Sobreviviendo en el desierto: el rodaje de la escena final Avaricia (1924)

rodaje avaricia

Así como meses atrás les hablé de la caótica producción de Esposas Frívolas (1921), hoy he pensado que sería una buena idea compartir algunas jugosas declaraciones sobre el célebre rodaje de la escena final en el desierto de su película más famosa, Avaricia (1924).

Muchos de los que participaron en Avaricia califican el rodaje de las escenas en el Valle de la Muerte como, literalmente, “la experiencia más terrible” de sus vidas. Filmar una película allá era una locura desde cualquier punto de vista, pero no para Stroheim, un cineasta famoso por agotar a su equipo con rodajes maratonianos que acababan al amanecer y martirizar a sus actores hasta deshacerlos psicológicamente con tal de conseguir la actuación deseada. Su obsesión con el realismo alcanzó nuevas cotas con la adaptación de la novela naturalista McTeague, a la que pretendía ser lo más fiel posible. Veamos lo que tiene que decirnos Stroheim al respecto:

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Dos relatos de bomberos: Fire! (1901) y Life of an American Fireman (1903)

Un ejercicio muy interesante a la hora de estudiar los orígenes del cine es comparar dos películas que traten una temática muy similar y fijarse en cómo cada una narra la historia. Como en aquel entonces aún no había unos estándares claros y definidos sobre lenguaje cinematográfico, contrastar un corto con otro permite ver qué soluciones utilizaba cada cineasta a la hora de abordar esa nueva problemática. Veamos dos ejemplos basados en un idéntico argumento: las proezas del cuerpo de bomberos al acudir a un incendio y salvar a unas personas atrapadas.

El primero es Fire! (1901) del británico James Williamson

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El origen de un gag: la danza de los panecillos de La Quimera del Oro (1925)

Si hay un gag a destacar de toda la carrera de Chaplin por el que ha sido especialmente recordado es la danza de los panecillos de La Quimera del Oro (1925). Me imagino que todos lo conocerán, pero nunca está de más volver a verlo:

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El bergfilm o cine de alpinismo

El bergfilm o cine de alpinismo fue uno de los géneros cinematográficos por excelencia de la Alemania de los años 20-30. Era un tipo de película que sólo se realizaba en dicho país y que por tanto ha quedado asociada para siempre a ese contexto concreto. Dicho género alcanzó su esplendor a medio camino entre la era muda y la sonora, y por ese motivo hoy le vamos a dedicar un artículo especial.

Seguramente lo mejor para situarnos sería abordar en primer lugar el papel que ocupaba el alpinismo en la sociedad germana de entonces. Dicha práctica se había popularizado enormemente en Europa desde mediados del siglo XIX, época en la que se hicieron célebres las numerosas expediciones destinadas a llegar a cumbres nunca antes alcanzadas. Eso llevó a la creación en 1857 del primer club de alpinismo del mundo, el Alpine Club fundado en Reino Unido, uno de los países donde más arraigó esta afición. En Alemania surgiría su equivalente en 1869, el Alpenverein. No obstante, la diferencia entre ambos clubs era muy significativa: el Alpine Club era marcadamente clasista y dirigido expresamente a alpinistas de clase alta, mientras que el Alpenverein era más populista y llegaba a gente de diferentes estratos sociales.

alpenverein

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Inicios del cine sonoro: Lee de Forest y Phonofilm

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Lee De Forest es un personaje realmente curioso. Inventor, emprendedor y oportunista (no necesariamente en este orden) fue un hombre muy activo en los inicios de la era electrónica trabajando en diferentes invenciones y luchando por ganar sus respectivas patentes en una época en que las guerras de patentes estaban a la orden del día. Es uno de esos ejemplos de hombres inquietos que a base de involucrarse en tantos proyectos diferentes con desiguales resultados acabó muriendo pobre, la clásica historia de auge y caída que tanto gusta en Hollywood.

Aunque el invento que le hizo más popular en su momento fue el audión, De Forest fue también una de las principales figuras pioneras en el desarrollo del cine sonoro. Su sistema era el Phonofilm, que permitiría grabar voces sincronizadas con películas y que a su vez estaba basado en el Tri-Ergon, otra patente primitiva de cine sonoro ideada por tres alemanes en 1919. El astuto De Forest había viajado a Alemania a aprender de los avances que habían hecho los alemanes en ese ámbito y volvió a Estados Unidos con la idea que le habían mostrado para patentarla ahí. Realmente era alguien en quien confiar.

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Celebridades y cine (II)

La semana pasada les comentamos los casos de algunas celebridades que utilizaron el cine para potenciar su fama, llevando a la pantalla los sórdidos acontecimientos que les dieron a conocer por todo el país e incluso protagonizando esas películas ellos mismos. En una época previa a la televisión, es comprensible la fascinación que sentía el público por ver a esos famosos en la gran pantalla representando además los hechos de su vida personal – otro asunto es hasta qué punto eran éticas este tipo de películas pero, como sucede también hoy día, el éxito comercial no suele estar vinculado a aspectos éticos.
Hoy mencionaremos otros casos menos sórdidos, en concreto personalidades que decidieron utilizar el cine como medio de publicitarse a sí mismos.

