Es una sensación realmente particular el pasearse por un pequeño pueblo de Zaragoza y de vez en cuando oír retazos de conversaciones entre sus habitantes en los que se pronuncian frases como «¿Fuiste anoche al cine mudo?» o «¿Cómo estuvo la película muda de la tarde?«. En un mundo en que las conversaciones casuales versan casi siempre sobre la última serie de moda, uno tiene la sensación de haber acabado por accidente en una especie de universo paralelo donde la gente sigue viendo cine mudo con toda naturalidad. Pero en realidad hay una explicación mucho más sencilla, y es que me encuentro en las XXIV Jornadas de Cine Mudo de UnCastillo «Ino Alcubierre».
El gran tema de esta edición han sido las odiseas espaciales, ideado a raíz del famoso eclipse solar que tendrá lugar el 12 de agosto de este año, y que vino acompañado de la exposición «Pasajeros del cosmos. Del Viaje a la Luna de Méliès al Solaris de Tarkovski: 70 años de odiseas espaciales en el cine». Tal y como indica su título es una exposición que recopilaba carteles e imágenes de 21 películas de ciencia ficción junto a textos explicativos, y que fue concebida por el periodista Antonio García Rayo. De hecho, la influencia del futuro eclipse sobre el certamen fue tan grande que, saliéndose un poco del programa, incluyó también el espectáculo teatral «Eclipse: un escondite cósmico» de Oswaldo Felipe, que combinaba explicaciones distendidas sobre el funcionamiento del universo con fotografías propias e indicaciones útiles de cara a cómo disfrutar del eclipse. Fue un ameno paréntesis entre tanto cine mudo que, además, nos sirvió para recordar lo absolutamente insignificantes que somos en el conjunto del universo… ¡incluso los genios del mal como un servidor!
Pero curiosamente la primera proyección de estas jornadas no tuvo nada de cósmico, ya que junto a todos elementos de temática espacial pudimos ver algunas películas de la cineasta vanguardista Germaine Dulac. La primera de ellas fue una de las mayores obras maestras de su carrera, La Sonriente Madame Beudet (La Souriante Madame Beudet, 1923), un filme excepcional que es uno de los mejores ejemplos que conozco de las virtudes de la concreción. Hay tantísimos detalles e ideas en tan solo 40 minutos, pero además perfectamente articulados sin sobrecargar el conjunto, que al acabar uno se pregunta cuánto tiempo se pierde a menudo en largometrajes que en más de dos horas son incapaces de llegar a la cuestión principal.
La protagonista es una mujer que se encuentra frustrada y encadenada a un matrimonio infeliz con un hombre vulgar incapaz de comprenderla. Enmarcando la acción en tan solo dos días Dulac hace un portentoso alegato feminista que toca temas como el deseo femenino, la asfixiante vida en provincias, la ceguera del marido para saber leer realmente a su esposa y el uso del chantaje emocional como forma de encadenarla. Y todo ello con un trabajo de dirección imaginativo en que, tal y como nos explicó Amparo Martínez en la introducción, la cineasta cogió algunos trucajes asociados a un tipo de cine alejado del melodrama (ralentizados, deformaciones, sobreimpresiones de rostros) y los integró con total naturalidad. Bravo por el trabajo de Thomas Kretzschmar al violín, captando los matices de un filme que necesitaba de un acompañamiento musical que reflejara sus sutilezas.
Volveríamos a Dulac al día siguiente, después de la entrega de premios en la que entraremos en detalle al final de la crónica, con La Fiesta Española (La Fête Espagnole, 1920). En este caso se trata de un filme incompleto del que solo se conservan 25 minutos y del cual descubrí en la introducción de Stella Ibáñez que en realidad tenía que haberlo dirigido Louis Delluc, y que pasó a manos de Dulac al último momento. Lo más interesante en este caso es la ambientación típicamente española y su impagable argumento, en que dos hombres de honor (uno de ellos el gran Gaston Modot) se enamoran de la misma mujer y deciden solucionarlo como haría todo buen español: con un duelo a muerte a navajazos para que se la quede el que acabe (en palabras textuales del rótulo) «menos muerto».
