Miss Lulu Bett (1921) de William C. DeMille

Estoy seguro de que casi todos ustedes conocerán al director Cecil B. DeMille, pero probablemente muy pocos habrán oído hablar de su hermano, William C. DeMille (antes de que nadie me corrija, la «C.» de William C. DeMille es el apellido correcto de la familia, en realidad su hermano Cecil se lo cambió por una «B» porque el auténtico sonaba mal con su nombre de pila… qué quieren, así es el mundo del espectáculo). Y lo curioso es que durante un tiempo William gozaba de una reputación similar a la de su hermano o incluso superior dado su bagaje en el teatro. Tal es así que cuando Cecil decidió lanzarse a la aventura de dirigir películas y le propuso a William que se uniera, éste le respondió con una carta en que reflejaba su decepción porque hubiera dejado el respetable mundo del teatro (donde Cecil había tenido una carrera irregular como actor y escritor) por el cine. De hecho para William era fácil hablar así: él era un reputado dramaturgo que además había producido algunas obras de éxito en Broadway, mientras que para Cecil el cine fue una escapatoria. También es cierto que no se hizo de rogar mucho, y ya en 1914, el mismo año en que Cecil empezó en el cine, tenemos el primer crédito de William como co-director de una película junto a su hermano. Finalmente William se trasladó también a Hollywood donde tuvo una exitosa carrera que terminó súbitamente con la llegada del sonoro.

Una de sus películas más recordadas es Miss Lulu Bett (1921), basada en la novela y posterior obra de teatro de la escritora Zona Gale. Gale era una mujer feminista y militante sufragista que ostentaba además el mérito de ser la primera escritora femenina en ganar un Pulitzer (casualmente por la versión teatral del filme que nos ocupa hoy). Estos datos no son anecdóticos, porque nos permitirán entender mejor el propósito que buscaba la película.

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The ‘?’ Motorist (1906) de Walter R. Booth

Hoy rescatamos una de las obras más divertidas de la fructífera escena cinematográfica británica de principios del siglo XX: The ‘?’ Motorist (1906) de Walter R. Booth. Lo que empieza como una comedia sobre un conductor que arrolla a un policía con su coche acaba deviniendo en una maravillosa fantasía cuando el automóvil sube por una pared hasta el espacio exterior y sigue su recorrido por la luna y Júpiter, hasta volver de nuevo a la Tierra.

Un simpático cortometraje que demuestra cómo Booth estaba por entonces sacándole partido a las posibilidades de estos primeros efectos especiales más artesanales.

 

 

La Nueva Babilonia [Novyy Vavilon] (1929) de Grigori Kozintsev y Leonid Trauberg

Uno de las manifestaciones artísticas más curiosas surgidas en el fértil contexto de la cinematográfia soviética muda fue el colectivo artístico conocido como la Factoría del Actor Excéntrico, abreviado como FEKS. Se trataba de un grupo variopinto de artistas de diferentes disciplinas que buscaban nuevas formas expresivas alejándose de las tendencias predominantes, sobre todo de aquellas que se asociaban con el arte burgués. Su apuesta fue, tal y como indica el nombre, el excentricismo como forma creativa, emparentado de alguna forma con el surrealismo y el dadaísmo. Los dos grandes artífices de ese movimiento fueron Leonid Trauberg y Grigori Kozintsev, quienes junto a otros artistas como Sergei Yutkevich firmaron en 1921 un primer «manifiesto excéntrico».

Provenientes de disciplinas muy variadas, los miembros del FEKS inicialmente trabajaron en el teatro hasta que se dieron cuenta de que la forma artística que más se adecuaba a sus inquietudes era el cine, donde podían combinar elementos visuales provenientes de otras artes plásticas, su afición por formas de entretenimiento popular (el circo, el vodevil, etc.) y su admiración a cineastas como Chaplin. Y de las películas que realizaron juntos Trauberg y Kozintsev La Nueva Babilonia (1929) constituyó sin duda la obra más destacada del FEKS y uno de las últimos grandes filmes del cine mudo soviético, basado en los incidentes relacionados con la Comuna de París, de la que mencionaremos cuatro datos para aquellos de ustedes que son demasiado jóvenes para haber vivido dichos acontecimientos.

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No Father to Guide Him (1925) de Leo McCarey

Ahora que definitivamente ya se ha asentado el verano (al menos en el hemisferio en que se encuentra este Doctor) y que parece ser que por fin podemos salir libremente a chapotear a la playa es un buen momento para rescatar uno de los maravillosos cortos que hicieron el genial dúo Leo McCarey y Charley Chase. El primero, como ya sabrán, acabaría siendo un prestigioso director de Hollywood, pero en la época muda destacó sobre todo por dirigir algunos divertidísimos cortos de slapstick para gente como Laurel y Hardy o Charley Chase. En cuanto al bueno de Chase, es uno de los cómicos favoritos de este rincón silente al que nunca nos cansamos de reivindicar.