El primer caso es el de William J. Burns, quien a principios del siglo XX era uno de los detectives más reputados del país y se le conocía como el Sherlock Holmes americano, por lo que a un avispado productor se le ocurrió que sería un gran reclamo comercial filmar alguno de sus casos contando con éste como protagonista: The Exposure of the Land Swindlers (1913), The $ 5.000.000 Counterfeiting Plot (1914) – donde incluso aparecía al final junto a Arthur Conan Doyle, quien le felicitaba por sus éxitos enfatizando así su apodo – o The Deep Purple (1920).

conan doyle william burns

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Celebridades y cine (I)

Uno de los principales atractivos que tenía el cine en sus orígenes era que permitía ver a celebridades a las que el público antes solo podía contemplar en fotografías, instantáneas congeladas. El cine hacía que esas personas adquiriesen vida, lo cual suponía una novedad muy interesante para el espectador de la época. Lo curioso es que esto es algo que no solo se restringió al ámbito del documental o el noticiario, sino también a la ficción, ya que muchos personajes famosos no se resistieron a utilizar el cine para protagonizar películas basadas en su vida real. Hoy nos centraremos en los casos de varias personas implicadas en casos criminales que vieron su vida trasladada al cine, a menudo interpretándose ellos mismos.

evelyn nesbit

 

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Una escena de La Calle (1923) de Karl Grune

La Calle (1923) es una de las grandes películas del cine alemán de la era muda además de una de las más representativas del ciclo de películas callejeras que tan populares se hicieron en esos años.

Mi escena favorita del film tiene lugar justo al inicio, cuando el protagonista está tumbado aburrido en el sofá mientras espera que su esposa le sirva la cena. Cuando ésta abandona el comedor, de repente se abre una ventana que da a la calle y entra en la habitación el reflejo de las sombras de toda la actividad callejera. Aunque se trata de una película muda no nos es difícil asociar esa entrada de sombras con la entrada del sonido, del bullicio que rompe con la tranquilidad del hogar burgués. Es un momento muy breve pero que siempre me ha fascinado por su sugerente poder evocativo, la forma como el protagonista mira embelesado las sombras que sugieren personas, movimiento y actividad, en contraste con la quietud y el aburrimiento de su hogar. Es este hecho el que le anima a salir, esas sombras que le hacen evocar la diversión y agitación que no tiene en casa.

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El tormentoso rodaje de Esposas Frívolas (1922)

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En una escena de Esposas Frívolas (1922), el personaje de Helen está leyendo un libro en la terraza del hotel mientras el conde Katamzin hace las primeras tentativas por cortejarla. Más adelante vemos claramente en un primer plano que el libro se llama Esposas Frívolas y que está escrito por Erich von Stroheim. Resulta obvio que von Stroheim se gustaba mucho a sí mismo, y si no bastaba con escribir, dirigir y protagonizar su obra maestra, además insertaba un guiño a sí mismo en una época en que este tipo de metarreferencias cinematográficas eran raras. Tiene que quedarnos claro que él, von Stroheim, es el gran genio de Esposas Frívolas, y a decir verdad cabe reconocer que no lo hizo nada mal.

El aspecto negativo de este hecho es que precisamente como se tenía en mucha estima y se consideraba un genio, el hecho de dilapidar los presupuestos y planes de producción eran para él meros daños colaterales. Erich von Stroheim era un cineasta kamikaze que no temía a nada ni a nadie. Con tal de que su obra fuera tan perfecta como él se proponía estaba dispuesto a supervisar cada nimio y ridículo detalle, y a enfrentarse con quien fuera hasta las últimas consecuencias. Eso sumado a una serie de circunstancias muy desafortunadas hicieron del rodaje de Esposas Frívolas uno de los más dificultosos y traumáticos de la época.

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¿Realidad o ficción?

Hay una escena de Variété (1925) que siempre me ha gustado especialmente y que hace poco me vino a la cabeza. Ésta tiene lugar poco después de que el protagonista, el trapezista Boss Huller, haya descubierto que su amante Bertha le ha engañado con Artinelli, su compañero de número. Furioso, quiere vengarse y para ello tiene una idea maquiavélica: durante el número de acrobacias que hace con su amante y Martinelli hay una parte especialmente peligrosa en que Martinelli salta desde su trapezio para caer en brazos de Boss. ¿Qué pasaría si le fallara la puntería y no llegara a agarrarle? Martinelli caería al vacío y moriría al instante. Nadie podría demostrar que no ha sido un accidente.

Llega la noche y el trío comienza su famoso número. Pero cuando se acerca la parte más peligrosa, Boss se queda paralizado, dubitativo, mientras observa a los espectadores. Finalmente, se recobra y se inicia el número, pero no lleva a cabo su plan. ¿Por qué? Por el público. Ese público que le observa expectante y a quien no quiere decepcionar. Porque matar a Martinelli de esta forma implicaría hacer creer erróneamente que como artista ha cometido un error, que no ha estado a la altura de las expectativas de la gente. No, los aplausos del público son demasiado cautivadores y por ello Boss no puede evitar desempeñar el número a la perfección, como siempre. Cuando descienden, la audiencia les recibe con una ovación. El protagonista sonríe encantado, disfrutando de toda la admiración que recibe. Pero entonces, se baja el telón y vuelve repentinamente a la realidad. Se acabaron los aplausos y sus minutos de fama. Vuelve a ser el esposo engañado de antes que tiene que solucionar ese molesto triángulo amoroso.

Lo que me gusta de esta escena es la forma como combina el espectáculo que protagonizan los integrantes del triángulo amoroso con el conflicto que subyace por debajo. Martinelli confía su vida cada noche a Boss Huller y no puede ni imaginar el peligro al que se expone al acostarse con la amante de éste. Por otro lado, Huller en un primer impulso prefiere anteponer su orgullo como hombre matando a su rival, pero luego en mitad del número es incapaz de hacerlo, no puede decepcionar a los espectadores. Por ello el momento en que cesan los aplausos es cuando se deshace el hechizo y vuelve a ser consciente de la triste realidad.

variete

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