Le (mini) Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2020 (III)

A medida que avanza el festival me he dado cuenta de un detalle que hace que estos visionados en el sofá de casa y con la sola compañía de mi ayudante Cesare se diferencien de alguno de los ciclos de cine mudo que a veces me hago por mi cuenta. No me refiero al resto de vídeos que el festival está compartiendo de Masterclasses, charlas después de la película y presentaciones de libros porque, ay, la falta de tiempo ha hecho que no haya podido ver ninguno (y eso que tenía muchas ganas, sobre todo de la presentación del libro Rediscovering Roscoe: The Films of “Fatty” Arbuckle de Steve Massa). No, la diferencia fundamental está en los acompañamientos musicales, porque si bien gracias a Dios hoy día las ediciones en DVD de películas mudas suelen cuidar más este aspecto, hay que decir que los acompañamientos que se hacen en Pordenone son de primer nivel, y que, lo crean o no, viendo estas películas a lo largo de la semana me han venido flashbacks de otras proyecciones de pasadas ediciones por la forma de interpretar la música.

Sirva este párrafo como reconocimiento a los excelentes músicos que contribuyen a hacer de Pordenone una experiencia de primer nivel y a los que, lo reconozco, no les dedico en mis reseñas la atención que merecen. Mea culpa! Dicho esto, pasemos a ver qué nos ha ofrecido el festival estos tres días.

6 de Octubre – Una giornata surrealista

Si el primer día del festival imperaba un cierto tono nostálgico por las dos proyecciones que coincidieron, no hay duda de que el martes fue el día dedicado al humor más estrafalario además proveniente de dos países que uno no suele asociar a ese tipo de películas. Ciertamente cuando uno piensa en cine mudo italiano lo que le viene a la cabeza son peplums y melodramas protagonizados por grandes divas, mientras que cuando uno piensa en cine mudo checo… bueno, a decir verdad, no creo que suela pensarse mucho en cine mudo checo, pero en todo caso el doble programa de hoy nos sirvió para demostrarnos que en ambos países se hacían también comedias muy divertidas.

Créditos: Národní filmový archiv, Prague

Comencemos por el cortometraje checo České Hrady A Zámky (1916) del actor y director Karel Hašler, que en realidad no fue concebido como un filme en si mismo sino como un complemento a una obra de teatro muy en la línea de lo que quiso hacer décadas después Orson Welles en Too Much Johnson (1938). La idea era que cuando el público llegaba al teatro para ver la última obra de Karel Hašler se les avisaba de que éste llegaría con retraso y que, mientras tanto, se les pondría un corto para amenizar la espera. Los asistentes veían entonces esta película que empieza como un simple documental sobre algunos de los más importantes castillos checos… hasta que de repente aparecía en pantalla el propio Hašler flirteando con una mujer. Se da cuenta entonces de que va a llegar tarde a la función teatral que tiene esa misma tarde y el actor inicia una loca carrera hacia la capital para estar ahí a tiempo. El corto nos muestra al protagonista desenvolviéndose en todo tipo de situaciones de humor físico hasta que finalmente llega al teatro, momento en el cual el actor real aparecería en el escenario con expresión apurada y la obra se iniciaría. Una idea muy simpática.

Créditos: Fondazione Cineteca Italiana, Milano

El plato fuerte no obstante fue la cinta italiana La Tempesta in un Cranio (1921) de Carlo Campogalliani, prolífico actor, director y productor de cine italiano con una extensa carrera como realizador que abarca desde los años 10 hasta los 60, y que en la era muda incluye varias de las obras del popular personaje de Maciste. Aquí interpreta a un hombre que proviene de una familia que ha tenido numerosos casos de demencia en el pasado y que, pese a su situación acomodada, se siente torturado ante la idea de que tarde o temprano se volverá loco. Un día no obstante se encuentra en una situación extrañísima que le hace sospechar que ha perdido la cordura definitivamente: se despierta en medio de la calle y se encuentra con que nadie parece reconocerle. ¿Qué ha sucedido? Incapaz de entender nada, no tiene más remedio que aprender a desenvolverse solo.

La idea del filme me ha recordado bastante a obras como When the Clouds Roll By (1919) dirigida por Victor Fleming y protagonizada por Douglas Fairbanks – y veo que no soy el único en ver el parecido – o la película de Harold Lloyd ¡Venga alegría! (Why Worry?, 1923) de Fred C. Newmeyer y Sam Taylor. En todos estos casos se juega con la idea de un personaje supersticioso o hipocondríaco que se quitará esas manías gracias a verse obligado a enfrentarse a situaciones de aventura llenas de peligro. En el caso que nos ocupa, la trama que da pie a estas alocadas situaciones de suspense y el giro final que lo explica todo son un absoluto sinsentido. Pero nada de eso importa mucho, hemos venido aquí a divertirnos y a ver a Carlo haciendo todo tipo de secuencias de humor físico que me recuerdan un poco a Buster Keaton en parte por su gusto por el riesgo y los inventos extravagantes… si bien desconozco si en una fecha tan temprana como 1921 Campogalliani había sido influenciado por algunos de los cortos del genial cómico de slapstick.

