El Golem (Der Golem, wie er in die Welt kam, 1920) de Paul Wegener y Carl Boese

Una de las películas más importantes que el año pasado cumplió un siglo es El Golem (1920) de Paul Wegener. Eso sumado a la reciente restauración que recientemente salió a la venta nos sirve de excusa perfecta para dedicarle una entrada detallada a la que es una de las obras maestras del cine mudo alemán.

Todo empezó cuando el actor de teatro Paul Wegener estaba filmando en Praga la primera versión cinematográfica de El Estudiante de Praga (1913), codirigida por él y Stellan Rye. En medio del rodaje, Wegener se enteró de una leyenda local judía sobre un rabino que en la Edad Media dio vida a un golem para proteger a los habitantes de su gueto. Fascinado por la historia, Wegener se propuso convertirla en película, y de ahí surgiría El Golem (1915), codirigida por él y Henrik Galeen. Por desgracia dicha versión está perdida, lo cual supone una enorme pérdida porque las escenas que sobreviven resultan muy prometedoras (en su momento ya comenté los pocos fragmentos que pude ver en Le Giornate del Cinema Muto del 2017). Lo interesante de esta versión es que Wegener la situaba en la época contemporánea – el presupuesto no daba para recrearla en la Edad Medieval – pero el director quedó muy poco satisfecho con el resultado. A ésta le seguiría una especie de secuela en clave humorística, El Golem y la Bailarina (Der Golem und die Tänzerin, 1917) también codirigida por Wegener, quien encarnaba a un actor que se disfrazaba de golem para impresionar a una bailarina en un baile de disfraces. De nuevo se trata de una película perdida que, si bien no parece tan prometedora como El Golem (1915), tiene como aliciente tanto sus juegos metacinematográficos (con Wegener encarnando a un actor que ha interpretado a un golem en una película) como la idea de extraer partido humorístico a una figura en principio terrorífica (algo que explotarían más a fondo posteriormente cineastas como Tod Browning o James Whale).

Ahora sí, llegamos a la célebre versión de 1920. Un primer detalle fundamental a explicar es que aunque hoy día la conocemos simplemente como El Golem, en realidad se trataba de una segunda parte (o tercera si contamos el filme cómico de 1917) dedicada a dicho personaje. En otras palabras, era una secuela o, mejor dicho, una precuela, tal y como anuncia el título completo original: Der Golem: wie er in die Welt kam (El Gólem: cómo vino al mundo). Efectivamente, una vez superado el difícil contexto para producir películas que fue la I Guerra Mundial, Wegener se propuso retomar una vez más la historia pero esta vez tal y como él la tenía pensada desde el principio: situándola en la Edad Medieval y respetando la leyenda original judía, con la ayuda extra de la novela de Gustav Meyrink como punto de partida, si bien ésta posee un tono mucho más elíptico y alucinatorio que la película, y a la práctica Wegener solo la usa como inspiración para la figura del golem más que para la trama.

Ambientada en el gueto judío de Praga durante el siglo XVI, el protagonista es el rabino Loew, quien ante el aviso del emperador de que deben abandonar la ciudad decide recurrir a sus viejos escritos en busca de ayuda. En uno de ellos encuentra la solución: crear una gigantesca figura de arcilla, el golem, a la que se puede dar vida gracias a una palabra mágica que puede descubrir evocando al espíritu del mal Astaroth. Loew y su ayudante consiguen exitosamente dar vida al golem, y el rabino acude a una audiencia con el emperador para intentar salvar a la comunidad judía de la expulsión. En paralelo, su hija Miriam tiene un romance con Florian, el arrogante mensajero del emperador, a espaldas no solo de su padre sino también del ayudante de éste, que está enamorado de ella.


¿Nunca han probado a ir de compras al mercado con su golem?

A falta de conocer cómo era la primera versión de este mito, realmente no se puede negar que Wegener consiguió en esta precuela lo que se propuso inicialmente: El Golem es una película que se sumerge en las raíces judías del mito al mismo tiempo que evoca exitosamente ese tono tenebroso y fantasmagórico. No se puede decir que sea una obra de terror al uso puesto que se nota que el actor y director da más importancia a lo que es la leyenda que a los elementos de suspense, pero es innegable que realmente resulta muy perturbadora y no es de extrañar que haya contribuido decisivamente a crear esa imagen del cine alemán mudo como un universo de horror y misterio, una imagen algo tópica y a veces mal mezclada con el sobreexplotado concepto del cine expresionista.

