L’Hirondelle et la Mésange (1920) de André Antoine

No sé cuántas veces he dicho algo similar en este humilde rincón silente, y espero poder decirlo otras muchas más en el futuro, pero es alucinante cómo a estas alturas uno puede seguir descubriendo películas que le obligan a replantearse la versión clásica de la historia del cine. Algún día espero que se le haga justicia a André Antoine, uno de los grandes directores del cine mudo francés que incomprensiblemente permaneció durante años en el olvido y que solo en las últimas décadas empieza a ser reivindicado, pero no mucho más allá de los círculos especializados de seguidores del cine mudo.

Que el neorrealismo italiano no surgió de la nada en los años 40 es algo que creo que a estas alturas está más que demostrado con la constante reivindicación de referentes como la soberbia Toni (1935) de Jean Renoir y algunas obras de los años 30 del infravaloradísimo Alessandro Blasetti. Pero me extraña que se mencionen tan poco los referentes que existen en la era muda, especialmente el caso del cineasta francés André Antoine, quien tiene en su haber películas como La Tierra (1921) o el filme que nos ocupa que presentan varias de las características que se asociaron a ese movimiento… pero 20 años antes.

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Adaptando a Selma Lagerlöf: La Heredad de Ingmar (Ingmarsarvet, 1925) de Gustaf Molander y la trilogía de Jerusalén

Durante los años 10, la industria cinematográfica sueca estaba librando una batalla por la respetabilidad que también estaba teniendo lugar en otros países del mundo. Se pretendía demostrar que el cine podía ser una forma de entretenimiento de calidad y así abarcar a un público más amplio y exigente. Y como solía ser frecuente en los inicios del cinematógrafo, un sinónimo de respetabilidad instantáneo era la literatura, así pues, ¿qué mejor idea que adaptar a la gran pantalla las obras de una de las escritoras más prestigiosas del país, la premio Nobel Selma Lagerlöf?

Una de las personas más adecuadas para llevar a cabo dicha tarea era Victor Sjöstrom, un actor y director que rápidamente se había desmarcado por realizar algunas de las mejores películas no solo del país sino de su época. Ya en Terje Vigen (1917) había adaptado un prestigioso poema de Henrik Ibsen – en colaboración con Gustaf Molander en el guion, quien en breve adquirirá más importancia en este relato – de forma más que exitosa, de modo que se aventuró a dar el gran paso de hacer la primera adaptación de una historia de Selma Lagerlöf. Intimidado por el prestigio de la escritora y sabiendo que el cine todavía era un medio carente de respetabilidad, Sjöstrom fue a visitarla y le leyó el guión de La Hija de la Turbera (Tösen från Stormyrtorpet, 1917), que Lagerlöf aprobó. El filme funcionó muy bien y animó a Sjöstrom a emprender uno de los proyectos más ambiciosos de su carrera: adaptar la novela Jerusalén de la misma escritora, una saga que explicaba la historia de una familia de granjeros a través de varias generaciones hasta desembocar en el viaje que varios de ellos hacían a Tierra Santa, donde inician una nueva vida en el seno de una comunidad cristiana.

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Entente Cordiale (1912) de Max Linder

Si alguno de ustedes aún no sabe por qué Max Linder está considerado uno de los grandes cómicos de la era muda, no tiene más que ver este maravilloso corto dirigido y protagonizado por él, Entente Cordiale (1912), en que el bueno de Max hospeda en su casa a un amigo con el que tiene una relación muy cordial, pero la llegada de una nueva criada provocará cierta tensión entre ambos.

Entente Cordiale es una película divertidísima, desde esa escena inicial con el desastroso traslado del piano a los intentos fallidos de seducir a la criada, que acaban provocando que los protagonistas se dediquen de las tareas del hogar en lugar de ella. Linder está espléndido tanto en el humor más físico (sus terribles intentos de limpiar la casa) como en el gestual (las miradas que dedica a cámara dando a entender lo mucho que le ha gustado la criada), y hay muy buena química entre los dos actores principales, destacando especialmente la hilarante escena del duelo.

Para rematarlo, hacia el final hay un breve instante melancólico cuando uno de los dos amigos debe aceptar que el otro se quede a la chica, y Linder consigue por un momento olvidarse del tono de farsa y darle a ese momento la ternura que necesita. Pero entonces, para acabar en una nota alegre, los personajes empiezan a cantar y bailar y, en un brillante gag surrealista, los muebles empiezan también a moverse al ritmo de la música. Un desenlace magnífico que le deja a uno con una sonrisa de oreja a oreja.

