Inicios del cine sonoro animado en Estados Unidos

No es ningún secreto que el cine animado siempre se ha apoyado de forma decisiva en el sonido como medio expresivo, especialmente en sus primeras décadas de existencia. Basta con ver un cortometraje animado al azar de los muchos que produjeron estudios como la Warner Brothers o Disney para apreciar el enorme peso que tenía el sonido en ellos. La banda sonora musical es la que marca el ritmo con frecuencia, los personajes cantan con una frecuencia a veces irritante y uno de los recursos más habituales en este tipo de films era utilizar pequeñas melodías musicales para imitar la acción que se estaba llevando a cabo.

Por ello, los años de transición del cine mudo animado al sonoro son absolutamente fundamentales. En este caso nos centraremos en Estados Unidos y los primeros cortometrajes de entre los principales animadores de la época que incorporaron sonido sincronizado .

La carrera por conquistar el sonido sincronizado se llevó a cabo sobre todo entre Amedée J. Van Beuren, Walt Disney, Charles Mintz y el estudio Fleischer. El primero de todos fue Dinner Time (1928) de Paul Terry , hecho para  el estudio de Van Beuren. Lo curioso es que Terry se oponía al cine sonoro por los gastos que comportaba, pero tuvo tal éxito que sentó un importante precedente al demostrar sus posibilidades cómicas. Pese a que el uso del sonido es aún algo precario, lo que fascinaba al público de entonces no eran solo los sonidos descriptivos sino aquellos más expresivos (que no imitaban un sonido real), ya que aportaban comicidad al corto, como por ejemplo el sonido del pájaro descendiendo por la tela de araña o el que se oye cuando los perros mueven la cola.

Walt Disney le siguió al poco tiempo con el célebre Steamboat Willie (1928), el más famoso de los que se produjo en esa época. A diferencia de sus competidores, Disney contaba con el sonido ya en la misma premisa del corto al creer firmemente que ésa sería la clave de su éxito, y acertó por completo.

Aunque era la tercera película protagonizada por Mickey Mouse, fue la primera en triunfar. No es de extrañar, si la vemos comparándola con Dinner Time se nota un uso mucho más acentuado de las posibilidades del sonido: los personajes se expresan sonoramente de forma más marcada (Mickey silba una melodía, su jefe ríe maléficamente, los animales de granja emiten sus sonidos característicos, etc.) y además se recurre a elementos típicos de futuros cortometrajes, como que los objetos del barco «bailen» al ritmo de los sonidos y que Mickey interprete una melodía con objetos de cocina e incluso con un pato, una vaca y unos cerditos. Al público de esa época todo eso le debió volver loco, y aunque hay otros muchos elementos a comentar del corto que quizá deberíamos analizar en otra entrada con más calma, sin duda el uso del sonido fue decisivo.

Los estudios de los hermanos Fleischer ya habían hecho algunos experimentos años atrás pero abandonaron la idea por las limitaciones técnicas de la época. En el nuevo panorama de finales de los años 20 consiguieron un cortometraje con sonido sincronizado, The Sidewalks of New York (1929). A éste le siguieron una serie de cortos de la serie «Inkwell Imps», de los cuales no puedo dejar de destacar uno curiosísimo, After the Ball (1929), que incluye una canción de la cual se muestra la letra mientras se va indicando al público por dónde deben ir cantando para seguir el ritmo de la música, un precedente de los karaokes. Ignoro si la gente en los cines cantaba, pero no tengan problema en hacerlo ustedes desde la intimidad de su hogar si así lo desean:

Por último, Charles Mintz hizo una serie de cortometrajes sonoros con el personaje que había robado a Disney, Oswald el conejo, el primero de los cuales fue Hen Fruit (1929).

No he podido encontrar ése por la red, pero sí otros de ese mismo año de los cuales he escogido Oil’s Well, ya que tiene algunos detalles que me parecen interesantes. Por ejemplo, es un corto que muestra cómo en esa época el sonido sincronizado se entendía como una forma de acompañar a los personajes con efectos sonoros, pero no para darles voz. En cierto momento Oswald se le declara a su chica y ese diálogo se nos muestra mediante un bocadillo parecido a los de un cómic en que se ve a la pareja ante el altar y luego paseando con un montón de hijos. Más adelante, el antagonista de Oswald le ordena que cave su propia tumba, momento que se refleja con una línea de texto («Dig») que aparece en la pantalla. Por entonces había la tendencia de simular los diálogos de los personajes con sonidos no verbalizados que representaban el habla, y que variaban de tono según si querían reproducir una súplica, una orden, etc. Por supuesto, como es habitual en esa época, el argumento es absolutamente delirante:

El primer intento de hacer cortometrajes con diálogos enteros fue Bosko The Talk-Ink Kid (1929) producido por dos ex-animadores de Disney, Hugh Hartman y Rudolph Ising. Fíjense en cómo ya el título incide en esa novedad y en que el corto se inicia con una estrategia que gustaba mucho entonces de combinar animación con imagen real, mostrando al personaje animado cobrando vida una vez el animador lo acababa de dibujar. Eso permite que haya un diálogo entre Bosko y su creador que, de nuevo, incide en el hecho de que Bosko pueda hablar:

Aunque este último film no llegó a proyectarse en público, ya apuntaba hacia la tendencia futura de incluir diálogo en película animadas. No obstante, el cortometraje de esta época que acabó de revolucionar el uso del sonido fue de nuevo de Disney. Se llamaba The Skeleton Dance (1929) y sería la primera de las conocidas como Silly Symphonies.

Como pueden comprobar, no sólo a nivel de animación era un prodigio para la época, sino que aquí Disney llevó hasta el final la idea que ya aparecía en Steamboat Willie (1928) de dibujar pensando en el sonido, de forma que imagen y sonido sean un todo en lugar de entender este último como un complemento de la imagen. En este caso dicho corto no podría entenderse sin el sonido, ya que la gracia estaba en ver cómo los esqueletos bailaban al ritmo de la música o utilizaban su propio cuerpo como instrumentos musicales. Como es de esperar, el cortometraje fue un éxito enorme que contribuyó decisivamente a superar esta primera parte de asimilación para entrar de lleno en la era del cortometraje sonorizado, que vivió una edad de oro en los años 30:

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