Aunque se suele incluir El Golem dentro del expresionismo, es cierto que si uno la compara con la gran película del movimiento – curiosamente estrenada el mismo año – El Gabinete del Doctor Caligari (1920), no se puede decir que el filme que nos atañe tenga una estética muy expresionista. Pero como ya defendí en el artículo citado antes, yo entiendo el expresionismo alemán más bien como una amalgama de influencias que incluyen no solo el arte expresionista, sino también el romanticismo y esa fascinación por lo oculto, y es por aquí donde podremos insertar El Golem en la tradición del cine expresionista. La escena en que el rabino y su ayudante evocan a Astaroth sigue siendo una escena terriblemente inquietante con una puesta en escena que no tira tanto por el terror como por lo inquietante, lo oscuro. Quizá esto es lo que hace que momentos como éste hayan envejecido tan bien: que no buscan asustar al espectador, sino crear un clima tenebroso.

Mi escena favorita corresponde al otro gran momento fantástico del filme cuando el rabino acude con el golem a la corte del emperador y evoca en imágenes el pasado del pueblo judío. Cuando los miembros de la corte empiezan a reírse, las imágenes se desvanecen y el techo empieza a derrumbarse amenazando con matarlos a todos, momento que el rabino aprovecha para conseguir que el golem les salve la vida y así ganarse el favor del emperador. Es una escena curiosísima que siempre me ha fascinado por evocar lo que sería una arcaica sesión de cine, y que muestra una de las claves de lo que es la relación entre el espectador y la pantalla: la tranquilidad de saber que estamos viendo sin que los personajes de la pantalla nos vean a nosotros, y el terror a que uno de éstos nos devuelva la mirada, que aquí está ejemplificado en el momento en que el judío errante se acerca furioso a los espectadores cuando descubre que éstos se están riendo de él y se venga provocando la catástrofe.

Pero tal y como he señalado antes, lo que dota de un interés especial a El Golem es la importancia que le da a las raíces judías de la historia. Se nota una gran sensibilidad hacia la cultura judaica denunciando las injusticias de las que son víctimas y un esfuerzo por recrear minuciosamente la vida en el gueto. Del mismo modo no es casual que la subtrama del filme no sea un mero triángulo amoroso entre el ayudante del rabino, la hija del mismo y el mensajero del emperador, sino un romance ilícito entre dos personas que profesan fes diferentes. Estos elementos son los que distinguen El Golem de una película de terror al uso.

No obstante parece que nos estamos olvidando de la principal figura de la película: ¡el golem mismo! La actuación de Paul Wegener en ese sentido es inolvidable, y si bien es cierto que ya de por si su fisonomía encajaba perfectamente para el papel, merece aplaudirse su actuación de movimientos más bien estáticos que compensa la poca expresividad del golem con su feroz mirada. El papel que ejerce aquí el golem se nota que fue una influencia posterior a otros monstruos, sin ir más lejos al de Frankenstein (1931) de James Whale, en que hay una escena idéntica a la que aparece aquí con una niña o incluso a King Kong (1933) en la fascinación que siente el monstruo hacia el personaje femenino.

Pero de todos modos no hemos de olvidar que aquí el golem no hace el papel tradicional de monstruo, sino que su presencia tiene más bien algo de fáustico. Después de todo, para crearlo el rabino ha tenido que ponerse en contacto con las fuerzas del mal y en el fondo ese monstruo representa el lado oscuro de su sabiduría, su capacidad para dar forma a algo terrible que ni él mismo puede controlar. Incluso si uno quiere ir más lejos, el golem no deja de ser el símbolo de toda la ira acumulada por los judíos del gueto como el rabino Loew, que llevan tanto tiempo soportando estoicamente injusticias y no tienen forma de rebelarse, de modo que la única forma de responder es crear esta criatura diabólica que se atreve a hacer lo que ellos no se ven capaces de llevar a cabo: en el caso del rabino servirse de su fuerza para conseguir el favor del emperador (a costa de poner su vida y la de sus cortesanos en peligro) y en el caso de su ayudante, acabar con su rival amoroso. Tanto en un caso como en otro los personajes judíos no se atreven a llevar a cabo esa violencia o sus venganzas directamente a cabo, y tienen que servirse indirectamente del golem para ello. ¿No les recuerda un poco a la relación entre un servidor, el Doctor Caligari, y mi ayudante Cesare? Si algo no puede negarse del cine alemán de esa época es que resulta fascinante por la forma como evoca el horror no a través de enfrentamientos simples (hombre vs monstruo/psicópata) sino entretejiendo estas extrañas relaciones entre sus personajes.

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