Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2026 (III)

6 de octubre – El cowboy con el biberón

La sesión de Griffith destinada a darnos las vitaminas necesarias para afrontar el día nos ofreció un par de cortos hechos con los recursos mínimos: uno o dos decorados para historias de apenas 10 minutos pero que funcionan muy bien y no se hacen pesadas o estáticas, demostrando que un buen trabajo de realización implica también cuidar la escenografía y saber dirigir a los actores para controlar sus movimientos. Un contraste muy interesante respecto al hallazgo que siempre se suele citar de Griffith, que es el montaje, y que nos demuestra lo bueno que era en otras facetas como cineasta.

The Wooden Leg (1909) es un corto cómico que parte de una premisa que luego reutilizaría el genial Charley Chase, en que un compromiso de boda se interrumpe al hacer creer al pretendiente que la novia tiene una pierna de madera (aún me pregunto cuál sería el problema exactamente, ¿esperarían que los hijos nacieran también con una pata de palo?). The Prussian Spy (1909) ofrece una pequeña escena de suspense con solo dos escenarios, en que una joven oculta a un espía en un armario e intenta que su criada lo salve antes de que lo descubran.

Los otros films no eran tan minimalistas. His Wife’s Mother (1909) es el clásico humor de suegras malas que no desentonaría en los cortos del matrimonio Sidney Drew que también se han proyectado en el festival. Aquí el marido opta por deshacerse de una visita de su suegra mimándola tanto que pone celosa a su joven mujer. Aparentemente pertenece a una serie de cortos de temática similar protagonizados por el mismo personaje. The Roué’s Heart (1909) es el clásico film excesivamente sentimental en que un hombre depravado queda conmovido al conocer a una chica que es el emblema de la pureza, una escultora ciega (¡!). El más sofisticado y conocido de todos es A Fool’s Revenge (1909), una adaptación de una historia de Victor Hugo en que un bufón (¡el segundo que vemos en las Giornate!) planea una venganza contra su señor que le sale mal. Con sus 16 minutos, trabaja muy bien la variedad de escenarios y la narración fluye bastante bien (no olvidemos que estamos aún en 1909, comparemos este filme con otros del mismo festival que son un par de años posteriores para entender el nivel en que se encontraba Griffith).

A destacar el fantástico papel que hacía Florence Lawrence, una de las primeras grandes actrices del cine, en la mayoría de estos filmes.

La primera gran sorpresa del festival llegó aquí con Seven Sinners (1925), debut de Lewis Milestone considerado perdido durante décadas hasta que una copia se encontró en Australia. La trama es una suma de premisas que potencialmente tienden a gustarme mucho: pocos personajes en un espacio muy concreto y la idea de que ellos intenten engañarse mutuamente sin ser del todo conscientes de lo que unos saben de otros. En este caso se trata de diversos ladrones que intentan hacerse con unas joyas de una mansión vacía pero que, al toparse en la casa, deciden engañarse entre sí pretendiendo que están ahí de forma legítima. Las situaciones se van enredando cada vez más mientras, en paralelo, dos de ellos se enamoran.

Vaya sorpresa nos tenía oculta Milestone entre su vasta filmografía. Seven Sinners es divertida, ágil e ingeniosa. El guion funciona de forma fantástica, ni siquiera la subtrama romántica entorpece ni resulta tópica, y los actores están fantásticos, destacando una divertida Marie Prevost (de los mejores papeles que le he visto) y el elegante Clive Brook. Fantástica y con un John Sweeney al piano dejándose llevar por el feeling tan divertido.

Seguimos con dos westerns breves pero muy notables comenzando por Beyond the Trail (1921) de Robert N. Bradbury, con el actor Tom Santschi encarnando a un hombre duro pero de buenos valores que en este caso se sacrifica culpándose de un crimen cometido por su hermano menor. Hay una escena muy curiosa en que, después de conocer a una mujer viviendo sola con su bebé (luego se descubre que ha sido abandonada por su mismo hermano) esta le encarga que le traiga leche para su bebé. Al llegar al saloon le pide al barman la leche en secreto, avergonzado, pero luego se descubre el biberón y vive un momento ridículo cuando se le cae al suelo y no puede cogerlo. Pero, ¿saben qué sucede después? En lugar de que esto desemboque en desafíos o bravuconadas, lo toma a broma y todos deciden beberse una ronda para celebrar la ocurrencia. ¿Por qué no podría ser el Far West un ambiente tan sanote como se muestra aquí? (si bien es cierto que nos quedaríamos sin muchas películas emblemáticas).

