Los difíciles inicios de Ernst Lubitsch en América

Ernst Lubitsch no fue desde luego el primer cineasta europeo en emigrar a Hollywood, como ya les explicamos en un antiguo post sobre el tema, pero sí que fue uno de los más importantes. En el momento de su traslado, Lubitsch era el cineasta más afamado de su país y su llegada a la Meca del Cine fue un acontecimiento que, como veremos, no estuvo exento de ciertos problemas. Pero una vez éste consiguió instalarse allá, su ejemplo sirvió de caso de éxito para la marea de emigrantes europeos que vendría en años venideros. En otras palabras, su historia era una forma de probar que para un director europeo era posible adaptarse a Hollywood – otra cosa muy diferente por supuesto era conseguirlo, ya que no fueron pocos los que no lo lograron. En todo caso, aunque las historias del cine y las biografías del director suelen quedarse con el dato de que éste dio el salto a Hollywood con bastante facilidad, vale la pena detenerse en el detalle de cómo fue todo el proceso, ya que nos permitirá entender el valor de dicha hazaña, que en realidad no tuvo nada de sencillo.

Como hemos dicho, a principios de los años 20, Ernst Lubitsch se convirtió en el director más importante de Alemania y uno de los pocos cineastas europeos que llegó a ser conocido por el público americano. Todo empezó cuando un distribuidor estadounidense se animó a estrenar su película Madame DuBarry (1919) con el título Passion y ésta fue un éxito apabullante que superó todas las expectativas. De hecho fueron ésta y El Gabinete del Dr. Caligari (1920) las dos películas que dieron a conocer el cine germano al otro lado del Atlántico, iniciando esa corriente de pensamiento tan extendida (¡incluso hasta nuestros días!) de que el cine mudo alemán era más artístico y sofisticado que el de Hollywood, algo que tiene mucho de tópico. Tras el enorme éxito de Madame DuBarry se importaron otras películas de Lubitsch como Ana Bolena (1920) – retitulada estúpidamente como Deception -, Sumurun (1920) – retitulada quizá algo menos estúpidamente como One Arabbian Night – y La Mujer del Faraón (1922). El éxito de esas películas le valió el generoso apelativo de ser «el Griffith europeo», lo cual puede parecernos extraño, pero hemos de entender que los únicos filmes suyos que se estaban importando eran sus grandes producciones históricas, y que por tanto el público americano desconocía las numerosas comedias que estaba haciendo por entonces en medio de esas grandes producciones.

Pero, ay, no todo iban a ser buenas noticias. La Primera Guerra Mundial por entonces aún estaba demasiado cercana en el recuerdo como para que todos los americanos recibieran con los brazos abiertos esta invasión cultural del país que solo unos años antes era el enemigo. De hecho ya con el primer estreno americano de Lubitsch un crítico señaló que «hay que disculpar el origen de Passion, ya que su protagonista es polaca y el tema francés«. Aunque era un gesto torpe, el cronista no iba desencaminado en sus temores: esta proliferación de películas alemanas provocó numerosas quejas y protestas que ya mencionamos en uno de los posts que dedicamos el año pasado a mi biopic. Se decía que el importar tantas películas extranjeras iba a provocar el desempleo en Hollywood y se reprochaba a estos filmes ser demasiado lentos y «teutónicos». A un nivel más simpático, resulta significativa la dificultad que tenían los críticos ingleses para escribir bien el nombre de nuestro protagonista, al que rebautizaron como Ernest, Lubitch, Emil Subitch, Lebitsch o Libitsch (cuando el sueco Victor Sjöstrom fue años después a trabajar a Hollywood el estudio fue previsor e hizo que firmara sus películas como «Victor Seastrom»).

La primera vez que Lubitsch viajó a Hollywood fue para el estreno en Nueva York de La Mujer del Faraón, pero ya de paso aprovechó la visita para indagar cómo estaban las cosas por allá. Y aunque en las pocas semanas que estuvo ya pudo notar los primeros signos de hostilidad por su origen germano (acortó su visita molesto por algunas cartas y llamadas anónimas desagradables) también confirmó que en América las condiciones de trabajo y de producción eran mucho mejores.

A su regreso a Alemania lo que encontró tampoco le animó especialmente: en aquellos años la situación social, política y económica del país era un auténtico caos, con la inflación disparándose y un clima muy tenso. Lubitsch, que ante todo quería vivir tranquila y cómodamente, empezó a sopesar seriamente la idea de trabajar en América. Y fue entonces cuando le llegó una oferta de trabajo de la United Artists de la mano de una de las personalidades más importantes de Hollywood: Mary Pickford.

Mary Pickford era la actriz más famosa del mundo, de modo que su oferta para filmar nada más y nada menos que una versión de Fausto no era poca cosa. Pero como hoy día es de sobras conocido, la Pickford tenía un rasgo muy curioso: la que en sus películas solía encarnar a jovencitas inocentes y virginales era en la vida real una mujer con mucha personalidad, que controlaba férreamente sus proyectos y no se dejaba amedrentar por nadie. Era inevitable el choque entre dos personalidades tan fuertes, pero no nos adelantemos.

