Web dedicada al cine mudo con reseñas de películas, curiosidades, crónicas del Festival de Pordenone e información sobre Charles Chaplin, Buster Keaton, F.W. Murnau y todos los grandes cineastas de la era silente.
Este año el Dr. Caligari decidió asistir a la proyección gratuita que sirve como prólogo al festival y que tiene lugar en el Teatro Zancanaro de Sacile, un pueblo (muy bonito por cierto) a solo unos kilómetros de Pordenone. En este caso se trataba ni más ni menos que de una de las obras cumbre del cine silente, El Viento (1928) de Victor Sjöstrom, con una orquesta en vivo interpretando una excelente banda sonora compuesta para la ocasión por Günter A. Buchwald. Para sorpresa de los organizadores, el teatro estaba tan lleno que tuvieron que abrir los palcos superiores (de hecho había gente haciendo cola una hora antes… ¡Sjöstrom arrasando en Sacile!).
NOTA: este post se publicó cuando la única copia que pude encontrar de esta versión de Pinocho era una versión incompleta a la que faltaba mucho metraje. Tiempo después pude ver una versión completa en las XXI Jornadas de Cine Mudo de Uncastillo y hacer una reseña más exacta de su contenido. He editado el post original cambiando el link a Youtube por el de la versión completa y he eliminado el texto original sustituyéndolo por el que escribí desde Uncastillo, que da una visión más exacta del filme.
Hoy rescatamos la primera adaptación cinematográfica que se conoce de la célebre historia de Carlo Collodi publicada en 1883.
Se trata principalmente de un vehículo para lucimiento del artista de circo Ferdinand Guillaume, más conocido con el sobrenombre de Polidor, quien de hecho aparece ya al inicio del filme con ropas de calle para presentarse a los espectadores. A partir de aquí, la película adapta muy libremente el cuento original del que mantiene algunos aspectos (por ejemplo, el episodio de la ballena o los niños que se convierten en asnos) y otros sencillamente se los inventa o los evita (es muy curioso que el rasgo más recordado de Pinocho, que le crezca la nariz cuando dice mentiras, aquí sea totalmente inexistente).
De entre los aspectos más curiosos merece destacarse una escena en que Pinocho acaba siendo nombrado jefe de una tribu india, llevando brevemente el filme al inesperado terreno del western. Y por descontado hay otro elemento que me encanta de este tipo de películas infantiles de la era primitiva, y es lo malrolleras que pueden llegar a ser. Ojo al dato: tenemos una escena en que dos tipos disfrazados de negro ahorcan al pobre Pinocho (el plano además está filmado en exteriores con una iluminación algo oscura que lo hace aún más sórdido) y otra en que visita un pueblo habitado, no por animales, sino algo mucho peor, siniestros tipos disfrazados de animales – mi favorito por cierto es el elefante bebiendo en un bar. Por otro lado, de la mayoría de películas de esa época, por muy menores que sean, se suele sacar algo interesante, y Pinochono es una excepción. En este caso ha habido un par de planos que me han maravillado: los de Pinocho mirando su reflejo en el agua de una vasija para corroborar que le han crecido las orejas de burro. No solo rompen la puesta en escena en planos generales sino que creo que tienen algo especialmente evocador.
Siempre me ha encantado que un corto primitivo como Le Cochon Danseur (1907) haya experimentado un inesperado auge de popularidad en nuestra época gracias a internet. Efectivamente la imagen de este ¿simpático? cerdo gigante se prestaba para ser utilizada en gifs animados, y mucha gente a quien seguramente no le interesan especialmente los orígenes del cine ha acabado descubriendo el corto a raíz de ellos – otro tema a comentar serían las rarezas cinematográficas que hemos hallado de esta forma, como es mi caso con una película soviética absolutamente desconocida para mí llamada Counterplan(1932), a la que llegué por un gif bastante difundido de un anciano regalando gatitos con una expresión de júbilo maravillosamente bizarra.
No crean que este anciano Doctor está divagando, las películas de principios del siglo XX suelen estar asociadas a lo que el teórico Tom Gunning bautizó como «cine de atracciones«, es decir, films que no se basaban en la narrativa sino en el acto puro de mirar en sí. Por tanto eran películas que buscaban el voyeurístico placer de mirar o lo que hoy día consideraríamos golpes de efecto. Es por ello que el gif animado, basado en capturar un instante en movimiento especialmente llamativo, es una herramienta bastante apropiada para encapsular pequeños momentos de cine de atracciones, como es el caso de nuestro protagonista de hoy.
Antes de mostrarles los dos cortos que hemos seleccionado hoy, permitan que les presente a la persona que sirvió de inspiración para ambos: Carrie Nation.
