Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2023 (IV)


Imagen: Valerio Greco

12 de octubre – Escalaré la montaña más alta

En ciertos aspectos soy una persona de gustos bastante simples. A mí pónganme una película alemana de montañeros con unos personajes pasmosamente simples, un argumento resumible en un par de frases, bonitos paisajes y esa forma de entender la naturaleza tan intensamente germánica y ya me tienen contento. Arnold Fanck era el director por excelencia de ese género tan peculiar llamado «bergfilm» o filmes de montaña, que gozaron de una enorme popularidad en la era muda. Estas películas constaban de tramas bastante sencillas que servían de excusa para mostrar escenas de escalada y tratar el tema de la relación entre el hombre y la naturaleza. La gracia era que no había trucajes: todo lo que se veía en las películas es real, y por ellos los actores a menudo eran alpinistas profesionales y los rodajes resultaban bastante difíciles.

La Montaña del Destino (Der Berg des Schicksals, 1924) fue la primera película de ficción de Fanck después de haber filmado algunos documentales, y es la que marcaría las pautas a seguir en futuros «bergfilm». El mínimo argumento nos habla de un alpinista obsesionado con ser el primero en llegar a la cima del Guglia en los Alpes y que muere en el intento. Años después su hijo es un experto escalador pero que se niega a intentar hacer ese pico por motivos obvios. No obstante, su novia, también una alpinista nata, se muestra extrañamente insensible y se enfada con él por no atreverse a emprender tamaña aventura tildándole de cobarde. Las circunstancias, no obstante, le obligarán a enfrentarse a su miedo.

Créditos de la imagen: Friedrich-Wilhelm-Murnau-Stiftung, Wiesbaden

De todos los «bergfilm» que he visto de Fanck, ninguno se centra tanto en los detalles del proceso de escalar montañas como éste. Se nota que su creador era alguien interesado genuinamente en el tema y nos ofrece numerosos planos de escaladores trepando por paredes que desafían cualquier lógica. La película crea una curiosa sensación ambivalente, por un lado la belleza del paisaje es arrebatadora y tiene mucho lirismo, pero por el otro todos esos planos mostrados en tiempo real de los hombres tanteando las paredes y subiendo por ellas ponen de los nervios, algo que supieron captar muy bien los músicos Mauro Colombis y Frank Bockius. Creo que pocas veces he notado tanta tensión en una proyección de Pordenone como en ésta.

Haciendo balance global, la película no está a la altura de las mejores de su director y se nota que primero filmó todo el material de alpinismo y luego construyó una trama a su alrededor, pero aun así me ha sorprendido gratamente. Es mucho mejor de lo que pensaba y creo que funciona muy bien… aunque, claro, como ya dije estos filmes son una debilidad personal, y entiendo que el nivel de disfrute para el resto dependerá de cuantos planos de gente escalando paredes sean capaces de aguantar en hora y cuarto.

En su momento Fanck no logró que ningún distribuidor se interesara por su obra y tuvo que encargarse él personalmente de esa parte del proceso haciéndolo de forma independiente. Cuando consiguió un rotundo éxito de taquilla, el resto cayó por su propio peso y nació el género que le consagraría como cineasta. Una de las personas que quedó fascinada con este filme era una bailarina llamada Leni Riefenstahl, que decidió dedicarse al cine tras haber visto esta película. Tenaz y segura de si misma, Riefenstahl contactó con Fanck para pedirle aparecer en sus películas como actriz. Pero eso es ya otra historia…

Al margen de este filme y de la proyección de Vendémiaire (1918) de Louis Feuillade, que tuve que saltarme pero sobre la que pueden leer mis impresiones en esta reseña de hace años, éste fue un día caracterizado por la comedia, con resultados desiguales dependiendo del caso. Para empezar con los cortometrajes, The Rivals (1923) de William Watson – que curiosamente tiene el mismo título y es del mismo año que una de las obras que vimos de Harry Piel – es un filme un poco tonto pero divertido de la pareja cómica formada por Slim Summerville y Bobby Dunn, que trabajaron juntos a lo largo de la era muda en diferentes ocasiones. El argumento es inexistente y simplemente encadena una serie de gags que culminan con uno de ellos volando colgado de un cohete.

Pasando a Alemania, Wir Halten Fest und Treu Zusammen (1929) de Herbert Nossen con el dúo cómico Siegfried Arno y Kurt Gerron me tiene fascinado por un curioso motivo, y es que podría ser el corto cómico menos humorístico que he visto nunca. No es que los gags fallen, es que la mayoría de veces ni siquiera parece que lo intenten. El tono es casi desabrido, los personajes se mueven lentamente, no hay ritmo. Es algo muy extraño, y quizá no ayude el hecho de que solo se conserve un fragmento, pero lo que vi me hizo comprender por qué este dúo humorístico no tuvo mucho éxito. Por último, vimos otro cortometraje de Karl Valentin no especialmente remarcable en que parecía más bien que se dedicó a improvisar gags en el Oktoberfest con una actriz que hacía pareja con él. Muy en la línea de cortos de la Keystone improvisados en sitios públicos, como el que comentamos en el artículo anterior.

Créditos de la imagen: Filmmuseum München

Pasemos a los largometrajes. Reconozco que no soy especialmente fan de Pat y Patachon, un dúo cómico de origen danés que fue enormemente popular a nivel internacional tanto en la era muda como en el salto al sonoro. Obviamente las películas que he visto de ellos son simpáticas y ellos son genuinamente graciosos, pero para mí no están a la altura de los grandes del género. Vimos hace unos años en Pordenone The Film Heroes (Filmens Helte, 1928), que me pareció más mansa y pausada de lo que esperaba, pero he de admitir que la que se nos ofreció hoy me ha sorprendido favorablemente. Contra todo pronóstico, Up in the Attic (Højt paa en Kvist, 1929), dirigida por su realizador habitual Lau Lauritzen, me ha resultado bastante divertida y dinámica.

