La Fée des Grèves (1909) de Louis Feuillade

En ocasiones creo que, aunque el cine amplió y mejoró ostensiblemente a lo largo de la era muda su número de recursos expresivos para llegar a ser la forma de arte que es, muchas obras de los inicios poseen un encanto especial para cierto tipo de historias que no se puede igualar ni con todas las mejores técnicas narrativas del mundo. Y como supondrán, el film que he escogido hoy de Louis Feuillade es un ejemplo de ello.

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Charlot, Faquín (His New Profession, 1914) de Charles Chaplin

En algún momento de su autobiografía, Chaplin comenta que en una ocasión un fan le escribió una carta en que le decía que inicialmente el famoso cineasta era el dueño de su personaje, pero que al final acabó siendo el personaje el que le dominó a él, algo que el propio Chaplin reconoció que era cierto. Vista hoy día en perspectiva esa reflexión cobra aun más sentido si tenemos en cuenta que cuando vemos sus primeras películas lo hacemos con una idea predeterminada: la de Chaplin como el gran cineasta, el que consiguió conjugar dos elementos tan dispares como el slapstick y el melodrama, el que consiguió humanizar  a un personaje cómico como era Charlot. De esta forma, existe la tentación de infravalorar sus primeros films y verlos como un inevitable precio a pagar hasta llegar al Chaplin más aclamado. O, dicho en pocas palabras, el peso que tiene sobre nosotros el Chaplin que pronuncia el discurso de El Gran Dictador (1940) hace que el Chaplin de la Keystone nos parezca poca cosa.

No cometan ese terrible error. Ambos Chaplin tienen su interés y creo que resultan complementarios más que estar uno por encima del otro. Y como ejemplo les traemos hoy Charlot Faquín, una película de su etapa en la Keystone, el primer estudio en que trabajó y donde empezó a dirigir sus films. He escogido a propósito una obra que no es de las más citadas de su época Keystone y cuyo estilo y argumento todavía son más simples para defender al primer Charlot en estado puro.

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Hurra! Einquartierung! (1913) de Franz Hofer

A la hora de hablar de esta etapa de los inicios del cine tan lejana a nosotros en el tiempo hay que evitar la tentación de conformarse con la versión oficial que hemos acarreado a lo largo de las décadas, y ser muy conscientes de que la historia se reescribe continuamente, revalorizando lo que conocemos y sacando a la luz nombres hasta ahora ocultos que quizá merecen nuestra atención.

Tomen como ejemplo el caso de Alemania, uno de los países de mayor renombre en lo que respecta a su legado de cine mudo y que siempre se ha asociado a la etiqueta expresionista y a una serie de nombres concretos. Esto puede llevar a un exceso de simplificación, entender la etapa muda germana como algo que nace y acaba en el expresionismo y que, como mucho, se puede ampliar a otros pocos nombres míticos de los años 20. Pero lo cierto es que el legado anterior a la gran edad de oro del cine alemán sigue siendo virtualmente desconocido y exige una revisión urgente. Uno de los grandes nombres de esa etapa que no ha empezado a salir a la luz en círculos de aficionados al cine silente hasta hace poco es el de Franz Hofer.

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Lejos de ti (Kimi to wakarete, 1933) de Mikio Naruse

apart from you

Cada vez son más numerosos los críticos y cinéfilos que reivindican a Mikio Naruse como el cuarto nombre a añadir en la triada de grandes del cine japonés (ya saben, Akira Kurosawa, Yasujiro Ozu y Kenji Mizoguchi). Y un servidor no ha querido ser menos dedicando una entrada a una de sus primeras películas perteneciente, cómo no, a su etapa muda: Lejos de ti (1933). Su historia se centra en tres personajes: una geisha de avanzada edad, Kikue, su hijo adolescente que se avergüenza de la profesión de ella, Yoshio, y otra geisha más joven que intenta reconciliar al muchacho con su madre, Terugiku.

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Princess Nicotine (1909) de J. Stuart Blackton

Algo que me maravilla de muchos cortometrajes de cine primitivo es lo absolutamente libres e imprevisibles que son. Si a eso le sumamos que a menudo no conocemos datos contextuales de la época que nos ayudarían a entenderlos (por ejemplo, la historia, obra de teatro o canción popular en que estuvieran basados) la confusión es máxima. Desfilan ante nuestros ojos una serie de imágenes filmadas de una forma primitiva sin el lenguaje narrativo al que nosotros estamos acostumbrados y no nos queda otra que dejarnos fascinar por su encanto y, por qué no decirlo, su pureza tan especial.

Todo esto viene a raíz de este cortometraje de nuestro viejo conocido J. Stuart Blackton, que debió sorprender a espectadores de la época por sus efectos especiales (no solo las pequeñas hadas sino los objetos moviéndose de forma bastante conseguida) y que hoy día nos maravilla por lo delirante de su contenido, el cual nos hace sospechar si lo que está fumando el protagonista realmente es tabaco. Disfrútenlo.

Ah, como curiosidad, una de las hadas años después aparecería como protagonista en la mítica Tol’Lable David (1921) de Henry King.