Esta señora era uno de los miembros más famosos de la ligas antialcohol que tuvieron lugar en Estados Unidos en el siglo XIX y principios del XX. Ya saben, esa gente que tenía la excéntrica idea de que el alcohol era la causa de todos los males de la sociedad y que acabó consiguiendo que se implantara la famosa ley seca en los años 20. La señora Nation era una mujer de fuertes convicciones («soy un bulldog corriendo junto a los pies de Jesús y ladrando a todo aquello que a Él no le gusta») quien, al ver que sus charlas antialcohol así como increpaciones a dueños de bares no servían de nada, decidió pasar a la acción destrozando bares. Aunque la policía a menudo la arrestaba, ella seguía persistiendo en su cruzada antialcohol y pagaba las fianzas con lo que recaudaba en sus charlas.
Hace tiempo que me preguntaba cuál sería la versión cinematográfica más antigua que debe existir de la Pasión de Cristo. Buscando entre mis archivos averigüé que de hecho empezaron a producirse tan pronto como pudieron realizarse películas un poco más elaboradas, formadas por múltiples planos. Se cree que la primera fue una filmada en 1897 por el francés Albert Kirchner y que ese mismo año se produjo otra en Alemania de… ¡media hora!
Por desgracia estas versiones así como las primeras que se realizaron en América se dan por pérdidas. De modo que la más antigua que he encontrado es La Passion(1898) de los hermanos Lumière. Leer más »
En uno de los posts que abrí hace un mes sobre Le Giornate del Cinema Muto 2016 mencioné un maravilloso programa dedicado al pionero británico Robert W. Paul, pero dada la cantidad de películas que vi por entonces no pude dedicarle espacio más allá de un párrafo, y creo que dicho autor se merece un post con más detenimiento.
Paul debe ser recordado como uno de los grandes nombres de la primera década del cine gracias a una serie de cortometrajes que realizó en esos años donde daba rienda suelta a todo tipo de trucajes muy ingeniosos. Históricamente algunos de esos cortos han sido atribuidos a Walter Robert Booth, un artista que aparece en muchos de ellos como protagonista. Probablemente, Booth trajo consigo algunos de sus trucos como mago y Paul utilizó medios cinematográficos para darles forma, en todo caso como la autoría de los films en esos primeros años es muy difícil de dilucidar, sigue siendo un tema algo dudoso.
Cuando el Festival de Pordenone llega a su fin es bastante habitual que el asistente sufra una especie de jet lag. Tras tantos días dedicando la mayor parte de horas a estar encerrado en un teatro viendo películas mudas llega un punto en que uno se olvida de la realidad a la que luego deberá inevitablemente enfrentarse. El efecto desaparece aproximadamente cuando uno dejar de escuchar música de piano en su cabeza y se vuelve a acostumbrar a ver películas que, oh sorpresa, ¡tienen sonido! Aunque da algo de pena ver cómo el festival llega a su fin, después de todo supongo que tampoco es saludable estarse más de una semana en estas condiciones.
No hay nada como encontrarse con el mismísimo Douglas Fairbanks dándonos la bienvenida con los brazos abiertos al Teatro Verdi para otra intensa semana dedicada al cine mudo. Durante le Giornate del Cinema Muto, Pordenone vuelve a convertirse durante siete días en un extraño oasis en que los actores han perdido el habla y los cortos de cine primitivo pasan de ser una mera curiosidad a ser joyas aplaudidas efusivamente por un público compuesto sobre todo de archivistas, historiadores y genios del mal.
Queridos lectores, ya me permitirán que en esta ocasión no me dedique a comentar la película como sería lo habitual, sino que la utilice como excusa para hablar de otro tema relacionado con ella. En todo caso, espero que eso no quite que ustedes la visionen y disfruten como merece.
Le tengo un cariño especial a la película que he seleccionado hoy, ya que se trata (o eso pensaba yo) de mi primer contacto con el cine de Géorges Méliès. Era el primer corto que aparecía en una recopilación de películas suyas que llegó a mis manos, y quedé fascinadísimo por esa forma tan mágica y especial de hacer cine que ha convertido al cineasta galo en uno de los directores más queridos por los amantes de la época muda.
No obstante, cuando tiempo después intenté encontrar este cortometraje me fue virtualmente imposible. De entrada descubrí que el título que se le había asignado, Sueños de un Astrónomo, estaba equivocado con este otro film del director, lo cual dificultó mi búsqueda. Pero no obstante, aun sin saber su título, me extrañó no dar con él en ninguna recopilación de la obra de Méliès.
Hoy les ofrecemos este simpático cortometraje típico del cine de los orígenes filmado por uno de los nombres más conocidos de esa época: Edwin S. Porter.
La premisa es la siguiente: dos tipos regentan un negocio en que convierten a los perros en salchichas, pero no para comérselos sino para tenerlos almacenados. Cuando un cliente viene a pedirles un perro, éstos meten la salchicha en la máquina y ésta vuelve a convertirse en un simpático can. Ingenioso, ¿verdad?