Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (II)

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Una de las grandes virtudes del Festival de Cine Mudo de Pordenone para aquellos locos que sentimos una fascinación especial por el cine mudo es que ofrece una programación repleta de títulos fuera de lo común. Este año tenemos por ejemplo un ciclo dedicado a Sinfonías de Ciudades, pero no solo queda fuera la famosa Berlín, Sinfonía de una Ciudad (1927), sino otras sinfonías que sin alcanzar el estatus de esa obra maestra son más o menos conocidas por los seguidores del cine mudo, como Manhatta (1921) de Paul Strand. Lo mismo sucede con el programa dedicado a comedias soviéticas, donde no hay ni rastro del director más recordado del género, Boris Barnet. En otras ocasiones, cuando se programa un film conocido, el aliciente está en la nítida calidad de la copia presentada y en el excelente acompañamiento musical en vivo.

Todo esto queda puesto de manifiesto, como veremos a continuación, desde el primer día del Giornate del festival.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (I)

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Durante una semana de octubre, la pequeña ciudad italiana de Pordenone se convierte en la capital mundial del cine mudo con su magnífico festival Le Giornate del Cinema Muto, que este 2015 ya va por su 34ª edición. Después de la grata experiencia del año pasado, el Doctor Caligari ha pedido a los organizadores que le vuelvan a invitar a tan magno evento, y ha conseguido incluso que le den un pase gratuito con tan solo insinuar que en caso negativo arrasaría con toda la ciudad y sus alrededores usando una de sus peligrosas armas nucleares. Sin duda los italianos son gente muy considerada.

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Roscoe Arbuckle y Mabel Normand: la serie «Fatty y Mabel»

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Mabel Normand y Roscoe Arbuckle (conocido popularmente como Fatty) eran a mediados de los años 10 dos de los cómicos más célebres del cine americano. Ambos se habían convertido en estrellas en la Keystone, el estudio más importante de comedias slapstick del cual saldrían otros grandes cómicos como Charles Chaplin o Harry Langdon. Mack Sennett, el jefe del estudio, era perfectamente consciente de que ambos tenían más talento que la mayoría del resto de artistas, y por ello decidió emparejarlos en una serie de cortometrajes. Ambos funcionaron muy bien como pareja cómica, pero además su serie de cortos coincidió con una época de evolución muy interesante en la Keystone. Por esos dos motivos, les invitamos a repasar los cortometrajes de la serie «Fatty y Mabel», que no solo nos permiten disfrutar de las dotes cómicas de ambos, sino comprobar la evolución de los dos cómicos en un espacio de tiempo de solo dos años.

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Fritz Lang, el pequeño tirano de la UFA: el rodaje de Metrópolis (1927)

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Ser un gran director y una gran persona son dos rasgos que, para desgracia de muchos actores y técnicos, no siempre han ido juntos. El poder que conllevaba ser el encargado de dirigir a todo un séquito de personas es algo que a muchos realizadores se les subía a la cabeza convirtiéndoles en pequeños dictadores que a veces olvidaban que estaban lidiando con otros trabajadores, no con esclavos. Eso fue lo que le sucedió a Fritz Lang en su edad de oro en los estudios de la UFA. Su peculiar carácter sumado al hecho de saberse el director más importante de Alemania (y uno de los principales de Europa) le convirtieron en un cineasta que no reparaba en nada a la hora de filmar sus películas: fulminaba los presupuestos del estudio sin inmutarse, discutía tanto con técnicos como con sus superiores y exprimía a los actores hasta el límite. Cualquier cosa con tal de que la película quedara exactamente como él quería.

Como muestra de su difícil carácter, vamos a recordar algunos de los problemas surgidos durante la filmación de su obra muda más célebre, Metrópolis (1927), que este Doctor pudo presenciar en persona como invitado de honor y que, además, se recogen en la imprescindible biografía de Patrick McGilligan The Nature of the Beast.

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Películas desaparecidas: Los Cuatro Diablos (4 Devils, 1928) de F.W. Murnau

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Como seguramente ya sabrán, lamentablemente a día de hoy un porcentaje terriblemente elevado del legado fílmico de la era muda se da por perdido. Partiendo de esa base, si a un servidor le preguntaran cuál es la película desaparecida que más ilusión le haría poder recuperar, una de las más firmes candidatas sería sin duda Los Cuatro Diablos (1928) de F.W. Murnau. Y no piensen que es solo cosa mía, de hecho entre aficionados al cine mudo, suele considerarse como una de las más grandes pérdidas de esos años. No obstante, aunque cada vez parece más difícil que una copia salga a la luz, el Doctor Caligari pudo verla en el momento de su estreno, y si bien su memoria no es la que era antes, sí que recuerda suficientes detalles como para hacerles una idea bastante concreta de cómo era la gran obra perdida de Murnau.

Dicho film era el segundo proyecto del director alemán en Hollywood. Su debut en tierras americanas había sido inmejorable a nivel artístico, Amanecer (1927), una de las obras cumbre del cine, pero a nivel comercial no fue el éxito que esperaba la Fox en gran parte por sus elevados costes de producción. Murnau decidió entonces que su siguiente proyecto sería más viable económicamente, una adaptación de la novela de Herman Bang que ya había sido llevada al cine por el danés A.W. Sandberg bajo el título de Die Benefiz-Vorstellung der vier Teufel (1920).