¿Les parece esto poco? Pues sepan que además la copia que compartimos es de una calidad excelente. No se lo pierdan.

Recordando otras pandemias del pasado: cómo la gripe española de 1918 afectó a Hollywood

Nuestros lectores más veteranos que pertenezcan a la generación del Doctor Caligari sin duda tendrán la sensación de que la pandemia que estamos viviendo últimamente les resulta familiar. Y es que aquellos de nosotros que ya estábamos activos en la era muda aún recordamos la que fue una de las pandemias más devastadoras de la era contemporánea: la gripe española, que entre 1918 y 1920 llegó a infectar a 500 millones de personas (una cuarta parte de la población mundial) y que mató entre 17 y 50 millones de personas, cobrándose más víctimas que la I Guerra Mundial. No es la intención de este Doctor despertar dolorosos recuerdos entre aquellos de nuestros lectores más ancianos, pero sí que le ha parecido interesante dedicar un post para relatar cómo afectó al mundo de Hollywood, ya que quizá encuentren algunos interesantes paralelismos a la situación actual aunque (por suerte) la pandemia que estamos sufriendo hoy día no sea tan devastadora.

De entrada quizá convendría contextualizar un poco. Pese a su nombre, la gripe española no tuvo su origen en España. En realidad se la bautizó así por un motivo de lo más curioso: cuando empezó a causar muertes de forma masiva muchos países se hallaban enfrascados en la I Guerra Mundial y, para no bajar más aún la moral de una población de por sí hundida tras tantos años de muertes y atrocidades en las trincheras, se escondió al gran público los efectos devastadores que estaba teniendo esa enfermedad. España no tenía motivos para esconder dicha noticia, ya que era un país neutral en dicha contienda, y por tanto la prensa del país se hizo especial eco de lo que estaba sucediendo, sobre todo cuando el rey Alfonso XIII contrajo también la enfermedad. Eso dio la impresión en el exterior de que la enfermedad había empezado a cobrar fuerza sobre todo en dicho país, lo cual provocó que se la bautizara popularmente con ese nombre.

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Chicas Japonesas en el Puerto (Minato no nihon musume, 1933) de Hiroshi Shimizu

Chicas Japonesas en el Puerto (1933) podría ser perfectamente una de las películas más melancólicas de la era muda. Es una de esas obras que, más allá de su contenido, transmiten perfectamente esa sensación de leve tristeza por unos tiempos ya pasados en que los personajes tienen la sensación de que no tomaron las decisiones correctas, y por culpa de las cuales no podrán ser realmente felices. Es ese tono de tristeza contenida que tan bien han sabido reflejar directores japoneses como Yasujiro Ozu o, en el caso que nos ocupa Hiroshi Shimizu.

De hecho, para el que escribe Shimizu es el gran director olvidado del cine japonés clásico, si bien en su momento gozaba de una gran fama y era más que respetado entre sus colegas de profesión (Ozu dijo que él no podía filmar películas como las que hacía Shimizu, mientras que Kenji Mizoguchi afirmaba que «Gente como yo y Ozu hacemos películas trabajando duro, pero Shimizu es un genio«). Quizá este olvido al que ha sido relegado tenga que ver con la engañosa simplicidad de sus películas, que por sus argumentos y estilo pueden parecer pequeñas pero bajo esa superficie revelan a un cineasta mayúsculo detrás.

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The Heart of the World (2000) de Guy Maddin

Si quieren saber cuál es en mi opinión la película moderna que mejor ha sabido homenajear el estilo de la era muda, no es ni The Artist (2011) de Michel Hazanavicius, ni Blancanieves (2012) de Pablo Berger ni siquiera Juha (1999) de mi admiradísimo Aki Kaurismäki. Todos ellos son muy buenos filmes pero creo que palidecen al lado de este alucinante corto del cineasta canadiense Guy Maddin llamado The Heart of the World (2000).

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Sus Primeros Pantalones (Long Pants, 1927) de Frank Capra

Pocos casos conozco más paradigmáticos que el de Harry Langdon en lo que se refiere a pasar casi literalmente de la noche a la mañana de estar en la cresta de la ola a venirse completamente abajo. En 1926 era uno de los actores de slapstick más famosos del momento, hasta el punto de que su popularidad empezaba a alcanzar los niveles de un Chaplin o Harold Lloyd. Dos años después su carrera estaba acabada.

