El cine de atracciones según Tom Gunning

Aunque en un principio el propósito de este blog va más encaminado a comentar películas y curiosidades antes que adentrarse en teoría sobre el cine mudo – lo cual tampoco le supondría un problema a este Doctor – he pensado que sería interesante hacer una pequeña excepción dedicando un post a un concepto tan fundamental como el de «cine de atracciones», desarrollado por el historiador americano Tom Gunning en los años 80. Creo que para los aficionados al cine mudo que no lo conozcan puede resultarles muy útil a la hora de revalorizar cortometrajes de la era primitiva, y por otro lado como yo lo he usado por aquí en ciertas ocasiones (la última vez en mi post especial dedicado a Segundo de Chomón) no estaría de más dedicarle algunas líneas. Así pues, ¡allá vamos!

Tradicionalmente a la hora de hablar del cine de los orígenes, el conocido como cine primitivo, se ha tendido a valorarlo desde una perspectiva que se basaba demasiado en la forma que ha acabado adquiriendo a posteriori esta forma de expresión, es decir, lo que sería el cine narrativo clásico. Eso ha llevado a dos problemas en lo que respecta a valorar como se merece el cine de ese periodo: en primer lugar que se habla de las obras de esos años en base a sus carencias (por ejemplo, son películas que no tienen un montaje mínimamente avanzado o que no manejan una variedad de planos muy amplia) y, en segundo lugar, que hay una mirada inevitablemente condescendiente hacia ellas (son películas que «no saben narrar historias todavía», que por tanto «no funcionan» como filmes).

Pero en realidad ésta es una forma poco adecuada de afrontar el cine de esos años. Tantos los cineastas como los espectadores de esa época no tenían la sensación de que a esas películas les faltara algo o que no funcionaran. Eso nos lo parece a nosotros porque estamos acostumbrados a una forma muy determinada de hacer cine que vemos como la correcta, la estandarizada. Pero eso mismo es lo que le sucede a la mayor parte del público que no se acerca a menos de 10 metros de una película muda de los años 20, porque la consideran incompleta. De hecho en una ocasión recuerdo que alguien me echó en cara que citara entre mis películas favoritas tantas del periodo silente porque no entendía que considerara obras cumbre del cine a filmes que no podían considerarse todavía plenamente maduros o completos, ya que les faltaba el sonido, y el cine es imagen y sonido. A nosotros, fanáticos del cine mudo, esto nos parece una barbaridad. Sabemos que el cine mudo clásico funcionaba perfectamente sin sonido, y que viendo las grandes obras de ese periodo no parece que les falte algo. El añadido sonoro fue algo que acabó de complementarlo y llevarlo a más altas cotas de expresión, pero no era algo que necesitaran los cineastas para crear obras maestras.

Pues referente al cine de los primeros años ésta es la mentalidad que debemos aplicar: no hemos de ver estas películas como obras que no consiguen explicar historias adecuadamente o que tienen numerosas carencias porque aún no estaba desarrollado el lenguaje cinematográfico, hemos de verlas como películas que para el público y cineastas de la época tenían sentido en sí mismas. Pero claro, si son obras que aún no utilizaban todos los recursos del lenguaje cinematográfico clásico, ¿cómo podían funcionar incluso para los estándares de la época? ¿Qué veía el público en ellas? Aquí es donde entra el concepto de cine de atracciones acuñado por el teórico Tom Gunning en los años 80 para explicar el atractivo que tenía ese tipo de filmes para los espectadores de principios de siglo XX.

Con ese término Gunning se refiere a una tendencia que imperó en el mundo cinematográfico hasta 1908 aproximadamente en que el énfasis se ponía no tanto en narrar historias como en el hecho de ver, el puro y simple placer de ver algo que ha sido grabado. En los inicios del cine la novedad de ver imágenes grabadas en movimiento era un aliciente de sobras para los espectadores. De hecho las primeras películas del cine para mí siempre han tenido esa genuina inocencia de un niño jugando con su primera cámara de fotos y registrando todo lo que ve, aunque sea inocuo. Lo que el niño hace no es necesariamente retratar aquello que sea relevante o bello, sino cualquier cosa, porque lo que le atrae es la posibilidad por primera vez de capturar cualquier pedazo de realidad y luego volver a verla. En el cine de los orígenes el principio es el mismo: a los espectadores les atraían tanto filmaciones de grandes eventos o de escenas ficcionalizadas humorísticas como simples grabaciones de ciudades que hoy día nos parecen inocuas y aburridas salvo desde un punto de vista histórico.