Créditos: Fondazione Cineteca Italiana, Milano

La influencia que sí creo que es evidente es la de los seriales de la época, reflejados en las situaciones de riesgo rozando el surrealismo y en el ritmo absolutamente frenético de la cinta, que hace que ésta se pase volando. Por el camino asistimos a la creación de un invento que daría pie a lo que Campogalliani bautiza como fototelefonofotografía, que no es más que una llamada de Zoom o Skype pero hecha hace un siglo (¿otro guiño del programa del festival a las numerosas veces que hemos tenido que usar esta tecnología para comunicarnos con otras personas durante el confinamiento? ¿O simplemente veo guiños a nuestra situación actual en todo?).

La película pues funciona como un notable entretenimiento filmado a buen ritmo y con algunos recursos visuales bastante bien conseguidos, que además se beneficia de la buena química que hay entre el protagonista y la chica, quizá porque la interpreta su esposa en la vida real, la actriz Letizia Quaranta. Así pues, como moraleja para cerrar el día recuerden que nada mejor para la salud mental que una buena dosis de suspense y aventuras.

Créditos: Fondazione Cineteca Italiana, Milano

7 de Octubre – Cuando nos peléabamos a pedradas delante del Partenón

Las siguientes jornadas del festival que comentaremos son ya sin cortometraje previo, puesto que los largometrajes que se nos ofrecieron duraban ya lo suficiente como para constituir una sesión en sí mismos, de modo que el miércoles fue el día de Los Apaches de Atenas (Oi Apachides ton Athinon, 1930) de Dimitrios Gaziades. Si la memoria no me traiciona, es tan solo la segunda película muda griega que he podido ver, siendo la primera un cortometraje de slapstick que precisamente vi en mi primer año en Pordenone, Oi Peripeteiai tou Villar (1924). En este caso de trata de un filme mucho más interesante que se dio por perdido durante décadas hasta que hace cuatro años la Cinemathèque Française descubrió una copia, aunque sin la banda sonora, que habría sido interesante de rescatar al ser la primera película griega en usar sonido sincronizado (eso sí, únicamente música y efectos de sonido, no diálogos).

Se trata de la adaptación de una opereta muy popular de la época protagonizada por Pierre Lambetis, un joven de clase bajo apodado popularmente como «El Príncipe» que vive junto a sus dos mejores amigos, Karoumbas y Karkaletsos. Aunque está enamorado de una bonita florista también pobre como él, un día ayuda a una joven de clase alta que tenía problemas montando su caballo y surge un flechazo entre ambos, pero sus diferencias de clase hacen imposible que lo suyo llegue a nada.

Descubrimos seguidamente que la atractiva chica es la hija de un matrimonio adinerado que en realidad son unos nuevos ricos arrogantes y carentes de educación, cuyo secretario fantasea con casarse un día con la muchacha. Cuando un día éste se atreve finalmente a pedir a su jefe la mano de su hija es despachado de forma humillante y, herido en su orgullo, urde una pequeña venganza: paga a Lambetis para que se haga pasar un príncipe y ser recibido con todos los honores en una fiesta de la familia, y así luego poder burlarse de ellos cuando destape la verdad. Lambetis accede sin saber que la familia a la que va a engañar es la de esa simpática chica de la que se enamoró.

Créditos: Tainiothiki tis Ellados (Greek Film Archive), Athens

Los Apaches de Atenas es una agradable comedia que tiene como obvio tema principal las diferencias de clase, acentuadas con el contraste entre los simpáticos protagonistas de clase baja y los arrogantes millonarios, a los que el director ridiculiza con gags que son plenamente vigentes hoy día, como cuando el padre de familia ordena comprar varios libros que no piensa leer, únicamente para llenar sus estanterías. Uno de los grandes alicientes del filme es el contener varias secuencias en las calles de Atenas, ofreciéndonos un retrato bastante realista de la capital griega en la época. Resultan muy llamativos esos planos de los muchachos callejeros peleándose a pedradas con el célebre Partenón de fondo sin turistas a la vista, pero no menos interesante es que Gaziades se empeñara en filmar los barrios más humildes de la ciudad para retratar la pobreza de las clases bajas en lo que se supone que no es más que una amable comedia.

