Las XXI Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo «Ino Alcubierre» 2023

¿Qué mejor manera de cerrar este rincón silente antes de unas merecidas vacaciones veraniegas que asistiendo a las XXI Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo «Ino Alcubierre»? Hacía tiempo que le tenía echado el ojo a este evento que se celebra en una localidad de la provincia de Zaragoza y que, hasta donde yo sé, es el único festival dedicado al cine mudo en España a día de hoy. De modo que cuando este año sus organizadores tuvieron la gentileza de invitar a este Doctor para concederle un premio no me hice de rogar: empaqueté mis cosas y ordené a Cesare que preparara nuestro coche para dirigirnos a Uncastillo.

Conociendo las Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo

Permitan que primero les presente las Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo para aquellos que no estén familiarizados con ellas. Dicho evento nació de una iniciativa que iba a ser en realidad algo puntual: un homenaje realizado el año 2000 a la actriz Inocencia Alcubierre, nacida en Uncastillo en 1901, protagonista de algunas de las películas más remarcables del cine español silente como Don Juan Tenorio (1922) de Ricardo de Baños o la versión de Nobleza Baturra (1925) dirigida por Joaquín Dicenta. A partir de aquí surgió la idea de repetir dicha experiencia pero en forma de un evento anual dedicado al cine mudo.

Dichas jornadas tienen lugar durante un fin de semana y siguen siempre una temática que vertebra la mayoría de las películas escogidas. No es por tanto una mera proyección de los clásicos mudos de siempre – algo que tampoco estaría mal, claro – sino que hay una voluntad por no repetir películas de años anteriores y, como verán en la selección de filmes de esta edición, una clara intencionalidad por dar a conocer obras poco habituales. Relacionado con ello, toda proyección cuenta además con presentaciones de expertos en la materia para ayudar a contextualizar las películas.

Otro rasgo que creo que es bastante definitorio de las Jornadas es su voluntad por ofrecer acompañamientos musicales de lo más variado, de forma que las sesiones con un solo pianista (que es el «estándar» a la hora de acompañar un filme mudo) han sido mínimas. Esto conlleva cierto riesgo en ocasiones, pero se agradece y ayuda a que cada sesión sea totalmente diferenciada de las otras. Finalmente merece decirse también que el festival suele ir de la mano de otras iniciativas culturales. En esta ocasión fue la exposición «Los sonidos de la imagen», montada por La Chaminera, formada por Ángel Vergara y Mª José Menal, que consistió en una recopilación de imágenes que representaban a músicos tocando instrumentos musicales a lo largo de la historia antigua junto a algunos ejemplares de dichos instrumentos de siglos pasados.

Una vez introducido el festival pasemos a las películas que han formado parte de la edición de este 2023.


Autor de la imagen: Elmar (Jornadas del cine mudo de Uncastillo)

La edición del 2023

En la cena que tuvo lugar la última noche del festival se comentó un dato muy curioso que merece la pena citarse aquí, y es que entre los asistentes al evento había un bebé de dos meses y un vecino centenario del pueblo. El hecho de que coincidieran estos dos extremos nos sirve para resaltar un primer dato de las Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo, y es su voluntad de ofrecer sesiones especiales que conecten tanto con el público más mayor como con el infantil. De hecho el festival se inauguró con una proyección de la recientísima restauración de Gigantes y Cabezudos (1926) de Florián Rey en la Residencia Virgen de San Cristobal, acompañada al piano por Jaime López y con Esther Bentué en el papel de explicadora.