The Country that God Forgot (1916) nos muestra a Marshall Neilan ya desmarcándose como un muy buen director de películas serias y no un mero realizador de comedias fáciles. De nuevo el protagonista es Tom Santschi, que está casado con una chica que, harta del tipo de vida que vive con él y su socio trabajando en mitad del desierto, se fuga con un seductor que ha robado dinero. Lo remarcable es que no es tanto un western de acción como de personajes. Hay un plano precioso de la chica mirando entristecida desde la puerta ese desierto sin fin en que se ha convertido su vida. Y hacia el final hay un momento sensacional en que se habla de un linchamiento. Primero vemos un plano del bandido en una austera celda, luego vemos desde su punto de vista la masa llegando a través de los barrotes de la puerta. Cuando le sacan todo se produce con un tono sorprendentemente seco y sin dramatismos. El bandido entiende que va a ser linchado y no tiene escapatoria. No pide compasión ni intenta huir, acepta resignado su destino, deja un mensaje para una esposa que tenía en secreto (¿cuántos hombres hemos visto ya con esposas ocultas?) y todo se produce con una calma estremecedora, dejando el linchamiento fuera de plano. Muy remarcable.

Nuestra siguiente sesión de cine español, esta vez acompañada al piano magníficamente por José María Serralde Ruiz, abarcaba en esta ocasión de 1906 a 1911, de modo que ya empezamos a ver películas más largas y con más presencia de la ficción. Empezamos con El Ciego de la Aldea (1906), primer filme narrativo de Ángel García Cardona que explica la historia de unos bandoleros que atracan a una pareja y luego secuestran a la muchacha, pero son atrapados gracias a la ayuda de un ciego y una niña. Los planos mayormente en exteriores le dan un realismo sucio que además es un retrato muy valioso de esos entornos aún sin civilizar a las afueras de las ciudades, y para la resolución se utiliza un decorado que simula la guarida de la banda. Aun algo torpe al ser un esfuerzo pionero (en cierta escena se ve a uno de los bandidos mirando a cámara varias veces seguramente por estar escuchando las instrucciones del director) pero muy remarcable. De Cardona también vimos el corto cómico Benítez Quiere Ser Torero (1910), que lo dice todo en el título. Es el clásico film basado en un protagonista haciendo trastadas (en este caso derivadas de su obsesión con el toreo), que derivan en persecuciones caóticas en exteriores hasta que finalmente Benítez es atrapado y castigado, culminando con un plano final más cercano del protagonista como cierre. Es una fórmula que hemos visto mil veces en la época pero con el aliciente de verla aquí aplicada al imaginario típico español de la época.

También vimos uno de los primeros esfuerzos de un pionero tan importante como Fructuós Gelabert con La Dolores (1910), adaptación de esta famosa leyenda en la que vemos cómo en cuatro años se hicieron grandes progresos en la narrativa. Si bien la historia puede resultar difícil de seguir sin conocerla previamente, hay un trabajo más complejo de escenografía y montaje, utilizando de forma coherente espacios distintos y con una dirección de actores más sólida. Y en lo que se refiere a los trucajes, también disfrutamos de un Chomón divertidísimo, La Habitación Encantada (1911), en que los objetos cobran vida (incluyendo el complicado mecanismo de un reloj) y el protagonista no consigue ni desprenderse de sus ropas para descansar tranquilo.

El salto de gigante en ese sentido lo vemos en Carmen o la Hija del Bandido (1911) de Ricardo Baños y Alberto Marro en el seno de la Hispano Films, que enseguida se convertiría en una de las compañías cinematográficas más importantes de la época. Si bien incompleta en sus 18 minutos, esta historia sobre una forajida del siglo XVII que se enamora del pintor que ha capturado su banda es una auténtica historia de aventuras magníficamente realizada. Se nota ya una gran fluidez en el montaje, la alternancia de espacios (¡qué bien utilizados aquí los exteriores naturales!) y en la dirección, con los protagonistas mucho más distinguibles para el espectador y no tan alejados en planos demasiado abiertos y una composición de planos más cuidada. Vista hoy día sigue resultando entretenida, totalmente comprensible y sin abuso de rótulos.

Pero no solo de ficción vive el hombre. El documental Burgos (se cree que de 1911 o 1918) atribuido a Chomón ofrece unas bellas estampas de los principales monumentos de la ciudad realzados con el coloreado de Pathécolor.  Temporal en Barcelona (1911) me hizo pensar en cómo 100 años después seguimos filmando el mismo tipo de vídeos, en este caso las impresionantes olas chocando en la costa barcelonesa, y lo mucho que sigue teniendo de fascinante el mar. Madrid, Vistas Cinematográficas (se cree que de 1910 o 1919) me hizo pensar en la delicadeza con que se realizan las panorámicas de las vistas como queriendo dar tiempo al espectador de ir asimilando todo ese paisaje, y en una de ellas realizada desde un puente nos llevamos al final la sorpresa de ver unos niños observando con curiosidad al operador de cámara. Por último, Excursiones por Mallorca. De Palma al Puerto de Sóller (1913) del pionero mallorquín Josep Truyol i Otero muestra el trayecto del primer tranvía eléctrico de la isla con esas imágenes siempre tan cautivadoras de los espectadores mirando fascinados a cámara (especialmente niños, una vez más) y, como curiosidad, al llegar a una estación vemos a otro cineasta de la competencia captando el momento. El competidor se lo toma con deportividad y optan por filmarse los dos cámaras mutuamente en el que es uno de mis momentos favoritos de este programa.

