Desde los mismos inicios del cine, se utilizó este medio como una forma de llevar a la pantalla las manifestaciones más populares de otras formas narrativas: escenas de obras de teatro famosas, momentos especialmente recordados de novelas o de La Biblia y, por supuesto, adaptaciones de cómics. Hace un tiempo les hablamos del ejemplo de Foxy Grandpa y hoy trataremos las historias de Buster Brown y su inseparable perro.
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Après le Bal (1897) de Georges Méliès
Imagino que todos ustedes asociarán al señor Georges Méliès con sus maravillosas películas fantásticas de trucajes, pero hoy hemos optado por rescatar una obra suya menor que les resultará curiosa por mostrarnos una faceta inédita suya: su breve escarceo con ¡el cine erótico!
A día de hoy se considera Après le Bal como la primera película erótica de la historia del cine (más exacto sería que se trata de la primera que conocemos), al basarse su sencillo argumento únicamente en mostrarnos a esa buena señora desnudándose para acicalarse después de un baile de sociedad. Fíjense en un detalle muy interesante: aunque en el cine de los orígenes era frecuente que los actores miraran a cámara rompiendo la cuarta pared, aquí la señora se desnuda ajena al espectador, enfatizando nuestro papel voyeur (no está desnudándose para nosotros, sino que estamos espiándola sin que ella lo sepa).
No es hasta que la señora se ha ido cuando la otra participante, la criada, lanza una rápida mirada cómplice a cámara, como si ella fuera la única que sabe que hemos participado del erotismo de ese momento. Obviamente es muy posible que esa mirada a cámara sea mera casualidad (por ejemplo que en ese instante Méliès le diera instrucciones para que cogiera el jarrón y saliera de cuadro), pero aun así el efecto que provoca acaba funcionando: solo la criada cómplice y nosotros sabemos que la intimidad de la señora ha sido invadida.
La Casa Embrujada (La Maison Ensorcelée, 1908) de Segundo de Chomón
Para adecuarnos un poco a la temática de las fechas en que nos encontramos, el Doctor Caligari les ofrece hoy un ejemplo bastante primitivo de la ya un tanto sobreexplotada temática de terroríficas mansiones encantadas.
El responsable es nuestro viejo conocido Segundo de Chomón, y eso ya saben lo que significa: ¡una saludable dosis de efectos especiales de la época! El argumento no es gran cosa (y en eso me temo que el género apenas ha cambiado): unos viajeros buscan refugio en una casa encantada en la que no paran de suceder hechos inauditos. La aparición de una especie de demonio al principio y, sobre todo, al final sigue resultando algo inquietante y son mis momentos favoritos. Merece destacarse también un largo plano a mitad de metraje en que se ve como todos los objetos adquieren vida y se mueven solos, una reminiscencia de uno de los cortos más célebres de su autor, El Hotel Eléctrico (1905).
Un exponente clarísimo de lo que se conoce como «cine de atracciones», que buscaba más generar impresiones y emociones concretas al espectador antes que narrar una historia.
Le Moulin Maudit (1909) de Alfred Machin
Alfred Machin es uno de esos muchos nombres a rescatar de las primeras décadas del cine que hoy día, gracias a internet, están a nuestro alcance en un par de clics (¿recuerdan por ejemplo un caso similar, el de Franz Hofer que citamos por aquí hace unos meses?).
Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (IV)
Cuando llega ese momento en que uno tiene en la cabeza música de piano de películas mudas al pasear por las calles de Pordenone o darse una ducha (¡sí, eso sucede!), en ese preciso instante es cuando uno se da cuenta de que quizá lleva demasiados días viendo films mudos y de que obviamente Le Giornate del Cinema Muto llega a su fin. Otros síntomas indicativos son agujetas en las piernas de tenerlas encajonadas durante horas en las butacas del Teatro Giuseppe Verdi en el caso de que seas un poco patilargo, o que tu cuerpo se haya acostumbrado finalmente a saltarse horarios de comida, resignado ante la evidencia de que uno prefiere no perderse la conferencia sobre cine soviético o la primera película de la tarde antes que sentarse a recuperar fuerzas en un restaurante.
Es una auténtica pena que le Giornate del Cinema Muto llegue a su fin, pero quizá nuestros cuerpos agradecerán que esta genial cita no se prolongue más de una semana.

Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (III)
Cuando uno tiene por delante toda una semana repleta de películas muy interesantes por ver, necesariamente se ha de hacer selección y renunciar a algunas. La norma más lógica es renunciar a las más fáciles de visionar fuera del festival, pero aun así servidor no puede resistir la tentación de saltarse esa regla acudiendo por ejemplo a la proyección de un film tan fácil de conseguir como La Máscara del Zorro (1920) o, el año pasado, El Tesoro de Arne (1919). ¿Por qué? En primer lugar porque en Pordenone la música en vivo que acompaña a las películas suele ser muy buena, que ya es más de lo que podemos decir de algunas ediciones en DVD que circulan por ahí. Y en segundo lugar, en el caso de la película de Stiller, por la experiencia de verla en pantalla grande (aún recuerdo lo mucho que me impresionó), y en el de Fairbanks por ser el tipo de película que se agradece ver rodeado de más gente que comparte el mismo entusiasmo. Quizá este Doctor debería emplear esa hora y media en reposar un poco de tanta película y tomar el aire pero, ¿cómo resistirse a la tentación?
Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (II)
Una de las grandes virtudes del Festival de Cine Mudo de Pordenone para aquellos locos que sentimos una fascinación especial por el cine mudo es que ofrece una programación repleta de títulos fuera de lo común. Este año tenemos por ejemplo un ciclo dedicado a Sinfonías de Ciudades, pero no solo queda fuera la famosa Berlín, Sinfonía de una Ciudad (1927), sino otras sinfonías que sin alcanzar el estatus de esa obra maestra son más o menos conocidas por los seguidores del cine mudo, como Manhatta (1921) de Paul Strand. Lo mismo sucede con el programa dedicado a comedias soviéticas, donde no hay ni rastro del director más recordado del género, Boris Barnet. En otras ocasiones, cuando se programa un film conocido, el aliciente está en la nítida calidad de la copia presentada y en el excelente acompañamiento musical en vivo.
Todo esto queda puesto de manifiesto, como veremos a continuación, desde el primer día del Giornate del festival.
Princess Nicotine (1909) de J. Stuart Blackton
Algo que me maravilla de muchos cortometrajes de cine primitivo es lo absolutamente libres e imprevisibles que son. Si a eso le sumamos que a menudo no conocemos datos contextuales de la época que nos ayudarían a entenderlos (por ejemplo, la historia, obra de teatro o canción popular en que estuvieran basados) la confusión es máxima. Desfilan ante nuestros ojos una serie de imágenes filmadas de una forma primitiva sin el lenguaje narrativo al que nosotros estamos acostumbrados y no nos queda otra que dejarnos fascinar por su encanto y, por qué no decirlo, su pureza tan especial.
Todo esto viene a raíz de este cortometraje de nuestro viejo conocido J. Stuart Blackton, que debió sorprender a espectadores de la época por sus efectos especiales (no solo las pequeñas hadas sino los objetos moviéndose de forma bastante conseguida) y que hoy día nos maravilla por lo delirante de su contenido, el cual nos hace sospechar si lo que está fumando el protagonista realmente es tabaco. Disfrútenlo.
Ah, como curiosidad, una de las hadas años después aparecería como protagonista en la mítica Tol’Lable David (1921) de Henry King.
Siegmund Lubin y su fallida película sobre Jesucristo
Siegmund Lubin es uno de los muchos pioneros del cine que se hizo un nombre antes de la I Guerra Mundial en Estados Unidos pero que no supo adaptarse a todos los cambios que sufrió el medio a finales de los años 10. Este buen hombre de origen germano no nos resulta destacable hoy día tanto por la calidad de sus películas como por su peculiar forma de hacer negocio. Aprovechándose del caos que había en esos primeros años respecto a títulos de películas y sus auténticos creadores, Lubin, ni corto ni perezoso, se especializó en copiar obras de éxito de otros competidores volviendo a filmarlas plano por plano. Por ejemplo, a raíz de que el Asalto y Robo de un Tren (1903) de Edwin S. Porter fuera aplaudido como una de las grandes obras de su época, Lubin decidió volver a rodar la misma historia un año después. Eso no quiere decir que no tuviera películas originales y/o destacables, pero el motivo por el que hoy día es más recordado era su tendencia a copiar a otros productores.
El Heredero de Can Pruna (L’Hereu de Can Pruna, 1904) de Segundo de Chomón
Muchos de ustedes sin duda asociarán al formidable Segundo de Chomón con sus fantasías llenas de trucajes, pero el documento que este Doctor ha decidido rescatar hoy demuestra cómo en sus inicios el cineasta aragonés también se decantaba por otro tipo de films más sencillos.



