El Jardín de la Alegría (The Pleasure Garden, 1925) de Alfred Hitchcock

Reconozco que mi opinión sobre el debut de Hitchcock, El Jardín de la Alegría (1925), ha sido bastante variable a lo largo de los años. Quizá me influyó la opinión negativa del propio Hitchcock hacia el filme, pero también lo achaco a que la versión que circuló del mismo durante muchos años estaba mutilada. Afortunadamente, los amigos del British Film Institute nos sorprendieron hace poco restaurando la película añadiéndole media hora más (90 minutos en total). Y realmente la diferencia se nota, en su versión completa creo que puedo lanzarme a la piscina y afirmar que, sin ser una gran película, el debut de Hitchcock es una película más que competente.

Lo que más falla es, como sería habitual la mayor parte de su era muda, su argumento tan poco interesante: dos chicas que trabajan como bailarinas en un club nocturno, Jill y Patsy, se hacen amigas. La primera es una inocente chica recién llegada a la gran ciudad cuyo prometido, Hugh, espera casarse con ella en un par de años, cuando haya hecho fortuna en Oriente. Hugh se trae consigo a su amigo Levet, que no le quita ojo a Patsy, y aquí se produce el inevitable conflicto: mientras Hugh está en Oriente, Jill se divierte con un tal Príncipe Iván; por otro lado, después de que se casen Patsy y Levet, este último engañará a su mujer.

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The Gay Shoe Clerk (1903) de Edwin S. Porter

Hoy les proponemos rescatar este simpático cortometraje de Edwin S. Porter con un argumento de lo más sencillo: el dependiente de una zapatería atiende a una bella cliente que va acompañada de su madre y, tras atarle un zapato, no puede evitar permitirse una familiaridad con ella que no será bien vista por la madre en cuestión.

El motivo por el que lo he escogido es el único primer plano que hay en todo el corto: el de las manos del dependiente atando los cordones del zapato. Pero la razón de ser del plano no es eso, sino que ahí vemos el indicio de que la clienta siente un interés especial por ese dependiente. ¿Cómo? Porque vemos como se va subiendo poco a poco la falda dejando al descubierto su pierna hasta la rodilla, solo tapada por una media. ¡Qué atrevimiento! ¿A qué niveles de descaro van a llegar estas jovencitas de hoy día?

El catastrófico rodaje de Ben-Hur (1925)

La historia del cine está repleta de historias de rodajes que fueron un absoluto caos y en que el mero hecho de que la película en cuestión llegara a terminarse es en sí mismo una victoria al margen de su calidad o su éxito comercial. En la era muda el ejemplo más paradigmático es seguramente el de la adaptación de Ben-Hur (1925) producida por la Metro-Goldwyn-Mayer, que pese a ser uno de los mayores taquillazos de esa época resultó una experiencia agotadora y en algunos casos hasta traumática para muchos de sus participantes. Pónganse cómodos, porque la historia que hay tras este Ben-Hur es larga y repleta de anécdotas.

En el comienzo de todo fue la novela. Luego vino la obra de teatro. Y como los productores de Hollywood vieron que todo eso era exitoso pensaron que sería buena idea hacer una película. ¡Pobres de ellos! El libro en cuestión era Ben-Hur: una Historia de Cristo (1880), que en su momento se convirtió en la novela americana más vendida de la historia hasta que fue superada por Lo que el Viento se Llevó (1936) de Margaret Mitchell, que como sabrán inspiró otra película de rodaje más bien tumultuoso. Pero no nos desviemos del tema: el libro fue obra de Lew Wallace, un personaje de convicciones religiosas muy arraigadas (¡la novela de hecho había sido bendecida ni más ni menos que por el Papa León XII!) que le predisponían en contra de permitir que fuera trasladado al teatro. No obstante, las ofertas económicas que recibió fueron muy tentadoras y al final cedió. La versión de la novela en Broadway fue un éxito apabullante que se representó durante la friolera de 25 años (con el futuro célebre actor de westerns William S. Hart encarnando a Messala en algunas de esas versiones) y el mundo del cine no tardó en expresar interés por comprar los derechos para la gran pantalla. Por entonces Wallace ya había fallecido, pero su hijo tenía las mismas reticencias que su padre. Sin embargo, la historia volvió a repetirse y finalmente se abrió la veda de ofertas astronómicas para conseguir los derechos, que estaban también controlados por el productor de la obra de teatro, Abraham Erlanger, que acabó vendiéndoselos a Samuel Goldwyn por un millón de dólares (una cantidad impensable en esa época) y con la condición de poder dar su aprobación a todos los aspectos de la película.

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Le Déshabillage Impossible (1900) de Georges Méliès y Undressing Extraordinary (1901) de Robert W. Paul

Como es de sobras conocido, en los orígenes del cine el simple concepto de «remake» no tenía sentido, puesto que todos los cineastas copiaban libremente las ideas de otros sin que ello tuviera ningún tipo de repercusión legal. En una época en que la distribución y exhibición de películas era un absoluto caos, a menudo eso implicaba que el propio público no supiera (ni le importara) cuál era la «original». Teniendo en cuenta esas circunstancias, era de lo más normal que un productor decidiera aprovechar alguna película que había sido especialmente exitosa para copiar su idea, como es el caso que nos ocupa hoy.