Max Toma un Baño (Max Prend un Bain, 1910) de Lucien Nonguet

Generalmente se suele considerar al francés Max Linder como el primer gran cómico de la historia del cine y, aunque – como siempre – existen algunos precedentes de cómicos anteriores a él que ya tuvieron éxito en la gran pantalla, no creo que sea descabellado otorgar a Linder ese título, tanto por calidad como por popularidad e importancia. El hecho de que cineastas como Chaplin o Mack Sennett le tuvieran como modelo a seguir en sus inicios es solo un ejemplo de su estatus.

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El Mejor Hijo de Thomas Graal (Thomas Graals bästa barn, 1918) de Mauritz Stiller

Thomas Graals bästa barn (1918) Filmografinr 1918/08

El mismo año en que Victor Sjöstrom realizó una de las películas más importantes del cine sueco (Los Proscritos) y uno antes de que Mauritz Stiller dirigiera una de sus mayores obras maestras (El Tesoro de Sir Arne), los dos cineastas colaboraron en un film que seguía unos derroteros distintos, una divertida comedia titulada El Mejor Hijo de Thomas Graal (1918). Quizá a algunos de nuestros lectores les pueda parecer llamativo que dos cineastas que han pasado a la posteridad por dramas tan intensos como los mencionados también realizaran comedias, pero en realidad no tiene nada de raro. El actor y director Victor Sjöstrom era un magnífico intérprete formado en el teatro que aquí nos demuestra que tenía suficiente versatilidad para enfrentarse también a papeles cómicos además de aquellos dramáticos a los que se le suele asociar. Y en cuanto a Stiller, puede que hoy día le recordemos sobre todo por El Tesoro de Sir Arne (1919) y La Saga de Gösta Berling (1924), pero en su época se hizo un nombre también gracias a sus comedias, y de hecho su Erotikon (1920) gozó de un gran éxito internacional. Por tanto, abandonemos la sorpresa inicial y veamos qué nos ofrecen ambos en el film que hemos escogido hoy.

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El Heredero de Can Pruna (L’Hereu de Can Pruna, 1904) de Segundo de Chomón

Muchos de ustedes sin duda asociarán al formidable Segundo de Chomón con sus fantasías llenas de trucajes, pero el documento que este Doctor ha decidido rescatar hoy demuestra cómo en sus inicios el cineasta aragonés también se decantaba por otro tipo de films más sencillos.

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La Reina Kelly (Queen Kelly, 1929) de Erich von Stroheim

reina kelly

Dentro de la filmografía de Erich von Stroheim, La Reina Kelly (1929) es seguramente una de sus películas más malditas, lo cual tratándose de Stroheim es decir mucho. La que sería su última gran obra no solo contó con los problemas ya habituales en un rodaje de Stroheim (presupuestos descontrolados, meticulosidad exasperante, un argumento que daría para no menos de cuatro horas de film…), sino que su filmación se interrumpió a la mitad dejando la película incompleta y, además, no pudo visionarse en Estados Unidos durante décadas, convirtiéndola en toda una pieza de culto.

Uno no puede evitar preguntarse en qué estarían pensando Gloria Swanson y su productor y amante Joseph P. Kennedy (padre del futuro presidente) cuando decidieron encomendar a Stroheim el rodaje de una película para lucimiento de la actriz. Puedo entender que se sintieran lógicamente fascinados por la maestría de Stroheim tras la cámara e incluso que se dejaran seducir por el éxito de taquilla de La Viuda Alegre (1925); pero a esas alturas era imposible que no conocieran lo extremadamente problemático que era el director y los continuos dolores de cabeza que provocaba a su paso por diferentes proyectos, a cada cual terminado de forma más traumática y a menudo sin recuperar sus costes en taquilla. Por mucho que admiraran su arte (y nos consta que Swanson siempre siguió respetando enormemente el talento de Stroheim), es incomprensible que apostaran su dinero en una empresa que a todas luces iba a acabar mal. De todos modos, los cinéfilos de todo el mundo no podemos dejar de agradecerles que le dieran la última gran oportunidad de su vida.

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Los documentales de los hermanos Lumière y colonialismo: dos ejemplos significativos

Como ya sabrán, tan pronto los hermanos Lumière confirmaron el potencial de su cinematógrafo les faltó tiempo para contratar a operadores de cámara que filmaran cortometrajes de todo tipo, para así ofrecer nuevas películas a un público ansioso de ver más imágenes en movimiento.

Una de las facetas más remarcables de esta primera época es que los Lumière enseguida fueron conscientes de que su invento podía tener una finalidad muy interesante: dar a conocer a la gente imágenes de todo el mundo, de lugares recónditos de los que hasta ahora solo habían visto fotografías, pero nunca en escenas que adquirieran vida. Por ese motivo, estos primeros cortometrajes documentales fueron uno de los géneros más importantes en los orígenes del cine.

Hoy hemos seleccionado un par filmados por el operador Gabriel Veyre en la Indochina francesa de la época. El propio gobierno indochino le puso todas las facilidades del mundo para que así Veyre pudiera mostrar las maravillas de su país en la Exposición de París de 1900, donde efectivamente tuvieron mucho éxito. Veamos los dos ejemplos que he escogido.

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