Crazy Like a Fox (1926) de Leo McCarey

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Siempre es un buen momento para reivindicar a nuestro buen amigo Charley Chase, el cómico de slapstick más injustamente olvidado de todos. No solo realizó una serie de cortometrajes realmente divertidos en que demostraba sus dotes como actor, sino que previamente se había hecho un nombre como director convirtiéndose en uno de los realizadores de slapstick más solicitados del momento.

Hoy nos centramos en su faceta de cómico para rescatar Crazy Like a Fox (1926), una de las joyas que protagonizó bajo las órdenes de Leo McCarey, otro de los nombres clave del slapstick aunque luego se haría una carrera alejado del género.

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Al Cinematografo, Guardate… e Non Toccate (1912)

Seguramente algunos de ustedes pronto tendrán unos pocos días de vacaciones o simplemente quizá algo más de tiempo libre (no es el caso de este infatigable Doctor, siempre al pie del cañón para ofrecerles su dosis semanal de cine mudo). Y a causa de ello es probable que aprovechen para ir al cine a ver una película, pero en tal caso, caballeros, espero que no sucumban a la tentación de servirse de la intimidad y oscuridad de la sala para propasarse con alguna dama.

A modo de ejemplo aleccionador, he rescatado este cortometraje italiano cuyo título ya lo dice todo: Al Cinematografo, Guardate… e Non Toccate (1912). El protagonista es el cómico Ernesto Vaser, muy célebre en su época, que encarna a un seductor que persigue a una dama de la que se ha encaprichado hasta el cine, donde se sienta a su lado con indecentes intenciones. El tema de la película era de rigurosa actualidad, porque de hecho los sectores moralistas anti-cinematográficos solían definir las salas de cine como antros de perdición donde el pecado campaba a sus anchas (lo cual, dicho así, tampoco suena tan mal).

En todo caso, esperamos que esta pequeña historia les sirva como moraleja sobre cómo no deben comportarse en una sala de cine.

El Guardaespaldas (The High Sign, 1921) de Buster Keaton y Edward F. Cline

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Buster Keaton se inició en el mundo del cine en 1917, trabajando como actor en cortometrajes dirigidos y protagonizados por Roscoe Arbuckle (conocido como «Fatty»), uno de los cómicos más famosos de la época. Inicialmente, Keaton dejó momentáneamente el vodevil por el cine únicamente por motivos económicos, pero de la mano de un maestro como Arbuckle acabó enamorado para siempre de ese nuevo medio. No solo el cine le permitía llegar a más público sino que además multiplicaba las posibilidades creativas, y más en alguien con la inventiva de Keaton. Según explica él en su autobiografía, una de las primeras cosas que hizo cuando empezó a sentir interés auténtico por el medio fue coger una cámara y estamparla contra el suelo, para así investigar cómo era su interior. Alguien tan interesado por la mecánica como Keaton necesitaba literalmente conocer con detalle todo el proceso que permitía la realización de películas.

A medida que quedó cada vez más claro que ese joven cómico tenía un talento innato para el cine, el amable Arbuckle pasó de utilizarle como secundario a cederle el rol de co-protagonista junto a él. Pero era inevitable que tarde o temprano Keaton fuera a probar suerte por su cuenta. Eso sucedió en 1920. Primero protagonizó su primer largometraje, Pasión y Boda de Pamplinas (en el resto del mundo civilizado se conocía como The Saphead), un título menor y poco adecuado para su talento. Lo realmente interesante vino cuando Joseph M. Schenck, el ejecutivo bajo el que Arbuckle estaba en contrato, le ofreció la oportunidad a Keaton de tener su propia unidad de producción en la que podría dirigir y protagonizar sus cortometrajes. Esos primeros films, perdidos durante décadas, son una parte tan imprescindible de su carrera como sus célebres largometrajes.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (IV)

