Una escena de La Calle (1923) de Karl Grune

La Calle (1923) es una de las grandes películas del cine alemán de la era muda además de una de las más representativas del ciclo de películas callejeras que tan populares se hicieron en esos años.

Mi escena favorita del film tiene lugar justo al inicio, cuando el protagonista está tumbado aburrido en el sofá mientras espera que su esposa le sirva la cena. Cuando ésta abandona el comedor, de repente se abre una ventana que da a la calle y entra en la habitación el reflejo de las sombras de toda la actividad callejera. Aunque se trata de una película muda no nos es difícil asociar esa entrada de sombras con la entrada del sonido, del bullicio que rompe con la tranquilidad del hogar burgués. Es un momento muy breve pero que siempre me ha fascinado por su sugerente poder evocativo, la forma como el protagonista mira embelesado las sombras que sugieren personas, movimiento y actividad, en contraste con la quietud y el aburrimiento de su hogar. Es este hecho el que le anima a salir, esas sombras que le hacen evocar la diversión y agitación que no tiene en casa.

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El tormentoso rodaje de Esposas Frívolas (1922)

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En una escena de Esposas Frívolas (1922), el personaje de Helen está leyendo un libro en la terraza del hotel mientras el conde Katamzin hace las primeras tentativas por cortejarla. Más adelante vemos claramente en un primer plano que el libro se llama Esposas Frívolas y que está escrito por Erich von Stroheim. Resulta obvio que von Stroheim se gustaba mucho a sí mismo, y si no bastaba con escribir, dirigir y protagonizar su obra maestra, además insertaba un guiño a sí mismo en una época en que este tipo de metarreferencias cinematográficas eran raras. Tiene que quedarnos claro que él, von Stroheim, es el gran genio de Esposas Frívolas, y a decir verdad cabe reconocer que no lo hizo nada mal.

El aspecto negativo de este hecho es que precisamente como se tenía en mucha estima y se consideraba un genio, el hecho de dilapidar los presupuestos y planes de producción eran para él meros daños colaterales. Erich von Stroheim era un cineasta kamikaze que no temía a nada ni a nadie. Con tal de que su obra fuera tan perfecta como él se proponía estaba dispuesto a supervisar cada nimio y ridículo detalle, y a enfrentarse con quien fuera hasta las últimas consecuencias. Eso sumado a una serie de circunstancias muy desafortunadas hicieron del rodaje de Esposas Frívolas uno de los más dificultosos y traumáticos de la época.

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¿Realidad o ficción?

Hay una escena de Variété (1925) que siempre me ha gustado especialmente y que hace poco me vino a la cabeza. Ésta tiene lugar poco después de que el protagonista, el trapezista Boss Huller, haya descubierto que su amante Bertha le ha engañado con Artinelli, su compañero de número. Furioso, quiere vengarse y para ello tiene una idea maquiavélica: durante el número de acrobacias que hace con su amante y Martinelli hay una parte especialmente peligrosa en que Martinelli salta desde su trapezio para caer en brazos de Boss. ¿Qué pasaría si le fallara la puntería y no llegara a agarrarle? Martinelli caería al vacío y moriría al instante. Nadie podría demostrar que no ha sido un accidente.

Llega la noche y el trío comienza su famoso número. Pero cuando se acerca la parte más peligrosa, Boss se queda paralizado, dubitativo, mientras observa a los espectadores. Finalmente, se recobra y se inicia el número, pero no lleva a cabo su plan. ¿Por qué? Por el público. Ese público que le observa expectante y a quien no quiere decepcionar. Porque matar a Martinelli de esta forma implicaría hacer creer erróneamente que como artista ha cometido un error, que no ha estado a la altura de las expectativas de la gente. No, los aplausos del público son demasiado cautivadores y por ello Boss no puede evitar desempeñar el número a la perfección, como siempre. Cuando descienden, la audiencia les recibe con una ovación. El protagonista sonríe encantado, disfrutando de toda la admiración que recibe. Pero entonces, se baja el telón y vuelve repentinamente a la realidad. Se acabaron los aplausos y sus minutos de fama. Vuelve a ser el esposo engañado de antes que tiene que solucionar ese molesto triángulo amoroso.

Lo que me gusta de esta escena es la forma como combina el espectáculo que protagonizan los integrantes del triángulo amoroso con el conflicto que subyace por debajo. Martinelli confía su vida cada noche a Boss Huller y no puede ni imaginar el peligro al que se expone al acostarse con la amante de éste. Por otro lado, Huller en un primer impulso prefiere anteponer su orgullo como hombre matando a su rival, pero luego en mitad del número es incapaz de hacerlo, no puede decepcionar a los espectadores. Por ello el momento en que cesan los aplausos es cuando se deshace el hechizo y vuelve a ser consciente de la triste realidad.

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La magia en El Moderno Sherlock Holmes (1924)

El cine de Buster Keaton siempre ha tenido un alto componente fantástico que fascinaba a los artistas surrealistas de la época como Buñuel o Lorca. De todos sus largometrajes, el que potencia más ese aspecto es esa obra maestra llamada El Moderno Sherlock Holmes (1924).

En este film, Buster interpreta a un proyeccionista que fantasea con atravesar la pantalla de cine y convertirse en un personaje de película que consigue todo aquello en lo que ha fracasado en la vida real. De todos los trucos que nos ofrece Keaton, hay dos que destacan con luz propia y que aunque hoy en día están superados gracias a las posibilidades de los efectos digitales, en aquella época parecían trucos de pura magia.