Su mayor flaqueza es su argumento tan descuidado que salta de un sitio para otro sin mucho sentido: primero vemos a Pat y Patachon enfrentados a un vecino boxeador y, al mismo tiempo, intentando conquistar a dos jovencitas a quienes hacen creer que son ricos (sin duda la mejor de las varias subtramas), luego hay un asunto de una herencia en que un notario les quiere engañar e, inesperadamente, acabamos en una casa con fantasmas que resultan ser ladrones disfrazados. Pero si nos dejamos llevar y nos quedamos solo con los gags está muy bien. Tenemos humor con toques de suspense (la larga escena en que se cuelgan de una fachada, sin duda mi favorita de la película y muy deudora de Harold Lloyd), situaciones incómodas (la cena con las chicas con la botella de vino de mala calidad) y bastante humor corporal muy bien traído (cuando pasean con ellas e intentan que no vean que están haciendo de hombres-anuncio con un letrero a sus espaldas). La interacción entre ellos obviamente funciona de maravilla y el resultado es más que agradable.

La sesión nocturna nos ofreció de entrada un cortometraje del ciclo Ruritania: A Truthful Liar (1924) de Hampton del Ruth, protagonizado por Will Rogers. Rogers era una de las mayores celebridades del mundo del espectáculo de la época, pero su salto del mundo del teatro y vodevil a Hollywood no le resultó tan satisfactoria por un problema: el cómico era famoso por su papel de viejo cowboy, con una forma de hablar muy determinada y unos comentarios sarcásticos que se perdían en el cine mudo.

El filme que nos ocupa nos muestra a Rogers yendo de embajador a un país tipo ruritano y viviendo una serie de desventuras, entre ellas los ataques de un terrorista que quiere desbancar el trono mientras, en paralelo, nuestro protagonista lidia con su incapacidad por seguir la etiqueta necesaria. Viendo el corto resulta comprensible que el actor no acabara de sentirse cómodo en el medio. El humor muchas veces se desprende de lo que hacen otros personajes mientras él suelta sus comentarios graciosos al respecto, a veces casi al margen de los gags principales. La idea de base es ver cómo Rogers conquista al rey comportándose de esa forma tan natural y americana, pasándose el protocolo por el forro y demostrando que, por muy rey que sea, ¿quién no querría compartir chistes e irse a un bar con el bueno de Will? Es entretenido pero no muy convincente.

Con la gran comedia de la noche me ha pasado lo contrario que con Pat y Patachon: mis expectativas en este caso eran muy altas y el filme no estuvo a la altura aunque, paradójicamente, era superior al de éstos. Edward Everett Horton es uno de los más brillantes secundarios de la historia del cine, el clásico actor de comedia capaz de robar escenas a cualquier protagonista que bajara la guardia. Pero, como muchos secundarios de oro, en la era muda Horton protagonizó sus propias películas, como atestiguan una completa edición en DVD que salió hace poco y el filme que hemos visto: Poker Faces (1926) de Harry A. Pollard, que contó con una banda sonora compuesta por Juri Dal Dan e interpretada por la Zerorchestra.

Se trata de la clásica trama de confusiones y enredos en que un hombre, por complacer a su jefe, se ve envuelto en un lío tremendo que implica a su esposa, con la que rompe tras una discusión, y a una actriz a la que debe llevar a una cena haciéndola pasar por su mujer. El filme es más entretenido que divertido, con algunos buenos gags pero faltándole algo de chispa. Es la prueba de que una gran comedia no sale solo de plantear una situación graciosa y poner a muy buenos actores a protagonizarla (Horton es lo mejor de la película, y tanto Laura La Plante como George Siegman están muy bien). Al guion le habría venido bien un par de vueltas y también se habría beneficiado de una dirección con más brío. Pero vaya, es una buena comedia en la que además podrán ver a Horton correteando de un cuarto a otro con un abrigo de pieles. Y eso para mí ya es suficiente aliciente.


Imagen: The New York Public Library

Descubrimiento del día: La Montaña del Destino (1924).

Escenas a destacar: las escenas de los alpinistas trepando por paredes en La Montaña del Destino (1924) y los planos de la nieve derritiéndose tras la tormenta.

Plano memorable: Will Rogers y el rey jugando a póker en A Truthful Liar (1924) vistos como siluetas desde el otro lado de una ventana tapada con una cortina, que luego nos muestra en la ventana de al lado a la reina esperando furiosa.

Rótulo a destacar: la nota amenazante que le envía un terrorista a Will Rogers en A Truthful Liar (1924): «Las rosas son rojas, las violetas son azules. Yo estoy contra la realeza, ¿y tú?«

Imagen: The New York Public Library

13 de octubre – Robar dinero a los ricos… para devolvérselo a los ricos de nuevo

Por fin asistimos hoy al final del serial Le P’tit Parigot, que en los últimos días ha ido navegando hacia rumbos cada vez más inesperados. Si hasta hace nada el protagonista estaba trabajando en un taller, ahora ha descubierto una conspiración para secuestrar a su chica, y eso le ha llevado a un castillo gobernado por un extraño culto de gente enmascarada. Después de que nuestro héroe salve a su chica se nos desvela un giro final que nadie vio venir, y que no tiene nada que envidiar a los giros más enrevesados que suelen utilizar las películas actuales: al final todo era un plan urdido por el padre millonario del protagonista para hacerle vivir esta aventura… por motivos que sigo sin entender muy bien (¿prefiere que su hijo en vez de jugar a rugby se dedique a enfrentarse a extraños cultos enmascarados porque eso hará de él un hombre?). De modo que todos los personajes estaban compinchados para engañar a nuestro «p’tit parigot», que al final se lo toma todo con deportividad. La primera gran ironía final es cuando el padre revisa los gastos que le ha supuesto montar este tinglado y comenta lo caro que es hacer cine. La segunda es que la profesión respetable que escoge el protagonista en vez de jugar a rugby es… hacerse actor.

