Uno de los ciclos más interesantes de la pasada edición del Festival de Cine Mudo de Pordenone fue el dedicado al cineasta John M. Stahl, hoy día caído en el olvido excepto por su película Que el Cielo la Juzgue (1945) pero en los años 20 y 30 considerado uno de los más grandes directores de melodrama de Hollywood. De hecho fue durante muchos tiempo el realizador estrella del productor Louis B. Mayer hasta el punto de que tenía una unidad de producción semiautónoma dentro del estudio, un favor que raramente se le otorgaba a ningún cineasta (y menos por parte de alguien como Mayer). Los estrenos de sus películas en los años 20 solían crear mucha expectación entre el gran público y, al ganarse la fama de ser un gran director de mujeres, las principales actrices de la época buscaban trabajar para él. Obviamente todos estos datos hablan más de su fama que de sus cualidades como director, pero nos sirven de entrada para justificar que hay motivos de sobra para poner nuestra atención en alguien como Stahl, y que lejos de ser un oscuro cineasta de la época en realidad se trata de un director de fama a quien la historia del cine ha relegado al olvido.
Viendo sus obras más tempranas en Pordenone me quedó claro que ya desde sus inicios Stahl demostró ser un muy buen cineasta con experta mano para el melodrama y la comedia, pero que siempre se topaba con un mismo problema: sus guiones. Sus primeros filmes (de los cuales hablé en más detalle en mis crónicas de Pordenone) eran melodramas bigger than life rebosantes de casualidades imposibles que ponían a sus personajes en situaciones límite y que, invariablemente, solían derivar en algún crimen o tentativa de crimen. No eran en absoluto malas películas pero sí un tipo de filmes que hoy día no han envejecido especialmente bien, y que aún arrastraban cierta tendencia de las primeras décadas del cine al exceso, de cuando la sutileza todavía no había encontrado su sitio en la pantalla. Todo eso se soluciona en las obras de mediados de los 20 de Stahl (o al menos en las que se conservan, ya que muchas se han perdido), de las cuales Memory Lane (1926) me parece la más redonda y la más representativa de sus virtudes.