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Una cuestión de acentos

Una de las cualidades más interesantes del cine mudo era que, al no conocer las voces de los actores que aparecían en la pantalla, éstos tenían un aire casi fantasmal o irreal. En el momento en que hablaban se perdía ese rasgo único y pasaban a ser seres de carne y hueso. Un periodista de la época desarrolló la idea de esta manera:

El pueblerino que se imaginaba que, en caso de que la Señorita X le susurrara «Te quiero», sonaría como una mandolina, ahora escucha a su diosa hablar como una dependienta de tienda masticando chicle. El devoto del seductor carácter inocente de la Señorita Y ahora la mira bajo la triste luz de los «talkies» como una mujer de mediana edad con la voz de una mujer de mediana edad. El granjero que antaño soñaba con la Señorita Z como una exótica y misteriosa dosis de polvo de cantárida ahora la verá simplemente como una inmigrante obesa con músculos sobredesarrollados asistiendo en la negociación de un inglés «pidgin»«.

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Nosferatu (1922) y sus problemáticos derechos de autor

El lenguaje de las sombras - Murnau, primeros años y Nosferatu (parte 2) 052

Nosferatu (1922) es una de las películas más emblemáticas de la historia del cine, pero lo que no se suele recordar es que todo lo que rodeó su producción fue bastante particular y puso en peligro la supervivencia de una de las mayores obras maestras del cine mudo.

De entrada el film no era una producción de la UFA (el estudio responsable de la mayor parte de grandes películas de la época) sino de Prana Film, una productora que se creó con la idea inicial de realizar películas sobre temas sobrenaturales pero que a la práctica sólo produjo Nosferatu. El impulsor del proyecto fue  Albin Grau, un personaje de lo más peculiar. Obsesionado por este tipo de temática y perteneciente a fraternidades esotéricas que rozaban la masonería, tuvo la idea de hacer una película sobre vampirismo cuando durante la I Guerra Mundial conoció a un granjero serbio que le contó que su padre era un vampiro. Cualquier persona se habría tomado eso como una anécdota extravagante, pero para Grau se convirtió en la motivación para hacer una película sobre el tema.

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Tod Browning

Tod Browning es uno de esos directores a los que creo que es inevitable coger cierto aprecio, incluso aunque uno analice su filmografía desde la distancia de alguien que no es realmente un ferviente admirador suyo. Y es que Browning posee muchos de los rasgos que convierten a un artista en figura de culto, como una carrera olvidada durante años y un tipo de cine que desafiaba las convenciones del momento.  Se hace difícil encontrar otro cineasta americano de la época que se dedicara a profundizar como él en el género fantástico y de terror dando forma a fantasías tan tenebrosas que mostraran el lado oscuro del hombre. Browning, en medio de una industria que potenciaba el glamour y los héroes atractivos, era el encargado de situar en el centro de atención a los desheredados de la gran pantalla: los criminales, los anormales, los monstruos, los freaks. No es de extrañar por tanto que su carrera cayera en desgracia a mediados de los años 30, en un contexto que hacía cada vez más difícil su tipo de cine.

Hoy en día Browning ha sido felizmente rescatado de las catacumbas pero se le conoce básicamente por dos títulos: Drácula (1931) y Freaks (1932), que son los que han hecho que su nombre quede de por siempre asociado al género fantástico y de terror. No obstante, aún cuando éste fuera su género predilecto, la carrera de Browning en el cine es larga y consta de títulos de géneros muy diversos. Buena parte de sus films mudos han desaparecido, pero hay bastantes que todavía pueden visionarse y que permiten profundizar en su filmografía más allá de sus títulos más conocidos.

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La escalada de El Hombre Mosca (1923)

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Si hay una secuencia por la que Harold Lloyd pasará a la historia del cine es la de la escalada del edificio de El Hombre Mosca (1923).
En realidad este momento tenía ya precedentes en dos cortometrajes de Lloyd que comentaremos seguidamente: Look Out Below (1919) y La Caza del Zorro (1921) – el argumento y el título original de este último, Never Weaken, no tienen nada que ver con el que se le dio en español; sospecho que el título hispano viene de alguna confusión con el cortometraje Among Those Present del mismo año en que Lloyd participaba en una caza de zorros.

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Behind The Mask of Innocence de Kevin Brownlow

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Kevin Brownlow es uno de los estudiosos del séptimo arte que más tiempo ha dedicado a documentar y hacer justicia a la época muda del medio. Su currículum incluye varios libros y documentales imprescindibles para los amantes del cine mudo, entre los cuales se encuentra Behind the Mask of Innocence, que cerraba su trilogía iniciada con The Parade’s Gone By y The War, The West and the Wilderness.

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Buster Keaton y Chaplin compartiendo pantalla en Candilejas (1952)

En su momento, Candilejas (1952) fue pensada por Chaplin como la última película de su carrera, el film con el que se despediría definitivamente de las pantallas. Aunque hoy en día sabemos que no fue así, resulta obvia su intención desde el mismo argumento, en que encarna a un viejo cómico de variedades caído en desgracia que tiene un último retorno a los escenarios de mano de una bailarina a la que ha salvado la vida.

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Uno de los grandes atractivos de esta obra es que ofrece por primera y única vez la participación conjunta en la pantalla de Chaplin y Buster Keaton, dos de los más grandes cómicos de la historia del cine. Por aquel entonces Keaton había padecido el hundimiento de su carrera y estaba en plena fase de redescubrimiento, mientras que Chaplin había seguido manteniendo su autonomía y su fortuna. El ofrecer un pequeño papel en la película a Keaton, su antiguo colega-rival del mundo del slapstick,  enfatizaba aún más la idea de la película como gran final.

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