Especial Harold Lloyd (I): reivindicando al tercer genio del slapstick

Este post forma parte de un especial dedicado a Harold Lloyd que incluye los siguientes artículos:


«Harold Lloyd es probablemente el cómico más infravalorado de todos. A los intelectuales no les gusta el personaje de Harold Lloyd, ese chico de clase media tan típicamente americano. No ven poesía en ello y se pierden su brillantez técnica.» (Orson Welles en una entrevista a Peter Bogdanovich en 1969).

Este mes de enero el Doctor Caligari ha decidido realizar un especial Harold Lloyd en el que, a lo largo de las próximas semanas, irá posteando diferentes artículos y reseñas dedicados al tercer gran genio de la comedia slapstick. Por todos es sabido que Harold Lloyd forma junto a Charles Chaplin y Buster Keaton el trío de grandes cómicos del slapstick. Y no obstante, de esos tres Lloyd es con diferencia el que más ha quedado en el olvido a día de hoy: apenas se le dedican reseñas o estudios y la bibliografía que ha generado al respecto es ínfima comparado con los otros dos (incluso me atrevería a afirmar que Harry Langdon genera más artículos y análisis entre los estudiosos de la era muda que el bueno de Lloyd). Esto puede resultar sorprendente si además tenemos en cuenta que en su momento la popularidad de Lloyd era prácticamente pareja a la de Chaplin y muy superior a la de Keaton. ¿Por qué hoy día es tan poco recordado?

Yo lo atribuyo a varios factores. El primero es el hecho de que Lloyd, propietario de sus películas, fue reticente durante décadas a volver a ponerlas a disposición del público, ya que creía que no generarían suficiente interés. En cambio, Chaplin reestrenaba algunas de sus obras como La Quimera del Oro (1925), que volvió a lanzar en 1942 con su voz narrando la historia en off, y además se mantenía de vigente actualidad con sonados éxitos de taquilla como El Gran Dictador (1940) y Candilejas (1952) – en contraste, la etapa sonora de Lloyd fue decayendo progresivamente a lo largo de los años. Por lo que respecta a Keaton, sus filmes se pasaban regularmente en televisión, algo que horrorizaría tanto a Chaplin como a Lloyd, que eran totalmente contrarios a que sus películas se vieran en ese medio (hoy día, en estos tiempos en que la gente ve películas en su smartphone, puede parecernos extraño, pero muchos grandes cineastas se negaban en rotundo a que sus obras se vieran en una diminuta pantalla de televisión argumentando que ellos las realizaron para que se disfrutaran en la gran pantalla; también es cierto que los televisores de los años 50 no son los actuales). No obstante fue gracias a estos pases regulares que Keaton llegaría al gran público que le había tenido olvidado durante décadas.

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The Star of Bethlehem (1909)

Se acerca una vez más la Navidad, y como de costumbre su rincón silente favorito echará el cierre por unas semanas en las que el Doctor Caligari aprovechará para hacer sus compras navideñas y acudir a algunos eventos navideños que un servidor y su fiel Cesare nunca nos perdemos, como la cabalgata de Reyes, donde la prodigiosa altura de Cesare nos permite dejar a los niños de nuestro alrededor sin casi ninguno de los caramelos que arrojan los Reyes Magos.

Y ya que los he mencionado, les dejamos con este cortometraje primitivo que narra el nacimiento de Cristo, desde cuando la Virgen María recibe la Anunciación hasta la llegada de los Reyes Magos a bendecir al recién nacido. Desconozco quién es el autor del filme, y aunque me consta que el veterano Edwin S. Porter colaboró en su elaboración es bastante probable que fuera en realidad obra del también veterano J. Searle Dawley. Disfruten de su cuidado trabajo de superposiciones (sobre todo la escena en que los pastores reciben la señal del nacimiento de Cristo) y a los aficionados a los detalles técnicos les parecerán curiosas las dos panorámicas que hay al final, una de las cuales en realidad se corta pero intentando simular como si fuera un mismo plano. Por esas fechas los cineastas empezaban a preocuparse poco a poco de dar un buen acabado a sus filmes.

