Affonso y Paschoal Segreto y los orígenes del cine en Brasil

A efectos prácticos la única película silente brasileña que ha tenido cierto reconocimiento en la historia del cine es esa auténtica rareza llamada Limite (1931) de Mario Peixoto. Pero en realidad hay otras cintas de la era muda brasileña que han sobrevivido hasta nuestros días de autores como Humberto Mauro y Octavio Gabus Mendes a las que deberíamos dedicarle aquí algún que otro post en el futuro. Hasta entonces, ¿qué les parece si nos remontamos a los orígenes del cinematógrafo en Brasil?

La primera proyección del cinematógrafo de los Lumière tuvo lugar en Rio de Janeiro el 8 de julio de 1896. Una curiosidad: aquí el aparato se bautizó con el nombre de «Omnigrapho», lo cual ha llevado a algunos historiadores a cuestionarse si realmente era el célebre cinematógrafo de los Lumière. En todo caso, estaba claro que este invento tenía mucho potencial y no había que perder el tiempo: en 1897 Paschoal Segreto y José Roberto Cunha Salles inaugurarán la primera sala de cine de Brasil, «Salão Novidades de Paris», y en 1898 editarían la revista Animatographo, la primera dedicada al mundo del cine en el país.Leer más »

Campesinas de Ryazan (Baby Ryazanskie, 1927) de Olga Preobrazhenskaya e Ivan Pravov

Resulta curioso que entre toda esa generación de grandes cineastas soviéticos que surgió en los años 20 no hubiera ninguna mujer destacada entre ellos a excepción de la ex-actriz de complicado apellido Olga Preobrazhenskaya. Después de una exitosa carrera en teatro y luego cine, Preobrazhenskaya debutó en 1916 como directora, siendo según se cree la primera mujer en dirigir películas de la historia de Rusia, pero el ser una mujer le dificultó que pudiera seguir con su carrera tras las cámaras más allá de algunos trabajos esporádicos. Esto cambió en el contexto más favorable de finales de los años 20, cuando realizó una serie de títulos bastante reseñables codirigidos junto a Ivan Pravov, de los cuales ya comentamos por aquí la primera adaptación de El Don Apacible (Tikhhiy Don, 1931).

De todas sus películas, la que se considera su gran obra es Campesinas de Ryazan (Baby ryazanskie, 1927), un filme con un potente mensaje de denuncia al patriarcado y que, al mismo tiempo, nos ofrece unas imágenes poderosísimas. La acción tiene lugar en un pueblo de la zona de Riazán justo antes del inicio de la I Guerra Mundial. Ahí la huérfana Anna, de carácter sumiso y bondadoso, es emparejada en un matrimonio de conveniencia con Ivan, el hijo de un importante granjero de carácter rudo, Vasilii. Por suerte para ambos, aunque se ven obligados a casarse congenian enseguida y son felices con la unión. No sucede lo misma con la hija de Vasilii, Vasilisa, que está enamorada de Nicolai, un joven humilde del pueblo al que su padre se opone frontalmente. De carácter más fuerte, Vasilisa se rebela contra su padre y se va a vivir con Nicolai sin casarse formalmente, provocando la indignación y el desprecio de la gente del pueblo. Se inicia la I Guerra Mundial y tanto Ivan como Nicolai son movilizados al frente. En ausencia del hijo, Vasilii, viudo pero con su criada como amante, se encapricha de su nuera y la viola dejándola embarazada. Cuando Ivan retorne de la guerra el conflicto acabará estallando.

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Cenicienta (Cendrillon ou la Pantoufle Merveilleuse, 1907) de Albert Capellani

Hoy toca recuperar una de esas bonitas películas de principios del siglo XX que adaptaban cuentos populares, y lo hacemos de la mano de uno de los más grandes realizadores franceses de la época: Albert Capellani.

