La Sonriente Madame Beudet (La Souriante Madame Beudet, 1923) de Germaine Dulac

En estos tiempos en que cada vez se realizan más películas de corte feminista, en que poco a poco las amas de casa se han ido abriendo paso en las pantallas para explicarnos historias sobre frustraciones, chantajes o maltratos psicológicos por parte de sus maridos; en definitiva, en esta época en que existe una mayor sensibilización hacia el papel de la mujer en nuestra sociedad, puede parecernos chocante volver la vista atrás y descubrir que ya hace 100 años se realizaron algunos alegatos feministas en el cine que son perfectamente válidos hoy día y que no han envejecido lo más mínimo a nivel de denuncia. Ése es el caso de La Sonriente Madame Beudet (1923) de la directora vanguardista Germaine Dulac, que – ojo al dato – en apenas 40 minutos nos ofrece una historia llena de riqueza a la que no le sobra ni falta nada.

Madame Beudet es una ama de casa burguesa aburrida de la vida conyugal con su marido, Monsieur Beudet, un comerciante de carácter vulgar e insensible que cuando tiene una rabieta suele hacer la broma de coger una pistola descargada y amenazar con suicidarse disparando a su sien. Madame Beudet, una mujer inteligente y culta, fantasea con una vida mejor… lejos de su marido.

Para mí la gran virtud de La Sonriente Madame Beudet es cómo Dulac nos narra un melodrama doméstico de pocos personajes sin renunciar por ello a las virtudes del cine más vanguardista en que era una de sus exponentes más destacadas. La historia está explicada con suma sensibilidad, sin necesidad de grandes aspavientos, con un personaje femenino principal perfectamente definido, cuyo carácter tan contenido y melancólico desentona claramente al lado de su marido burdo y grosero.

Pero en paralelo a esas escenas cotidianas Dulac inserta algunas imágenes muy evocadoras que reflejan el mundo interior de su protagonista, como ese plano de un coche circulando por un paisaje de nubes o las imágenes visuales que le evocan un poema que lee. También cuando su criada le pide permiso para cogerse la noche libre con su prometido, Madame Beudet visualiza entonces la figura del amante haciendo carantoñas a su sirvienta, y eso le sirve para constatar frustrada cómo hasta su criada tiene una vida más plena que ella.

En ese punto las fantasías de Madame Beudet se convierten en pesadillas, y mientras su marido pasa la noche fuera viendo una representación de Fausto, ésta tiene visiones de él en que éste reaparece por la ventana casi como un monstruo, o en que vemos su rostro en un horroroso primer plano deformado. Lo que nos demuestra aquí Dulac es que no hace falta renunciar a este tipo de trucajes para explicar una historia de corte más realista y melodramático, ya que nos permiten poder conocer el estado interior de su protagonista de forma visual, sin necesidad de rótulos explicativos.

Finalmente ésta cae en la tentación de poner una bala en la pistola que su marido usa para simular esos payasescos intentos de suicidio, pero le pueden los remordimientos. Cuando al final se descubre lo que ha sucedido, resulta muy significativo que el marido malinterprete todo por completo. De hecho me parece uno de los mayores aciertos del filme: el problema de Monsieur Beudet no es solo que sea grosero y apenas cuide a su mujer sino que no es consciente de ello. Como forma de solucionar esta crisis, Monsieur Beudet tira entonces del chantaje emocional, apelando a que sería incapaz de vivir con ella. El descorazonador plano final nos muestra a Madame Beudet condenada de por vida a seguir con esa rutina, atada a un hombre que le repugna y que no se preocupa por ella, simplemente por compasión.

La Sonriente Madame Beudet – al acabar el filme entendemos su irónico título – es un reflejo de cómo el género del melodrama en la era muda no se limitaba, contra lo que dicta el tópico, a película llenas de tragedia y actuaciones excesivas, sino que también había lugar para historias pequeñas y sensibles que reflejan con dolorosa certera la situación en la que se encontraban tantas espectadoras.

2 comentarios en “La Sonriente Madame Beudet (La Souriante Madame Beudet, 1923) de Germaine Dulac

  1. Una película extraordinària, que debería resultar evidente a cualquier espectador actual de su importància intrínseca, aunque no sabemos hasta que punto de influencia directa real, porque estas maravillas, por desgracia, nunca han obtenido la misma distribución, promoción y difusión que los títulos que tenían una gran casa productora detrás, e incluso a muchos críticos se les pasa (sobretodo siendo, en este caso,una mujer tan «incómoda» como Dulac). He ido corriendo a comprobar si la velocidad de proyección de las opias que circulan por ahí justifican los 40 minutos o realmente debería durar 10 o 15 minutos más, però no, en este caso la velocidad de proyección me ha parecido muy adecuada y no parece que sea ralentizar nada. En algunos casos la ralentización, como ya sabemos, debería bajar a menos del 0.75%, sin llegar a que parezca que los actores se mueven sumergidos en el mar, como decía Kubrick respecto a algunas copias que cirulaban de El acorazado Potemkin, en las cuales, realmente, se pasaron y la gente se muere de un modo que parece un anticipo del estilo de Sam Peckimpah.
    Volviendo al artículo, magnífica exposición del asunto, un abrebocas estupendo que espero que anime a quien tropiece con él por accidente a adentrarse en el fascinante mundo de Dulac.

  2. Jajaja, me ha gustado el símil Potemkin-Peckinpah. El tema de la velocidad de proyección del cine mudo siempre ha sido espinoso. En el pasado sucedía más bien al contrario, y decía Kevin Brownlow que muchas joyas mudas no eran apreciadas porque se proyectaban más rápido de lo debido dándoles un efecto cómico que no era buscado. Hoy día que vivimos en la edad de oro de las restauraciones por suerte creo que el tema está ya más que controlado. Pese a la extraña duración de 40 minutos es algo que me gusta del cine silente, que los estándares de duración todavía no eran tan firmes y una película duraba lo que tenía que durar.
    Este filme creo que sería un magnífico descubrimiento para muchos espectadores actuales como apuntas: temática perfectamente vigente, visualmente atractivo y dura menos que el capítulo de cualquier serie de moda.

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