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Joë Hamman, Jean Durand y el western francés

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Estoy seguro de que todos ustedes han oído hablar del spaghetti-western, films del oeste que se filmaban en Italia y España en los años 60, pero apuesto a que no sabían que en la era muda el western era tan inmensamente popular que en varios países de Europa se filmaron otras películas del género. Es el caso de Alemania, Reino Unido, Italia y, sobre todo, Francia, donde adquirió una gran popularidad. El propósito del post de hoy es dar a conocer este curioso episodio de la historia del cine francés que tiene como protagonistas a Joë Hamman y Jean Durand.

El principal protagonista de nuestra historia es Joë Hamman, un hombre fascinado por la cultura americana que tuvo la suerte de viajar a Estados Unidos y conocer a Buffalo Bill en persona, con quien trabó amistad. No solo eso, sino que aprendió trucos de equitación en un rancho y pasó unos meses en una reserva india Sioux conviviendo con los indígenas como uno más.

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Extraños en el paraíso: cineastas europeos en Hollywood (II)

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Seguimos repasando los casos de algunos cineastas europeos que emigraron a Hollywood durante la era muda, centrándonos hoy ante todo en los casos de Suecia y Alemania, que tuvieron que sufrir la pérdida de algunos de los mayores talentos de sus países después de que éstos recibieran unas ofertas que no pudieron rechazar.

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Extraños en el paraíso: cineastas europeos en Hollywood (I)

Desde que Hollywood se convirtió en la gran industria cinematográfica del mundo ha servido como infalible imán para atraer el talento de artistas de todas partes. Durante toda su historia, cineastas de varios países europeos se han dejado seducir por la autodenominada Meca del Cine y han abandonado sus naciones para emprender una carrera en la famosa tierra de las oportunidades. A partir de aquí, los ha habido con más o menos suerte, los que se integraron a la perfección en el sistema realizando películas exitosas y ganadoras de premios y, mucho nos tememos, los que han salido escaldados de la experiencia.

eisenstein-chaplin    Chaplin y Eisenstein, dos de los mayores genios cinematográficos del mundo haciendo el tonto con sendas raquetas de tenis.
Esto no es algo que se vea cada día.

Este proceso ya sucedía en la era del cine mudo, donde el talento de muchos directores y actores europeos no pasó desapercibido para los magnates de la industria. Hay casos en que esa odisea americana fue un “visto y no visto”, como el del alemán E.A. Dupont, que se hizo un nombre a nivel internacional con Variété (1925), consiguiéndole un pasaporte a Hollywood. Pero ahí solo realizó una película, Love Me and the World Is Mine (1927) – hoy día desaparecida – y fue tal fracaso que volvió a Europa, en concreto a Reino Unido, donde siguió trabajando con algo más de suerte. Otros no llegaron siquiera a tener la oportunidad de realizar una película, como es el caso de Serguéi Eisenstein, quien viajó a América a principios de los años 30 para investigar la novedad del cine sonoro y recibió ofertas para realizar algunos proyectos en Hollywood. Habría sido digno de ver qué películas habría hecho el cineasta soviético en un ambiente tan diferente al de la URSS, pero se ejercieron tales presiones políticas contra él que los estudios se vieron obligados a echar atrás sus ofertas.

Seguidamente nos centraremos en el caso de varios cineastas de prestigio que llegaron a América en la era muda con desigual suerte.

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Siegmund Lubin y su fallida película sobre Jesucristo

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Siegmund Lubin es uno de los muchos pioneros del cine que se hizo un nombre antes de la I Guerra Mundial en Estados Unidos pero que no supo adaptarse a todos los cambios que sufrió el medio a finales de los años 10. Este buen hombre de origen germano no nos resulta destacable hoy día tanto por la calidad de sus películas como por su peculiar forma de hacer negocio. Aprovechándose del caos que había en esos primeros años respecto a títulos de películas y sus auténticos creadores, Lubin, ni corto ni perezoso, se especializó en copiar obras de éxito de otros competidores volviendo a filmarlas plano por plano. Por ejemplo, a raíz de que el Asalto y Robo de un Tren (1903) de Edwin S. Porter fuera aplaudido como una de las grandes obras de su época, Lubin decidió volver a rodar la misma historia un año después. Eso no quiere decir que no tuviera películas originales y/o destacables, pero el motivo por el que hoy día es más recordado era su tendencia a copiar a otros productores.

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El monstruo y la niña: de El Golem (1920) a Frankenstein (1931)

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He aquí una de las imágenes más iconográficas de la historia del cine, que con toda seguridad todos ustedes reconocerán, pero por si hay por ahí algún lector despistado añadiremos que pertenecen a la versión de Frankenstein realizada en 1931 por James Whale en Hollywood, con Boris Karloff encarnando al monstruo. Aunque es una escena más que conocida, creo que resulta tan fascinante que nunca está de más volver a verla:

Esperen, esto es un blog de cine mudo, ¿verdad? No teman, el Doctor Caligari no ha perdido el norte. Les hemos hecho volver a rememorar esta escena para contraponerla con un precedente que no es tan célebre pero que merece ser justamente reivindicado: El Golem (1920) de Paul Wegener y Carl Boese.

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