En aquellos años en que la narrativa aún era un poco torpe resultaba especialmente adecuado recurrir a historias populares, porque de esta forma lo que se hacía era ilustrar en imágenes algo ya conocido. Y qué mejor muestra de ello que esta primigenia versión de Cenicienta, que contiene todos los ingredientes del cuento original con el aliciente de verlos en imágenes gracias a los efectos especiales de la época: el hada madrina hace aparecer un bonito vestido gracias a una serie de jovencitas (presuntamente ayudantes suyas) que sostienen varios hilos que, mágicamente, se transforman en esa prenda de ropa; ese extraño ¿diablillo? se convierte en un elegante paje mientras da una voltereta, y el efecto está tan bien hecho que incluso hoy día no notamos el corte; los ratones se convierten en personas y la calabaza en una carroza. Seguramente si alguien no conociera la historia no entendería del todo algunas de las acciones como la pérdida del zapato, pero ya se contaba con que el público estaría al tanto.

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La Violinista de Florencia (Der Geiger von Florenz, 1926) de Paul Czinner

La Violinista de Florencia (Der Geiger von Florenz, 1926) es de esos filmes que me atrapan desde la escena inicial. La cinta comienza no con la clásica presentación de personajes sino con una escena bastante insólita. Unas manos cogen la foto de una mujer que hay dentro de un marco y ponen otra de una jovencita en su lugar. En el siguiente plano vemos que las manos corresponden a la joven de la foto y que, después de haber hecho el cambio ha roto la fotografía que había antes. Más tarde dscubrimos a la mujer de la fotografía inicial en otro cuarto poniendo flores frescas en un jarrón. Un hombre camina por el cuarto anterior y ve en el suelo los trozos de la fotografía rota. La joven destroza-fotos ahora la toma con el florero e intenta reemplazarlo por otro que trae ella. La joven y la mujer se encuentran y la primera le increpa que sus flores son más bonitas. Llega el hombre y se lleva a la jovencita a un cuarto aparte. La frase que ésta le dice: «No puedo remediarlo, no la quiero«. La réplica de él: «Pero yo sí la amo«.

No llevamos ni cinco minutos de película y se nos ha expuesto de forma sumamente elegante y precisa un conflicto: la hijastra, Renée, que no quiere a su madrastra, y el padre intentando reconciliarlas. Todo ello con naturalidad, de forma que no tengamos la sensación de estar viendo la presentación de los personajes, sino de haber penetrado en mitad de un conflicto ya existente. Cada detalle encaja a la perfección: desde las interpretaciones de los actores (especialmente el inconmesurable Conrad Veidt en un papel comedido y elegante, pero no exento de sensibilidad) a la puesta en escena, que se basa en la forma de introducir pequeños elementos que reflejan un drama mayor.

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El uso del sonido en M, el Vampiro de Düsseldorf (1931) y El Testamento del Doctor Mabuse (1933)

Pocos directores de la era muda supieron adaptarse a la novedad del cine sonoro con tanta rapidez y eficacia como Fritz Lang. El que era el director por excelencia de Alemania junto a F.W. Murnau (quien nunca llegó a hacer la transición al sonoro por completo a causa de su temprana muerte) se estrenó con esta importante innovación técnica con la que muchos consideramos su mejor obra, M, el Vampiro de Düsseldorf (M – Eine Stadt Sucht einen Mörder, 1931) y lo remataría con la magistral secuela de El Doctor Mabuse (1922), El Testamento del Doctor Mabuse (Das Testament des Dr. Mabuse, 1933).

Ambos filmes no solo eran auténticas obras maestras sino que revelaban un uso muy inteligente e imaginativo del sonido que era propio de alguien que no se dedicó simplemente a incorporar esa novedad en sus películas, sino que buscaba cómo sacarle partido. En M, sin ir más lejos, era una melodía silbada lo que permitía localizar al asesino de niñas, lo cual además daba más fuerza a una de las ideas que transmitía la película y que se dejaba a entrever claramente en su subtítulo original, que era «El Asesino Está entre Nosotros»: el hecho de que ese criminal estaba escondido entre la población, era una persona más que circulaba por la calle. De ahí esas escenas en que la gente de la calle, paranoica, detenía a personas inocentes a quienes consideraban sospechosas de ser el asesino simplemente por estar hablando con una niña. Por eso la incapacidad de la policía por detenerlo y sus palos de ciego poniendo el énfasis en el mundo del hampa, como si el culpable tuviera que ser necesariamente alguien ya fichado, como un vulgar ladronzuelo.