Por otro lado, el último Ruritania de esta edición es uno de los de visionado más agradable. Eine Frau von Format (1928) de Fritz Wendhausen se trata de una comedia ligera sobre la princesa de un país que quiere vender una isla a una de sus dos naciones vecinas, las cuales envían a dos embajadores a negociar: uno un atractivo seductor, otra una mujer llena de recursos. La película resulta prometedora por ese tira y afloja entre ambos competidores, pero al final no acaba siendo tan chispeante como prometía inicialmente (qué maravillas habría hecho Lubitsch con este triángulo amoroso). No obstante es divertida y la actriz Mady Christians se luce como embajadora dispuesta a todo, incluso a travestirse para hacerse pasar por ayudante de cámara.

Pasando ahora a Sonia Delaunay, en su caso su última sesión fue una de cortos dividida en dos partes. Por un lado, tuvimos dos películas propagandísticas de moda que aportan dos alicientes posibles entre los que pueden escoger: conocer lo que se llevaba en la temporada 1926-1928 o disfrutar del proceso de color con el que fueron filmados ambos filmes. El primero, de ocho minutos, reconozco que hubo un punto en que me agotó con tantas reiteraciones de la modelo poniéndose todos los modelitos posibles (y me hizo preguntarme si al público de los cines de la época no les pasaría lo mismo), pero el segundo es una pequeña maravilla. Se trata de un corto dirigido por la propia Delaunay junto a su marido que se llama L’Elélégance (1926) – no cometí un fallo tipográfico, es su título real. Aquí los Delaunay usaron el proceso de filmación en color Keller-Dorian de forma mucho más creativa, haciendo contrastes de color y poniendo cuidado en el diseño de la escenografía. El resultado vale la pena más allá de su razón de ser como publicidad comercial de moda.

La otra parte de la sesión consistió en algunos cortos vanguardistas franceses de la época que seguramente fueron una influencia en la artista, sobre todo por el juego con las formas circulares. Disque 957 (1928) de Germaine Dulac es un magnífico ejemplo de cine puro en que, partiendo de un disco con una melodía de Chopin, Dulac elabora una pequeña poesía visual con diversas imágenes y formas que van yuxtaponiendo de una forma que podríamos describir casi de melódica. Más conocidos son los dos cortos que le siguieron: Anémic Cinema (1926) de Marcel Duchamp, con su combinación de formas esféricas hipnóticas y de frases maravillosamente absurdas, y el clásico Ballet Mécanique (1924) de Fernand Léger, una de mis obras favoritas de las vanguardias francesas de la época, un filme que invita a dejarse llevar libremente por las combinaciones de planos, dibujos, números, formas y reiteraciones. Siempre he pensado que debe ser complicado aportar acompañamiento musical a este tipo de filmes, pero el alumno de las Masterclasses Andrea Goretti desde luego lo hizo a la perfección.

Modern Love (1929) de Arch Heath y Jack Foley era el filme que más me interesaba del día por un motivo de peso: se trataba del único largometraje que hizo el genial cómico Charley Chase, del que soy muy fan. El problema es que le pilló en la época de transición al sonoro y se rodaron dos versiones: una muda y, la que hemos visto, otra part-talkie. De modo que lo que debería ser una feliz ocasión (el bueno de Charley dando el salto a la gran duración) es en realidad un filme que parte de varios inconvenientes de entrada. En primer lugar que los part-talkies realmente no funcionan muy bien, y además en este caso la segunda mitad es enteramente hablada, lo cual hace más raro que no se filmara toda con diálogos (pero, claro, entonces no la tendríamos en Pordenone). En segundo lugar, como todo filme mudo que se estrenó en la época con banda sonora sincronizada y efectos de sonido, tiene una música de fondo genérica y aburrida que desluce mucho el efecto. Este mismo filme con un acompañamiento musical de alguno de los pianistas de Pordenone habría lucido más, pero así es como se hizo.

A eso añadámosle dos factores más que en realidad son gajes del oficio. El primero es que se me hace raro oír a Chase, y más cuando empieza a hablar a media película. Quizá si le oyera desde el principio me habría acostumbrado, pero después de media hora imaginándolo con un determinado timbre en mi cabeza, se me hizo raro enfrentarme de repente a su vozarrón. El segundo problema es que, como le pasó a muchos grandes del género, creo que funciona mejor en formato corto que largo (no me maten, pero creo que incluso a unos intocables como Laurel & Hardy también les pasaba eso). Eso hace que Modern Love sea menos memorable que sus maravillosos cortometrajes hechos en el estudio de Hal Roach, que sintetizan mejor su humor y van más al grano.


Crédito de la imagen: AMPAS – Margaret Herrick Library, Los Angeles

He comentado por aquí que a veces uno se encuentra con comedias que parecen tener todos los ingredientes para dar forma a una gran película pero se quedan a medias. Pues con este filme sucede lo contrario. Porque pese a todos esos puntos en su contra, Modern Love es una muy buena película, y eso dice mucho del enorme talento de Chase en aquellos años. Incluso en las escenas habladas se desenvuelve sin problema y nos ofrece una canción al piano para demostrarnos que sabe cantar. La trama narra las peleas que tiene Chase con su mujer, que quiere hacer carrera como diseñadora de moda mientras que él quiere que sea una ama de casa. Cuando a ella le surja la oportunidad de hacer una estancia en París para aumentar sus conocimientos de la mano de un jefe francés muy sobón, se complicará su relación conyugal.