Pero lo remarcable y que entiendo que le daba cierto exotismo a la historia desde la perspectiva francesa es que el sentido de honor masculino hace que ambos rivales se siguen respetando e incluso apreciando antes de enfrentarse. No hay rencor, entienden que simplemente no hay otra forma de solucionar esa problemática, así que se abrazan, rezan una oración y proceden a darse cuchilladas. Entretenida y disfrutable, sobre todo en sus escenas de fiesta, en esta ocasión con un acompañamiento a violencelo por parte de Matthieu Saglio que supo captar la tensión del argumento.
Así pues, el primer viaje cósmico que tuvimos en las jornadas fue el viernes por la noche con Aelita (1924) de Yakov Protazanov, que ha sido la inspiración para el magnífico cartel de esta edición, realizado por Maialen Pascual, alias Kintanilla. Esta es una película bastante peculiar dentro del panorama del cine soviético de la época que, además, tuvo una peculiar campaña de promoción que no conocía y nos descubrió Paco Boisset en su documentada presentación. Aparentemente meses antes del estreno aparecieron anuncios misteriosos que solo incluían el texto «ANTA – ODELI – UTA» y luego incluso noticias de que algunas estaciones de radio de todo el mundo habían recibido una misteriosa señal con dicho contenido. Cuando se acercó el estreno se dijo que quienes quisieran desentrañar la explicación a ese misterio solo tenían que acudir al cine a ver Aelita (donde esa señal de radio aparece de hecho dentro de la trama). Imagínense el efecto que debían producir este tipo de trucos publicitarios en tiempos donde no se podía corroborar la información por internet y el mundo estaba en un proceso de cambios constantes a nivel tecnológico y político.
La película combina una trama terrícola con otra marciana (en todos los sentidos posibles del término). En la primera tenemos a un hombre llamado Los que sospecha que su mujer se siente atraída por Erlikh, que se dedica a hacer negocios fraudulentos. En la segunda conocemos a la reina de Marte, Aelita (interpretada por Yuliya Solnsetva, que en unos años se convertiría en la mujer del cineasta vanguardista Dovzhenko y tendría una futura carrera breve pero excelente como directora), quien vive en una sociedad dividida entre aristócratas y esclavos y se enamora de Los al verle en un telescopio. Ambas tramas se cruzarán cuando Los realice un viaje a Marte después de haber cometido un crimen.
Aelita me resulta una película notable e interesantísima, pero también algo desigual en algunos aspectos. Lo más remarcable es el diseño de producción: el vestuario y los decorados de Marte son una extravagante mezcla de movimientos vanguardistas de la época que todavía hoy día sigue impresionando por su originalidad. Por otro lado, esa sociedad de clases, en que las clases alta vive del esfuerzo de unos esclavos que habitan bajo tierra, es un precedente de Metrópolis (1927) que es probable que Fritz Lang y Thea von Harbou conocieran, ya que Aelita fue un éxito internacional. A nivel de contenido reconozco que la trama soviética llega un punto en que se me hace algo pesada, aunque agradezco el contrapunto cómico, aportado sobre todo por Igor Ilyinsky, a quien conocimos en el ciclo que Pordenone le dedicó a Protazanov hace ya años y descubrimos que era su actor fetiche de comedia. También me resulta atractivo el hecho de que a ratos parezca que el guion critique las condiciones en que vive la población en el socialismo y a otros pase a hacer una apología total del régimen soviético. Donde creo que me flojea la película es en su desigual ritmo en el tramo final, ya que por ejemplo en cuestión de minutos se narra una revolución y su posterior caída sin dar casi tiempo a asimilar lo sucedido. No he encontrado información sobre que a la copia actual le falte metraje, pero es la impresión que me da.
La proyección por cierto fue doblemente interesante porque incluyó un peculiar experimento: dos acompañamientos musicales, uno en la primera mitad de la película y otro en la segunda. La primera parte fue musicada al piano por Jaime López, un viejo conocido de las Jornadas que es un valor seguro y una vez más no decepcionó en absoluto. Fue interesante el contraste musical cuando tomaron el testigo Senda Romero al bajo y contrabajo y Tommy Caggiani a la percusión y trompeta, instrumentos que le dieron una sonoridad menos clásica y más futurista. Ambos acompañamientos encajaban con la película siendo muy diferentes, y el delicado momento de transición de una música a otra se hizo con tanta limpieza que no quedó extraño. Fue un experimento satisfactorio.
