It’s a Gift (1923) de Hugh Fay

Snub Pollard es uno de los muchísimos cómicos de slapstick que aparecían en las pantallas en la era muda y que, aunque nunca se convirtió una estrella, llegó a resultar muy familiar para el público de la época.

Fácilmente distinguible por su vistoso mostacho, Pollard se hizo popular sobre todo apareciendo como secundario en los primeros cortos de Harold Lloyd hasta que el estudio de Hal Roach decidió tenerle como protagonista de una serie de cortos, de los cuales el más famoso es indudablemente It’s a Gift (1923).

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King Vidor, Marion Davies y las tartas de crema

A finales de los años 20, King Vidor había estrenado dos de las grandes obras del cine mudo americano: El Gran Desfile (1925) e Y el Mundo Marcha (1928). Ambos eran dramas que trataban respectivamente sobre la I Guerra Mundial y sobre el fracaso del sueño americano. Como contraste, para su siguiente proyecto Vidor afrontó una comedia ligera que satirizaba sobre Hollywood llamada Espejismos (1928).

Como protagonista contó con la actriz Marion Davies, la amante del magnate de la prensa William Randolph Hearst. Aunque Davies y Vidor tenían muy buena relación, el cineasta tuvo que vérselas con el todopoderoso Hearst para añadir un detalle que a éste le parecía contraproducente para lo que debía ser un proyecto a medida de su amante. Dejemos que Vidor nos lo explique a través de su imprescindible autobiografía Un Árbol Es un Árbol:

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Vendémiaire (1918) de Louis Feuillade

¡Cuánto hay por descubrir todavía incluso en las filmografías de nombres más o menos conocidos! Tomen por ejemplo a Louis Feuillade, nombre indispensable de las primeras décadas del cine francés asociado para siempre con sus magníficos seriales como Les Vampires (1915) pero del que apenas se dice nada sobre sus posteriores largometrajes. Y aquí tenemos en pleno 1918 un drama antibélico magnífico, excelentemente realizado y digno de interés llamado Vendémiaire (1918).

Filmado en los últimos estertores de la I Guerra Mundial, la película de Feuillade opta por centrar la atención no en el campo de batalla sino en la situación de los que se han quedado en la vida civil. Los protagonistas son una serie de personajes se dirigen a la zona de Languedoc para trabajar en la vendimia: el padre Larcher con sus dos hijas Marthe y Marie (el anciano además tiene otra hija de la que no sabe noticias desde hace años y otro hijo en el frente), el excombatiente Pierre Bertin que se encuentra de baja, una gitana llamada Sara que debe cuidar sola de su hija al haber perdido a su marido en combate y dos espías alemanes, Wilfried y Fritz, que han matado a dos belgas para tomar su identidad. Además, en los viñedos conocen al dueño de la plantación, otro excombatiente que ha quedado ciego a causa de la guerra.

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La Madre (Mat, 1926) de Vsevolod Pudovkin

Pocos debuts en el campo del largometraje hay más brillantes y vistosos que el de Vsevolod Pudovkin con La Madre (1926), una de las grandes obras maestras de la era muda. Pudovkin llevaba ya unos años trabajando en el mundo del cine como actor, guionista y asistente de dirección colaborando entre otros con el genial teórico y cineasta Lev Kuleshov. A sus órdenes aprendió su concepción del montaje que harían célebres las grandes obras soviéticas de esos años, especialmente las trilogías de Sergei Eisenstein y el propio Pudovkin, que son las que han alcanzado mayor popularidad.

Comparando el cine de Pudovkin y Eisenstein resulta interesante constatar cómo pese a compartir un cuerpo teórico y una temática muy similares, cada uno entendió el cine de una forma diferente, algo palpable si comparamos los debuts de ambos realizadores al largometraje: La Huelga (1925) en el caso de Eisenstein y La Madre (1926) en el de Pudovkin. El primero concibe sus películas como obras en que no hay protagonistas individuales, sino colectivos (el pueblo, el proletariado). En cambio fijémonos en el tema escogido por Pudovkin: una adaptación de la novela de idéntico título escrita por Maxim Gorky sobre la fallida primera revolución de 1905.

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Le Cochon Danseur (1907)

Siempre me ha encantado que un corto primitivo como Le Cochon Danseur (1907) haya experimentado un inesperado auge de popularidad en nuestra época gracias a internet. Efectivamente la imagen de este ¿simpático? cerdo gigante se prestaba para ser utilizada en gifs animados, y mucha gente a quien seguramente no le interesan especialmente los orígenes del cine ha acabado descubriendo el corto a raíz de ellos – otro tema a comentar serían las rarezas cinematográficas que hemos hallado de esta forma, como es mi caso con una película soviética absolutamente desconocida para mí llamada Counterplan (1932), a la que llegué por un gif bastante difundido de un anciano regalando gatitos con una expresión de júbilo maravillosamente bizarra.

No crean que este anciano Doctor está divagando, las películas de principios del siglo XX suelen estar asociadas a lo que el teórico Tom Gunning bautizó como «cine de atracciones«, es decir, films que no se basaban en la narrativa sino en el acto puro de mirar en sí. Por tanto eran películas que buscaban el voyeurístico placer de mirar o lo que hoy día consideraríamos golpes de efecto. Es por ello que el gif animado, basado en capturar un instante en movimiento especialmente llamativo, es una herramienta bastante apropiada para encapsular pequeños momentos de cine de atracciones, como es el caso de nuestro protagonista de hoy.

