Thaïs (1917) de Anton Giulio Bragaglia, el filme futurista que llevábamos décadas esperando ver

A veces creo que no somos conscientes de hasta qué punto dentro de ese amplio cajón de sastre que es la «cinefilia» hay infinidad de subgrupos y comunidades con intereses variados que, por tanto, celebran pequeños acontecimientos que al resto les resultarían indiferentes. Lo hemos visto aquí en este pequeño rincón silente cuando he hablado de las pocas novedades que nos ha deparado últimamente este tipo de cine pero que, no obstante, para locos como un servidor eran acontecimientos tan relevantes como el gran estreno del año para el resto de cinéfilos: el descubrimiento del único filme perdido de Jean Epstein o de un corto perdido de Méliès, la tan esperada restauración de Raskolnikow (1923) de Robert Wiene… o, en el caso que nos atañe, la filtración por internet de filmes que sabíamos que existían e incluso habían sido restaurados pero no había forma de dar con ellos.

Esto no es algo exclusivo de los seguidores del cine mudo. El año pasado los fanáticos de Hiroshi Shimizu nos llevamos una enorme alegría a raíz de la filtración en la red de varios largometrajes suyos hasta entonces inaccesibles… ¡y con subtítulos! ¡Y alguno de ellos además resultaba ser una de sus mejores obras!

Todo este preámbulo viene a cuento de que, para un servidor (y sé que no soy el único), una de las grandes noticias cinéfilas del año es que la Cinemathèque Française ha colgado en su web un filme que llevaba décadas queriendo ver: Thaïs (1917) de Anton Giulio Bragaglia, del cual la única copia que circulaba hasta ahora era a tan mala calidad que ni me molesté en visionarla. ¿Por qué tantas expectativas hacia una película que, como veremos, en realidad siendo estrictos no es de una gran calidad? Básicamente eso se debe a dos elementos que le otorgan una importancia histórica enorme: ser el único exponente que se conserva de cine futurista y haberla visto citada varias veces en mis investigaciones sobre cine expresionista como un precedente del movimiento al usar decorados de inspiración vanguardista.

Vayamos por partes. Su creador, Anton Giulio Bragaglia, era un fotógrafo futurista que también haría teatro y cine, aunque en este caso muchos especulan sobre que el verdadero director fue Riccardo Cassano, que ya tenía experiencia previa tras las cámaras. Sea como sea, a mediados de los años 10 Bragaglia firmaría un acuerdo para realizar una serie de películas que se materializarían en los títulos siguientes: el corto Un Dramma nell’Olimpo (1917), Thaïs (1917), Il mio Cadavere (1917) y Perfido Incanto (1918).

No era Bragaglia el primer futurista en probar suerte en el cine. De hecho, siendo este un movimiento muy interesado por las máquinas, las rápidas transformaciones sociales y el concepto de velocidad, era de esperarse que sentirían un interés especial por este nuevo invento. Como mínimo tengo constancia de otro filme futurista anterior, Vita Futurista (1916), dirigido por Arnaldo Ginna y escrito por el fundador del movimiento, Filippo Tommaso Marinetti. Pero de todos los títulos citados aquí solo se conserva la obra que nos ocupa, lo cual ya nos da una idea de su importancia.

Uno de los pocos fotogramas que se conservan de Vita Futurista

Es difícil juzgar a día de hoy un filme como Thaïs al conservarse solo una copia incompleta de poco más de media hora a la que le falta la mitad de metraje, pero es fácil intuir que a nivel de argumento la película es más bien floja y tópica. El punto de partida es la novela Thaïs de Anatole France, de la cual Jules Massenet haría una ópera (curiosamente, dicha ópera sería adaptada en forma de cortometraje por la actriz catalana Elena Jordi en 1918, siendo según se cree el primer filme realizado en España por una mujer… aunque, desafortunadamente, también está perdido). La historia tiene como protagonista a una seductora condesa que se dedica a atraer a varios hombres para luego llevarles a la perdición. Pero en cierto momento cometerá un error garrafal que le llevará a ser presa de los remordimientos y, finalmente, suicidarse de forma ostentosa.

La actriz protagonista es Thaïs Galizky, una actriz y cantante rusa de éxito internacional cuya llegada a Italia fue celebrada como un acontecimiento por algunos artículos de prensa de la época, exagerando el papel fundamental que tendría en el cine diciendo que sería «la más congénita, la más lógica y preciosa actriz del cine». Tanto el tipo de papel que encarna como su interpretación en el fondo vienen a ser una prolongación del cine de divas tan de la época, no solo por ser una vampiresa, sino por esa forma de actuar de forma tan expresiva con todo el cuerpo, exagerando sus emociones.

De esta forma, en la mayor parte de su metraje Thaïs es un melodrama de divas llevado a extremos en ocasiones casi autoparódicos (esa cohorte de señores con sombrero de copa siguiendo a la protagonista como perritos falderos) y con un guion un tanto torpe y previsible. Los principales atractivos de la propuesta están en el placer de ver a la actriz rusa disfrutando de dicho personaje devorador de hombres y, sobre todo, en algunos elementos de escenografía, que son la clave del filme. El pintor vanguardista Enrico Prampolini diseñó algunos interiores que aun hoy día resultan impresionantes en su modernidad (y no quiero imaginar vistos en una pantalla de cine), y que están inspirados por movimientos como el futurismo o el cubismo. El gran punto de interés del filme está en haber apostado por un diseño de producción abiertamente vanguardista para una película en una fecha tan temprana como 1917. Tres años después, el expresionismo tomaría el testigo con El Gabinete del Doctor Caligari (Das Kabinett des Dr. Caligari, 1920) pero con otra estética y propósitos, y lo mismo harían en Francia algunos autores franceses como Marcel L’Herbier.

Es en este aspecto donde debe resaltarse la importancia de Thaïs y es por ello que llevábamos mucho tiempo queriendo contemplar por fin lo que hasta ahora intuíamos en una copia a mala calidad o en fotogramas sueltos. En el desenlace estos decorados vanguardistas, hasta entonces de presencia puntual, acabarán ganando importancia en esa apoteosis final en que Thaïs se suicida con un complejo entramado totalmente pasado de rosca, que parece casi un invento propio de un villano de James Bond. Es parte de la gracia de este tipo de filmes: la forma como se desbocan con una indiferencia encomiable a la lógica o coherencia, tomando como único principio el ofrecer al espectador imágenes lo más impactantes posibles.

No obstante, Thaïs en su momento no solo fue un fracaso económico sino que recibió críticas muy negativas del movimiento futurista porque consideraban que no era una obra tan radical para ser, teóricamente, una película de inspiración vanguardista. Y tenían razón, en el fondo no es más que una gran tragedia con un diseño visual asombroso en la que Bragaglia (o Cassano) no supo profundizar en las posibilidades del cine de cara a las vanguardias. Pero desde nuestra perspectiva actual es un poco injusto acusar a un pionero de no haber sabido llegar más allá, y ya tiene un gran mérito solo el hecho de haber probado suerte con este experimento y tanteado un camino en el que luego otros llegarían mucho más lejos.

Bragaglia seguiría haciendo obras puntuales en el cine, entre ellas alguna que también parece muy interesante como Il Perfido Incanto (1918) pero que veo poco probable que surjan a la luz a estas alturas. Disfrutemos no obstante del placer de poder ver esta obra tan peculiar e innovadora, disponible tras tanto tiempo de espera, a un solo clic.

Deja un comentario