Black Skin (Chyornaya kozha, 1930) de Pavel Kolomoytsev

Una de las muchas ventajas de adentrarse en películas tan lejanas en el tiempo es que nos permiten descubrir episodios curiosos de la historia del siglo XX sobre los que no suelen hablarse muy a menudo. Un ejemplo de ello fue la campaña que tuvo lugar en la URSS a principios de los años 30 para atraer trabajadores especializados del extranjero, principalmente de Estados Unidos. Por entonces el recién creado régimen comunista estaba viviendo un fuerte proceso de industrialización y se agradecía la mano de obra con experiencia. La manera de lograrlo era vender al exterior el relato de que la URSS era una utopía socialista donde los obreros no eran explotados por sus amos y trabajaban por un bien común.

Y si bien a principios de los años 30 la Gran Depresión les proporcionó el caldo de cultivo perfecto para ofrecer trabajo a algunos de los obreros que vivían una situación desesperada, a eso los avispados propagandísticos soviéticos supieron añadirle un nuevo ingrediente: el racismo. No se les escapaba que en EEUU éste era un problema por entonces candente, de modo que a su relato le añadieron la idea de que la URSS era un país donde se respetaba a todos los hombres por igual sin importar su raza.

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Bartolomeo Pagano vs Maciste: el actor más popular de Italia fagocitado por su propio personaje

Durante la era muda no hubo ningún actor de cine italiano que pudiera equiparar su popularidad a la del forzudo Bartolomeo Pagano, quien incluso en la crisis de la industria italiana de los 20 se mantuvo como un reclamo seguro para el público. Pagano y, sobre todo, su alter ego Maciste simbolizaron durante años un prototipo de héroe nacional que cautivaba a los pequeños y llenaba de orgullo a los mayores. No obstante su caso resulta especialmente interesante por reflejar una problemática que se daba en las primeras décadas del cine: la confusión que a veces se producía entre un actor y el personaje que interpretaba cuando éste era casi siempre el mismo.

En cierta ocasión la vampiresa Theda Bara comentó que en su momento de mayor popularidad a veces la gente en la calle la rehuía o incluso la insultaba por asociarla a sus personajes de mujer maléfica destrozahogares, y aunque puede que eso fuera una mentira de la propia Bara para seguir cultivando su propio mito, sí que hay algo de verdad. Pagano se hizo tan célebre interpretando al musculoso Maciste que ambas personalidades se acabaron confundiendo, dando lugar incluso a conflictos legales. Les proponemos pues homenajear a Pagano/Maciste con un post en que repasaremos sus orígenes y su carrera para comentar esta difícil dualidad entre actor y personaje.

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El Caballo de Hierro (The Iron Horse, 1924) de John Ford

El absolutamente espectacular éxito que tuvo en su momento el western épico La Caravana de Oregón (The Covered Wagon, 1923) de James Cruze movió a que un estudio rival, la Fox, decidiera copiar la hazaña con otro western de gran envergadura, el cual le fue encargado a un prometedor director que tenían en nómina llamado John Ford. El Ford de 1924 no gozaba ni remotamente del estatus que tiene hoy día. Por entonces era un muy efectivo realizador que había hecho un buen puñado de filmes demostrando dominar la técnica del oficio y, probablemente, aún estaba a la sombra de su hermano mayor Francis Ford, por mucho que por esas fechas la carrera de éste ya estaba de capa caída.

La propuesta que se le hizo a Ford fue filmar El Caballo de Hierro (The Iron Horse, 1924), la épica historia de la construcción de la primera via ferroviaria que unió las dos costas estadounidenses, un momento simbólicamente muy importante por reflejar cómo el país pasó a estar oficialmente unido en sus dos extremos, cimentando así su identidad como nación. Partiendo de ese contexto se nos narra la historia del joven Davy Brandon, cuyo padre sueña con la construcción de una vía ferroviaria que uniera los dos océanos, algo que en ese momento se considera irrealizable. Una noche, el padre de Davy es asesinado a manos de unos indios comandados por un misterioso hombre blanco que se hace pasar por uno de ellos, dejando un trauma de por vida en Davy. Cuando éste se hace adulto, decide participar en la construcción de la vía ferroviaria, ignorante de que hay unos siniestros personajes que preparan un complot para sabotear el paso del tren por un pasaje que permitiría acortar mucho el trayecto. Entre los conspiradores se encuentra el prometido de Miriam, la chica de la que Davy estuvo siempre enamorado.

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The Countryman and the Cinematograph (1901) de Robert W. Paul y Uncle Josh at the Moving Picture Show (1902) de Edwin S. Porter

Siempre me ha fascinado cómo debían ser las primeras reacciones de los espectadores de la época al invento del cinematógrafo, a esas imágenes fotográficas que cobraban vida como fantasmas. Algunos cortos de los inicios del cine satirizaban ese choque con personajes ridículos que reaccionaban ante las imágenes de la pantalla como si fueran reales, de los cuales les he traído los dos más conocidos.