Si les interesa consultar estas películas, las tienen disponibles en Platfo.

Como comenté en mi anterior post, algo que me gusta de Pordenone es asistir a proyecciones sin saber nada de su contenido para dejarme sorprender. En la segunda sesión de películas sobre locura femenina estaba viendo Le Memorie di una Istitutrice (1917) de Ricardo Tolentino, de la cual falta más de la mitad inicial (la copia actual es de poco más de media hora) y por tanto intentaba entender quién era la protagonista y de qué iba la cosa. Y sucedió que en una escena vimos una gitana leyendo el futuro a las mujeres asistentes a una fiesta que en realidad era el maestro de la casa disfrazado, y ahí até hilos: ¡era una adaptación de Jane Eyre! Obviamente no podía faltar en una recopilación de historias de locura femenina el célebre relato de Charlotte Brontë, en que la humilde protagonista se enamora del señor Rochester, un rico terrateniente que tuvo un primer matrimonio fatídico con una mujer que luego descubre que sufre de locura. Ante esas circunstancias, Rochester optó por la solución más humana y caritativa posible: encerrarla en un desván haciendo como que no existe hasta que la buena mujer le prende fuego a la casa. Es una adaptación bastante fiel, correcta y sin muchas sorpresas para bien o para mal.

En una recopilación de locura femenina en la literatura tampoco podía faltar Hamlet con la célebre Ofelia. El Amleto (1908) de Mario Caserini supone uno de esos primeros intentos de inmortalizar Shakespeare en el cine como forma de legitimar el medio, pero que resultan algo prematuros porque aún no se había desarrollado un lenguaje para adaptar obras completas tan complejas como esta. De modo que sin conocerla debe ser difícil de seguir y a ratos su tono apresurado o excesivamente resumido puede recordar el sketch de Monty Python en que se realiza un concurso para resumir En Busca del Tiempo Perdido de Proust en 15 segundos. En contraste con los planos estáticos en decorados que predominan la cinta, la muerte de Ofelia nos ofrece una imagen bellísima y misteriosa, en que vemos a la actriz paseando al lado de un río con expresión ausente y ligeramente desenfocada hasta desaparecer del encuadre, dejándonos adivinar su destino. No siempre uno se encuentra pequeños momentos tan fascinantes y hermosos como este en mitad de una película de la época.

Vimos también el corto Pauvre Mère! (1906) de Albert Capellani, en que una madre cae en el alcoholismo al perder a su hija en un accidente y nos la muestra en una escena especialmente cruel en que confunde a una niña del parque por la suya propia. Y por supuesto no nos olvidemos de L’Angélus de la Victoire (1916) de Léonce Perret, en que la historia del romance entre dos jóvenes de familias enfrentadas se ve interrumpido por la irrupción de la guerra. Al conocer que su amado ha muerto en el frente, ella enloquecerá. No es de lo más destacado de Perret pero está magníficamente realizado con algunos planos muy bellos tanto en exteriores (la pareja caminando por el campo en una puesta de sol) como interiores (la escena en que el padre toca el órgano y se ve de fondo en las sombras a la hija que se acerca para unírsele). Muy buen trabajo de Meg Morley al piano y de Elizabeth-Jane Baldry al arpa, pero también a la voz entonando el canto triste de la joven enloquecida.

Credit: Collezioni Museo Nazionale del Cinema, Torino

El Weimar de hoy las tenía todas para entusiasmarme pero, ay, no ha sido así. Teníamos de protagonista a Asta Nielsen y de villano a todo un Conrad Veidt. Con eso ya me tenían ganado, pero hay algo en Der Reigen (1920) de Richard Oswald que no me acabó de convencer. Con el pesimismo y el tremendismo que está caracterizando este ciclo, Der Reigen explica la caída en desgracia de Elena, una mujer que solo aspira a tener una vida normal y decente, pero todos los hombres con los que se topa sienten una fuerte atracción por ella que acaba en desastre. En este caso no estamos ante una vamp, sino una víctima de las circunstancias que sufre sobre todo el chantaje encarnado por el personaje de Veidt, tan carismático y detestable como solo él sabía ser.

La película funciona bastante bien hasta que en cierto punto me parece que se hace algo reiterativa y da vueltas sobre los mismos conflictos y personajes. Definitivamente un recorte a esos 100 minutos le habría venido bien. Obviamente, solo por la Nielsen y secundarios de la talla de Veidt ya se justifica su visionado, pero no fue la gran sorpresa de este ciclo como yo esperaba.

