Dans la Nuit (1930) de Charles Vanel

Todo aficionado al cine francés clásico seguro que conoce al actor Charles Vanel, un actor extraordinario, versátil y de rostro fácilmente reconocible que participó en literalmente cientos de películas a lo largo de su vida. Aunque en su etapa sonora se le suele asociar más a secundarios de carácter, en la era muda Vanel protagonizó muchos filmes excelentes que le permitieron desmarcarse como uno de los mejores actores del país. Pero lo que no es tan conocido es que Vanel también tenía ambiciones de dirigir y que realizó un largometraje mudo hoy día virtualmente olvidado, Dans la Nuit (1930), que sufrió un triste destino por un problema de timing: se estrenó cuando el cine sonoro ya se había impuesto del todo en Francia y a nadie le interesaba ver una reliquia silente. Y es una pena porque se trata de un largometraje excelente por varios motivos y que estoy seguro que sorprenderá a los que no lo conocen.

Este era un proyecto muy personal para Vanel, quien decidió ambientar la historia en la zona del Ródano-Alpes donde se había criado y hacer que su personaje protagonista (encarnado por él mismo) trabajara en una cantera muy parecida a aquella en la que se ganaba la vida su padre. El filme de hecho se realizó mayormente en exteriores por un tema económico, ya que era mucho más barato que trabajar en estudio, pero eso contribuyó a darle ese tono realista tan bello que lo hace especialmente auténtico.

Como otro ejemplo de que este era un proyecto pequeño pero muy personal tenemos que el otro gran personaje de la película, la mujer del protagonista, la encarna Sandra Milovanoff, una actriz con la que el actor ya había coincidido en la hermosísima Pêcheur d’Islande (1924) de Jacques de Baroncelli y La Presa del Viento (La Proie du Vent, 1927) de René Clair, confirmándonos que buscaba rodearse de gente de confianza.

Y de hecho eso se nota en la película, donde Vanel y Milovanoff encarnan a una pareja de recién casados y transmiten en la primera parte del filme una genuina complicidad mientras disfrutan de la alegría de haber podido por fin unir sus vidas. Vanel de hecho se recrea tanto en esos instantes del joven matrimonio que parece que no quiera llegar al que será el conflicto desestabilizador, como si quisiera tanto a sus personajes que prefiriera alargar lo máximo posible esa etapa bucólica de sus vidas.

Pero entonces sucede el gran conflicto. Un día trabajando en la cantera, el protagonista sufre un accidente que le deja el rostro desfigurado. A partir de entonces debe llevar una inquietante máscara que le oculta buena parte de su cara y le convierte en una figura triste y desgraciada que solo trabaja por las noches para evitar ser visto por la gente del pueblo. Su esposa intenta darle apoyo, pero el verse ahora atada de por vida a un hombre desfigurado le atormenta, y cuando otro hombre del pueblo intenta seducirla le será difícil resistirse.

Qué película tan extraordinaria es Dans la Nuit y qué pena que fuera el único largometraje realizado por Charles Vanel. El actor demostró aquí haber tomado buena nota de lo que hacía tan grande el mejor cine mudo francés de la época: su capacidad por explotar las posibilidades visuales del entorno (me viene a la mente, en otro estilo diferente, Jean Epstein), la fluidez de la cámara que se mueve continuamente pero sin que parezca mero exhibicionismo técnico o ese estilo tan poético que caracteriza este tipo de cine – véase sin ir más lejos el filme ya citado de Baroncelli así como obras contemporáneas de Julien Duvivier o Jacques Feyder.

Una decisión muy inteligente a nivel de guion fue reducir la historia a lo mínimo para conseguir explicar casi todo con imágenes, una lección que quizá aprendió de los Kammerspielfilm alemanes, que narraban dramas de clase obrera con poquísimos personajes de una forma que los rótulos resultaban innecesarios. Lo mismo sucede aquí. Hay tan poco uso de la palabra que Vanel se permite un recurso muy bello, que es insertar los pocos diálogos de la película dentro de las propias imágenes, para no romper ese flujo visual tan evocador con la irrupción de un rótulo con texto.

Todo ello hace de Dans la Nuit una de esas obras que reflejan los niveles de perfección que alcanzó el cine mudo en sus últimos años, hasta el punto de que un actor que nunca había dirigido consiguió dar forma a una película con una visión tan clara sobre cómo contar la historia y qué recursos emplear. Y qué contraste entre esa primera parte bucólica y la segunda, filmada mayormente de noche y con un tono oscuro y entristecido, en que incluso la extraña máscara que lleva Vanel le da al filme un punto entre terrorífico y surrealista que evoca la posterior Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1959) de Georges Franju. Contrastemos dos movimientos de cámara que suceden en el mismo espacio, la casa de los protagonistas, y veamos cómo en la primera parte del filme la cámara seguía a los personajes contagiándonos de su vitalidad; pero en la segunda, cuando sigue a Vanel, es para contagiarnos su soledad y su avance lastimoso, casi empujado a seguir una rutina por pura necesidad aunque sin ninguna ilusión.

De hecho a medida que la historia se torna más y más oscura todo se vuelve más extraño y de pesadilla, con el propio amante poniéndose por morbosa curiosidad la máscara del protagonista y esa escena en que se dirigen a la cantera a deshacerse de la prueba de un crimen, que parece casi como un descenso a los infiernos.

¿Cuál es la única pega de Dans la Nuit? El epílogo. Un innecesario añadido que ofrece un poco creíble final feliz aparentemente impuesto porque el filme tenía un cierre demasiado lúgubre. Es curioso que suceda aquí lo mismo que en esa obra maestra que era El Último (Der Letzte Mann, 1924) de F.W. Murnau. Ambos filmes evitan la presencia de rótulos haciendo pequeños «trampas» (Vanel inserta los diálogos dentro de los mismos fotogramas, Murnau no empleaba rótulos pero sí unos pocos textos escritos para explicar qué sucedía, como la carta de despido del protagonista) y ambos tienen sendos epílogos felices que no pegan nada con el resto del filme. ¿Y qué hay en ambos casos para marcar la diferencia entre el desenlace real y el impuesto? Un rótulo que rompe por completo con el estilo del resto de la película, como remarcando que esos minutos extra son «otra cosa», hasta el punto de que su realizador no se molestó en mantener la coherencia a ese respecto.

Es triste pensar que Vanel no dirigiría más largometrajes y solo haría un cortometraje más, Affaire Classée, que salió en 1932 con el título Le Coup de Minuit. Le hace pensar a uno en el célebre caso de otro actor muy carismático llamado también Charles que realizó una sola película como director, curiosamente muy influenciada por el cine mudo, y que pese a ser una obra maestra no tuvo continuidad por lo mal recibida que fue en su momento. No es Dans la Nuit un filme a la altura de La Noche del Cazador (The Night of the Hunter, 1955) pero sí comparten el hecho de ser filmes muy especiales y cuidados, que denotaban una enorme sensibilidad y conocimientos del lenguaje cinematográfico tras años de experiencia como actores, y que desafortunadamente nos dejaron sin más ejemplos de ese prometedor talento por su escaso éxito en su momento. Rescatemos pues este Dans la Nuit del olvido y maravillémonos de cómo el talento de Vanel iba más allá de sus dotes como actor.

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