The Countryman and the Cinematograph (1901) del británico Robert W. Paul se cachondea del típico paleto de pueblo que asiste a su primera sesión de cine. El filme nos muestra su reacción ante tres breves escenas: una bailarina a la que éste imita de forma ridícula, un tren que se acerca a la pantalla y le hace salir corriendo y luego una breve escena de amor. De este brevísimo filme me resulta interesante a nivel técnico el encuadre, que debe encajar en la misma imagen al pueblerino y la pantalla de cine, y el hecho de que las imágenes de las películas que ve en realidad estén añadidas con sobreimpresiones. Por otro lado, ¿se trata del primer filme que hace referencia a esa leyenda urbana de la gente que se asustó del tren que se dirigía a la pantalla en la primera sesión de cine de los hermanos Lumière?

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Shooting Stars (1928) de Anthony Asquith y A.V. Bramble

Desde que hace ya unos cuantos años el BFI nos deslumbró con las restauraciones de las pocas películas mudas que hizo Anthony Asquith a finales de los años 20 no creo que quepa ninguna duda de que si éste no llegó a convertirse en uno de los grandes cineastas de la era silente es porque debutó justo cuando el cine sonoro ya estaba empezando a imponerse. Siempre lo he dicho: ¿por qué no pudo esperarse el sonoro unos pocos años más a popularizarse? ¿Por qué tuvo que llegar cuando el cine mudo estaba alcanzando sus mayores cotas de virtuosismo? ¿No habría sido bonito comprobar cuán lejos podría llegar todavía el cine silente y luego, entonces sí, dar paso al sonoro? Además, los experimentos con sonido datan de bastante tiempo atrás, ¿qué más les daba esperar unos años más?

Anthony Asquith seguramente fue uno de los debutantes más sonados en el cine británico silente. De sus cuatro películas mudas solo The Runaway Princess (1929) supone un cierto bajón, mientras que las otras tres (la que nos ocupa hoy, Underground (1928) y A Cottage on Dartmoor (1929), su gran obra maestra) son ejemplos de puro virtuosismo visual, derrochan imaginación y se nutren de todos los avances del medio hasta la fecha. No es de extrañar si tenemos en cuenta que antes de empezar a dirigir Asquith había viajado a Hollywood a aprender los detalles del oficio codeándose con gente como Douglas Fairbanks, Mary Pickford y Chaplin. De vuelta a Inglaterra se propuso entrar en la industria y lograría debutar con una película sobre el mundo del cine llamada Shooting Stars (1928), que aunque aparece como codirigida por el veterano A.V. Bramble en realidad la realizó casi en su totalidad Asquith, estando asignado Bramble simplemente como «asesor» para corroborar que ese joven debutante se las apañara bien… y ciertamente enseguida quedó claro que no necesitaba mucha ayuda.

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Les Metamorphoses Comiques (1912) de Émile Cohl

Tengo la impresión de que aquí no hemos reivindicado lo suficiente a ese genial pionero de la animación que fue Émile Cohl, así que pongámosle remedio rescatando uno de sus cortometrajes más alucinantes y alucinados: Les Metamorphoses Comiques (1912), donde abandona la idea de narrar una historia y decide lanzarse a la experimentación pura y dura con la imagen.

Durante unos minutos vemos una serie de dibujos que se metamorfosean en todo tipo de personajes y objetos que, sorpresivamente, se convierten en imágenes reales, de modo que Cohl experimenta aquí con el vínculo entre animación e imagen fotográfica. Es una película abiertamente delirante, en que combina imágenes surrealistas (ese pez en una jaula para pájaros) con algunos pasajes abiertamente absurdos y humorísticos (los protagonizados por niños mayormente), pero también hay grabados o fotografías pasadas a imagen y, por último, planos de objetos cotidianos que, escogidos aquí de forma totalmente descontextualizada, tienen un componente de nuevo surrealista o que, como mínimo, nos hace fijarnos más en sus formas puras y duras más que en su función cotidiana (la regadera o el sombrero).

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Ludwig der Zweite, König von Bayern (1930) de William Dieterle

Se han hecho muchas películas sobre la figura del rey Luis II de Baviera, célebre por su excéntrico comportamiento y sus múltiples extravagancias, que llevaron a considerarle loco en su momento. Lo que no esperaba es que hubiera un filme mudo sobre él dirigido y protagonizado por William Dieterle, que por entonces había pasado de ser un cotizado actor de la industria alemana a dar sus primeros pasos como director, campo en el que desarrollaría la mayor parte de su carrera, especialmente en Hollywood.

Ludwig der Zweite, König von Bayern (1930) es un filme curioso, todavía en formato mudo pese a ser de una fecha ya algo tardía para el cine silente como 1930, y además financiado por la subsidiaria que tenía la Universal en el país en aquellos años. Comparándolo con los filmes más célebres sobre la misma figura como El Rey Loco (Ludwig II: Glanz und Ende eines Königs, 1955) – una vez más, enviamos un cariñoso saludo al traductor/adaptador que convirtió el aburrido título original en uno mucho más breve y contundente – de Helmut Käutner y, sobre todo, la soberbia Luis II de Baviera (Ludwig, 1972) de Luchino Visconti, la versión de Dieterle destaca sobre todo por su concreción. No es un repaso biográfico a la vida de Luis II de Baviera sino que se centra en sus últimos años, dejando fuera episodios muy cinematográficos por su valor dramático, como su compromiso de boda que luego acabaría rompiendo.