Cuando llega ese momento en que uno tiene en la cabeza música de piano de películas mudas al pasear por las calles de Pordenone o darse una ducha (¡sí, eso sucede!), en ese preciso instante es cuando uno se da cuenta de que quizá lleva demasiados días viendo films mudos y de que obviamente Le Giornate del Cinema Muto llega a su fin. Otros síntomas indicativos son agujetas en las piernas de tenerlas encajonadas durante horas en las butacas del Teatro Giuseppe Verdi en el caso de que seas un poco patilargo, o que tu cuerpo se haya acostumbrado finalmente a saltarse horarios de comida, resignado ante la evidencia de que uno prefiere no perderse la conferencia sobre cine soviético o la primera película de la tarde antes que sentarse a recuperar fuerzas en un restaurante.

Es una auténtica pena que le Giornate del Cinema Muto llegue a su fin, pero quizá nuestros cuerpos agradecerán que esta genial cita no se prolongue más de una semana.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (III)

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Cuando uno tiene por delante toda una semana repleta de películas muy interesantes por ver, necesariamente se ha de hacer selección y renunciar a algunas. La norma más lógica es renunciar a las más fáciles de visionar fuera del festival, pero aun así servidor no puede resistir la tentación de saltarse esa regla acudiendo por ejemplo a la proyección de un film tan fácil de conseguir como La Máscara del Zorro (1920) o, el año pasado, El Tesoro de Arne (1919). ¿Por qué? En primer lugar porque en Pordenone la música en vivo que acompaña a las películas suele ser muy buena, que ya es más de lo que podemos decir de algunas ediciones en DVD que circulan por ahí. Y en segundo lugar, en el caso de la película de Stiller, por la experiencia de verla en pantalla grande (aún recuerdo lo mucho que me impresionó), y en el de Fairbanks por ser el tipo de película que se agradece ver rodeado de más gente que comparte el mismo entusiasmo. Quizá este Doctor debería emplear esa hora y media en reposar un poco de tanta película y tomar el aire pero, ¿cómo resistirse a la tentación?

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (II)

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Una de las grandes virtudes del Festival de Cine Mudo de Pordenone para aquellos locos que sentimos una fascinación especial por el cine mudo es que ofrece una programación repleta de títulos fuera de lo común. Este año tenemos por ejemplo un ciclo dedicado a Sinfonías de Ciudades, pero no solo queda fuera la famosa Berlín, Sinfonía de una Ciudad (1927), sino otras sinfonías que sin alcanzar el estatus de esa obra maestra son más o menos conocidas por los seguidores del cine mudo, como Manhatta (1921) de Paul Strand. Lo mismo sucede con el programa dedicado a comedias soviéticas, donde no hay ni rastro del director más recordado del género, Boris Barnet. En otras ocasiones, cuando se programa un film conocido, el aliciente está en la nítida calidad de la copia presentada y en el excelente acompañamiento musical en vivo.

Todo esto queda puesto de manifiesto, como veremos a continuación, desde el primer día del Giornate del festival.

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El Abanico de Lady Windermere (Lady Windermere’s Fan, 1925) de Ernst Lubitsch

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Hay muy pocos placeres cinematográficos comparables a la deliciosa experiencia de ver una película de Ernst Lubitsch, disfrutar de su estilo tan reconocible, de su elegancia y de su habilidad para burlarse de las relaciones sentimentales. Una de las mejores decisiones que pudo tomar Hollywood en los años 20 fue importar a este talentoso director alemán, que no solo brindó una serie de clásicos de la comedia sino que además fue una marcadísima influencia para otros grandes creadores del género (no hay más que recordar el dogma de Billy Wilder a la hora de desarrollar sus guiones: «¿Cómo lo haría Lubitsch?»).