Basada en una zarzuela de Miguel Echegaray y Manuel Fernández Caballero de finales del siglo XIX, Gigantes y Cabezudos es un homenaje en toda regla a las costumbres y la idiosincracia aragonesas a través de la historia de Jesús y Pilar, dos jóvenes enamorados de un pueblo que se ven obligados a separarse cuando él es llamado a filas. Sin lugar a dudas el gran aliciente de la cinta es su valor como documento histórico del Aragón de la época, desde las numerosas imágenes documentales de festividades como el Pilar a incluir modismos de la forma de hablar aragonesa en los rótulos. La historia en si hay que reconocer que se alarga demasiado y que prefiere esbozar personajes tópicos fácilmente reconocibles antes que otros mejor construidos, y de hecho hay momentos en que creo que a Florián Rey le interesa mucho menos la trama que reflejar el ambiente. Pero técnicamente está muy bien realizada (y en ese aspecto se agradece el aspecto tan nítido de la restauración) y resulta simpática, incluso en aspectos algo discutibles como su forma de presentar la pérdida de las colonias españolas (que aquí se nos da a entender casi como si el gobierno español hubiera decidido liberarlas porque ya podían valerse por si solas). Por resaltar un momento, destacaría la lectura de la que seguramente sea la peor carta de amor escrita por un soldado a su amada desde el frente.

En lo que respecta al público infantil, este año el festival ofreció una sesión para ellos en la que se proyectó el Pinocho (1911) de Giulio Antamoro. Quizá se pregunten si realmente, por mucho que uno ponga su empeño en abrirles nuevos horizontes, no es un poco excesivo sentar a un grupo de niños a ver una película muda italiana de 1911. Pero en realidad aquí hay dos cosas a tener en cuenta: en primer lugar que el público infantil es más abierto de mente de lo que podríamos pensar, y en segundo lugar que el festival acompañó la proyección no solo de la música de Bartolomeo Barenghi  sino de la presencia de otro explicador, en este caso Luis Bordonada, que aparte de leer para ellos los rótulos narraba la acción con tono cómico para hacer la experiencia más amena. La sesión funcionó y nos demostró que en realidad los trompazos y este tipo de historias siguen divirtiendo por mucho que cambie la tecnología.

Sobre la película, se trata principalmente de un vehículo para lucimiento del artista de circo Ferdinand Guillaume, más conocido con el sobrenombre de Polidor, quien de hecho aparece ya al inicio del filme con ropas de calle para presentarse a los espectadores. A partir de aquí, la película adapta muy libremente el cuento original del que mantiene algunos aspectos (por ejemplo, el episodio de la ballena o los niños que se convierten en asnos) y otros sencillamente se los inventa o los evita (es muy curioso que el rasgo más recordado de Pinocho, que le crezca la nariz cuando dice mentiras, aquí sea totalmente inexistente).

De entre los aspectos más curiosos merece destacarse una escena en que Pinocho acaba siendo nombrado jefe de una tribu india, llevando brevemente el filme al inesperado terreno del western. Y por descontado hay otro elemento que me encanta de este tipo de películas infantiles de la era primitiva, y es lo malrolleras que pueden llegar a ser. Ojo al dato: tenemos una escena en que dos tipos disfrazados de negro ahorcan al pobre Pinocho (el plano además está filmado en exteriores con una iluminación algo oscura que lo hace aún más sórdido) y otra en que visita un pueblo habitado, no por animales, sino algo mucho peor, siniestros tipos disfrazados de animales – mi favorito por cierto es el elefante bebiendo en un bar. Por otro lado, de la mayoría de películas de esa época, por muy menores que sean, se suele sacar algo interesante, y Pinocho no es una excepción. En este caso ha habido un par de planos que me han maravillado: los de Pinocho mirando su reflejo en el agua de una vasija para corroborar que le han crecido las orejas de burro. No solo rompen la puesta en escena en planos generales sino que creo que tienen algo especialmente evocador.

Este año el festival inauguró una sección dedicada a un país invitado, que en esta ocasión fue Polonia, el cual aportó la que es la obra más conocida de su era muda: Un Hombre Fuerte (Mocny czlowiek, 1929) de Henryk Szaro, que contó con el acompañamiento musical de The Ludwik Sarski Orchestra, dúo formado por los músicos polacos Damian Szymczak y Piotr Tomala. El protagonista del filme es un periodista de poca monta que provoca el suicidio de un amigo gravemente enfermo para apropiarse de un manuscrito suyo que tiene un gran potencial. El libro se convierte en un éxito y él se vuelve una celebridad de la noche a la mañana. Pero su amante conoce su secreto, y cuando se enamora de otra mujer correrá el riesgo de que ésta le desenmascare.