Cuando se tuvo noticia de que Lubitsch iba a viajar a Hollywood para realizar una película, diversos grupos como la Legión Americana entraron rápidamente en acción protestando por la llegada de «ese hijo del Kaiser». ¿Es que acaso no había suficientes directores buenos en América? ¿Qué necesidad había pues de contratar a un extranjero (¡y encima alemán!) para rodar una película? – no creo que haga falta aclarar lo absurdo de esos argumentos, pero no está de más recordar que Hollywood fue desde sus inicios una industria plagada de emigrantes de toda Europa. Para evitar males mayores, la United Artists envió inmediatamente un telegrama al barco en que viajaba Lubitsch dándole las instrucciones de que no dijera quién era o qué iba a hacer en América, y que bajo ningún concepto mencionara el hecho de que era alemán o el nombre de Mary Pickford. Una vez su yate llegó al puerto, se le recogió en una pequeña embarcación que le dejó discretamente en tierra, aparte del resto de pasajeros para evitar el piquete de la Legión Americana que estaba esperándole. Aun así no pudieron evitar que a su llegada a Hollywood hubiera una serie de veteranos de la Primera Guerra Mundial manifestándose todo el día en la puerta de su hotel. Desde luego no fue un recibimiento muy prometedor.

Su primer encuentro con Mary Pickford tampoco fue muy esperanzador. La presentación oficial la hizo el escritor Edward Knoblock, que en aquellos momentos estaba bajo contrato para ayudar a la Pickford y a su esposo y socio, Douglas Fairbanks, en sus películas. Cuando Lubitsch le dio la mano a la actriz, la retiró inmediatamente y dijo espantado a Knoblock: «¡¡Es fría!! ¿Cómo puede ser actriz siendo tan fría?«. Para rematarlo, la Pickford le hizo saber de inmediato que no harían Fausto, ya que su madre (a la cual estaba muy apegada y que había estado ayudándola desde sus inicios en el teatro) se había enterado horrorizada de que su hija debería interpretar a una joven que daba luz a un hijo ilegítimo y luego lo dejaba morir. En realidad no le faltaba algo de razón a la señora: aunque Pickford había traído a Lubitsch para que aportara un soplo de aire fresco a su carrera y la alejara de los prototípicos papeles de niña buena en que estaba estancada, Fausto quizá era un cambio demasiado radical para su público. En su lugar adaptarían la novela histórica Dorothy Vernon of Haddon Hall.

Cuando poco después Pickford se encontró a Lubitsch caminando solo por el estudio mientras mascullaba palabras ininteligibles en alemán y gesticulaba furioso se dio cuenta de que habría problemas. Finalmente le hizo saber a la actriz que no haría la película. ¿El motivo para rechazar la historia? «Hay demasiadas reinas y no hay bastantes reinas«. Dado que no habían llegado a un acuerdo, propuso la idea de romper el contrato y volver a Alemania, pero finalmente encontraron una historia que satisfizo a ambos, The Street Singer, que daría pie a Rosita (1923) – un apunte: en la entrevista que le realizó el historiador Kevin Brownlow para su libro The Parade’s Gone By, Pickford afirma que se contrató a Lubitsch desde el principio para que hiciera Dorothy Vernon of Haddon Hall, y que incluso le enviaron el guion a Alemania; pero parece altamente improbable que éste fuera a Hollywood para trabajar en un proyecto que no le convencía, de modo que o Pickford no recuerda bien los hechos o los cambió para dar una imagen más caprichosa del realizador.

Pero los problemas no acabaron aquí, ya que antes de iniciar el rodaje se le hizo saber a Lubitsch que si había un desacuerdo entre él y Pickford, ésta siempre tendría la última palabra al ser la que producía la película. Lubitsch se quedó horrorizado ante la idea. Bienvenido a Hollywood, Ernst. Éste estaba malacostumbrado a tener el control absoluto de sus películas en Alemania, pero en América era el productor quien mandaba. Otros compatriotas de Lubitsch pasarían años después por la misma frustrante experiencia: al final de su carrera Fritz Lang se quejaría amargamente de que nunca pudo tener en Hollywood el control que necesitaba para hacer las películas exactamente como él quería, mientras que el prestigioso Murnau gozó de una libertad creativa absoluta muy brevemente y solo en su primera obra americana – Amanecer (1927) – ya que tan pronto ésta fracasó en taquilla el estudio metió mano en sus otros proyectos. Pickford le aseguró a cambio que en principio no interferiría en su trabajo, y en honor a la verdad creo que lo decía honestamente. Solo hay que ver sus películas con otro gran cineasta como es Maurice Tourneur para comprobar cómo en ellas el director pudo dar rienda suelta a su imaginativo estilo tan personal. Pero así como el universo de Tourneur encajaba perfectamente con el de la Pickford haciendo que su colaboración pudiera ser armoniosa, la jovencita inocente y de buen corazón que ésta solía interpretar no parecía que fuera a funcionar muy bien en el mundo más cínico y abiertamente sexual de Lubitsch. En consecuencia, Rosita fue una producción en que entraron en choque dos concepciones distintas del cine.