Vean en primer lugar al inicio del post este divertido cortometraje del gran mago del cine, Georges Méliès, titulado Le Deshabillage Impossible (1900), que utiliza sus célebres trucajes para mostrarnos a un pobre hombre que intenta quitarse la ropa antes de ir a dormir y no lo consigue, porque a cada pieza de ropa que se quita, otra vuelve a aparecérsele mágicamente puesta.

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Las Ruinas de un Imperio (Oblomok imperii, 1929) de Fridrikh Ermler

Realizada en los últimos años de la era muda, Las Ruinas de un Imperio (1929) es uno de esos pequeños clásicos del cine soviético que han emergido no por su importancia histórica o ser obra de uno de los grandes cineastas de la época (el nombre de Fridrikh Ermler difícilmente le será familiar al cinéfilo medio), sino por su innegable calidad. Se trata de una obra densa y repleta de simbolismos hasta el punto de que puede entenderse como otra obra de propaganda comunista pero también como una sátira sobre el socialismo, que empieza de forma espectacular con los horrores de la guerra y acaba con el plano del pomo de una puerta, de forma que el desenlace del filme y del conflicto principal al final dependen de algo tan pequeño como si dicho pomo abre o cierra la puerta.

El protagonista es Filimonov, un exoficial que perdió la memoria durante la I Guerra Mundial al recibir un cañonazo de sus propios superiores por compartir un cigarro amistosamente con un soldado alemán en su puesto de vigilancia. Los años han pasado, la guerra terminó y tras la revolución llegó la era socialista. Filimonov mientras tanto trabaja en una estación de ferrocarril totalmente ajeno a lo que ha sucedido. Pero entonces un día reconoce en un tren a su antigua mujer y le vuelve la memoria. Decidido a recuperarla, se embarca hacia San Petersburgo ignorante de todos los cambios que ha sufrido el país.

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Gloria Swanson y la escena de los leones de Macho y Hembra (1919)

Uno de los rasgos más curiosos de la era muda es que en esos años no era nada inhabitual que los actores, incluso los más célebres, corrieran auténticos riesgos rodando sus escenas. Ello era debido en parte a la falta de regulación que existía en aquellos tiempos al respecto y, también es cierto, al genuino entusiasmo que muchos de ellos sentían hacia su profesión, que les llevaba a entender estos riesgos como algo normal, un gaje del oficio para conseguir que la película fuera lo mejor posible.

Un caso paradigmático es el de Gloria Swanson en Macho y Hembra (Male and Female, 1919) de Cecil B. De Mille. La película narraba una historia contemporánea sobre las relaciones de clase, pero siendo De Mille se inventó una excusa para colar un flashback ambientado en la Antigua Babilonia que no viene absolutamente a cuento de nada, pero le sirve para colar unos minutos de fastuosa decoración y vestuario, además de ofrecer un impactante desenlace en que la Swanson era finalmente ofrecida de comida a los leones (pueden verlo en el vídeo de abajo).

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Auge y caída de Harry Langdon

En 1949, el crítico cinematográfico James Agee publicó en la revista Life un artículo titulado «Comedy’s Greatest Era» que tuvo una enorme importancia en el proceso de revalorización del slapstick como uno de los grandes géneros a recuperar de las primeras décadas del cine. En dicho texto Agee se centraba en los que él consideraba los cuatro grandes genios de la comedia muda y analizaba con detalle qué hacía que cada uno de ellos fuera tan especial. Dos de ellos eran de sobras conocidos por el gran público, Charles Chaplin y Harold Lloyd, pero los otros dos habían caído en el olvido desde hacía tiempo y comenzarían a ser rescatados en parte impulsados por este artículo. Uno de ellos era Buster Keaton, que por entonces llevaba años subsistiendo en pequeños papeles de todo tipo o como escritor de gags y que, con el tiempo, no solo recuperó su pasada popularidad sino que incluso acabaría sobrepasando a Harold Lloyd. Pero el cuarto en cambio nunca recuperó dicho estatus salvo entre críticos y fanáticos de la era muda, de forma que aunque el artículo de James Agee menciona a los «cuatro grandes de la comedia», a la práctica se ha acabado considerando que fueron tres los grandes del slapstick, dejando fuera a este cuarto personaje, que no es otro que Harry Langdon.