Mis impresiones de la película respecto a cuando la vi en Pordenone el 2016 en el ciclo que el festival dedicó al cine polaco se han mantenido a grandes rasgos. Creo que tiene un inicio extraordinario, oscuro y enfermizo, que transmite muy bien a través de la puesta en escena el malestar del personaje y su comportamiento tan rastrero… pero cuando éste logra la fama la película baja el nivel y se convierte en otro drama de sociedad con un triángulo amoroso. Sigue habiendo destellos muy interesantes (la noche que pasa el protagonista con su nueva amante en una casa mientras afuera hay una intensa tormenta, el tramo final en que el protagonista se siente cada vez más atormentado…) pero en general no está a la altura de su prometedor inicio. Notable pero irregular.

Pasando a las sesiones enfocadas al gran tema del festival, las identidades, empezamos con una dedicada a la comedia No Quiero Ser un Hombre (Ich möchte kein Mann sein, 1918) de Ernst Lubitsch, acompañada al violín por Jaime Lapeña. Se trata de un Lubitsch primigenio, perteneciente a su etapa inicial como director en que logró un enorme éxito popular por las numerosas comedias que filmaba pero sin haber refinado aún su estilo. De hecho para bien y para mal se nota que No Quiero Ser un Hombre es un filme realizado de forma rápida, ya que si bien técnicamente aún tiene imperfecciones (algunos encuadres son algo torpes e incluso se puede ver cómo el cámara los va «arreglando» sobre la marcha) a cambio transmite una espontaneidad que beneficia mucho a la película.

La protagonista es una muchacha cuyo tío se empeña en que se comporte como una mujer de bien. Ésta harta de las imposiciones de su tío y de un nuevo tutor que le han asignado, decide disfrazarse de hombre y salir a pasárselo bien, pero descubrirá que eso también tiene sus inconvenientes. El gran aliciente de la película es sin duda la actriz protagonista Ossi Oswalda, que sería la primera gran colaboradora de Lubitsch hasta que éste empezó su asociación con Pola Negri a medida que fue refinando su estilo. Aswalda hace pues una interpretación divertidísima en que se mueve cómodamente tanto en su rol de chica traviesa que seduce a los hombres como cuando se hace pasar por un jovencito refinado.

 El otro gran aliciente de la película es, obviamente, ver cómo juega con los roles de género y comprobar cómo algunas de las ideas que expone no están tan alejadas de nuestra forma de ver el tema más de 100 años después. De hecho hay un momento que coquetea con la idea de la homosexualidad cuando el tutor de la protagonista se hace amigo de ella disfrazada de hombre y congenian tan bien que, en su borrachera, le besa en la boca. ¿Es un beso de amistad que ha llegado demasiado lejos o siente una atracción hacia esa persona más allá de cuál sea su sexo? Poco importa, y esta ambigüedad resulta especialmente divertida.

Como sucede con las primeras obras de Lubitsch, el humor es grotesco y exagerado, se prefiere el trazo grueso y la caricatura antes que la sutileza que luego caracterizaría su cine. Eso hace que si bien la cinta se haga muy amena de ver en sus apenas 50 minutos, deje mucho menos poso que las obras que realizaría en breve. De hecho resulta sorprendente comparar este filme con una obra tan notable como La Princesa de las Ostras (Die Austernprinzessin, 1919), que literalmente se estrenó solo un año después y está muchísimo más cuidada a nivel de dirección. Sin duda Lubitsch aprendía rápido las dotes del oficio.