No debemos infravalorar el «simple» placer que nos supone ver imágenes registradas en movimiento. Es algo que nos ha seguido fascinando a lo largo de la historia del cine y de lo que se han servido los grandes cineastas, solo que conjugado junto a otros elementos que hacen que el visionado sea una experiencia en conjunto placentera, como una historia bien narrada, actores carismáticos, una buena fotografía, una banda sonora que enfatice las emociones, etc. Estos otros ingredientes los tenemos mucho más en cuenta y nos resultan más fáciles de valorar, pero no olvidemos que a veces lo que nos fascina de un determinado plano es el mero hecho de ver a esos personajes moviéndose en el encuadre, y a veces simplemente la forma como el director les hace moverse puede conseguir que la experiencia resulte mucho más trascendental. ¿No existe cierto placer en el simple hecho liberador de ver al pequeño Antoine Doinel corriendo sin rumbo al final de Los Cuatrocientos Golpes (Les Quatre Cents Coups, 1959) de François Truffaut? O a veces incluso el movimiento de un mero objeto puedo dotar a un plano de mucha mayor belleza, como el velo de novia de Qué Verde Era mi Valle (How Green Was my Valley, 1941) de John Ford meciéndose al viento mientras los personajes salen de la iglesia. ¿Por qué extraña razón el hecho de que veamos cómo el velo se balancea le otorga más emoción a la escena? No es algo casual, Ford lo sabía porque nos consta que lo provocó a propósito. Hay por tanto algo en el hecho de registrar ciertos objetos o personas en movimiento que nos resulta atractivo.

Por tanto el cine de atracciones no debe juzgarse en función de su narrativa aún deficiente. El gran interés de espectadores y cineastas estaba en el placer de registrar y ver imágenes en movimiento, lo que no quita que eso podía ir de la mano de otros atractivos como por ejemplo el narrar una historia. Pero como desde nuestra perspectiva actual contaminada por tantos años de cine narrativo nos parece que el centro de todo filme es la historia y cómo se cuenta, en consecuencia tendemos a valorar esos filmes en función de esos parámetros equivocados: lo deficiente que es la narrativa, su incapacidad de explicar historias complejas, la falta de un lenguaje cinematográfico avanzado… Todo eso es cierto y a mí me resulta fascinante de rastrear esos primeros intentos de encontrar formas de narrativa nuevas que muchas veces acaban fallando, pero no entendamos estos intentos fallidos como un síntoma de que esas películas no funcionaban, sino como una exploración que tenía lugar en paralelo al principal punto de interés de los filmes, que era ese registro de imágenes.

De hecho como la experiencia en el cine de atracciones se basaba en el acto de registrar y ver películas uno de los elementos que resultaba más atractivos al público era aquello que evidenciaba el elemento técnico (y casi mágico) del cine, es decir, los trucajes. Es por eso que las películas de trucos como las de Méliès o Segundo de Chomón encajan tan bien en este periodo, porque se basan en el placer de ver cómo personas y objetos aparecen y desaparecen, adquieren proporciones inusitadas o se metamorfosean en formas absurdas. La narrativa es mínima y a menudo irrelevante, lo que el espectador quería ver son simplemente los trucos.

¿Qué sucedió pues con el cine de atracciones? A medida que la narrativa clásica se acabó imponiendo como modelo estándar de hacer películas la forma de entender el cine que exponía el cine de atracciones fue cayendo en desuso. Entraron en juego otros factores y la narración de una historia se convirtió en el centro de todo. No obstante, según Gunning incluso en el Hollywood clásico siguieron existiendo pequeños destellos de cine de atracciones, como los complejos números coreografiados de películas musicales, donde la narrativa queda olvidada y todo se basa en el mero placer de ver esa compleja coreografía de baile.