El mejor momento es una cena en la que él se hace pasar por camarero y le da al jefe francés que no para de coquetear con su esposa consejos falsos sobre cómo debe comportarse en la mesa en una comida entre americanos. Como es un pez gordo, el resto de comensales se ven obligados a su vez a repetir los absurdos gestos, convirtiendo la respetable cena en una locura. La clave para que funcione tan bien esta escena es la esencia del cine de Charley Chase: el burlarse bajo esa apariencia respetable de la sociedad burguesa y sus normas, pero siempre manteniéndose en los márgenes de lo aceptable. Si Chase fuera un clown exagerado, habría provocado una situación mucho más alocada (por ejemplo, incitando al francés a tirarse el vino encima o ponerse la servilleta en la cabeza). La gracia de la escena es que Chase provoca una serie de gestos absurdos pero que no hacen que se pierda la credibilidad de ese aura de respetabilidad que necesita la escena. Esa es la grandeza de este maravilloso e infravalorado cómico, cuya única incursión al largometraje no le fue mal en taquilla pero tampoco acabó de lanzarle al estrellato, de modo que volvería al formato corto.

Este gif de Charley Chase no corresponde a esta película pero me apetecía rescatarlo porque sí.

Entre los nuevos descubrimientos que tuvimos este año, The Oath of the Sword (1914) de Frank Shaw es uno de los más curiosos al ser producida por una compañía cinematográfica americana controlada únicamente por japoneses, cuya intención era rodar filmes de temática nipona. Esto que en la era sonora e incluso hoy día nos parecería rarísimo, no lo era tanto entonces: recordemos La Ira de los Dioses (The Wrath of the Gods, 1914) de Reginald BakerEl Pintor de Dragones (The Dragon Painter, 1919) de William Worthington o los cortos de la Vitagraph que vimos hace años en Pordenone.

Centrándonos en la película, debo decir que si bien admito que técnicamente se queda algo justa, disfruté bastante de esta historia de dos jóvenes enamorados japoneses que se separan cuando él marcha a estudiar a Estados Unidos y, a su regreso, descubre que ésta se ha casado con un hombre occidental. Creo que me influye su agradecida duración (media hora), la curiosidad de ver cómo plasma esta temática (tanto por la ambientación de los escenarios japoneses como por el hecho de que el estudiante nipón en la película sea tan popular en esa universidad americana y no sufra ningún tipo de discriminación), así como cierta inocencia que me transmite. No es una gran película, ni siquiera imprescindible, pero tiene algo que me ha cautivado.

El viernes fue un día con bastantes cortometrajes, y por la tarde tuvimos cuatro cortos europeos de slapstick muy divertidos sobre matrimonios en crisis. De er Splittergale (1919) de Lau Lauritzen es una comedia basada en una confusión en la publicación de dos anuncios en un periódico, que llevan a que una ruda y grandota enfermera acuda al estudio de un pintor que busca una modelo, y a que una guapa modelo vaya a casa de un anciano que busca una enfermera. Del mismo director tenemos En Sølvbryllupsdag (1920), sobre un matrimonio a las puertas de sus bodas de plata que pasa de tener un despertar cariñoso a sufrir una riña en la que ella abandona el hogar. El problema es que entonces llega un abogado con una herencia con una de esas cláusulas estándar que tantas veces hemos visto en películas: solo podrá cobrarse si el protagonista demuestra tener una feliz vida matrimonial. El corto se basa en la frenética búsqueda del marido a su esposa por toda la ciudad, pero el mejor toque cómico son los planos intercalados del abogado esperando con una botella de vino que le ha proporcionado el protagonista para que se entretenga. El actor está soberbio con ese contraste entre su expresión fría y profesional y las peligrosamente generosas dosis de vino que se va sirviendo compensando con un chorro simbólico de sifón. A medida que avanza el corto, la botella está cada vez más vacía y su expresión es menos hierática, hasta que al final acaba borracho perdido.

Le Torchon Brûle ou une Querelle de Ménage (1911) de Roméo Bosetti es un breve corto sobre una riña matrimonial pasada de rosca en que lanzan todos los muebles por la ventana y acaban rodando por el suelo hasta salir por la calle. Como indica el catálogo, normalmente estas comedias que requerían situaciones algo duras físicamente utilizaban a hombres disfrazados para el papel de mujeres, pero la veterana Sarah Duhamel no se amedentró y hace un gran trabajo. Y siguiendo con nuestro amigo Karl Valentin, en Karl Valentins Hochzeit (¿1912-1913?) tenemos una rutina slapstick en que contrasta el cuerpo tan delgado de Valentin con la corpulencia de la esposa que ha contactado por correo.

Créditos de la imagen: Det Danske Filminstitut, Copenhagen

Mi corto favorito del día no obstante fue uno que tiraba por otros derroteros radicalmente distintos. Harlem Sketches (1935) es una película de 15 minutos de la Film and Photo League, una organización que buscaba dar visibilidad con sus obras a las regiones más desfavorecidas de Estados Unidos. En Harlem Sketches el director Leslie Bain ofrece un retrato de dicho barrio de Nueva York habitado principalmente por la comunidad afroamericana de clase baja. Bascula entre imágenes de influencia más vanguardista (los planos de los edificios y calles), con otras de estilo más documental, ya sea mostrando las calles como el interior de esos pisos miserables donde a veces nunca entra la luz del sol. Es un filme de clara concienciación social que además se nota que está filmado con una especial sensibilidad fotográfica. En su momento fue censurado en varios estados por mostrar a varios de estos habitantes del Harlem manifestándose por reivindicar sus derechos.