Por algún motivo yo me pensaba que no había visto todavía La Dama Misteriosa (The Mysterious Lady, 1928) de Fred Niblo, una de las obras más destacadas de la etapa muda americana de Greta Garbo. Pero a los pocos minutos reconocí la trama y caí en que de hecho fue la película de inauguración del Festival de Pordenone el 2016. Poco importa, porque estos años he estrechado mi relación con la Garbo (es un decir, mucho me temo) y he podido apreciar aún más si cabe su extraordinario trabajo, enfatizado aquí además con el excelente acompañamiento a piano de Ricardo Casas. La célebre diva sueca interpreta a una espía rusa que seduce y lleva a la perdición al oficial austrohúngaro interpretado por Conrad Nagel. Éste, sintiéndose engañado, viaja hasta ella para resarcirse y de paso descubrir quién es el contacto que tienen los rusos dentro de su ejército. Pero como supondrán ambos descubrirán que en el fondo se aman de veras. ¿Podrá más el amor o las rivalidades entre países? La respuesta seguramente no les sorprenderá, pero seguro que disfrutarán de todo el proceso igualmente.

Dos detalles técnicos a destacar. Ésta fue la primera colaboración de Garbo con el director de fotografía William H. Daniels, uno de los mejores de su oficio en la era muda. La diva de hecho era tan consciente de la enorme importancia que tenía la forma como le iluminaba Daniels para darle ese toque tan mágico que, de aquí en adelante, exigiría siempre que éste fuera el director de fotografía de las películas que hiciera. El siguiente aspecto es reivindicar a un cineasta como Fred Niblo, uno de esos realizadores a sueldo del estudio que han caído en el olvido por no tener una personalidad propia ni excentricidades de genios, pero que hacían siempre trabajos de primer nivel. De hecho su forma tan visual de entender el cine entraría en conflicto con la llegada del sonoro y se retiraría a inicios de los años 30 por no considerar interesante el camino que estaba siguiendo el medio por entonces.

Por descontado no me olvido de la Garbo, que conquista cada plano en que aparece con su mirada y sus gestos. Mencionaré solo una instantánea que por si sola explica todo el mito que generó a su alrededor en esos años: el primer plano de su rostro cuando, al inicio de la película, enciende las velas para iluminar la casa a oscuras. Es imposible no quedar fascinado ante ella con esa mirada dirigida directamente a cámara.

Para acabar, una reflexión muy interesante que hizo una de las personas asistentes tras la proyección: ¿no creen que este filme tiene muchos puntos en común con Encadenados (Notorious, 1946) de Hitchcock? A un servidor no se le había ocurrido pero tras escuchar la comparación es imposible no ver las similitudes: una historia de espionaje con triángulo amoroso en que ella hace de nexo entre los dos bandos, la fiesta en la casa enemiga en que ella intenta salvar a su amante mientras su marido vigila receloso, e incluso la forma de pasarle un objeto disimuladamente (una llave en el caso de Hitchcock y una nota en el de Fred Niblo). Y si esto les parece poco… ¡ambas mujeres protagonistas son suecas!

Sobre el resto de sesiones no me detendré mucho porque se tratan de películas que ya he comentado en profundidad en este blog y mi opinión sobre ellas no ha cambiado al respecto. No podía faltar en un festival mudo dedicado a identidades un filme tan importante como Diferente a los Demás (Anders als die Andern, 1919) de Richard Oswald, el primer alegato abiertamente pro-homosexual de la historia del cine y una denuncia a la terrible ley conocida como el Artículo 175, sobre la cual ya hablé hace un par de años. Pese a estar incompleta, la honestidad que destila, la vigencia de su mensaje y la sensibilidad de la interpretación de Conrad Veidt siguen emocionando, algo realzado con el acompañamiento de estilo más experimental de Gustavo Giménez hecho con su voz y efectos de sonido para distorsionarla.