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Películas desaparecidas: The Tower of Lies (1925) de Victor Sjöström

De entre la multitud de películas que se perdieron en la era muda, cualquiera de las que dirigió el grandísimo Victor Sjöström constituye para un servidor una auténtica tragedia ya que le considero no solo uno de los mejores cineastas de la era muda sino de la historia del cine. Aún recuerdo cuando hace años en Pordenone pudimos ver una obra suya recuperada, The Price of Betrayal (Judaspengar, 1915), hacía la que no tenía expectativas concretas y que resultó ser una grata sorpresa. Naturalmente por aquí ya hablamos de The Divine Woman (1928), su filme desaparecido más lamentado, porque nos habría brindado la oportunidad de ver a la gran Greta Garbo dirigida por su compatriota, pero hoy les propongo que lamenten conmigo la pérdida de otra cinta menos conocida, The Tower of Lies (1925).

La película suponía un reencuentro del equipo principal de la exitosísima El Que Recibe el Bofetón (He Who Gets Slapped, 1924), es decir, de Sjöström junto a los actores Lon Chaney y Norma Shearer. Pero además este filme perdido tiene un aliciente extra muy interesante, y es ser una adaptación de una novela de la escritora sueca Selma Lagerlöf, que había proporcionado el material de base para buena parte de los grandes éxitos de Sjöström y su colega Mauritz Stiller en su Suecia natal. Este filme nos podría mostrar pues cómo habría sido una adaptación de Lagerlöf al estilo Hollywood por parte de un cineasta que ya había llevado a dicha escritora a la gran pantalla en numerosas ocasiones.

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Three Friends and an Invention (Dva druga, model i podruga, 1927) de Aleksei Popov

Three Friends and an Invention (Dva druga, model i podruga, 1927), también conocida por el más exacto título de Two Friends, a Model, and a Girlfriend es una encantadora muestra de las magníficas comedias que se realizaron en la era muda del cine soviético, generalmente asociada únicamente a filmes vanguardistas de contenido político, lo cual es una visión tan simplista como pensar que el cine mudo alemán era mayormente expresionista. Los protagonistas de la película que nos ocupa son dos jóvenes trabajadores de una fábrica que diseñan un invento que permite crear cajas de cartón con suma rapidez. Aunque intentan ofrecer la patente al propietario de la fábrica para facilitar el trabajo, éste se muestra en contra de invento. Lejos de desanimarse, nuestros dos héroes se dirigen a la capital para mostrárselo a las autoridades. Les acompañará una muchacha del pueblo de la que ambos están enamorados… pero también les seguirá su enemigo dispuesto a desbaratar sus planes.

El autor de Three Friends and an Invention es un director de teatro llamado Aleksei Popov, que si bien tuvo algunos pocos papeles en el cine en la era zarista, centró la mayor parte de su carrera en el mundo teatral. Con esta película Popov se proponía hacer una comedia ligera con personajes modernos tomando como referencia los filmes humorísticos que venían de fuera, sobre todo los de Buster Keaton. La conexión con Keaton es bastante obvia, no solo porque sus protagonistas son dos hombres resolutivos que se enfrentan a la adversidad y se evita el sentimentalismo que podría provocar el personaje de la chica, sino por el gusto de ambos personajes por los inventos absurdos. Y aquí no icluimos solo la máquina que fabrica cajas, sino por ejemplo el improvisado medio de transporte fluvial que inventan sobre la marcha para viajar hasta la ciudad.

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Le Frotteur (1907) de Louis Feuillade… o Alice Guy

Aunque asociamos un nombre como el de Louis Feuillade a sus célebres seriales o incluso a películas tan ambiciosas como el drama bélico Vendémiaire (1918), lo cierto es que en sus inicios hacía, como el resto de directores de la época, un poco de todo. Hay algo bastante refrescante en investigar los inicios de cineastas como él o el gran Albert Capellani, y descubrir cómo sus primeros títulos a menudo son cortometrajes cómicos, a veces bastante tontos. Pero no los menospreciemos, ése es el camino que les llevaría a películas que les darían un gran prestigio.

Le Frotteur (1907) es un ejemplo perfecto de este tipo de obras primerizas que parten de una premisa muy sencilla que desemboca en el caos: un hombre de la limpieza absolutamente caótico que se esmera tanto en fregar el suelo que hace retumbar el edificio. Más tarde, cuando todos suben a recriminarle el escándalo que está armando, se resbalarán en el suelo recién encerado y, como no podía ser menos, el gran final incluye techos derrumbándose y un policía intentando poner orden. No es una joya oculta pero resulta divertido, sobre todo los planos del limpiador esmerándose tantísimo en frotar el suelo.

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