Créditos de la imagen: La Cinémathèque de Toulouse

Tengo la impresión de que Zigano, der Brigant von Monte Diabolo (1925) ha sido el Harry Piel favorito en Pordenone. Yo no me sumo a esa opinión por un tema de gustos personales que luego detallaré, pero entiendo perfectamente ese punto de vista. A diferencia de sus otros filmes, esta película de época está más cuidada y es menos loca. La ambientación y el trabajo de producción son impecables, tuvimos el aliciente extra en Pordenone de oír el vibrante acompañamiento musical de Neil Brand y Frank Bockius y, lo más interesante, Piel aquí se desmarca como una especie de Douglas Fairbanks germánico. La trama explica cómo el Duque Lodovido debe abandonar sus tierras para unirse a Napoleón dejando al gobernador Gassona al cargo. Pero éste aprovecha entonces para enriquecerse vilmente explotando a los campesinos y robándoles con el apoyo de los soldados a sus órdenes. Entra en escena Benito, un joven estudiante empollón que, enfrentado a las circunstancias, acaba uniéndose a un grupo de bandidos que se enfrentan a las tropas, adquiriendo el sobrenombre de Zigano. Así pues, aquí tenemos una variación del tema de Robin Hood y el Zorro.

Si personalmente el filme no ha sido mi favorito de Piel es porque me gusta más su faceta contemporánea, asociado a inventos locos y protagonizando escenas frenéticas con coches y aviones. Pero gustos aparte, Zigano, der Brigant von Monte Diabolo es un muy buen filme con dosis de acción, humor  y, como no podía ser menos, alguna que otra explosión, que se ingenia para incluir hasta en un filme de época. El único fallo que le impide a Piel tener alguna película que pueda elevarse a la categoría de clásico es lo de siempre: el guion. Llega un momento en que la trama se centra más en el hecho de que la prometida del Duque Lodovico debe recuperar una especie de anillo de fidelidad (¿?) porque si no lo lleva puesto cuando éste vuelva sabrá que no le ha sido fiel (¿?¿?). Más surrealista aún es que al final Zigano/Benito decida entregar como regalo de bodas al rey todo el tesoro que su banda de bandidos habían robado, y que yo tenía entendido que iba destinado a los pobres campesinos a los que las tropas habían dejado en la miseria. ¿Qué será de ellos pues? En fin, suponemos que ya se las apañarán de alguna forma.


Créditos de la imagen: Harry Piel Estate, Matias Bleckmann

Circe the Enchantress (1924) de Robert Z. Leonard es uno de los descubrimientos sonados de este año, un filme de la célebre actriz Mae Murray considerado perdido hasta hace poco y que se basaba en un guion elaborado por el célebre escritor Vicente Blasco Ibáñez. La película se inicia con una secuencia sobre el mito de Circe, que seduce a los hombres y los convierte en cerdos, para luego mostrarnos en la actualidad a Cecilie, una mujer que vive a lo grande en una fiesta continua rodeada de hombres a los que seduce y obliga a hacer lo que ella quiere… salvo uno, el Doctor Wesley Van Martyn, que desprecia el tipo de vida que ella lleva.

La verdad es que pese a la expectación que había respecto a esta película y a que a muchos asistentes les gustó mucho, a mí me ha resultado más bien extraña y no he llegado a entrar en ella en ningún momento. Apenas conocemos al personaje principal y el por qué de su comportamiento tan excesivo más allá de un breve flashback que aclara poco, y por otro lado tampoco se ahonda en la relación entre ella y el doctor para entender por qué se sienten atraídos mutuamente. Lo que nos queda pues es una Mae Murray exultante, disfrutar de las escenas festivas muy en la línea de los años 20 (con una banda de jazz desbocada incluida) y, eso sí, es de justicia reconocerlo, un final muy emotivo.


Créditos de la imagen: AMPAS – Margaret Herrick Library, Los Angeles

Descubrimiento del día: Harlem Sketches (1935).

Curiosidad a destacar: merece mencionarse que en Circe the Enchantress (1924) aparece un personaje caracterizado abiertamente como homosexual (de hecho él mismo se autodenomina como «reina de las hadas»), algo totalmente impensable solo una década después.

Momento divertido del día: sin duda la escena de la cena de gala de A Modern Love (1929). Desde ahora mi aspiración es poder hacer esos gestos absurdos en alguna cena de sociedad con la esperanza de que el resto de comensales me imiten.

14 de octubre – Oferta de final de festival: dos Harry Piel y dos viajes a Islandia por el precio de uno

Si hasta ahora nuestras jornadas en Pordenone empezaban con el serial algo plácido de Le P’etit Parigot, el último día en cambio se nos propuso un plato fuerte: toda una tragedia y una película clave en el devenir del cine italiano, Ma l’Amor Mio non Muore! (1913) de Mario Camerini. Ya su título (con símbolo de exclamación incluido) es una declaración de intenciones. Pero es que nos encontramos ante el debut cinematográfico de una de las grandes divas del cine de esos años, Lyda Borelli, en una historia que parece hecha a su medida: Elsa es la hija de un general que es seducida por un espía, quien aprovecha para penetrar en su casa y robar unos importantes documentos, provocando la caída en desgracia y el suicidio de su padre. Elsa empieza una nueva vida como exitosa actriz y cantante y conoce a un príncipe con el que inicia un romance, pero no acabará bien.