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Robin de los Bosques (Robin Hood, 1922) de Allan Dwan

Realmente ser Douglas Fairbanks debía ser algo maravilloso. Esa es la sensación que tengo cada vez que revisiono una película suya. Y no lo digo únicamente porque fuera una de las más grandes estrellas del Hollywood mudo, sino por el contagioso optimismo y vitalidad que el actor desprendía en la pantalla. Si además uno investiga un poco sobre el rodaje de sus películas, se llevará la gratificante sorpresa de saber que Fairbanks era como el tipo de personaje que solía interpretar: un hombre al que le ilusionaba su trabajo y que se implicaba a fondo en todos sus proyectos contagiando a sus colaboradores. Del mismo modo que en la pantalla vemos a Fairbanks enfrentándose a los malos haciendo mil cabriolas y luego burlándose de ellos, en la vida real el actor se metía en proyectos caros y arriesgados en que no reparaba en gastos para dar al público lo que él quería… y también salía victorioso. Definitivamente, debía ser algo genial ser Douglas Fairbanks.

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How a Mosquito Operates (1912) de Winsor McCay

Consultando las listas individuales de directores que participaron en la famosa encuesta de mejores películas de la historia celebrada por la Sight & Sound el 2022 me hizo gracia ver que el realizador británico Mike Leigh incluía en la suya este corto de animación de Winsor McCay. ¿Es realmente How a Mosquito Operates (1912) una de las 10 mejores películas de la historia del cine? Probablemente no, pero ¿qué más da? Sigue siendo una elección muy divertida y por otro lado es innegablemente una de las obras más importantes de la historia de la animación.

Su autor es Winsor McCay, un ilustrador y dibujante de cómics que a principios de los años 10 empezó a tantear la posibilidad de utilizar sus dotes en ese nuevo medio que era el cine. Por entonces el cine de animación estaba como quien dice en pañales, se habían producido algunos ejemplos primigenios como los de Émile Cohl, pero como veremos los logros de McCay estaban muy por encima de sus coetáneos. Por aquel entonces nuestro protagonista de hoy combinaba su trabajo como ilustrador con números de vodevil en que dibujaba en vivo con tiza delante del público, de modo que decidió añadir algunos cortos animados a su show.

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Especial centenario de La Rueda (La Roue, 1923) de Abel Gance

«La Rueda es el filme más bello del mundo» – Jean Epstein

Este post forma parte de un especial en dos partes que se inició la semana pasada con un artículo sobre la génesis del proyecto, su dificultoso rodaje y su importancia en la historia del cine.


Resulta curioso situar La Rueda (1923) dentro de la carrera de un cineasta tan megalómano como Abel Gance, ya que por argumento y temática podría parecer poca cosa al encontrarse justo entre obras tan ambiciosas como el alegato antibélico Yo Acuso (J’Accuse, 1919) y su Napoleón (1927). En contraste, el conflicto dramático centrado en apenas cuatro personajes que nos ofrece este filme puede parecer mucho menor… pero no subestimemos a Monsieur Gance. Porque a partir de este punto de partida dio forma a otra obra monumental y casi inabarcable de siete horas que en mi opinión es además uno de los filmes más importantes e innovadores de toda la era muda. También, y aunque esto no sea quizá tan relevante para el lector, es una de mis películas favoritas.