Que tengan unas buenas vacaciones, nos vemos el 2020.

100 años de la fundación de la United Artists

Una de las efemérides cinéfilas más interesantes de este año es el centenario de la fundación de la United Artists, una compañía que nació como un sueño de algunos de los principales artistas de Hollywood de la época y que luego tuvo una vida más bien agitada a lo largo del tiempo. Aquí nos centraremos principalmente en sus orígenes y en la relación entre los principales instigadores de esta idea: Charles Chaplin, Douglas Fairbanks, Mary Pickford y D.W. Griffith.

A finales de los años 10 ellos eran los creadores de algunas de las películas más exitosas del mundo, por descontado todas realizadas en el seno de algún estudio de Hollywood que, aunque les pagaba unos sueldos enormes, era quien controlaba sus filmes. La primera idea de lo que sería la futura United Artists empezó a cobrar forma muy probablemente en el tour que dieron por todo el país en 1918 Chaplin, Fairbanks y Pickford para recolectar bonos para la I Guerra Mundial. Por aquel entonces Fairbanks y Pickford ya estaban profundamente enamorados, mientras que Chaplin tenía muy buena relación con la pareja, especialmente con Doug. La idea de asociarse tres personas de innegable talento que tenían una buena relación entre sí debía ser tentadora, pero al poco tiempo surgió una circunstancia que les animó a dar el gran paso.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2019 (IV)

Imagen: Valerio Greco

Entramos ya en la recta final del festival y uno no puede evitar soltar el tópico de qué rápido han pasado estos días y lamentarse de que en breve habrá que volver a la rutina del trabajo (en mi caso, ya saben, pasear por pueblos haciendo mi numerito de sonámbulo con Cesare para que luego vaya apuñalando a gente por las noches), pero supongo que tiene que ser así ni que sea para recuperar una cierta normalidad de horarios. Así pues, antes de lamentarnos de que hayan acabado las Giornate, disfrutemos de estos tres días que vienen más que cargados.

10 de octubre – El día de Reginald Denny

Ayer nos comentó el director del festival, Jay Weissberg, que el 9 de octubre era el día oficial de Reginald Denny (desconozco por qué ese día concreto, algún truco publicitario de la Universal). Es una maravillosa casualidad que el día oficial de Reginald Denny coincidiera con el festival de Pordenone que le está dedicando un ciclo… aunque también es mala pata que justo el 9 de octubre no hubiera ninguna película suya en el programa, de modo que Weissberg dijo que en Pordenone celebraríamos su día oficial el 10 de octubre, coincidiendo con la proyección de su película What Happened to Jones (1926) con la presencia de su nieta entre el público.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2019 (III)


Imagen: Valerio Greco

Entrando en el ecuador del festival uno empieza a notar ya cierto agotamiento acumulado y los primeros síntomas de que el cuerpo está implorando a gritos salir de esa sala oscura. Es en este punto del festival cuando más lamento que casi ninguna de las proyecciones que tengo previsto saltarme sean a primera o última hora del día, que son los horarios que a uno le permitirían dormir unas horas más. Pero qué le haremos, este feliz estrés consistente en que uno tiene demasiadas cosas por ver en una semana es una de las características de festivales como Pordenone, donde además si uno se salta ciertas sesiones no tiene la seguridad de que pueda cazar esa película en otra ocasión.