Se nota ciertamente un empeño en hacer un retrato realista de los ambientes obreros pero manteniendo siempre una mirada amable, como queda de relieve en la secuencia en la taberna en que simplemente se dedica a mostrarnos a la gente comiendo y cantando alegremente. Conviene volver a recordar que la película inicialmente se estrenó con banda sonora, por ello hay varias escenas en que la cámara se detiene un largo rato en mostrarnos a los músicos de la banda y la gente bailando, ya que estaban pensadas para ser acompañadas por alguna canción popular durante su proyección. La copia que vimos por suerte compensó la ausencia de la banda sonora original con un excelente acompañamiento orquestal dirigido por Anastasios Simeonidis, que captó bastante bien el tono del filme.

Créditos: Tainiothiki tis Ellados (Greek Film Archive), Athens

No obstante, si bien es una película muy simpática, cabe reconocer que por otro lado Los Apaches de Atenas no acaba de ser una obra especialmente destacable en gran parte por ciertas carencias de guion y de ritmo. El filme apenas saca provecho ni de las relaciones entre los personajes (especialmente el conflictivo triángulo amoroso que tanto podría dar de sí) ni de las situaciones con más potencial cómico. Un joven vagabundo haciéndose pasar por un príncipe en una fiesta… ¡qué premisa tan prometedora que podría dar pie a tantos equívocos! Y no obstante, ¡qué pocos equívocos se nos ofrecen! Lo cierto es que cuando acaba el filme uno tiene la impresión de haber disfrutado de un buen rato con los personajes pero sin haber llegado a intimar con ellos tanto como nos habría gustado, desembocando en un final tan anticlimático y carente de tensión que a su lado el desenlace de una película de Rohmer es la matanza final de Grupo Salvaje (1969). No obstante tampoco quiero ser muy duro, y es de justicia reconocer que si bien los puntos fuertes de la película apenas se explotan o sobresalen más de lo normal, lo mismo sucede con los puntos flacos, y que la impresión global es la de una obra agradable, que fluye bien sin sobresaltos; sin grandes momentos pero también sin grandes errores.

A todo esto: un protagonista pobre enamorado de una florista, el contraste entre personajes de clase alta y clase baja, un personaje humilde haciéndose pasar por alguien adinerado… ¿no les es todo esto muy familiar? ¡Y lo curioso es que este filme es anterior!

Créditos: Tainiothiki tis Ellados (Greek Film Archive), Athens

8 de Octubre – De juerga en la República de Weimar

Crisis (Abwege, 1928) de G.W. Pabst es el único largometraje de esta edición del festival que ya conocía previamente, aunque contaba con el aliciente de recuperarlo en una versión restaurada que recuperaba los tintados de la copia original. Este drama seguramente sea una de las obras más olvidadas de la etapa muda de Pabst, en gran parte por haber sido en su época un fracaso de taquilla y crítica en contraste con sus obras anteriores y posteriores mucho más reputadas, pero revisionándola me reafirmo en que es una obra que merece la pena rescatarse con un trabajo de dirección quizá no tan vistoso pero igualmente excelente.

De hecho a mí la secuencia inicial ya me tiene ganado por la forma tan inteligente de dar a entender tantas cosas en tan poco tiempo y además de forma natural. Dos mujeres conversan en un salón mientras toman el té y un hombre está haciendo el retrato de una de ellas, que pronto sabremos que es Irene, la protagonista. Seguidamente él le pregunta a ella cuándo va a acompañarle a visitar su estudio. Ésta no parece saber qué responder, pero su amiga parece animarla con una mirada pícara. Llega un hombre. Irene se levanta a recibirlo, los otros dos ponen cara de no estar muy contentos con su presencia. Cuando el hombre en cuestión descubre a los dos invitados intuimos que él piensa lo mismo de ellos. Una vez éstos se van, el marido encuentra el retrato que le ha hecho el otro hombre de su mujer. No han pasado ni tres minutos pero se nos ha dado a entender toda la clave del conflicto sin hacer la clásica presentación previa de personajes: una mujer casada tentada por un artista y espoleada por su amiga, un marido que no ve con agrado esas amistades y descubre que otro hombre está pretendiendo a su esposa, y, la clave de todo, una mujer que se siente aburrida y aprisionada en su monótono matrimonio.