Campesinas de Ryazan (Baby Ryazanskie, 1927) de Olga Preobrazhenskaya e Ivan Pravov fue para mí la mejor película de las que ofreció el programa del festival, una obra que funciona tanto como contundente crítica al heteropatriarcado como reflejo casi documental de la vida campesina en la época, algo sobre lo que profundicé en más detalle hace solos unos meses. Aunque he visto varias veces la película, agradecí revisionarla en pantalla grande y con el acompañamiento musical de Dúa de Pel, formado por Sonia Megías y Eva Guillamón, quienes supieron captar el tono de la película con toda una variedad de instrumentos musicales que le dieron una capa de riqueza extra a la proyección.

Y por último, qué mejor forma de cerrar el festival que con una película tan curiosa como La Violinista de Florencia (Der Geiger von Florenz, 1926) de Paul Czinner con el excelente acompañamiento musical de estilo barroco de Pilar Almalé con la viola da gamba. Ya de entrada la mera elección de esta película es una muestra del buen gusto en la elaboración del programa, puesto que se trata de un filme desconocido pero interesantísimo por la forma como aborda las confusiones de género y las complejas relaciones entre sus principales personajes. Ya hablé de todo ello este mismo año, así que simplemente remarcar que la secuencia inicial es un prodigio de guion y dirección digno de estudiarse en una clase de escritura cinematográfica sobre cómo introducir personajes y dar a entender poco a poco el conflicto entre ellos. De hecho lo peor que puedo decir del filme es que no está a la altura de su sobresaliente arranque, pero pese a que sea algo irregular creo que sus puntos fuertes compensan con creces sus defectos.

Y con todo esto termino mi crónica de estos tres días en Uncastillo… o, esperen, me dejaba algo importante. El sábado el festival otorgó una serie de premios a personas y organizaciones que han hecho una importante labor en el mundo del cine. Así pues se entregaron las Bocinas de Piedra al Festival Zinentiendo, Muestra Internacional de Cine LGTBQI, organizada en Aragón por el Colectivo Towanda, y a la Filmoteca Nacional y el Instituto Audivisual de Polonia, que en este caso estuvieron representados por los dos músicos polacos que actuaron la noche anterior. En lo que respecta al Premio Ramón Perdiguer a la Pasión por el Cine, las Jornadas decidieron otorgárselo a un servidor, el Doctor Caligari, por la difusión que ha hecho del cine mudo en todos estos años. Les aseguro que para lograr dicho galardón no tuve que servirme de mis dotes de hipnotizador, sino que realmente fue por iniciativa de ellos, y por ese motivo no puedo más que estarles profundamente agradecido.

Así pues, como pueden comprobar las Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo son un pequeño secreto a descubrir guardado en la provincia de Zaragoza. Se trata de un festival pequeño pero realizado con mucho cariño y profesionalidad, algo que se nota tanto en la programación, la variada selección de músicos, el cuidado que puso la organización en todas las proyecciones y en el gentilísimo trato que recibimos todos los asistentes. Tomen nota, hay que apoyar y cuidar este tipo de iniciativas.

6 comentarios en “Las XXI Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo «Ino Alcubierre» 2023

  1. Después de varios días de desconexión digital, me encuentro con este post tan interesante y con una información tan abundante y variada. Debo reconocer que me genera cierta envidia la «osadía» de promover este festival. Sería muy necesario iniciativas similares en otras ciudades. Aprovecho la ocasión para felicitar al doctor por el galardón.

    • Hola Carlos,
      Realmente es un festival que nada a contracorriente, pero a lo tonto llevan ya más de 20 años funcionando. Es arriesgado lanzarse con propuestas así pero a veces nos podemos llevar sorpresas.
      ¡Muchísimas gracias!

  2. Noticia curiosa. Voy a ir allí con mi mujer este verano, durante dos días: el padre de ella es de esa zona y vamos a hacer un viaje a sus raíces. ¡Que casualidad! ¡Y que mal me lo he montado por fechas!

    • ¡Qué casualidad, amigo Florenci! Al final el mundo es un pañuelo. Aunque obviamente lo habría disfrutado más durante las jornadas, el pueblo es precioso, espero que lo pasen muy bien.

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