8 de octubre – Travestismo a gogó

Les voy a hacer una pequeña confesión: aunque me gustan las películas de William S. Hart, no estaba seguro de ser tan fan del célebre cowboy como para disfrutar de un programa entero dedicado a él. Pero de momento la cosa está yendo bien en gran parte por dos motivos: porque aunque hay cierto tipo de argumentos o situaciones que suelen repetirse sus películas están siendo medianamente variadas, y porque el ciclo se centra sobre todo en su primera época, que son cortos y mediometrajes que se digieren mejor y permiten observar cómo va dando forma a su estilo. El mejor de esta tanda fue The Sheriff’s Streak of Yellow (1915), en que Hart es un sheriff admirado por todo el pueblo hasta que un día deja escapar expresamente a un criminal, ya que le debía un favor del pasado. Eso provoca que le obliguen a resignar de su puesto, pero al final vuelven a aceptarle cuando impide un robo al banco cometido por la banda de ese mismo forajido. Sin una mujer que le redima aquí tenemos al Hart más duro y viril en esta historia que trata sobre lo cambiante que es la actitud de la gente hacia nuestro héroe (un detalle sutil pero interesante: cuando todos acuden a ver qué ha sucedido en el banco una vez Hart ha matado a toda la banda, éste inicialmente se muestra algo desconfiado hacia los lugareños seguramente por temor a que piensen que él tuvo algo que ver con el robo, pero por suerte no es así).

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2019 (II)

Ah, no hay nada como los primeros días de Pordenone. Todo el mundo está todavía fresco y despejado. Las sesiones de las 9 de la mañana nunca están tan llenas como en estos días y uno aún mantiene el optimismo de ver todas las películas que se había propuesto. En el fondo la experiencia de un festival viene a ser encontrar un equilibrio entre verlo todo y darse las horas adecuadas de reposo. Y nunca parece tan factible y realista el plan semanal que se hace uno como en los primeros días.

5 de octubre – Once hombres y una mujer sin piedad + el anuncio más largo del mundo

Los protagonistas de la primera jornada de Pordenone han sido dos franceses… con permiso, claro está, del señor Charles Chaplin, cuya obra maestra El Chico (The Kid, 1921) ha sido escogida como plato fuerte de la sesión de inauguración del festival acompañada por la Orquesta de San Marco de Pordenone. Pero si me disculpan, dejaremos por una vez a Chaplin de lado (habrá numerosas ocasiones para hablar de El Chico) y pasemos a las otras sesiones del día.

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El macabro cameo de Raymond Griffith en Sin Novedad en el Frente (1930)

Aunque hoy día ha quedado relegado al olvido, Raymond Griffith fue un cómico que tuvo cierta popularidad en la era muda encarnando personajes en la onda de Max Linder y Charley Chase: hombres elegantes que deben enfrentarse a situaciones humorísticas manteniendo la compostura lo mejor que pueden. No obstante, cuando llegó el cine sonoro resultó obvio que Griffith no podría continuar su carrera como actor a causa de un pequeño gran problema: apenas tenía voz, de hecho solo podía hablar en un susurro. Según él, perdió la voz de pequeño cuando trabajó en un melodrama teatral en que su personaje tenía que gritar muy a menudo y, tras muchas representaciones en que el joven Griffith se empeñó en darlo todo sobre el escenario, acabó quedándose sin voz. El motivo real seguramente fuera una enfermedad como una bronquitis.

El caso es que antes de que abandonara su carrera como actor definitivamente tuvo la oportunidad de hacer una última aparición memorable en el célebre drama bélico Sin Novedad en el Frente (1930) de Lewis Milestone, donde encarna al soldado francés que el protagonista mata en mitad de un combate y con cuyo cadáver se ve obligado a vivir en una trinchera durante varios días. Es una de las escenas más angustiosas del filme que refleja a la perfección lo absurdo de la guerra: lo fácil que es aniquilar a un enemigo inconcreto y «abstracto» y lo angustioso que resulta cuando uno lo humaniza al tenerlo de cerca y se da cuenta de que, en el fondo, ha matado a un padre de familia. Pero dejando de lado esa consideración, que Milestone le diera ese papel sin diálogo a un actor de comedia es una perversa muestra de humor negro o, si se quiere, una forma muy curiosa de jugar con las expectativas del espectador, introduciendo un elemento asociado a otro género (la comedia) en un duro drama bélico.