Pero aun así me permito una pequeña reflexión final. ¿No hemos vuelto en estos tiempos a una especie de cine de atracciones en la forma de producir y consumir vídeos en internet y, sobre todo, en redes sociales? En una época en que mucha gente joven le da al fast forward con inusitada facilidad mientras ve películas o series de televisión para llegar a las escenas más interesantes, o en que la forma principal de consumir vídeos es Youtube, quizá hemos regresado a un paradigma en que la narrativa no es el centro de todo. Esto es algo que ya adelanté hace unos años teorizando un poco en broma sobre que el gif animado era una forma de comunicación que entroncaba especialmente bien con la idea del cine de atracciones, a raíz del excéntrico vídeo de Le Cochon Danseur (1907), que se viralizó en muchos foros en forma de escalofriante gif. Pero ahora creo que la comparación es aún más pertinente que nunca. Los breves vídeos que cuelgan miles de personas en Instagram o TikTok a menudo funcionan de una forma muy parecida al cine de atracciones. Son vídeos muy breves, que no se basan en narrar una historia sino en el mero placer de grabar/exhibir por un lado y el de ver por el otro; probablemente en nuestros tiempos la mayoría de personas consumen en su día a día más vídeos de este estilo que obras narrativas. De modo que en esta imparable evolución tecnológica, que va cambiando con una rapidez inusitada nuestras formas de consumo de un año a otro, parece que irónicamente hemos vuelto al principio otra vez.

Referencias

«Now You See It, Now You Don’t: The Temporality of the Cinema of Attractions» de Tom Gunning.

5 comentarios en “El cine de atracciones según Tom Gunning

  1. ¡Que artículo tan bueno! Bueno, me refiero en otro sentido, que los demás también lo son (sé como las gasta si tiene ese Cesare a mano), pero me he sentido plénamente identificado en todo. Y es que no hay más, esa me parece la forma más lúcida y sana de acercarse a una obra, de la época que sea, y disfrutarla plenamente. La grácia como espectador, lector (o lo que sea, como desencriptador y luego disfrutador de una obra producida por alguien) para mí reside en meterme en un mundo y situación, transformarme durante un rato, creérme que aquello exite y yo ser alguien diferente. Vaya, que si leo Petronio, durante un rato me transformo en un romano más, en absoluto cuestiono la esclavitud (e incluso imagino que tengo algún esclavo) y me parece la cosa más normal del mundo cualquier barbaridad que se cometa en el circo, así como sentiré ese aburrimiento patricio cuando veu según que tortura, no me indignaré ni nada. La ficción tiene eso. Incluso si esa ficción va contra uno, tu país, tu ciudad, tus ancestros (aunque en ese sentido, reconozco que la desconexión-reconexión es más fácil cuanto más lejana esté la obra en el tiempo) es divertido ser durante un rato el enemigo, si eso que se te muestra o cuenta te convence a nivel estético, narrativo o por puro impacto. Pongamos un ejemplo inocuo (para no entrar en líos que llevan a discusiones tóxicas), que yo, que soy de Sitges, me encantaría leer una buena obra satírica escrita, con toda la mala leche del mundo, por alguien de Vilanova y la Geltrú (población históricamente rival) y reírme a gusto porque durante un rato me siento un completo antisitgetano (un traidor en toda regla, vaya). Mientras todos sepamos que se trata de una ficción, ningún problema. Más sencillo debería ser meternos en la cabeza de un espectador de 1905. Claro que habrá cosas que se nos escaparán (cuantos menos referencias, menos información se tenga sobre esa época más exótico nos parecerá todo), pero por poco que nos pongamos, esos viajes en el tiempo es uno de los disfrutes más placenteros que creo pueda haber. Ojalá algún día podamos viajar al futuro. De momento reconozco que soy muy fan de los gif. Me gusta que las cosas se muevan, me gusta la profundidad pero me deja muy a satisfecho un buen baño de superficialidad (que como en todo, hay un cierto sibaritismo en eso también). Lo importante es variar la dieta y ejercitar el cerebro.
    Feliz día intemporal.