¿Quién me diría que el mayor éxito de taquilla de la carrera de Lon Chaney no sería ninguno de sus filmes más emblemáticos sino una comedia militar llamada Tell It to the Marines (1926), donde además ni siquiera lleva su característico maquillaje? Pero así es, esta película de George Hill se concibió como un producto comercial que fuera un valor seguro y patriótico, y funcionó. El protagonista, encarnado por William Haines, es un joven que se alista en los marines aun cuando siente un nulo respeto por la autoridad y parece más interesado en ligar con la enfermera interpretada por Eleanor Boardman. Su némesis será el sargento encarnado por Lon Chaney iniciando una larga genealogía de sargentos con muy malas pulgas expertos en humillar a reclutas novatos.

El problema para mi gusto es que el filme apenas aprovecha el potencial cómico de la premisa mostrándonos a Haines sufriendo el duro entrenamiento y, lo que es aún peor, su protagonista carece de carisma o de valores que le hagan empatizar a uno con él. Por ello resulta inverosímil que la enfermera se acabe encariñando de él o que el sargento decida ayudarle a sus espaldas. Es como si los guionistas hubieran querido crear el clásico arco en que los personajes que odian al protagonista acaban valorándole y estableciendo un vínculo con él… pero el guion quisiera llegar directamente al destino sin pasar por todo el proceso. Es decir, no hay absolutamente nada que explique por qué la enfermera de repente pasa a tenerle cariño, simplemente en cierto momento se llega a ese punto sin que el guion lo justifique ni la dirección de actores haya explotado cierta química entre ambos.

A cambio se trata de una película muy bien dirigida, entretenida, con una buena escena de acción al final, algunos diálogos divertidos y, claro está, un Lon Chaney rebosante de carisma aun cuando creo que su personaje no está tan aprovechado como merecería. Es un buen entretenimiento con sus inevitables dosis de patriotismo, pero tampoco es especialmente remarcable.

Credit: Wisconsin Center for Film and Theater Research

No es frecuente que el festival programe sesiones largas después de las 11 de la noche, pero hoy se hizo una excepción para ofrecernos un pase de cortos vanguardistas checos. Y si bien entiendo que, con el cansancio de todo el día, haya quien crea que no es el momento más oportuno para este tipo de filmes, a mí me sucede lo contrario: me resulta refrescante como cierre de jornada un poco de cine no narrativo para antes de dormir. El primero, Paseo sin Rumbo (Bezúčelná procházka, 1930) de Alexander Hammid ya lo conocía y de hecho lo vi hace años en Pordenone mismo. Es un filme que podría colar como sinfonía de ciudad al mostrarnos el paseo que da el protagonista cogiendo el tranvía por diversas zonas de Praga, sirviéndose de un montaje libre y centrándose en motivos visuales y un estilo más rítmico que narrativo.

Le siguieron varios cortos del dúo Čeněk Zahradníček y Vladimír Šmejkal que podríamos definir como cine-poemas en que sí que hay una historia detrás pero narrada de forma inhabitual y utilizando el montaje de forma abiertamente experimental. En El Atomo de la Eternidad (Atom věčnosti, 1934) se nos muestra un encuentro sexual en el campo a través de imágenes metafóricas, algunas más sutiles (el hombre se convierte en un violinista que con su música atrae a la chica), otras más abstractas (imágenes de elementos líquidos o del entorno) y otras más burdas (el consabido tren entrando en un túnel). Hands on Tuesday (Ruce v úterý, 1935) nos muestra el día de un oficinista que al final de la jornada acuerda una cita con una mujer… pero se sirve solo de imágenes de sus manos y sus pies. Es como una versión más sofisticada y experimental de Amor Pedestre (1914) de Marcel Pérez, y aparentemente hay otro filme que juega con la misma idea, I’d Be Delighted To! (1932) de S.W. Childs Jr.

Le siguieron dos cortos de mensaje antibélico. Otro del dúo Zahradníček y Šmejkal, Příběh vojáka (1935), que muestra a un poeta reclutado como soldado pero todo ello con un montaje que recrea flashes de los desastres de la guerra. Burleska (1932) de Jan Kučera también critica el belicismo pero en un tono más abstracto, recurriendo a imágenes como las de las cartas de una baraja y un reloj. La película está posiblemente inacabada y su creador, que tenía apenas 24 años, nunca llegó a exhibirla.

Por último, Mayo (Máj, 1936) de Čeněk Zahradníček y E. F. Burian tiene una complicada historia detrás. Este material se filmó para que formara parte de un proyecto de teatro experimental en que estas imágenes formaban parte de esta experiencia multimedia. Pero en 1976 el propio Zahradníček reeditó estas imágenes para que fueran un corto experimental con entidad propia, que es lo que hemos visto hoy. Está formado mayormente por planos muy cerrados del cuerpo de una mujer, especialmente de su rostro y partes del cuerpo que, vistas tan de cerca, resultan difícil de identificar y proponen una casi abstracción del cuerpo humano. Todo un contraste con los anteriores cortos al carecer por completo de narrativa y centrarse solo en la imagen.