A veces al ver este tipo de películas existe la tendencia a mi parecer injusta de tildarlas de demasiado lentas. Lo que sucede es que en mucho cine de esa época, pero en las películas de divas especialmente, lo que el espectador actual percibe como lentitud en realidad es parte de su esencia, que es captar esas emociones dejando a los actores tomarse el tiempo necesario para expresarlas en detalle. Puede parecernos que el personaje del general tarda mucho en decidirse a suicidarse desde que tiene la pistola en las manos, o que la Borelli se recrea demasiado en sus gestos de sufrimiento antes de desempeñar una determinada acción. No seamos condescendientes viendo eso como una mala interpretación o una sobreactuación. Es otra forma de entender el cine, que no va supeditada a la inmediatez de avanzar la narrativa. Al espectador de este tipo de películas le fascinaba ver cómo iban variando los rostros, los múltiples gestos, los segundos que se tomaba el actor antes de dar el siguiente paso… La diva – y los actores en general, aunque sobre todo ella – era el principal espectáculo.

Y es por eso que estas películas se agradece tanto en verlas en la gran pantalla, y más si el acompañamiento musical consigue captar tan bien la esencia trágica de la cinta sin sonar a cliché, como el que nos regaló José María Serralde. Ahí podemos disfrutar mejor de esas interpretaciones y de la escenografía, que compensa esa rigidez típica de la época con un inteligente uso de los espacios. Fíjense en la mansión del general con un comedor a la izquierda y un despacho a la derecha, y cómo eso permite ver cómo mientras Elsa toca el piano la atención del espía, que se encuentra a su lado, está en realidad puesta en el despacho del fondo. Y por descontado también está el uso de los espejos tan típico de la época para compensar la ausencia del plano-contraplano, que le da a esos planos estáticos una profundidad adicional.

Así pues, Ma l’Amor Mio non Muore! es una obra que contrasta con los otros dramas que veremos hoy, una película de grandes pasiones trágicas y de suicidios, y que además inició la edad de oro del ciclo de grandes divas que caracterizaría buena parte del cine italiano de la época. Acérquense a ella con una mirada desprejuiciada y podrán entender – incluso aunque no lo compartan – la fascinación que despertaban estas actrices y sus papeles prototípicos en los espectadores de la época.


Créditos de la imagen: Museo Nazionale del Cinema, Torino

¿Qué probabilidades hay de que en un festival de cine mudo nos encontremos con tres películas francesas de ambientación bretona y dos que traten especificamente sobre barcos que van a Islandia? Pues ha sucedido. Vent Debout (1923) de René LePrince explica la historia del hijo de un banquero que se ha suicidado arruinado y que, a raíz de eso, deambula sin rumbo intentando descubrir qué hacer con su vida: navega en un barco pesquero en el cual se convierte en capitán, luego vive una vida lujosa en París y al final conoce a una chica de la que se enamora.

Vent Debout no es una gran película pero me ha entrado muy bien y me ha simpatizado mucho. Es una historia sencilla y sensible de un hombre triste que busca qué hacer con su vida. Los planos marítimos son una preciosidad (aunque si algo nos ha enseñado Pordenone este año es que la vida de pescador siempre acaba en tragedia) y el actor protagonista Léon Mathot alterna muy bien su faceta de tipo duro en el barco con la melancolía que arrastra su personaje. Hacia el final la cinta pierde un poco su magia cuando se enreda en la historia de un yacimiento mineral en Islandia, pero a cambio el desenlace opta por no ofrecer ninguna sorpresa ni ninguna gran escena final, sino un cierre plácido en que nuestro hombre por fin ha encontrado algo que dé sentido a su vida.


Créditos de la imagen: La Cinémathèque française, Paris

Para aquellos a quienes no les entusiasmó el ciclo Harry Piel, la última película del festival contenía una sorpresa desagradable para ellos, porque en Sein Grösster Bluff (1927) teníamos no a Harry Piel sino ¡dos Harry Piel! Efectivamente, aquí nuestro aventurero favorito encarnaba a dos hermanos gemelos. Uno es un elegante joyero que sufre el robo de un collar de diamantes por parte de Marlene Dietrich y un enano disfrazado de niño (ya les dije que en el cine de Piel podía pasar literalmente de todo). El otro es su hermano, que aparece de la nada para ayudarle a recuperarlos. El problema es que una enorme banda de delincuentes seguirá sus pasos de cerca al creer equivocadamente que el joyero aún tiene el collar de diamantes.

Sein Grösster Bluff nos ofrece al Harry Piel más ligero y cercano a la comedia. No hay escenas espectaculares de acción pero sí una acertada combinación de suspense y humor que supo captar a la perfección el músico de las Masterclasses Timothy Rumsey. En ningún momento dudamos de que todo va a salir bien y de que los personajes no corren ningún peligro real. El filme potencia ese rollo tipo cómic o dibujos animados por ejemplo no teniendo un claro antagonista sino convirtiendo los rivales en un grupo de criminales que visten todos igual haciéndolos indistinguibles (leo en el catálogo del festival que de hecho ésta fue la primera película de su carrera apta para menores de edad, de modo que este estilo es deliberado por parte de Piel). El filme, que va de menos a más, tiene una larga escena de persecución de coches por unas carreteras sinuosas que culmina con la llegada de un número también absurdamente alto de policías. Nadie dudaba de que los gemelos Piel serían los vencedores, pero desde luego nos hemos divertido en el proceso.


Créditos de la imagen: Stiftung Deutsche Kinemathek, Berlin

Aunque no tan famoso como su hermano Cecil, William De Mille tuvo una carrera cinematográfica en la era muda en que destacó por la delicadeza y sensibilidad con que retrataba pequeños dramas humanos (justo lo contrario que su célebre hermano menor), tal y como ya comentamos aquí en Miss Lulu Bett (1921). Conrad in the Quest of Youth (1920) trata un tema tan vigente hoy día como en su momento: la obsesión por recuperar los felices días de nuestro juventud y nuestra incapacidad por aceptar los aburridos tiempos de madurez. Nuestro protagonista, Conrad, intentará revivir esos días primero convocando a sus tres primos a la casa de campo donde solían jugar juntos y más tarde contactando con sus primeros amores de adolescencia.