  2. Es que ésa es una de las gracias del arte que hoy día está siendo tan discutida por el complejo debate sobre el contenido inapropiado de ciertas películas, especialmente antiguas. Es un tema espinoso, porque una cosa es identificarte con un soldado nazi en La cruz de hierro (1977) de Peckinpah y otra dejar que la fascinación que transmite El nacimiento de una nación (1915) te mueva a salir de casa disfrazado del KKK. Pero sin meterme en terrenos tan pantanosos, sí que es en cierto modo la idea tras este concepto, no juzgar estas películas por nuestra forma de entender hoy día el cine sino meterte en la mentalidad de alguien de esa época y disfrutarlas de esa manera, porque realmente se concibieron con unos propósitos totalmente distintos a los actuales a la hora de hacer cine. Creo que como dices es un ejercicio muy sano y permite «ejercitar el cerebro», obligarnos a entender el cine de otra forma a como estamos acostumbrados.
    Un saludo.

  3. Mis felicitaciones, Herr Doktor, por el magnífico resumen de esta teoría con la que estoy muy de acuerdo. Una de las mejores experiencias que he vivido como profe y como cinéfilo ha sido poner alguna vez en clase «El pequeño salvaje» a esos mismos adolescentes incapaces de consumir un vídeo de youtube que supere los 6 minutos sin dormirse o darle palante.

    Esa película -sin apenas argumento ni desarrollo narrativo- ejerce sobre ellos una fascinación y un embobamiento parecido al que provoca el fuego. Creo que es porque en ella se mezclan dos cosas: en primer lugar, que el protagonista sea un chaval, lo que les hace empatizar automáticamente (si quieres acertar poniendo pelis a un público adolescente te aseguras el tiro casi al 90% si la protagoniza un ídem) y en segundo lugar, que tiene más que ver con esto de las atracciones, porque en esa peli tanto la puesta en escena, que deliberadamente por cierto homenajea al cine mudo, como la misma temática contribuyen a ello. Y es que por mostrar un proceso de intento de educación incluye muchas repeticiones, situaciones de premio/castigo y pequeñas tensiones del tipo «acierta no acierta». Creo que ese gazpacho es el que hace que esta maravilla, que a muchos adultos puede aburrir, a cualquier pipiol@ suele fascinarle. En cierta forma la peli, si se me permite el símil mostrenco, es como una sucesión de excelsos vídeos de tik tok en horizontal entre los cuales se incluye algún diálogo entre adultos que contextualiza lo demás.

    Por eso creo que ocurre lo que tú aportas al final, que parece que volvemos a eso, pero yo creo que no es que volvamos a eso, es que «somos» eso, es decir, que ese placer puro de mirar forma parte de nosotros, lo que ocurre es que el medio, sean Chomón, sean los gifs, (premio especial para el nunchakus gif, al que habré dedicado no pocas horas de mi vida de opositor y que me sigo desatornillando de la risa al verlo), o sea tik tok, se agotan rápidamente, porque esa pura fascinación del mirar se diluye por repetición, precisamente la misma repetición que asegura el éxito del medio (el efecto de las cabezas que se multiplican, el bailecito viral de esta semana), así que si el medio no se transforma en otra cosa pues se extingue. Por eso bien sabes tú que establecer una línea continua de progreso creativo entre el cine primitivo y los comienzos del sonoro es complicado. Que el cine evolucionó más bien remedando la hipótesis biológica del equilibrio puntuado que la del progreso lineal y acumulativo.

    Vaya chapa. Mis disculpas.

    Un abrazo agradecido

  4. ¡Nada que disculpar por las chapas, si yo soy el primero en liarme con posts largos! Y me han parecido muy interesantes tus dos reflexiones, la de los chavales viendo la película de Truffaut (yo si fuera profesor no me habría atrevido) y sobre que más volver a los orígenes siempre nos hemos guiado por esa fascinación hacia mirar/el movimiento. Es un tema demasiado complejo para tratarlo aquí en un par de comentarios, pero imagino que es sobre todo un tema de qué medios tecnológicos ha habido a lo largo de los años para consumir imágenes en movimiento (nunca ha tenido la humanidad tanta facilidad para dicho consumo como hoy día) y yo también añadiría la cultura del consumo «exprés» que impera en nuestros tiempos. Todo esto dicho sin ánimo de pataleta, simplemente los tiempos cambian, y lo que queda de ello es seguramente lo que tú dices, lo que nos atrae primeramente es el acto de mirar, todo lo que vino después fueron (maravillosos) añadidos.

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