Hoy les traemos No Father to Guide Him (1925), una divertida comedia en que nuestro protagonista intenta recuperar la custodia de su hijo pese a los intentos de su temida suegra de separarles. El momento cumbre sucede en una playa donde Charley pierde su ropa, dando pie a varias situaciones de caos y confusión que vistas hoy día resultan doblemente divertidas: ¿no les parece maravilloso que las mujeres se muestren tan consternadas al ver al bueno de Charley con la ropa interior de la época, que hoy día no escandalizaría ni al más mojigato?

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La Pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928) de Carl Theodor Dreyer

«Nada en el mundo se puede comparar con el rostro humano. Es un terreno que uno nunca se cansa de explorar. No hay una mejor experiencia en un estudio que presenciar la expresión de un rostro sensible bajo el misterioso poder de la inspiración, ver cómo se anima desde el interior y se vuelve poesía» Carl Theodor Dreyer

Una de las cosas que más me fascinan de Carl Theodor Dreyer como cineasta es su capacidad de conseguir que en sus películas funcione aquello que en la teoría no debería hacerlo. Por ejemplo, en Vampyr (1932) realizar una película de terror con un protagonista que evidentemente no sabe actuar y un argumento que no se sostiene por ningún lado, o en Ordet (1955) filmar de forma creíble y emotiva una resurrección que emocionaría hasta al ateo más convencido. ¿Cuántos cineastas habrían salido airosos de retos así, consiguiendo no solo buenos resultados sino algunas de las mejores películas de la historia del cine? Y esto es precisamente uno de los aspectos que más me intriga de La Pasión de Juana de Arco (1928). ¿Cómo puede funcionar una película muda que adapta un juicio real y que por tanto contiene multitud de rótulos y hace un uso abusivo de los primeros planos? Pues he aquí lo más inaudito de todo, ¡funciona!

Ya comentamos anteriormente todos los elementos que hacen de esta obra una de las películas más míticas de la era muda, pero más allá de esos detalles extrafílmicos, resulta una obra fascinante. Aunque retrospectivamente se ha clasificado el filme dentro de las vanguardias de la época, Dreyer siempre negó tajantemente que La Pasión de Juana de Arco fuera una obra vanguardista. Él no buscaba experimentar con el lenguaje cinematográfico, simplemente fue fiel al recurso que pensaba que mejor le permitiría transmitir el avance del juicio. Y en ese sentido, La Pasión de Juana de Arco es ante todo una de las más grandes muestras del poder expresivo del rostro humano. Sirviéndose solo de la imagen (¡qué diferente habría sido el efecto de esta película de haberse hecho en el sonoro! ¿habría funcionado filmarla así solo unos años después?) Dreyer consigue con esta concatenación de primeros planos transmitir las sensaciones que sentía la protagonista y conmovernos profundamente sin darnos nada más a que agarrarnos: no se nos presenta previamente al personaje para que lo conozcamos mejor, ni se utilizan apenas trucos cinematográficos para romper la posible monotonía del juicio (flashbacks, sobreimpresiones que reflejen el estado mental de la protagonista…), lo cual le da al filme una pureza especial.

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La película de ficción más antigua de Japón: Momijigari (1899) de Shibata Tsunekichi

Hoy les ofrecemos una película histórica: Momijigari (1899), el filme de ficción más antiguo que se conserva filmado en Japón y que pueden visionar entero aquí (la versión que circula por Youtube es más corta). Si tenemos en cuenta el bajísimo ratio de supervivencia de la producción cinematográfica japonesa antes de la II Guerra Mundial  debemos sentirnos privilegiados de que algunas como ésta hayan conseguido sobrevivir milagrosamente hasta nuestros días, ya que apenas se conserva material fílmico realizado en la Era Meiji (1868-1912).

Momijigari es una de las primeras películas de ficción que se filmaron en el país, consistentes a menudo de fragmentos de famosas obras de teatro. Este caso no es una excepción, lo que vemos son dos trozos de la obra kabuki Momijigari interpretados por dos de los más grandes actores de la época: Ichikawa Danjuro IX y Onoe Kikugoro V. Y no se piensen que la idea le hacía mucha gracia al veterano Danjuro de 60 años. Como muchos artistas reputados de la época, pensaba que ese invento del cine (llegado a Japón hacía solo dos años) era una burda forma de entretenimiento y no quería tener nada que ver con él, pero finalmente le convencieron con el argumento irrebatible de que una grabación suya podría servir para hacerle pasar a la posteridad (el mismo argumento con el que años después se convencería a otros actores de prestigio como Sarah Bernhardt). Así pues, consintió en filmar dos escenas de la obra kabuki que estaba representando a condición de que no se hicieran públicas hasta después de su muerte, para evitar que esta grabación pudiera hacerle la competencia a sus propias actuaciones.