Curiosamente también hubo doble acompañamiento musical en la siguiente odisea espacial, que tuvo lugar al día siguiente. Unas semanas antes del inicio de las Jornadas de Uncastillo, me enteré de la programación completa del festival mientras estaba haciendo cola en la Filmoteca de Catalunya para ver La Mujer en la Luna (Frau im Mond, 1929) de Fritz Lang. No pude evitar reírme al comprobar que ese mismo filme se proyectaría también en Uncastillo y que me había enterado justo antes de entrar en una sala para verlo, demasiado tarde para cancelar el plan y evitar un innecesario doble visionado en tan poco tiempo. En circunstancias normales me habría saltado la sesión de Uncastillo, y de hecho no estaba seguro de si se me haría pesado repetir tan seguido una película que he visto ya varias veces y dura casi tres horas. Pero me mantuve enganchado de principio a fin por una razón que comparto con mi colega el Doctor Mabuse, que la escogió como una de las primeras películas a reseñar en los inicios de su blog, y es que se trata de una absoluta debilidad personal. Es una película que tiene algo especial para mí y que de hecho suelo decir – sin ánimos de provocar – que me gusta más que Metrópolis (1927). Este doble visionado confirmó dichas impresiones.
Hay una idea a la que vengo tiempo dando vueltas y es que el Fritz Lang de finales del mudo estaba explorando la forma de trabajar el uso del tiempo, alargando más de lo teóricamente lógico muchas situaciones. En sus primeros filmes sonoros alemanes creo que aun hay algo de eso, pero donde se pone más de manifiesto es en Espías (Spione, 1928) y el filme que estamos comentando. Observen el memorable inicio de La Mujer en la Luna: el protagonista, Wolf Helius, va a visitar al anciano profesor Georg Manfeldt y se lo encuentra discutiendo con un hombre al que echa a gritos de su humilde apartamento. No conocemos aún los personajes, ni su relación entre ellos, ni el motivo de la visita… pero ni a Lang ni su guionista Thea von Harbou parece importarles, porque se recrean un buen rato en mostrar cómo Wolf se ofrece compartir su cena a Georg, este se niega por orgullo y acaba cediendo. Todo lo necesario para armar el conflicto acaba sabiéndose pero muy lentamente. Georg cayó en desgracia por una teoría que defendía que había oro en la luna. Un hombre indeseable acaba de intentar hacerse con sus escritos aprovechándose de su pobreza. Wolf quiere construir un cohete para ir a la luna y demostrar que es cierta, pero ha ocultado el proyecto a su socio porque está prometido con la mujer de la que está enamorado. Fíjense la habilidad con que Harbou y Lang van desentrañando cada pequeño detalle del argumento con una habilidad y naturalidad que parecen engañosamente sencillas.
Los minutos pasan y vemos un complicado plan de ese hombre indeseable (encarnado por el fantástico Fritz Rasp en uno de sus clásicos personajes odiosos) para robar los documentos de Georg y las maquetas del proyecto de Wolf. Un plan innecesariamente intrincado, pero que nos engancha por completo y muestra el gusto de Lang por los complejos mecanismos casi de relojería que se han visto en otros filmes anteriores suyos. Finalmente, Wolf se ve obligado a aceptar que un grupo de avariciosos capitalistas financie su expedición a la luna, donde irá acompañado de su socio, la mujer que ama pero a la que se ve obligado a renunciar, el hombre que le ha robado los planes y un profesor Manfeldt un tanto inestable mentamente. ¿Qué podría salir mal?
La Mujer en la Luna es en realidad una película dividida en dos partes, tal y como ya nos explicó Amparo Martínez en su presentación inicial. La primera es un thriller que se mantiene plenamente actual con esa trama de espionaje industrial y esos hombres poderosos interesados en robar cualquier descubrimiento científico para su beneficio propio. La segunda es la que corresponde a lo que esperamos de un filme de ciencia ficción, y aquí hay que decir que el trabajo de Fritz Lang y su numeroso equipo es apabullante en la ambientación de la nave espacial, los planos del universo y del acercamiento a la luna, así como el propio paisaje lunar. Me disculparán por usar una expresión tan vaga pero está todo tan bien hecho que el filme entra solo por los ojos, y aunque estuvo muy documentado a nivel científico y se nota, también resulta entrañablemente inocente en algunos aspectos, como la ropa tan poco apropiada que llevan los astronautas (¿viajar al espacio con corbata?) o la forma como se trata la ingravidez.