Un aspecto bastante significativo del rodaje de Rosita son varios testimonios acerca de algunos accesos de furia que tuvo Lubitsch en momentos de crisis, que le llevaban a tirar lo que se encontraba a su alcance o arrancarse los botones de su chaleco. Es extraño leer este tipo de comentarios de un cineasta que normalmente solía tener sus rodajes bajo control, pero como él mismo admitiría, sus primeros meses en América realmente lo pasó muy mal y estaba siempre muy nervioso: entre los comentarios xenófobos y antigermánicos que le venían de ciertos sectores ultrapatrióticos, la tensión de lidiar lidiar con una actriz y productora de carácter tan fuerte como la Pickford y tener además que desenvolverse en un idioma que no conocía, realmente es comprensible que Lubitsch estuviera bajo mucho estrés.

Este último aspecto, el absolutamente deficiente nivel de inglés que presentaba el director, fue un aspecto que dio pie a algunas anécdotas muy divertidas… aunque a su costa. Lubitsch había hecho lo posible por aprender lo básico del idioma antes de llegar a América, pero por entonces apenas lo dominaba y tuvo que apoyarse a menudo en Edward Knoblock, que hablaba un alemán perfecto. Pero en el plató, donde era él quien daba las instrucciones directamente, pronto fue la comidilla de todo el reparto y equipo técnico. Por ejemplo, en cierto momento le comentó al actor Holbrook Blinn con su terrible acento: «Tienes que decirle: ‘Rosita, ¿dónde está la dajjjja con los brrrrillantes?’«. Blinn se volvió y repitió la frase imitando su nefasta pronunciación provocando las risas de todo el equipo mientras Lubitsch no entendía qué era tan gracioso. Más adelante en una escena de gran dramatismo le instruyó a la Pickford para que dijera a George Walsh «¡Don Diego! ¡Rrrrrespóndeme!«, pero por más que repetían la toma, el director le insistía en que pusiera más énfasis. Harta de tanta insistencia acabó entonando la frase con el mismo acento de Lubitsch, y Walsh, que teóricamente interpretaba a un personaje que estaba en el suelo inconsciente, empezó a moverse porque no se aguantaba la risa y finalmente contagió también a Pickford. Otra toma arruinada.

Mi anécdota favorita no obstante es aquella en que Lubitsch y Knoblock tuvieron una discusión por discrepancias respecto a una escena, al final de la cual Lubitsch tuvo un arranque de cólera y se marchó indignado. Pero antes de salir por la puerta se giró una vez más y le dijo a Knoblock en tono de frase lapidaria: «¿Cómo está usted?» y se fue.

No obstante, con el tiempo Lubitsch y Pickford acabaron entendiéndose y, al menos inicialmente, quedaron contentos con el resultado. Pero por algún motivo, aunque la película funcionó bien en taquilla (si bien quizá no tanto como se esperaba), la Pickford le acabó cogiendo manía, y con el tiempo la calificó como la peor obra que jamás había hecho, algo a todas luces exagerado. Por su parte, Lubitsch estaba pensando sobre si volver a Alemania, donde podría recuperar su ansiada libertad creativa. Pero entonces le llegó una oferta de un pequeño estudio que estaba luchando por abrirse un hueco entre los grandes, la Warner Brothers, que incluía además un cebo irresistible: total control sobre el resultado final de sus películas. Lubitsch aceptó sin dudarlo. Su primer trabajo con la Warner fue la comedia Los Peligros del Flirt (1924), que en aquel momento debió verse o como una pequeña excentricidad o como un paréntesis ligero en su carrera, ya que los americanos seguían asociando a Lubitsch a los grandes dramas. En realidad, como ya sabemos, era el tipo de filme en que se especializaría, y tras el enorme éxito que cosechó con él su carrera fue viento en popa.

De modo que, como si de una película hollywoodiense se tratara, al final la incursión de Lubitsch en tierras americanas acabó con un final feliz. A partir de entonces, éste consiguió dar forma a una magnífica filmografía que le convirtió en uno de los cineastas más prestigiosos e influyentes de la época; y su exitosa integración en Hollywood sumado a su carácter tan cordial le llevaron con el tiempo a hacer de anfitrión semioficial para otros emigrantes que llegaban de Europa y se sentían tan confusos como él cuando empezó a trabajar allá, echándoles una mano en lo que podía y dándoles consejos. Cuando Knoblock se volvió a encontrar con él años después descubrió asombrado que ahora hablaba un inglés muy fluido (de hecho en su casa tenía prohibido el uso del alemán, aun cuando los criados eran germanos como él), y cuando el escritor le comentó jocosamente los problemas comunicativos que tuvo Lubitsch al llegar a Hollywood, éste se lo tomó con muy buen sentido del humor. De hecho, la demostración final de que esta difícil experiencia acabó de forma positiva para él es esta declaración que hizo a mediados de los años 40:

«He hecho películas mejores y mas importantes que Rosita, pero nunca ninguna que haya amado más. Porque tengo asociado a ella lo mejor que me ha ocurrido en la vida: la oportunidad de venir a América, de convertirme en un ciudadano. Ante esa buena fortuna, lo demás no cuenta.»

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