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Wagon Tracks (1919) de Lambert Hillyer

En su cortometraje El Polo Norte (1922) Buster Keaton protagonizaba una escena que quizá al espectador actual se le haga extraña en una comedia, en que el protagonista descubría que su mujer le ha engañado con otro hombre y se ponía a llorar. En realidad eso era un gag en que parodiaba uno de los recursos más recurrentes de una de las grandes estrellas del western de la época, William S. Hart, como podemos comprobar en una dramática escena de Wagon Tracks (1919) en que el protagonista descubre que su hermano menor ha sido asesinado y llora junto a su cuerpo; algo que desde nuestra visión actual del western nos podría parecer muy poco propio de un cowboy.

Aquí Hart encarna a Buckskin Hamilton, un vaquero que debe conducir una caravana de carromatos por el desierto después de reunirse con su hermano. Por desgracia, la noche antes de su encuentro éste recibe un disparo en la espalda durante una partida de póker cuando descubre que sus oponentes hacían trampas. Para complicar más las cosas, el autor del crimen hace creer a su hermana, que se ha visto involucrada accidentalmente en la refriega, que en realidad es ella quien le ha matado accidentalmente. Aunque ella admite ante Hamilton ser la autora del crimen, éste tiene sus dudas. Así pues, cuando durante la travesía por el desierto confirme sus sospechas intentará vengarse del auténtico asesino de su hermano.

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Amor Pedestre (1914) de Marcel Pérez

Amigos lectores, hoy les ofrecemos uno de los cortometrajes más originales de la era muda: Amor Pedestre (1914), una típica historia de seducción que tiene la particularidad de estar narrada íntegramente… ¡desde el punto de vista de los pies de los protagonistas! Su autor es Marcel Pérez, actor y director de origen madrileño que se labró una carrera cinematográfica en todo el mundo, especialmente Italia y Estados Unidos. En este caso obviamente la historia es lo de menos, la gracia está en ver cómo Pérez da a intuir solo con el recurso de los pies el proceso de seducción, el enfrentamiento con el marido y el desenlace con eróticas consecuencias.

Un filme muy ingenioso que nos vuelve a confirmar otra vez más cómo la época silente está llena de obras imaginativas esperando a ser descubiertas.

L’Hirondelle et la Mésange (1920) de André Antoine

No sé cuántas veces he dicho algo similar en este humilde rincón silente, y espero poder decirlo otras muchas más en el futuro, pero es alucinante cómo a estas alturas uno puede seguir descubriendo películas que le obligan a replantearse la versión clásica de la historia del cine. Algún día espero que se le haga justicia a André Antoine, uno de los grandes directores del cine mudo francés que incomprensiblemente permaneció durante años en el olvido y que solo en las últimas décadas empieza a ser reivindicado, pero no mucho más allá de los círculos especializados de seguidores del cine mudo.

Que el neorrealismo italiano no surgió de la nada en los años 40 es algo que creo que a estas alturas está más que demostrado con la constante reivindicación de referentes como la soberbia Toni (1935) de Jean Renoir y algunas obras de los años 30 del infravaloradísimo Alessandro Blasetti. Pero me extraña que se mencionen tan poco los referentes que existen en la era muda, especialmente el caso del cineasta francés André Antoine, quien tiene en su haber películas como La Tierra (1921) o el filme que nos ocupa que presentan varias de las características que se asociaron a ese movimiento… pero 20 años antes.

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Adaptando a Selma Lagerlöf: La Heredad de Ingmar (Ingmarsarvet, 1925) de Gustaf Molander y la trilogía de Jerusalén

Durante los años 10, la industria cinematográfica sueca estaba librando una batalla por la respetabilidad que también estaba teniendo lugar en otros países del mundo. Se pretendía demostrar que el cine podía ser una forma de entretenimiento de calidad y así abarcar a un público más amplio y exigente. Y como solía ser frecuente en los inicios del cinematógrafo, un sinónimo de respetabilidad instantáneo era la literatura, así pues, ¿qué mejor idea que adaptar a la gran pantalla las obras de una de las escritoras más prestigiosas del país, la premio Nobel Selma Lagerlöf?

Una de las personas más adecuadas para llevar a cabo dicha tarea era Victor Sjöstrom, un actor y director que rápidamente se había desmarcado por realizar algunas de las mejores películas no solo del país sino de su época. Ya en Terje Vigen (1917) había adaptado un prestigioso poema de Henrik Ibsen – en colaboración con Gustaf Molander en el guion, quien en breve adquirirá más importancia en este relato – de forma más que exitosa, de modo que se aventuró a dar el gran paso de hacer la primera adaptación de una historia de Selma Lagerlöf. Intimidado por el prestigio de la escritora y sabiendo que el cine todavía era un medio carente de respetabilidad, Sjöstrom fue a visitarla y le leyó el guión de La Hija de la Turbera (Tösen från Stormyrtorpet, 1917), que Lagerlöf aprobó. El filme funcionó muy bien y animó a Sjöstrom a emprender uno de los proyectos más ambiciosos de su carrera: adaptar la novela Jerusalén de la misma escritora, una saga que explicaba la historia de una familia de granjeros a través de varias generaciones hasta desembocar en el viaje que varios de ellos hacían a Tierra Santa, donde inician una nueva vida en el seno de una comunidad cristiana.

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