Credit: Národní filmový archiv, Prague

Detalle a destacar: los llamativos logos de las productoras Cuesta-Valencia (una mujer lanzando flores) y Films Barcelona (un dibujo muy bonito de la ciudad condal), que le dan un encanto adicional a las películas.

Temática recurrente del festival: hoy han aparecido dos historias más en que un hombre seduce a una mujer ocultándole que está ya casado, y teniendo en cuenta que ya nos aparecieron más en los días anteriores, me temo que esto se está convirtiendo en una mala costumbre.

Momento divertido a destacar: la cara de la suegra en His Wife’s Mother cuando prueba el vino por primera vez. Al ser cortos aún filmados en planos generales, se agradece mucho verles en la gran pantalla por detalles como este que vistos en un vídeo de Youtube no se perciben tan bien.

Detalle musical: en Der Reigen (1920) Gabriel Thibedeau nos dio a entender lo mal que canta Asta Nielsen cuando prueba suerte en el cabaret haciendo que su acompañamiento musical suene en ese momento disonante de una forma muy divertida que, además, le bajó un poco de gravedad a una cinta demasiado tensa.

Traducción del día: la traducción que tuvo Tell It to the Marines en España fue, atención, El Sargento Malacara. Sí, lo habéis leído bien.

7 de octubre – Crónica patrocinada por Galletas Patria y Tractores Skoda

A falta de Griffith, empecé el día con un corto Sine Nomine (es decir, pendiente de que alguien identifique título y/o autor) en que dos clowns se hacen todo tipo de perrerías rozando lo gore: cortarse la cabeza, partirse en dos, etc. Eso es empezar fuerte la jornada. No menos fuerte era el Weimar de hoy, Blondes Gift (1919) de Hubert Moest, la historia de cómo la rubia del título conquista a un amor de su infancia, que acaba de recibir una cuantiosa herencia, y lo lleva a la más absoluta miseria. Se trata, ni más ni menos, que una muestra del cine popular creado por y para el morbo de los espectadores de la época con temas controvertidos.

El principal defecto de la cinta es que, una vez señalada la premisa (que es cómo la protagonista va a humillar y desplumar al pánfilo protagonista encarnado por Ernst Deutsch) se acaba volviendo algo reiterativa y ni siquiera ofrece un estudio interesante de personajes más allá de que ella necesita mucho dinero y es muy mala. El posible punto de interés viene en un flashback en que ella le explica la historia de sus padres y aquí podría verse una crítica social que, si bien no justicia su comportamiento, al menos permitiría entenderlo algo mejor: su madre era prostituta y su padre, cuando vemos que lo interpreta nuestro viejo conocido Reinhold Schünzel, ya imaginamos que será un mala pieza. Pero a partir de aquí se acaban las sorpresas y el único punto de interés es la frase con la que cierra la película, en que ella, después de haber provocado todo tipo de desgracias a su alrededor, coquetea con el oficial de policía sin ningún tipo de pudor. La música de Mauro Colombis logró darle un poco de colorido a una cinta a la que precisamente le faltan matices o algún giro inesperado.

Si le preguntan a alguien por la calle quiénes son los grandes directores del cine mudo sueco les dirán sin duda que Victor Sjöström y Mauritz Stiller (no me dirán ahora que hay gente que no los conoce, ¿verdad?). Pero después de ellos hay otros nombres que merecerían recordarse como es el de John W. Brunius, de quien vimos su comedia Gyurkovicsarna (1920). Pero lo curioso es que al Brunius que el festival propone rescatar en esta ocasión no es John sino su mujer Pauline. Pauline Brunius fue una actriz muy reputada tanto en teatro como cine que escribió guiones y además dirigió películas. En el caso que nos ocupa, ella escribió el guion junto al actor protagonista Gösta Ekman y ambos aparecen también como actores.

Inicialmente parece ser una comedia sobre una numerosa familia en que el hijo mayor es un gandul que siempre busca problemas. Pero entonces vemos cómo se une al servicio militar y, oh no, nos encontramos con la segunda comedia militar que vemos en dos días seguidos. No obstante, esta creo que funciona algo mejor, tiene un protagonista que se hace querer un poco más y Pauline Brunius tiene un personaje secundario muy bueno como mujer frustrada que tienta al protagonista para fugarse juntos. Agradable de ver y con un buen acompañamiento de Stephen Horne combinando piano, flauta, acordeón, un poco de percusión y, en definitiva, cualquier cosa que encontrara a mano.