Todas las cualidades que he mencionado antes de De Mille Senior están aquí reflejadas en su máxima expresión. Conrad in the Quest of Youth es un filme tierno, muy humano pero también divertido, especialmente en la secuencia en que los pobres primos de Conrad se ven obligados a pasar juntos una noche repitiendo lo que hacían de pequeños, incluyendo beber leche (que uno de ellos condimenta a escondidas con un poco de alcohol) o dormir en sus antiguas camas, ahora incomodísimas. Más tarde, cuando Conrad se reencuentra a un amor de adolescencia en un balneario, el filme tira por el terreno más sentimental pero sin excederse. No nos explica una historia de amor sino el fallido intento de revivir una historia de amor. La idea que se transmite de hecho es cómo esos intentos de Conrad de recuperar su juventud no solo fallarán sino que harán daño al resto de personajes que tenían asumida su vida adulta.

El único «pero» que le pongo a la película es su tramo final, en que se inserta una historia de amor que parece añadida para darle un desenlace estándar, pero es de justicia reconocer que también estaba en la novela original. No es que esté mal, y de hecho es de agradecer que De Mille siga tratando la trama romántica con humor y sensibilidad, dejando que notemos cómo los personajes se van gustando poco a poco. Lo que sucede es que se desvía mucho de la bonita idea inicial, pero en todo caso tampoco desmerece el resultado global y el sensible acompañamiento musical de Donald Sosin le otorgó un aliciente extra. Y por otro lado, ¿qué cierre más apropiado a mis Giornate del Cinema Muto de Pordenone que un filme sobre la nostalgia de revivir tiempos mejores? Nostalgia que, mucho me temo, sentiré a mi vuelta a ese mundo real en que uno no se pasa ocho horas al día viendo cine mudo, y en que el debate que uno tiene con otra gente no es si Harry Piel mola o no, sino si las inteligencias artificiales se van a cargar el cine, por volver a lo que dijimos en el primer post de estas crónicas que espero que les hayan entretenido.


Créditos de la imagen: Bison Archives, AMPAS-Margaret Herrick Library, Los Angeles

Descubrimiento del día: Conrad in the Quest of Youth (1920)

Detalle a destacar: la elegancia de William DeMille en Conrad in the Quest of Youth es tal que hasta los rótulos son de una singular belleza. La mayoría incluyen ilustraciones relacionadas con el contenido, pero a mí me encandiló uno en que se mencionaba el tema del destino e iba acompañado con la imagen real (es decir, filmada), de una mujer caracterizada de parca moviendo los hilos.

Plano divertido a destacar: la borrachera del protagonista de Vent Debout (1923) evocada a través de un decorado del Moulin Rouge que parece moverse y luego la descripción de sus pequeñas aventuras nocturnas a través de los planos de sus pies.

Detalle a destacar: el murmullo general de asombro cuando en Sein Grösster Bluff (1927) aparece por primera vez el personaje de Marlene Dietrich. Lo bueno de las películas que no tienen créditos iniciales es que te ofrecen sorpresas así.

Créditos de la imagen: Bison Archives, AMPAS-Margaret Herrick Library, Los Angeles

Epílogo

Éste ha sido a mi parecer un año con un nivel medio muy bueno, en que además se ha compensado algo que se criticó de la edición anterior: la predominancia muy marcada de películas americanas y de excesivos melodramas. ¿Sí? Pues este año ha estado dominado por el cine europeo y la comedia. No será por falta de títulos.

Personalmente he echado en falta una gran sorpresa. Normalmente todos los años hay al menos un filme del que no sabía/esperaba nada y que me sorprendía gratamente. Éste ha habido grandes películas pero mis favoritas eran obras hacia las que tenía ya muchas expectativas. Éstos han sido mis principales descubrimientos de esta edición:

  • La Divine Croisière (1928) de Julien Duvivier
  • Pêcheur d’Islande (1924) de Jacques de Baroncelli
  • El Carrusel de la Vida (The Merry-Go-Round, 1923) de Rupert Julian y Erich von Stroheim
  • La Montaña del Destino (Der Berg des Schicksals, 1924) de Arnold Fanck
  • Conrad in the Quest of Youth (1920) de William DeMille
  • Hell’s Heroes (1929) de William Wyler

Por otro lado en el bando contrario tenemos lo siguiente:

  • Mayor decepción: aunque no tenía expectativas concretas, el serial Le P’tit Parigot (1926) no ha sido lo que me esperaba, me pensaba que tendría un estilo más vinculado con el arte de Sonia Delaunay, y no solo restringido a unas escenas puntuales.
  • Filme que menos me ha gustado: Rêves de Clowns (1924) de René Hervouin y Blanche Vigier de Maisonneuve, que por mucho que en su momento fuera un filme bienintencionado y simpático yo no puedo más que sentirme identificado con la mujer del público que nunca se reía con los gags del célebre trío de clowns.

Y por último, pero no por ello menos importante, mis acompañamientos musicales favoritos:

    • Gabriel Thibaudeau y Frank Bockius en Pêcheur d’Islande (1924).
    • John Sweeney y Frank Bockius en Hell’s Heroes (1929), con la aparición sorpresiva final del coro que cantó «Silent Night».
    • Stephen Horne en Le Vertige (1926).
    • Günter Buchwald y, de nuevo, Frank Bockius en Rivalen (1923).