Por el camino dejó un buen número de cortometrajes que hoy día son considerados clásicos del género y dos notables largometrajes dirigidos por un ex-escritor de gags que había ascendido a la categoría de director llamado Frank Capra. El primero de estos filmes, The Strong Man (1926), demostraba que ese joven realizador tenía ya una destreza inusual para un casi debut, algo que se confirmaría en la posterior Sus Primeros Pantalones (1927). No obstante, es curioso constatar cómo ambos filmes siguen enfoques totalmente distintos: The Strong Man es puro Capra, con la clásica lucha entre el bien y el mal en que un hombre sencillo pero de buen corazón logra vencer, mientras que Sus Primeros Pantalones está más dominada por la personalidad de Langdon y renuncia al sentimentalismo a cambio de un humor más negro.

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La Légende des Ondines (1911) de Georges Denola

Hoy les proponemos rescatar La Légendes des Ondines (1911), un hermoso cortometraje sobre un príncipe que se enamora perdidamente de una sirena hasta el punto de abandonar a su mujer por ella en el día de su boda. Merece destacarse del corto el uso del color y la belleza de algunos planos, como aquellos en que se ve a la sugerente sirena sobre las rocas, absolutamente inolvidables. Y por supuesto uno no puede dejar de apreciar esa gestualidad típica de la época, como cuando justo después de la boda el rey da a entender con una serie de gestos un tanto exagerados que sigue recordando a su amada sirena.

Die Kleine Veronika (1929) de Robert Land

Robert Land es uno de esos muchísimos cineastas que han permanecido en el más absoluto olvido durante décadas y por los cuales festivales como Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone o Il Cinema Ritrovato de Bolonia justifican plenamente su existencia, ya que fue gracias a una retrospectiva que le dedicó Bolonia hace unos pocos años que Land se dio a conocer entre muchos cinéfilos. Poco sabemos de él más allá de que inició su carrera en Austria (convirtiéndole por tanto en uno de los pocos cineastas mudos de renombre de dicho país), que luego en el sonoro continuó en Alemania y que murió en la II Guerra Mundial. Pero a cambio tenemos sus filmes como inigualable legado personal.

Die Kleine Veronika (1929), la última obra de su periodo austríaco, es una bellísima película que narra la pérdida de la inocencia de su protagonista Veronika, interpretada por la actriz y modelo húngara Käthe von Nagy, algo crecidita para el personaje si bien en aquella época se toleraban más estas incongruencias. Veronika es una jovencita criada en un pueblo del Tirol en el seno de una familia humilde y cuya tía, que lleva años viviendo en Viena y ganando mucho dinero de forma misteriosa, le invita para que pueda hacer la confirmación. Veronika viaja ilusionada a la gran ciudad, donde su tía hará todo lo posible por preservar su inocencia escondiéndole la triste realidad: que se gana la vida como prostituta.

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The Whole Dam Family and the Dam Dog (1905) de Edwin S. Porter

Como ya les hemos comentado anteriormente por estos lares, en la era primitiva cualquier fuente de inspiración era válida para dar forma a un cortometraje de cine: ya fueran cómicscanciones, personajes célebres de la época, o cuadros e ilustraciones (busquen aquí la referencia a los «tableaux vivants»). En este caso, si ven The Whole Dam Family and the Dam Dog (1905) de Edwin S. Porter sin contexto quizá no le vean la gracia a esta familia que se nos presenta uno a uno para luego dar pie a un sencillo número cómico en que el perro estropea una comida familiar. ¿Por qué mostrarnos en un primer plano a cada miembro para luego simplemente crear un gag genérico?

El origen de este cortometraje está en una canción especialmente popular de la época publicada por George Tottsen Smith y Harry von Tilzer 1905 de idéntico título que se hizo célebre por algo tan tonto como por el hecho de hacer un juego de palabras con un término malsonante de la época («damn»), utilizándolo como apellido de los miembros de esa familia. Era pues un tema conocido por la gracieta de usar una palabra tabú, ni más ni menos. Y esta cosa tan anecdótica dio pie a una serie de cortos de la época como el que los mostramos que no hacían más que capitalizar esa pequeña moda que generó la canción de marras. De ahí que el corto se base en mostrarnos uno a uno a los miembros de la familia Dam, porque era una forma de apoyarse en la letra de esta canción que la gente conocía a modo de gancho.