La tercera sesión de cine español nos llevó ya hasta 1915, con largometrajes de ficción progresivamente más largos. Pasionaria (1915) de Joan Maria Codina es un auténtico culebrón en que una chica, que iba a llevar una medicina a su madre enferma, es raptada y violada por un noble. Su padre decide creerse la versión del noble según la cual fue un acto consentido y reniega de la hija, que a cambio se hace famosa como bailarina en las Américas. El filme es bastante correcto y en su momento le dio un gran éxito a la protagonista, la bailarina Carmen Tórtola Valencia.

Miss Ledyia (1916) de Rafael López de Haro y José Gil es un pequeño desmadre con una joven americana aburrida en Galicia que se ve envuelta en un complot anarquista para matar a un rey. La narrativa es un tanto confusa y a ratos me perdía con la trama, pero es entretenida y me hizo especial gracia el invento que usan los anarquistas para matar a sus rivales: un alambre entre dos árboles que, entiendo, le cortaría la cabeza al pasar en coche. Es el tipo de invento que esperaría de los dibujos del Coyote y que nunca imaginé que se podía aplicar a la vida real. Por suerte todo acaba bien y, literalmente cinco minutos después de evitar el accidente, los protagonistas se casan sirviéndose de un cura que pasaba por ahí. ¡Y le parecía aburrida Pontevedra a la americana!

También tuvimos para mi sorpresa un filme de Peladilla, la imitación hispana de Chaplin por obra y gracia de Benito Perojo (¿no saben qué es eso de los imitadores de Chaplin? Lean este artículo donde hablo de Peladilla entre otros). En este caso el corto escogido fue Peladilla en el Football (1916) que combina algunos rasgos en los que Perojo imita bastante bien la gestualidad de Charlot con un uso de precisamente el tipo de humor que Chaplin evitaba a toda costa: slapstick facilón de caídas y golpetazos sin sentido. Pero en el fondo no deja de ser una imitación hispana medio improvisada aprovechando los espacios disponibles y un partido de fútbol real, así que ni tan mal.

De los documentales, uno de los que me pareció más interesante fue Asesinato y Entierro de Don José Canalejas (1912) de Adelardo Fernández Arias, por combinar de forma tan curiosa ficción y documental: el asesinato del ministro se recrea obviamente con actores, pero luego se muestran los agujeros de bala reales que quedaron en el lugar de los hechos así como imágenes documentales del entierro. Inauguración de la Galería de Horta el 1º de Enero de 1915 (1915) tiene la curiosidad de ver cómo eran los estudios de filmación de la época con esos techos de cristal para aprovechar la luz solar. El estudio, que originariamente era de Segundo de Chomón y Joan Fuster, se encuentra en el distrito de Horta en las afueras de Barcelona, justo donde se filmaron los exteriores de L’Hereu de Can Pruna.

Hipnotismo me parece una pieza fascinante en que se hace una demostración por parte del doctor Julio Camino Galicia que me hace preguntarme hasta qué punto está guionizada o no. Por otro lado, Una Visita a la Fábrica de Galletas Patria (1913) de Antonio de P. Tramullas es un simpático corto promocional del que destaco el momento en que dos empleadas sostienen un póster anunciando las galletas y señalan el nombre de la marca y el dibujo de la propia caja de galletas, para que quede claro qué se está anunciando. Como veremos en un rato no es el último anuncio que veremos en el día de hoy en Pordenone.

No tengo mucho que decir del Marshall Neilan del día, The Girl at Home (1917). Forma parte de la época de su carrera en que empezó a cobrar importancia como director al ser contratado en el estudio de Jesse L. Lasky, dejando ya definitivamente atrás sus primeros tiempos como mero director de comedias. Pero este filme en cuestión no tiene mucho que ofrecer. Protagonizado por Jack Pickford, hermano de Mary (su colaboradora más famosa), explica la historia de un joven que va a estudiar a la universidad sin saber que sus gastos se los está pagando la chica que está enamorada de él, una huérfana que al cumplir la mayoría de edad ha recibido por fin el dinero de sus padres.

El problema de la película no es que sea sentimental, sino que es más bien blanda y sosa, sin profundizar demasiado en los personajes o el conflicto. Al final lo más reseñable es un detective gruñón que resulta tener buen corazón por ser el único personaje que nos aporta alguna sorpresa. Eso y el bonito plano final con las manos cogidas, que es muy emotivo.

Llegamos a la segunda sesión de vanguardias checas, que fue más heterogénea y con un poco de todo. Prague, City of a Hundred Spires (Praha, město sta věží, 1928) de Jaroslav Hesoun no lo consideraría un filme vanguardista pero resulta muy interesante igualmente. Fue un encargo hecho a un arquitecto para captar los edificios de la ciudad y, en consecuencia, tiene un estilo más convencional pero es agradable de ver. El siguiente empezaba con varias palabras anunciando algo relacionado con mejorar la economía, hasta que un rótulo gigantesco inundó la pantalla provocando incluso algunas risas en la audiencia: TRACTORES. Efectivamente, Attack on Prague (Útok na Prahu, 1930) narra con un dinamismo propio del cine soviético un sonado evento en su momento: el enorme convoy de tractores que Skoda despachó para una feria anual de agricultura. O cómo conseguir que un tema tan poco interesante parezca épico y dinámico.

