo bastante mejor. En él, Benjamin Chapin, no contento con hacer de Lincoln y padre de Lincoln, aquí encarna… ¡al abuelo de Lincoln! La trama está ambientada en un suceso del pasado en que el abuelo de Lincoln tuvo un pequeño rifirrafe con los indios (por suerte Chapin no interpreta también al jefe indio, aunque no sería por falta de ganas). La conexión con el evento en «presente» está un poco pillada por los pelos y no veo cómo esta pequeña aventura puede haber servido para formar el carácter del presidente Lincoln – que es en teoría el propósito de este serial – pero es un buen entretenimiento.

A continuación me salté La Viuda del Párroco (1920) de Dreyer por haberla visto ya anteriormente, pero me quedé antes a ver un divertido corto de cine primitivo, Le Cheminée Fume (1907) sobre una criada que al encender fuego en la chimenea llena toda la casa de humo provocando confusión en todo el bloque de pisos. Un detalle que echo en falta este año es más cortos de cine primitivo.

Pero la gran noticia del día es que, esta vez sí, John M. Stahl lo ha conseguido. Así como sus anteriores películas me parecen notables e interesantes pero sin entusiasmarme, con The Song of Life (1922) ha logrado conquistarme por completo. La película empieza con una mujer frustrada de la vida que su esposo le obliga a llevar: en una casa perdida en mitad del desierto en condiciones pésimas. Un día, desesperada, se marcha en un tren que para cerca de allá abandonando a su marido (que casualmente – ya empezamos… – muere justo en ese momento) y a su bebé. Décadas después la mujer es una anciana que ha llevado una vida gris y miserable en Nueva York, y que piensa suicidarse hasta que su vecino de abajo, un escritor frustrado, la acoge para que viva con él y su mujer. De entrada The Song of Life posee dos rasgos que la diferencian por completo del resto de filmes que he visto de Stahl: no abusa tanto de los giros sorpresivos (tal y como sospechamos enseguida, el escritor es casualmente – ¡otra vez! – su hijo, pero se nos dice desde el principio) y, sobre todo, ambienta la película en un escenario de clase baja, cuando las otras sucedían todos en la alta sociedad (también se puede mencionar una tercera diferencia: Stahl normalmente utiliza un personaje secundario como contrapunto cómico para los momentos más trágicos; en anteriores películas ese papel lo hacía un amigo de uno de los personajes y un niño… aquí es un mono).

Partiendo de ahí, The Song of Life se revela como una película con mucha sensibilidad y repleta de ideas muy interesantes. Por ejemplo la eterna frustración de las mujeres obligadas a ejercer de amas de casa, ya que lo que vemos en el filme no deja de ser la misma situación repetida dos veces: primero una mujer asqueada de su vida y que sueña con ir a la gran ciudad a conocer «las cosas bonitas de la vida», y luego otra mujer también harta de su situación pese a vivir en una gran ciudad y que también quiere huir para conocer esas «cosas bonitas». Y lo más triste de todo es que no hay cosas bonitas. Cuando al principio de la película vemos a la primera protagonista envejecida y desgastada un rótulo nos hace saber que jamás encontró esas «cosas bonitas» por las que abandonó su hogar. Eso ya crea en la cinta un clima melancólico que me encanta y con el que simpatizo más que con las historias «más grandes que la vida» a las que Stahl nos tenía acostumbrados.

Esa frustración femenina queda definida con la idea de que para muchas mujeres su existencia consiste básicamente en pasarse todo el tiempo lavando platos sucios, pero más allá de esa metáfora, Stahl refleja de forma perfecta que es lo que hace que a la mujer del protagonista le canse ese tipo de vida: los olores de comida y ruidos de los vecinos, el ajetreo en la escalera… En unos pocos planos entendemos perfectamente la frustración de ella, de forma que no la vemos como una jovencita caprichosa que simplemente quiera vivir cómodamente. En ese aspecto es de alabar también la excelente ambientación que hace el director de ese bullicioso bloque de pisos que contrasta con las mansiones de sus otras películas. Solo hay algo que hace que ésta no sea una película totalmente redonda: su final. Ay, a Stahl y/o sus guionistas (en este caso su mujer) les pueden los giros alocados, y en este caso el crimen que se produce en el último tramo me parece un poco gratuito y, sobre todo, el final feliz es poco creíble. Pero salvo eso, The Song of Life es todo un logro a aplaudir.

A cambio, debo reconocer que Liebe (1927) de Paul Czinner no estuvo a la altura de mis expectativas. Es cierto que éstas eran bastante altas, ya que Czinner me parece un tipo muy interesante y el material de base era inmejorable, en este caso otra historia de Balzac sobre el romance entre una coqueta duquesa y un marqués sin experiencia en el amor, donde incialmente ella se aprovecha de su inocencia en ese tema y luego los roles cambian. Es indudablemente una buena película pero no acabé de entrar en ella, en parte por la exasperante tendencia de Czinner a alargar demasiado todos los planos, dándole a veces un ritmo casi plomizo a la cinta. Como curiosidad, se tuvo el acierto de contrastar esta película con otra adaptación de la misma novela de Balzac pero realizada años atrás: Madame de Langeais (1910) de André Calmettes. Es un ejemplo perfecto de lo que eran los Films d’Art: películas con voluntad de hacer cine artístico apoyándose en literatura de calidad, pero que se quedaban a medio camino por carecer todavía de un lenguaje que le permitiera a ese medio narrar este tipo de historias como Dios manda (además de tener que sintetizarlas en solo 10 minutos). Como curiosidad, en los planos iniciales en que se presenta a los personajes, ella aparece no con su vestido de duquesa sino de monja, supongo que dando por hecho que el público ya conocería el desenlace final. Por tanto el propósito de estos Films d’Art no es aprovechar una buena historia de otro medio para hacer una película con vida propia, sino más bien que la gente reconociera un libro que se esperaba que ya hubiera leído, puesto que el Film d’Art va dirigido a un público culto. O en todo caso a uno al que no le molesten los spoilers en los créditos iniciales.