El protagonista del filme es un ingeniero ferroviario llamado Sísifo, que presencia un accidente en el que rescata a una pequeña niña llamado Norma, que ha quedado huérfana. Sintiendo compasión por la criatura, decide adoptarla para que haga compañía a su hijo Elie, al cual está criando él solo ya que su mujer murió en el parto. Los años pasan y los niños se hacen adultos, pero la armonía ha desaparecido en el hogar de Sísifo, quien se ha vuelto amargado y alcoholizado. Una noche le confiesa el motivo a Hersan, un hombre acaudalado que se hace pasar por amigo suyo cuando en realidad se está adjudicando a sí mismo las patentes de algunas invenciones mecánicas de Sísifo. La razón de que Sísifo se comporte así es que, para su desgracia, se ha enamorado de Norma, quien además no sabe que es adoptada y le trata cariñosamente tomándole por su padre auténtico. Hersan, que también está enamorado de la joven, decidirá aprovechar esa confidencia para casarse con ella.

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Especial centenario de La Rueda (La Roue, 1923) de Abel Gance: el rodaje de una obra cumbre de la era muda

«Existe el cine antes y después de La Rueda, de igual forma que existe la pintura antes y después de Picasso» – Jean Cocteau

Amigos lectores, para cerrar la celebración del décimo aniversario de su blog sobre cine mudo favorito (eso es, espero, éste en el que se encuentran ahora mismo) hemos decidido dedicar un doble post a la que es una de las películas favoritas del Doctor Caligari que, además, también conmemora una efeméride este 2023, más concretamente los 100 años desde su estreno. Se trata de La Rueda (La Roue, 1923) de Abel Gance, una de las obras más importantes de la historia del cine que precisa una reivindicación urgente, así que hoy repasaremos las circunstancias de su complicado rodaje y lo que significó dentro de la carrera de Monsieur Gance.

Abel Gance: convirtiendo el cine en el séptimo arte

Empecemos hablando de Abel Gance, un nombre clave en el desarrollo del lenguaje cinematográfico al que no se le cita tanto como merece en las historias del cine. Gance fue uno de los cineastas más destacados de su época, un artista ambicioso y megalómano que creía que el cine debía explorar sus posibilidades expresivas para convertirse en otra forma de arte. Después de una fallida carrera como actor teatral, Gance probó suerte escribiendo todo tipo de material para el teatro hasta que el cine se cruzó en su vida y debutó en 1915 con una comedia de estilo vanguardista, La Folie du Docteur Tube (1915). De ahí a finales de década Gance se convertiría en uno de los directores más destacados de la época con dramas psicológicos como Mater Dolorosa (1917) o La Dixième Symphonie (1918), filmes de tono trágico repletos de experimentos visuales.

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Especial décimo aniversario: las 100 películas mudas favoritas del Dr. Caligari

Continuando con la celebración del décimo aniversario que ya iniciamos la semana pasada, el Doctor Caligari ha decidido ofrecer a sus lectores otro post de índole más personal. Si hace tiempo para conmemorar su quinto aniversario este Doctor listó sus 50 películas mudas favoritas, tenía sentido pues para que para el décimo aniversario compartiera sus 100 películas mudas favoritas.

Dicho listado no es una mera ampliación del que creó hace 50 años, sino una actualización. Eso quiere decir que los 50 primeros filmes de la lista no son necesariamente los mismos ni en exactamente el mismo orden, ya que esta lista se ha elaborado de cero sin tomar la otra como referencia (lo cual no quita que no haya habido grandes cambios significativos entre ambas). A partir de esto, solo dos puntualizaciones:

  • Ésta es una lista de películas favoritas a nivel personal. No pretende ser un listado que represente las obras más importantes o representativas de la era muda, ni que abarque los principales cineastas, movimientos o tendencias de la época.
  • En este caso, a diferencia del anterior listado, no he puesto límite al número de películas que podía haber de un mismo director. Solo una condición: he incluido únicamente largometrajes (es decir, a partir de unos 40 minutos), ya que si incluía cortos se me complicaba demasiado la cosa. Eso ha implicado dejar fuera el cine de los primeros años, espero que sepan disculparme por ello.

Y sin más dilación aquí va la lista, espero que la disfruten y la encuentren entretenida.

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