How Is a Typewriter Born? (Jak vzniká psací stroj?, 1934) de A. Kovářík nos ofrece exactamente lo que promete el título. Es un corto de propaganda industrial que explica cómo se fabrican las máquinas de escribir. Pero lo interesante es que no es el típico corto aburrido con rótulos explicativos. Se centra en muchos planos detalle del proceso (ese interés por las máquinas y artilugios sí que denota influencia vanguardista) e incluso hay un plano alucinante en stop motion que muestra las piezas introduciéndose en la máquina. Muy divertido. Por otro lado, Money Is the Lifeblood of the Economic Organism (Peníze jsou krví hospodářského organismu, 1932) es un breve filme educativo sobre las bondades de depositar nuestros ahorros en un banco, y no dejarlo escondido en casa. Quizá había aún cierta desconfianza hacia los bancos tras el crack del 29. En todo caso aunque algunos de los argumentos son los que son (el dinero guardado en casa incentiva el crimen y, además, puede ser comido por ratoncitos), está filmado con mucha gracia sin usar rostros humanos, sino manos realizando acciones, planos que transmiten ideas y letras muy dinámicas. ¿Se imaginan un anuncio actual de un banco hecho así?

Como no encontré imágenes de ninguno de estos documentales comparto sencillamente esta fotografía de un tractor.

Los dos cortos más vanguardistas de esta sesión fueron justo mis favoritos, aunque ambos ya los conocía justo de haberlos visto en Pordenone en algún ciclo de sinfonías urbanas. The Light Penetrates the Dark (Svetlo Proniká Tmou, 1930) fue el debut en la dirección de Otakar Vávra, uno de los grandes directores del cine checo aunque recordado más bien por sus películas de después de la II Guerra Mundial. Este magnífico film nació de su fascinación por los nuevos medios de iluminación nocturna que se inventaron en la época y el juego que daban para la exploración de la luz y el movimiento en el cine.

Mi gran momento de esta sesión, e incluso para mi gusto uno de los mejores del festival, fue Prague at Night (Praha V Zari Svetel, 1928) de Svatopluk Innemann, que ha sido todo un redescubrimiento. Nacido de un encargo de la corporación eléctrica de Praga, es un corto bellísimo que muestra toda la vida nocturna de la ciudad: las diferentes profesiones que trabajan en esos horarios intempestivos, la gente que disfruta el ocio nocturno y los aparatos y letreros de iluminación que dan vida a la noche. Una pequeña joya que además contó con un acompañamiento musical especialmente brillante de Meg Morley al piano y, una vez más, Frank Bockius a la batería, que si bien hicieron un muy buen trabajo en esta sesión, aquí le otorgaron una magia muy especial a la película.

Mi proyección más esperada de todo el festival era la última restauración de un filme que me encanta: Una Página de Locura (Kurutta ippêji, 1926) de Teinosuke Kinugasa, de la cual se nos ofrecía la más reciente restauración además con narración de benshi. Las expectativas estaban por las nubes y no decepcionó en absoluto. Pero antes, para entrar en materia tuvimos dos filmes más breves. A Ship of Oranges (Mikan Bune, 1927) es un corto de animación de Ofuji Noburo, uno de los pioneros de la animación japonesa que narra aquí la historia de un célebre mercader de los siglos XVII-XVIII que se hizo rico exportando naranjas. Aquí le vemos enfrentándose al dios del viento, que intenta hundir su barco, pero nuestro mercader de cítricos favorito logrará salirse con la suya. La animación es muy sencilla hecha con recortes pero tiene encanto, y la benshi Ōmori Kumiko narró la historia con mucho entusiasmo animando al final al público a acompañarla con palmas.

El cine japonés anterior a los años 20 es una de las cosas que más me fascina del séptimo arte. Son películas que, antes del punto de ruptura que supusieron filmes más occidentalizados y realistas como Souls on the Road (1921), tienen una influencia tan marcada de otras formas artísticas propias que lo convierten en algo muy único, aun con el inconveniente de ser totalmente incomprensibles sin narración benshi. Kwaidan Sarayashiki narra una popular leyenda sobre una sirvienta injustamente asesinada que se aparece como fantasma a sus señores culpables del crimen. El fragmento de 11 minutos de la versión que vimos no se sabe de qué año es pero se especula que 1916 y se desconoce quién la pudo dirigir. Siempre he pensado que uno de los rasgos que más fascinan del cine mudo es que tienen una cualidad algo etérea o fantasmal. Pues en este tipo de filmes japoneses eso es aún más marcado. Todo se desarrolla en largos planos generales estáticos, los personajes se mueven a un ritmo y de una forma totalmente distinta a como se hacía en el cine del resto del mundo, es el benshi el que marca el ritmo y la narración. Da la sensación más que nunca de estar viendo imágenes de otra época y otro mundo. En este caso además vi algo que nunca me había encontrado en cine japonés primitivo, que son efectos especiales con la criada apareciendo como fantasma en una sobreimpresión o simulando que mueve elementos de una habitación mediante cortes de montaje. Todo ello acentúa la sensación fantasmal de extrañez. Es algo alucinante que además se benefició de la intensa narración de Yamauchi Nanako.