Como he comentado antes, esta fue la segunda proyección con dos acompañamientos por el precio de uno, ya que al ser un filme tan largo su visionado se dividió en dos partes. La primera tuvo el acompañamiento al piano de Javier Pérez de Azpeitia, y en la segunda Ignacio Alfayé se sirvió de los teclados y el acordeón y Jonás Gimeno de la percusión. Fue de nuevo un contraste muy interesante. La propuesta inicial fue más clásica siguiendo de forma impecable los numerosos giros de los acontecimientos, mientras que la segunda tenía un sonido más moderno y cósmico, optando por un sonido más ambiental y menos focalizado en seguir las acciones concretas. Ambas se complementaron muy bien.
Tras la proyección del simpatiquísimo corto El Día que Todos Fuimos Chaplin (2009) de Tasio Peña, filmado en las X Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo con la gente del pueblo participando como actores, acudimos al último largometraje de viajes espaciales con la danesa Viaje a Marte (Himmelskibet, 1918) de Holger-Madsen, presentada por su genio del mal favorito (esto es, un servidor). Supone una curiosa variación respecto al tipo de filmes que asociamos al cine danés de mediados de los años 10, cuando era una de las cinematografías más avanzadas del mundo, además de ser uno de los primeros ejemplos que conozco de ciencia ficción espacial de gran presupuesto y tomada en serio. En este caso el viaje que hacen los protagonistas al planeta Marte les permite descubrir una civilización más avanzada que a ratos recuerda una especie de comuna hippie y a ratos una de esas sectas naturalistas que suelen acabar en suicidios colectivos. El estado de absoluta paz y armonía en que viven hace ver a los protagonistas lo absurdos que somos los terrícolas autodestruyéndonos con nuestras guerras, y al final eso les motivará a volver al planeta Tierra a transmitir ese descubrimiento.
Si bien el mensaje pacifista de Viaje a Marte es, desafortunadamente, aun vigente hoy día, su tono e intenciones puede que parezcan algo inocentones. Pero a cambio es una película que destila sinceridad, no en vano se realizó tras el trauma de la I Guerra Mundial y se nota que la voluntad de Holger-Madsen era hacer un canto por la paz. Técnicamente es un auténtico festín visual y una muestra de los elementos en que más destacaban los daneses: la perfecta composición de los planos, la iluminación, la profundidad de campo de la fotografía y los contraluces. Por último, en caso de que a alguien le resultara aburrido el estilo más sobrio de estos filmes daneses, esta sesión contaba con la música de Ixeya, formado por Eli López y Myriam Carbonel, la cual resultó muy heterogénea por el uso de diferentes instrumentos, que según los pasajes adquirían tonalidades más ambientales y en otros más campestres.
Antes de pasar a los cortometrajes, debo decir que una de las cosas que más me ha gustado de ver estos filmes de temática cósmica es poder comparar cómo cada uno plantea de forma diferente algo que en esa época aun no existía y parecía totalmente ciencia ficción: viajar al espacio. Desde la nave de Viaje a Marte que parece un simple aeroplano sofisticado al cohete que nos ofrece Fritz Lang, mucho más avanzado y de un detallismo que se nota que venía asesorado científicamente. O ver qué aspectos se tienen en cuenta en algunas películas y en otras no, como la ingravidad. Debía ser fascinante ver estos filmes en esa época cuando una hazaña así debía parecer algo casi imposible y había tantas incógnitas sobre cómo sería viajar al espacio.
En este ciclo de odiseas espaciales obviamente no pudieron faltar multitud de cortometrajes de Georges Méliès y Segundo de Chomón. El primero que vimos, Excursión a la Luna (Excursion dans la Lune, 1908), que estuvo acompañado de Javier Pérez de Azpeitia al piano y Errege Belda al acordeón y la percusión, tiene su gracia por ser una copia/»remake» descarado del célebre filme de Méliès en una época en que estas cosas eran normales: si una película tenía éxito otros cineastas la copiaban inmediatamente. Pero lo curioso es lo descarado de esta copia al calcar la estructura: el preludio mostrando la construcción del cohete, la llegada a una luna con rostro humano (aquí no choca con un ojo sino que entra por su boca, ni que sea por aportar una variación), los científicos durmiendo al raso hasta que les despierta la nieve, los selenitas saltarines y el regreso con la nave cayendo de un precipicio. La única novedad es un baile de mujeres en la corte del rey selenita, que no viene muy a cuento pero permite la excusa argumental de que uno de los científicos secuestre a una chica y se la lleve a la Tierra. Muy curiosa.