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¿De qué hablaban los actores en las películas mudas?

Al ver una película muda, ¿nunca se han preguntado qué estarían diciendo los actores cuando hablaban entre ellos? Obviamente, si uno está metido dentro del film, presupone que dicen lo que señalan los rótulos de diálogo o algo relacionado con la trama, pero en la vida real podían estar diciendo cualquier cosa.

Siempre he pensado que sería sumamente interesante poder escuchar todos los sonidos que tenían lugar mientras se filmaban esas películas mudas, ya que en la era silente los rodajes eran lugares bulliciosos y caóticos. Escucharíamos a directores dando indicaciones a gritos por un megáfono mientras los actores interpretaban sus escenas, seguramente a técnicos montando al lado otro decorado para la escena siguiente y, en el caso de las producciones más cuidadas, músicos interpretando en vivo alguna pieza para dar ambiente. No es de extrañar pues que cineastas como Josef von Sternberg hicieran peticiones como la que vemos en la imagen de arriba para poner un poco de orden en los platós. Pero en todo caso lo sí se puede saber es lo que decían los actores realmente, puesto que una parte del público podía leer sus labios mientras hablaban. Y aunque puede parecer algo anecdótico, en su momento fue algo que en ocasiones provocó polémicas.

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Torrentes Humanos (The River, 1929) de Frank Borzage

Cuando visionamos una de las muchas películas mudas que solo han sobrevivido parcialmente a nuestros días no hemos de perder nunca de vista un detalle crucial, y es que no va a poder hacer justicia al resultado final para bien o para mal. No sucede lo mismo que con los films que tienen un montaje más breve al deseado por el director, porque en estos casos normalmente las escenas que han sobrevivido hacen una síntesis coherente de todo el metraje y de sus momentos más importantes. Pero si quien ha decidido las partes de metraje que sobreviven y las que perecen es el caprichoso destino, uno se enfrenta al hecho de que las escenas que va a ver quizá son las más irrelevantes o poco representativas.

Torrentes Humanos (1929) de Frank Borzage sufre en parte ese problema. Del metraje original se perdió una gran parte del negativo y hoy podemos ver únicamente en una versión reconstruida recientemente, que incluye las escenas rescatadas junto a rótulos explicativos y fotogramas sueltos. El resultado final son poco más de 50 minutos, es decir, que falta al menos la mitad. Aun así, debemos alegrarnos de poder ver esa parte, puesto que durante décadas la película estuvo perdida del todo convirtiéndose en una especie de leyenda. Borzage tenía una especial sensibilidad para plasmar historias de amor, y en este caso la sensualidad que irradiaba el film provocó su censura en algunos estados. Además, para empeorar las cosas, como se estrenó en pleno auge del sonoro el estudio añadió varios pasajes sonoros sin permiso del director, destruyendo la magia visual que caracteriza el cine de Borzage.

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Kansas Saloon Smashers (1901) y Why Mr. Nation Wants a Divorce (1901) de Edwin S. Porter

Antes de mostrarles los dos cortos que hemos seleccionado hoy, permitan que les presente a la persona que sirvió de inspiración para ambos: Carrie Nation.

Esta señora era uno de los miembros más famosos de la ligas antialcohol que tuvieron lugar en Estados Unidos en el siglo XIX y principios del XX. Ya saben, esa gente que tenía la excéntrica idea de que el alcohol era la causa de todos los males de la sociedad y que acabó consiguiendo que se implantara la famosa ley seca en los años 20. La señora Nation era una mujer de fuertes convicciones («soy un bulldog corriendo junto a los pies de Jesús y ladrando a todo aquello que a Él no le gusta») quien, al ver que sus charlas antialcohol así como increpaciones a dueños de bares no servían de nada, decidió pasar a la acción destrozando bares. Aunque la policía a menudo la arrestaba, ella seguía persistiendo en su cruzada antialcohol y pagaba las fianzas con lo que recaudaba en sus charlas.

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La Grazia (1929) de Aldo de Benedetti

Uno no deja de encontrarse sorpresas de todo tipo aún hoy día rebuscando joyas silentes en los rincones más ocultos de oscuras filmotecas o de la red. Vean por ejemplo el caso de La Grazia (1929), una película italiana recientemente restaurada de la que este Doctor no tenía ni la más remota idea, y que resulta ser un film con suficientes cualidades como para rescatarlo del olvido.

Su director es Aldo de Benedetti, un prolífico guionista cuya carrera abarca desde los años 20 hasta los 70 y que en toda su vida sólo dirigió tres films, de los cuales éste es el último. El material de base era una novela de Grazia Deledda que más tarde se adaptaría en forma de ópera, un drama con un desenlace religioso ambientado en un pequeño pueblo de Cerdeña.

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La Passion (1898) de Georges Hatot y Louis Lumière

Hace tiempo que me preguntaba cuál sería la versión cinematográfica más antigua que debe existir de la Pasión de Cristo. Buscando entre mis archivos averigüé que de hecho empezaron a producirse tan pronto como pudieron realizarse películas un poco más elaboradas, formadas por múltiples planos. Se cree que la primera fue una filmada en 1897 por el francés Albert Kirchner y que ese mismo año se produjo otra en Alemania de… ¡media hora!

Por desgracia estas versiones así como las primeras que se realizaron en América se dan por pérdidas. De modo que la más antigua que he encontrado es La Passion (1898) de los hermanos Lumière. Leer más »