El efecto obviamente se ha perdido a día de hoy al ser Raymond Griffith un actor completamente olvidado, pero para que se hagan una idea, ¿se imaginan si en mitad de la película apareciera el cadáver de Buster Keaton en una trinchera? Ciertamente éste sea uno de los cierres de carrera más originales e inusuales de un actor cómico.

En Cuerpo y Alma (Body and Soul, 1925) de Oscar Micheaux

En Cuerpo y Alma (1925) posee de entrada el aliciente de ser uno de los pocos filmes mudos que han sobrevivido a día de hoy del director afroamericano Oscar Micheaux, además de suponer el debut cinematográfico de Paul Robeson, uno de los actores negros más importantes surgidos en Estados Unidos en aquella época.

Tanto Oscar Micheaux como Paul Robeson son dos figuras fundamentales a la hora de hablar de cine afroamericano que darían por sí solos para un extenso artículo, y de hecho en su momento ya escribimos uno dedicado al primero. Hoy nos centraremos en la que fue su única colaboración juntos.

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Legado Trágico (Hangman’s House, 1928) de John Ford

Pese a que empezó su extensísima carrera en una fecha tan temprana como 1917, parece haber unanimidad entre los fans de John Ford respecto a que su etapa muda está lejos de ser una de las más brillantes de su filmografía, funcionando más bien como un periodo de aprendizaje con algunos logros puntuales dignos de ser recordados. Teniendo eso en cuenta, Legado Trágico (1928) sería uno de esos ejemplos a destacar, aunque no a la altura de sus mayores logros silentes, como la algo sobrevalorada El Caballo de Hierro (1924), la muy reivindicable Tres Hombres Malos (1926) y, sobre todo, mi favorita, Cuatro Hijos (1928). El filme que nos ocupa ciertamente posee suficientes cualidades que la convierten en una obra notable, pero también algunas carencias que hacen que no termine de redondearse lo que de entrada era una historia con todos los ingredientes necesarios para dar una gran película.

«Ciudadano Hogan» es un irlandés expatriado que un día recibe una carta con una mala noticia que le incita a volver a su tierra natal a llevar a cabo una venganza pese a que está en búsqueda y captura (suponemos que por actos contra el ejército británico). Allá nos encontramos con el juez O’Brien, tristemente famoso por haber enviado a muchos hombres a la horca y cuya hija Connaught está enamorada del honrado pero pobre Dermot. Su padre, a quien le quedan días de vida, se asegura de que ésta se case con el mejor posicionado John D’Arcy, un déspota hipócrita que pronto descubriremos que la persona de la que Ciudadano Hogan quiere vengarse.

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Suspense (1913) de Lois Weber y Phillips Smalley

Cada vez más se está reivindicando el papel de las mujeres cineastas en ámbitos tan diversos como el guion, la edición y la realización. Aquí no quisimos ser menos y hace tiempo dedicamos un post a las directoras más importantes de la era muda, entre las cuales destacan especialmente dos nombres: Alice Guy y Lois Weber, que es la que nos ocupa hoy.

No obstante, la necesidad de recuperar a estas pioneras puede acabar, paradójicamente, volviéndose en su contra, porque puede llevar a la idea equivocada de que Lois Weber necesita un apoyo especial para destacar su nombre, que lo que la hace digna de mención es la rareza de ser una mujer en un mundo de hombres; y en realidad las películas de Lois Weber se reivindican por sí solas, al margen de que las haya dirigido una mujer. En otras palabras, su nombre debería ser recordado a la hora de repasar las primeras décadas del cine sin necesidad de hacer una reivindicación feminista (que nunca está de más, obviamente), ya que su importancia histórica como directora, al margen de su género, se sustenta por sí sola – no en vano en cierto momento de su carrera fue la directora mejor pagada de Hollywood.

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