En la era muda, el director germano contribuyó con unas cuantas películas realizadas en Estados Unidos en que ya se adivinaba a la perfección su depurado estilo que luego continuaría explotando en la era sonora con aún mayor éxito. Filmes como Los Peligros del Flirt (1924) o El Príncipe Estudiante (1927) ofrecían al espectador americano de la época precisamente lo que esperaba de un gran director europeo: historias casi siempre ambientadas en el viejo continente en que se daba forma a esa visión algo idealizada de cómo era la alta sociedad europea y sus distinguidos líos amorosos. La adaptación de Oscar Wilde El Abanico de Lady Windermere (1925) también seguía esa premisa.

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Charlot, Faquín (His New Profession, 1914) de Charles Chaplin

En algún momento de su autobiografía, Chaplin comenta que en una ocasión un fan le escribió una carta en que le decía que inicialmente el famoso cineasta era el dueño de su personaje, pero que al final acabó siendo el personaje el que le dominó a él, algo que el propio Chaplin reconoció que era cierto. Vista hoy día en perspectiva esa reflexión cobra aun más sentido si tenemos en cuenta que cuando vemos sus primeras películas lo hacemos con una idea predeterminada: la de Chaplin como el gran cineasta, el que consiguió conjugar dos elementos tan dispares como el slapstick y el melodrama, el que consiguió humanizar  a un personaje cómico como era Charlot. De esta forma, existe la tentación de infravalorar sus primeros films y verlos como un inevitable precio a pagar hasta llegar al Chaplin más aclamado. O, dicho en pocas palabras, el peso que tiene sobre nosotros el Chaplin que pronuncia el discurso de El Gran Dictador (1940) hace que el Chaplin de la Keystone nos parezca poca cosa.

No cometan ese terrible error. Ambos Chaplin tienen su interés y creo que resultan complementarios más que estar uno por encima del otro. Y como ejemplo les traemos hoy Charlot Faquín, una película de su etapa en la Keystone, el primer estudio en que trabajó y donde empezó a dirigir sus films. He escogido a propósito una obra que no es de las más citadas de su época Keystone y cuyo estilo y argumento todavía son más simples para defender al primer Charlot en estado puro.

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Max Toma un Baño (Max Prend un Bain, 1910) de Lucien Nonguet

Generalmente se suele considerar al francés Max Linder como el primer gran cómico de la historia del cine y, aunque – como siempre – existen algunos precedentes de cómicos anteriores a él que ya tuvieron éxito en la gran pantalla, no creo que sea descabellado otorgar a Linder ese título, tanto por calidad como por popularidad e importancia. El hecho de que cineastas como Chaplin o Mack Sennett le tuvieran como modelo a seguir en sus inicios es solo un ejemplo de su estatus.

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El Mejor Hijo de Thomas Graal (Thomas Graals bästa barn, 1918) de Mauritz Stiller

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El mismo año en que Victor Sjöstrom realizó una de las películas más importantes del cine sueco (Los Proscritos) y uno antes de que Mauritz Stiller dirigiera una de sus mayores obras maestras (El Tesoro de Sir Arne), los dos cineastas colaboraron en un film que seguía unos derroteros distintos, una divertida comedia titulada El Mejor Hijo de Thomas Graal (1918). Quizá a algunos de nuestros lectores les pueda parecer llamativo que dos cineastas que han pasado a la posteridad por dramas tan intensos como los mencionados también realizaran comedias, pero en realidad no tiene nada de raro. El actor y director Victor Sjöstrom era un magnífico intérprete formado en el teatro que aquí nos demuestra que tenía suficiente versatilidad para enfrentarse también a papeles cómicos además de aquellos dramáticos a los que se le suele asociar. Y en cuanto a Stiller, puede que hoy día le recordemos sobre todo por El Tesoro de Sir Arne (1919) y La Saga de Gösta Berling (1924), pero en su época se hizo un nombre también gracias a sus comedias, y de hecho su Erotikon (1920) gozó de un gran éxito internacional. Por tanto, abandonemos la sorpresa inicial y veamos qué nos ofrecen ambos en el film que hemos escogido hoy.

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