Créditos: Münchner Filmmuseum

Crisis es por tanto la historia de un matrimonio que parece abocado al fracaso y de las dudas que siente Irene sobre qué camino tomar: seguir con su marido o sucumbir a las tentaciones que se le presentan. No parece una idea especialmente original, pero la clave está en cómo Pabst trata la historia, centrando todo el peso en el conflicto interior de Irene, quien se debate a lo largo del filme entre ideas contradictorias: del amor hacia su marido al desprecio por el tipo de hombre que es (aburrido, siempre trabajando, «poco hombre» en palabras suyas), de los arrebatos de puro despecho al temor real a perderle. Fíjense en lo más curioso de todo: a lo largo del filme no se produce ningún adulterio (y ya me perdonarán si consideran esto un spoiler) porque eso no es lo que le interesa a Pabst, sino la indecisión de Irene y la forma como pasa de un mundo a otro sin saber con cuál quedarse: el confortable hogar con su marido o la lujuria y diversión de los clubs nocturnos.

De hecho la larga escena del club es uno de los mejores momentos del filme por lo bien que describe el hedonismo tan característico de los ambientes nocturnos en la República de Weimar. Créanme, ¡en aquellos tiempos sí que sabíamos divertirnos y montar una buena fiesta! Y el gran logro de dicha escena está en que no esconde el tono tan desacomplejadamente lujurioso de dichos entornos pero sin caer en lo paródico o excesivo. Se nos muestra la ligereza para cambiar de pareja o intimar más de lo normal con desconocidos, el frenesí de las pistas de baile, así como el incesante consumo de alcohol e incluso (aunque no se vea explícitamente en la pantalla) de drogas. No, amigos, no nos conformábamos con poca cosa en aquellos buenos tiempos.

Créditos: Münchner Filmmuseum

Me resulta comprensible que la película en su época no gustara demasiado, porque entiendo que por entonces se vería como otra historia sobre un matrimonio en crisis que además no llegaba a definirse del todo, en que no acababa de materializarse la figura del amante que seduce a Irene en tórridas escenas de amor, en que la protagonista muestra una actitud contradictoria respecto a su marido de una escena a otra. Pero eso que verían como un defecto yo creo que en realidad es una muestra de la forma tan madura como Pabst encara un tipo de conflicto que en realidad es mucho más complejo como para reducirlo a un adulterio sin más. En Crisis lo importante no es tanto si Irene va a acabar abandonando a su marido como todo el contradictorio proceso por el que pasa la protagonista y los errores que cometen tanto ella como su esposo respecto a su relación, que desemboca en un final que podría tener como extraña moraleja que a veces hace falta divorciarse para reconciliarse con tu esposo.

Me guardo para el final una de las grandes bazas de la película, que tiene nombre y apellidos: Brigitte Helm. Sí, Helm será siempre en el imaginario cinéfilo la Maria de Metrópolis (1927) de Fritz Lang, pero qué injusto es que no se recuerden sus otros trabajos como actriz. Helm aquí lleva la mayor parte del peso de la película y demuestra de sobras ser una grandísima intérprete capaz de reflejar todo ese conflicto interior de su personaje sin sucumbir a los riesgos de la sobreactuación. A veces parece vulnerable, en otras ocasiones ridícula; en ciertas escenas no entendemos qué hace con un hombre como su marido, pero en otras intuimos que no acaba de encajar tampoco en el mundo de libertinaje que le propone su amiga. Notamos en su interpretación cómo Irene se empeña en encajar en uno de esos dos mundos sin acabar de conseguirlo y de ahí el gran conflicto del filme: que probablemente nunca podrá llegar a ser feliz del todo en ninguno de ellos.

Créditos: Münchner Filmmuseum

Lo más destacado de estos días:

Escena a destacar: todas las escenas en la pista de baile del club nocturno en Crisis, con la cámara moviéndose entre los asistentes transmitiéndonos la sensación de agobio y bullicio.

Momento divertido: el plano de Carlo mirando a cámara fardando de músculos en La Tempesta in un Cranio y un pequeño detalle simpático de Los Apaches de Atenas: en la escena en que los dos porteros intentan echar a los dos amigos del protagonista de la fiesta podrán ver cómo uno de ellos acaba riéndose saliéndose del personaje, corroborando el tono sencillo y simpático que sobrevuela sobre el filme.

Detalle a destacar: el extravagante invento que Carlo se saca de la manga en La Tempesta in un Cranio para escapar por una ventana que incluye un ratón, una vela, un trozo de pan y una cuerda. Les dejo con la intriga

Curiosidad a destacar: a raíz del casual parecido de Los Apaches de Atenas con Luces de la Ciudad (1931) merece añadirse una segunda casualidad: en cierto momento de la película se puede ver una imagen de Chaplin en la pantalla. Si consiguen acceder a la película les animo a que descubran cuándo sucede.

Créditos: Münchner Filmmuseum

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