Una Página de Locura es una de las películas más únicas y fascinantes del cine japonés e incluso diría que de la era muda. Es un filme nada representativo de lo que se hacía en Japón, ya que no sé de otra película con un enfoque así ni este estilo de dirección. Planteada como un experimento influenciado por las vanguardias europeas, explica la historia del conserje de un manicomio, que trabaja allá para vigilar de cerca a su mujer, ingresada allá por culpa de los maltratos que le infligió. Reconcomido por los remordimientos y contagiado del ambiente malsano, poco a poco el hombre tiene problemas para distinguir realidad de imaginación, de igual forma que en dicho espacio va costando distinguir cuándo nos encontramos entre las celdas de reclusos y cuándo en las zonas libres.

Estamos ante una de las obras más modernas de la era muda, que hoy día sigue chocando por su estilo tan moderno y experimental. Su mismo inicio es una declaración de intenciones, contraponiendo imágenes de una tormenta con las alucinaciones de una reclusa y luego imágenes de ella bailando desaforadamente hasta sangrarle los pies. La gran virtud de la cinta es que combina elementos propios del cine de vanguardia (montaje rápido, imágenes distorsionadas, movimientos inusuales de cámara) con un tono que busca mantener cierto misterio y extrañeza, lo que la hace tan moderna a nuestros ojos – según Kinugasa, el filme, creado en un espíritu colaborativo en que trabajaron todos los implicados repartiéndose tareas, se realizó sin un guion cerrado y dejándose llevar por sus impresiones sobre la marcha.


Credit: National Film Archive of Japan, Tokyo

La restauración que vimos es de este mismo año y es una mejora enorme respecto a la que conocíamos. La calidad de imagen, a la que se le ha añadido un tintado azulado, es mucho mejor, permitiendo captar mejor ciertas escenas. Y lo más interesante, hay 7 minutos adicionales con escenas totalmente nuevas para mí, como una alucinación en que el padre cree haber ganado un premio en una feria que luego quiere dar a su hija como regalo de bodas.

La narración de Kataoka Ichirō también le aportó un extra que me hizo casi volver a descubrir la película. Hasta ahora, la ausencia de rótulos provocaba que para entender lo que sucedía debiéramos leer el argumento antes de verla. La narración del benshi nos aporta esa información pero también añade detalles más poéticos, como esas continuas referencias a los círculos, que se hacen constantes en la película con la idea de personas atrapadas en ciclos sin fin. Del mismo modo, si bien nunca entendí del todo el significado de la alucinación final con las máscaras noh, hoy comprendí que aporta la idea de ocultar nuestra verdadera naturaleza y, en el caso de los locos, no desvelar su demencia al mundo. Ichirō hizo un trabajo espectacular añadiendo intensidad a ese caos final con gritos y risas dementes, y a nivel musical me pareció muy curioso que apenas se usaran el shamisen (tocado por Kiyomoto Nobuakira) y la percusión (interpretada por Katada Kisayo), que estuvieron mucho más presentes en los cortos. En su lugar se optó por dar más protagonismo al piano (obra de Matsumura Makia) dejando muchos momentos de silencio. Solo en las escenas más intensas como la rebelión de los locos, el shamisen y la percusión se sumaron creando una sensación de agobio y desasosiego.

Una de las sesiones más inolvidables e intensas vividas en Pordenone, de esas que al salir del cine no encuentras palabras para comentar con otros lo vivido.

Proyección del día: Una Página de Locura (1926).

Momento a destacar: hay un instante en Pasionaria (1915) en que vemos a la protagonista danzando, pero justamente esa escena parece dañada y se ve en forma de fotogramas congelados algo distorsionados visualmente. Pero esto, que debería verse como un defecto y es totalmente accidental, en realidad le da una belleza extraña y es el momento que más se me ha quedado grabado de la película.

Momento divertido a destacar: de nuevo de Pasionaria, citar la emotiva escena final del reencuentro entre el padre y la hija en que vemos al fondo a un señor saliendo de una puerta de la casa, comprueba que están filmando una película y acto seguido vuelve a meterse dentro para no molestar. La tendencia a ahorrarse segundas tomas nos ha dejado este pequeño momento para la posteridad.

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