A todo esto… ¿Exactamente en cuántas películas ha participado el excelente percusionista Frank Bockius este año? Mis sinceras felicitaciones por el buen trabajo hecho por el que ha sido el artista más omnipresente de esta edición junto a Harry Piel.

Un año más ha sido un placer cubrir el festival y espero que las humildes crónicas de este Doctor les hayan resultado amenas. Y ahora si me disculpan tengo una sesión de ouija pendiente con el Club de Fans de Harry Piel para preguntarle qué opina de su participación en Pordenone.

2 comentarios en “Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2023 (IV)

  1. Estoy todavía muy raro después del festival de Pordenone, me cuesta habituarme a la realidad normal. Hoy he recuperado una de las películas que me perdí (Ma l’Amor Mio Non Muore) que me ha parecido preciosa, incluso de lo mejor del festival. Me encanta el casi tutorial que hace el doctor para ayudar a disfrutar de este tipo de cine, de esta época y país concretos. Realmente ¡que grandísimo director era Caserini! Y no, a mi no me parece que nadie sobreactúe, para nada. Eso que se lo cuenten a más de uno por ahí, incluso en títulos bastante posteriores. Todos los gestos de los actores me parecen de una belleza descomunal (como mueve las manos la Borelli, por díos, ¡que elegancia, que control!) y la escena del suicidio del padre me parece muy humana y realista, además. Por lo que trata a los otros filmes, debo decir que me he convertido en un ferviente defensor del primer film de montaña de A. Franck. Sé que me juego el (imposible) prestigio, pero es el que más hondo me ha llegado de todos los suyos, incluidas sus obras maestras más famosas. Este tiene un algo de físico, cercano (cercano de entender lo que representa subir una montaña a pelo y cercano que sus protagonistas no son componentes de una expedición de «camacus» sino gente del pueblo, vecinos de esas montañas, que las tienen ahí, como paisaje de cada día), un minimalismo penetrante. No sé quien dijo que la gente debería ir al cine para enamorarse, pues yo me enamoré de esta película, así como esta mañana, en versión rezagada, me he enamorado de la de Caserini, que por cierto vi en una versión bastante buena, algo hipercorregida de velocidad, que he tenido que acelerar para que los movimientos fuesen más naturales (viendo las duraciones compruebo que la proyectada en Pordenone debía estar corregida pues duraba tanto como la que yo me he «arreglado»). ¡Que fina la observación sobre la maravillosa escena de la mesa de Modern Love. Ahí está la clave, que todo sea creíble, aunque sea rozando la línea roja. Lo más flojo de la cinta, para mí, son algunos momentos de puro slapstick que para esos momentos son un ya muy vistos, reiterativos y flojos. Lo del despertador es demasiado largo, así como lo de los reiterativos choques con el camión: hay escenas a toneladas de ese tipo en películas más antiguas y, en general, se resuelven de un modo más natural o sin tanta recreación. Un poco lo mismo con lo de las luces del Ford T. Gran idea, pero se hace demasiado larga, no da para tanto (Laurel & Hardy tenían la gran capacidad de alargar las escenas lo que quisieran, gracias a su química sobrenatural, pero Chase, estando solo, no podría, aunque en algunos momentos pueda ser perfectamente el mejor cómico del mundo). Son precisamente las costuras entre esas escenas lo que me funciona mejor de esa primerísima parte (cuando esta con su mujer en la cama y se levanta, etc) A partir de un cierto punto la cosa se va arreglando y va a más hasta el clímax de la genialísima escena, que debería estar en cualquier antología. Al final la sensación que me quedó es de un cariño todavía más grande hacia ese cómico tan querido. Me alegra un montón ver que la de Conrad… ha satisfecho al exigente Dr. (aunque diga que es fácil de contentar yo sé que tiene sensibilidad suficiente como para que lo pase mal cuando algo está hecho sin corazón). Por lo que hace al ranking y observaciones coincidimos mucho. Al final yo también me he puesto una chapa del club de fans de Harry Piel (¡el hombre se lo ha ganado a pulso!) y espero que el año que viene nos volvamos a ver. Por cierto, le felicito por lo buena pinta que tenía Cesare, como se nota que le come. Lo vi tan obnubilado como siempre y a mi me pareció que lo que más le gustaba del festival era Le p’tit Parigod. ¡Un abrazo!

    • Amigo Florenci,
      El filme de Caserini realmente merece el reconocimiento que tiene como una de las obras clave del cine italiano, lo disfruté mucho y eso que no iba con muchas expectativas porque esperaba un filme pionero y, por tanto, que no afinara tan bien como otras obras del género.
      Sobre lo de Arnold Fanck, es usted ya la segunda persona que me dice que ésta se ha convertido en su favorita suya. No lo veo descabellado, aquí la historia está al mínimo, es su filme más directo al grano, dedicado a escalas puras y duras, sin Riefenstahl dando saltos por ahí ni triángulos amorosos. Y aunque a mí todas esas cosas no me molestan, entiendo que su ausencia le da una pureza especial a éste.
      Sobre Harry Piel, me queda la espina clavada de que confiaba que al menos una de las películas de su ciclo llegara a ser sobresaliente, albergando sus mejores cualidades y atenuando sus defectos… pero no ha sido así. Aunque honestamente salvo la del hotel rodante (la autocaravana, vamos, lo de «hotel» es muy generoso) el resto todas me han entretenido sin excepción y estaban muy bien filmadas. Alguna debe tener que de verla me parecería más redonda, pero a saber si estará entre sus obras perdidas o no.
      Le mando sus respetuosos saludos a Cesare, que se alegrará saber de usted.
      ¡Un abrazo!

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