Poco después vimos, como no podía ser menos, Viaje a la Luna (Le Voyage dans la Lune, 1902) de Méliès, ahora acompañado por el violencelo de Matthieu Saglio. Se trata de un filme tan emblemático y tan comentado que resulta difícil aportar algo que no suene a repetido. Por resumir mi opinión, creo que si se trata de una de las grandes obras maestras del cine es porque no solo muestra a su máxima expresión todos los rasgos que caracterizan el cine de Méliès (los trucajes, el diseño de los decorados, esa imaginación desbordante, el tono tan divertido, su gusto por la fantasía…), sino que además creo que tiene una belleza especial.
Me remito a un momento poco citado: cuando los científicos se quedan dormidos en la superficie lunar y de repente aparecen unas estrellas que luego adquieren formas humanas que les observan. Es un detalle que siempre me ha parecido precioso y que no es tan espectacular como otros del filme, pero que refleja cómo en el cine de Méliès también hay momentos de cierto lirismo entre tanto espectáculo. ¿Y qué decir de ese instante en que las mujeres ligeras de ropa meten el cohete en el cañón y luego saludan sonrientes a cámara? Méliès rompía la cuarta pared continuamente porque entendía el cine como una extensión de los espectáculos teatrales, pero en este caso ese saludo al público resulta tan peculiar en ese momento de la película (que además no volverá a repetirse en el resto de metraje) que siempre me ha resultado especialmente entrañable. Uno de esos filmes que he visto cientos de veces y nunca me canso de revisionar.
La última sesión del festival fue una recopilación de cortos de ambos autores presentada por Fernando Sanz Ferrerruela, quien muy pertinentemente insistió en la necesidad de dejar ya de lado lo de que Chomón era «el Méliès español», ya que ambos autores tienen suficiente entidad y características propias. La mayoría de estos cortos vinieron acompañados por David Villafranca al piano y Martín Penán a la guitarra, que en esta ocasión optaron por darle un tono más ensoñador que enfatiza una característica que no suele tenerse en cuenta de este tipo de filmes, y es lo hermosos que son. El Eclipse: El Cortejo entre el Sol y la Luna (L’Éclipse du Soleil en pleine Lune, 1907) de Méliès es un corto muy peculiar que describe un eclipse con un erotismo muy poco disimulado: sol y luna se miran con deseo incluso sacando la lengua, y en el proceso de eclipse las miradas de la luna dejan bastante claro que lo que está sucediendo no es muy decoroso. Pero lo que sigue luego merece citarse también: una serie de planos de estrellas con forma humana moviéndose por el firmamento y chocando entre sí y un epílogo cómico en que el profesor que observaba dichos fenómenos acaba en un barreño de agua. Siempre digo que estos cortos primitivos ganan especialmente en pantalla grande para apreciarlos en su esplendor, y aquí pude corroborarlo porque me percaté de algunos detalles que no había notado antes: en varios planos se puede ver el telón de fondo negro detrás de los actores o incluso percibir las cuerdas que mueven algunas de estas estrellas.
Los Lunáticos (Les Lunatiques, 1908) de Segundo de Chomón empieza como una fantasía lunar en que una mujer da vida a una serie de personajes extravagantes y luego deriva en el típico número en que varios actores bailan y se convierten en otro tipo de personas. Un detalle curioso: normalmente este tipo de números se mantienen siempre en un mismo plano general, ocultando los cortes que evidencian los trucajes. Pero aquí Chomón tras algunas de estas transformaciones inserta algunos planos medios de los actores mirando inmóviles a cámara para que veamos de cerca en qué se han convertido (por ejemplo, cuando los lunáticos se convierten en «blackface»). Normalmente este tipo de corte a un plano más cercano lo he visto al final de este tipo de cortos como broche final, el ver de cerca a los protagonistas o un detalle gracioso, pero se me hace curioso ver como aquí esos insertos se reparten a lo largo del corto y ya denota un uso un poco más avanzado del montaje para este tipo de filmes, normalmente anclados en planos generales.