¿Conocen la novela I promessi sposi (1827) de Alessandro Manzoni? Yo al menos no, pero según parece es una de las obras más importantes de la literatura italiana que ha sido objeto de diversas adaptaciones cinematográficas, entre ellas la de nuestro viejo conocido Mario Bonnard. Dicha proyección de I Promessi Sposi (1922) estaba planteada como una de las más sonadas del festival, no solo por la importancia del filme (se lo considera como el último gran éxito del cine mudo taliano) sino porque se presentaría la película con un acompañamiento orquestal compuesto especialmente para la ocasión. Ambientada en el siglo XVII, nos explica la historia ambientada en un pueblo del norte de Italia de dos jóvenes que simplemente quieren casarse pero un cacique local hace todo lo posible por impedírselo para quedarse él con la chica, de modo que ambos se ven obligados a escapar de allá por separado. A partir de aquí vemos las diferentes aventuras que viven no solo ellos sino otros personajes secundarios, que están muy relacionadas con la situación que vivía el país en aquellos años.

No cabe ya la más mínima duda, aunque Mario Bonnard sea más recordado por su faceta como actor, era un director espléndido. Su trabajo en I Promessi Sposi es de primer nivel, tanto en las escenas de gran escala (por ejemplo las batallas) como en las más intimistas entre personajes. Ya solo con la presentación de la chica, en un bellísimo primer plano de su peinado y luego de su rostro, me convencí de que el amigo Bonnard haría un gran trabajo tras la cámara. Debo decir que para mí la película va un poco de más a menos, sobre todo cuando se pierde de vista a los dos protagonistas, pero entiendo que la novela de base debía ser así (un apunte: el primer montaje parece ser que duraba cuatro horas, de modo que entiendo que hay muchas cosas que se quedaron en el tintero en la versión que tenemos hoy día de dos). Quizá algún espectador ponga mala cara con la temática religiosa de algunas de sus escenas, sobre todo en las de un secundario que tiene una especie de iluminación, pero creo que están suficientemente bien hechas y justificadas a nivel de guion.

Y para acabar una segunda pregunta, ¿saben qué son los saundo-ban? Se tratan de películas mudas japonesas de principios de los años 30 que se estrenaban con sonido post-sincronizado, normalmente la banda sonora y algunos efectos de sonido, pero los diálogos aparecían aún en rótulos. La transición del mudo al sonoro en Japón fue muy lenta, en gran parte por la importancia que tenían los benshi en aquella época, de modo que este tipo de filmes fueron una especie de zona intermedia hasta que se impuso el sonido. El año pasado ya vimos un saundo-ban en Pordenone – The Island Girl (1933) – y éste veremos dos más, el primero de los cuales fue Osen de las Cigüeñas (Orizuru Osen, 1935), la última película muda de Kenji Mizoguchi.

De entrada hubo dos factores que para mí jugaron en contra de esta proyección. La primera es que la selección de temas musicales que se oían en la película parece hecha al azar, y como sabrán los expertos en cine mudo, una banda sonora poco apropiada puede arruinarte un buen filme, porque condiciona la forma como percibes las escenas. Tal es así que si alguna vez llega a mis manos una copia con una banda sonora inadecuada, prefiero verla sin sonido, y les recomiendo que hagan lo mismo. Bien, en este caso quizá no fuera tan grave como para eso, pero sí que creo que la música no transmitía en ciertos momentos clave el sentimiento necesario. El segundo inconveniente es que se trataba de lo que se conocía como un super-saundo-ban, es decir, que aparte de música y efectos de sonido, había la narración de un benshi de fondo, no solo leyendo los rótulos sino reproduciendo los diálogos, que a mí al principio se me hizo un poco difícil de asimilar, ya que no es el mismo efecto oír un benshi en vivo que uno grabado.

Más allá de estos dos pequeños inconvenientes, es curioso constatar cómo de entre los grandes del cine japonés que empezaron en la era muda (Ozu, Naruse, Shimizu…), Mizoguchi es el que parece funcionar peor en formato silente. Sus característicos planos tan alejados no tienen el mismo efecto sin el sonido para sentirnos cercanos y lejanos al mismo tiempo a la acción, y sus famosos travellings (aquí aún muy rudimentarios, pero eso le da un encanto especial a la película) a menudo se cortan por la intrusión de molestos rótulos. Y no obstante, podemos intuir ya su estilo propio empezando por el argumento, que explica como una joven geisha ayuda a pagarse los estudios a un chico pobre e inocente del que se ha encariñado como si fuera su hermano. A diferencia de lo que dije de otras películas vistas en Pordenone, ésta va claramente de menos a más, con un inicio realmente confuso y luego una segunda parte más interesante cuando ahonda en la relación entre los dos protagonistas hasta desembocar en un final trágico con el mensaje clásico de Mizoguchi: los hombres son unos malnacidos que usan a las mujeres a su antojo. El propio director no hablaría muy bien de este filme – él consideraba que la primera película suya que valía la pena era Elegía de Naniwa (1936) – pero realmente es una obra más que notable.

  • Joya a descubrir: The Song of Life (1922)
  • Mi momento favorito: el plano final de The Song of Life en que se ve a los tres protagonistas y se van oscureciendo uno a uno hasta quedar solo la anciana. Una de las formas más elegantes que he visto de acabar una película.
  • Detalle a destacar: todos los primeros planos de Emilia Vidali en I Promessi Sposi (1922), son una absoluta maravilla.

 

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