Y no obstante, en su momento cumbre, en la segunda mitad de los 20, Langdon era tan inmensamente popular en Estados Unidos que casi llegaba a los niveles de Chaplin. De hecho su descubridor, Mack Sennett, el productor de la Keystone (el  estudio de comedias slapstick más célebre de la época), diría que era el mejor cómico que había visto jamás, más incluso que Chaplin. El suyo es quizá el caso más exagerado que conozco de auge y caída tan repentinos en un periodo de tiempo tan breve: en 1923 era un actor de experiencia en el mundo del vodevil pero un auténtico desconocido de la gran pantalla, en 1926 era uno de los cómicos más exitosos del mundo, en 1928 su carrera estaba acabada. ¿Qué sucedió? Por desgracia, durante muchos años la única versión conocida de los hechos fue la que comentaron dos de las personas que dieron forma a su carrera cinematográfica: Mack Sennett y el célebre director Frank Capra. Ambos publicaron sendas autobiografías – El Rey de la Comedia y El Nombre delante del Título – que si bien son muy interesantes y amenas de leer, también están plagadas de inexactitudes y de un nada disimulado egocentrismo que, a la hora de tratar el caso Langdon, dejan a éste en muy mal lugar. Langdon había muerto en 1944, mucho tiempo antes de que ambos libros se publicaran, y no pudo por tanto dar su versión de los hechos, pero por suerte con el tiempo algunos biógrafos han rebatido muchas de las afirmaciones de Sennett y Capra. Desde este pequeño rincón silente intentaremos también aportar una versión más fidedigna sobre qué le sucedió al bueno de Harry Langdon para de paso reivindicarle como se merece.

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Die Suffragette (1913) de Urban Gad

Si Asta Nielsen merece un lugar destacado en la historia del cine es no solo por ser una de las primeras grandes actrices del medio sino también una de las primeras sex symbols. Su actuación en El Abismo (Afgrunden, 1910) de Urban Gad fue algo absolutamente inédito para el público de la época: de un naturalismo que contrastaba con las interpretaciones más exageradas propias de la época – ¡estamos hablando todavía de 1910! – y desbordante de erotismo. Es natural pues que a Nielsen y Urban Gad les llegara una jugosa oferta de Alemania para que continuaran allá su carrera. Y no menos natural que ellos aceptaran, ya que en dicho país tenian la oportunidad de trabajar en un estudio propio y con más recursos a su disposición.

Una de las primeras obras que ambos realizaron allá fue una atrevida producción que se escapaba de sus típicos papeles de femme fatale para tratar un tema bastante controvertido: Die Suffragette (1913). El movimiento sufragista, por entonces todavía batallando por sus derechos, fue todo un shock para la sociedad británica, que vio como muchas mujeres – tradicionalmente asociadas al papel de madres y pacíficas amas de casa – estaban dispuestas a rebelarse en serio para conseguir el derecho a voto. De las iniciales protestas y huelgas de hambre se pasó a actos más contundentes como pintadas en las paredes, destrucción de sitios públicos (siempre procurando evitar causar heridos) e incluso el uso de bombas.

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Light Is Calling (2004) de Bill Morrison

Bill Morrison es uno de los artistas actuales que mejor ha sabido aprovechar las posibilidades del cine mudo dentro de lo que se conoce como found footage, es decir, películas montadas a partir de material fílmico ya existente. En este campo Morrison ha destacado por su uso de fragmentos de películas perdidas o en alto proceso de deterioro dándoles una nueva vida, mostrándonos cómo estas imágenes descontextualizadas o casi convertidas en abstracciones pueden funcionar cómo cine experimental.

Su proyecto más célebre es el largometraje Decasia (2002) compuesto íntegramente por fragmentos de películas desaparecidas junto al acompañamiento musical del compositor Michael Gordon. No obstante, como primera aproximación a los que no conozcan su obra yo recomendaría este cortometraje, Light Is Calling (2004), creado a partir de una escena de una película que por suerte sí se conserva – The Bells (1926) de James Young – pero tomando como referencia una copia muy deteriorada que convierte la imagen en una abstracción que adquiere vida propia ayudado por la música del ya citado Michael Gordon.

Si tienen ganas de descubrir más sobre este interesantísimo artista, no dejen de visitar su canal de Vimeo.

Películas desaparecidas: The Divine Woman (1928) de Victor Sjöstrom

Un día me gustaría escribir más ampliamente sobre la curiosa experiencia de ver fragmentos de películas perdidas. Visionar minutos sueltos de una obra mucho más larga que no necesariamente corresponden a sus mejores escenas o las más representativas, sino las que por pura arbitrariedad han llegado a nuestros días. Reconstruir a partir de ahí esa película incompleta en nuestras mentes imaginándonos las partes que faltan a partir de lo que sabemos de ella (sinopsis, fotogramas sueltos, críticas de la época) de forma que cada uno de nosotros se la imagina a su manera. Es una irreparable pérdida que estas obras se hayan perdido, pero tiene también su interés este ejercicio de imaginación.

Partiendo de esta reflexión: ¿es The Divine Woman (1928) de Victor Sjöstrom un sensible y exquisito melodrama romántico? ¿O es más bien el clásico producto impersonal holllywoodiense al servicio de sus dos estrellas? Ambas hipótesis podrían ser válidas, pero a no ser que alguien descubra milagrosamente una copia completa del filme nunca lo sabremos.

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