Viaje a Júpiter (Voyage a Jupiter, 1909), también de Chomón, es una debilidad personal. Ya hablé en su momento de cómo fue uno de los filmes que me hizo descubrir el cine de los orígenes y también de cómo durante años me pensé erróneamente que era un filme de Méliès. Tras revisionarlo y además por primera vez en pantalla grande me vinieron a la cabeza varias ideas sobre algunos planos en los que me gustaría detenerme, pero prefiero dejarlo para otro post donde analizarlo con calma como merece. De modo que aquí solo diré que esta ensoñación galáctica es uno de mis filmes favoritos de esta época, y me dejo un comentario algo más extenso para después de las vacaciones de verano.
En la presentación que hizo Fernando Sanz de la monumental Viaje a través de lo Imposible (Voyage à Travers l’Impossible, 1907) de Méliès comentó algo que encuentro muy interesante, y es que si bien la estructura es muy similar a Viaje a la Luna, este filme es mucho más largo (20 minutos), lo cual le permitió a su creador poder tomarse su tiempo para narrar la historia. No quiere decir que sea un filme más lento o contemplativo, sino que hay más variedad de planos en cuanto a duración, tipo de imágenes (abundan más planos sin actores en que se ve simplemente los paisajes y los medios de transporte moviéndose por estos espacios) e incluso a nivel de encuadres (ese plano del tren a la salida del hospital con esa falsa perspectiva). Obviamente eso implica algunos detalles que hoy veríamos como fallos de raccord, como cuando el tren se estampa contra una casa y entra en su interior (el momento del choque se repite tanto en el exterior como el interior), pero es lo que tiene ser un pionero y estar experimentando con la relación entre planos.
Viaje a través de lo Imposible fue un proyecto ambicioso en que Méliès empleó todos sus elementos característicos (trucajes, decorados móviles, maquetas, efectos sorpresa) a su máxima expresión. Todo está aquí concentrado en sus 20 minutos, en que asistimos a un viaje donde se emplean todos los medios de transporte posibles por tierra, mar y aire, pasando de montañas nevadas al sol y el fondo del océano. Es todo un espectáculo y uno de los proyectos más ambiciosos y conseguidos de su carrera. El inspirado acompañamiento musical lo hizo Teresa Vilaplanas al piano, logrando adaptar el tono a las diferentes peripecias que les suceden a los personajes y los cambios de espacios, permitiéndose además algunos pequeños guiños como una referencia al «Here Comes the Sun» de los Beatles cuando aparece el gran astro justo antes de que el tren choque contra él.
Por otro lado el festival no se olvidó de premiar como cada año a una serie de personas y entidades por el esfuerzo que han hecho en la difusión fílmica y la conservación del patrimonio cinematográfico. El premio «Ramón Perdiguer» a la pasión por el cine le fue concedido a Diego Tejera Miró, realizador, productor y coleccionista que cuenta con un museo personal de películas, fotografías y aparatos de cine. Las Bocinas de Piedra fueron para la Cinemathèque Française, para Jesús Zarralanga por su trayectorio como programador de cine en Uncastillo y para la cineasta y profesora Mercedes Álvarez, de quien vimos su poema ensayo Germaine Dulac. ¿Quién teme al cine? Integrado por imágenes de diferentes obras de Dulac, el filme lanza una serie de reflexiones vinculadas con los temas prototípicos de la cineasta vanguardista que, además, desafiaban las convenciones de la época, como el deseo femenino o transmitir con imágenes el interior de los personajes que no se puede verbalizar fácilmente.
La presencia de Álvarez en el festival dio pie a una charla junto a Amparo Martínez sobre la cineasta en que se trataron varios temas, como el olvido que sufrió Dulac injustamente durante décadas y que se manifiesta en un dato que me llamó la atención. Hace meses se le dedicó una exposición a Germaine Dulac en el Museo Tàpies de Barcelona que duró varios meses (fue ahí de hecho donde pudo verse este vídeo ensayo), pero paradójicamente, cuando finalizó la exposición, no hubo interés por ninguna otra institución o museo por adquirirla y exhibirla durante unos meses, aun siendo un repaso muy completo a una figura clave de la vanguardia cinematográfica. Y si bien es una pena que dicha exposición no haya podido tener más difusión, es de agradecer que las Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo le hayan reservado un espacio a su vídeo ensayo para dar más visibilidad a su trabajo. Es por cosas así que sigue siendo necesaria la existencia de pequeños oasis culturales como este festival en medio de un panorama en que la rabiosa y cambiante actualidad no deja espacio a los grandes pioneros del cine. Esperemos que siga realizando esta labor por mucho tiempo.












