Orígenes del cine afroamericano

Como es de sobras conocido, la comunidad afroamericana ha tardado muchas décadas en tener una representación justa en el cine, ya que inicialmente los actores negros han estado siempre relegados a papeles secundarios que se basaban en tópicos humorísticos. Por ello les proponemos hacer un pequeño repaso de cómo fueron las primeras apariciones de personajes afroamericanos en el cine así como los primeros intentos (infructuosos mucho me temo, pero dignos de reseñar) de productores y directores afroamericanos por hacer un cine propio.

Si nos remontamos a los inicios del séptimo arte, las primeras representaciones de la comunidad afroamericana en el mundo del cine por desgracia venían heredadas del mundo del vodevil y del minstrel show. Resultaba en cierto modo lógico, ya que el cine de los orígenes tenía como punto de partida el vodevil, pero es una influencia bastante desafortunada teniendo en cuenta que en ese tipo de espectáculos los personajes negros eran siempre tratados mediante estereotipos cómicos: gandules, ignorantes, inocentes, ávidos devoradores de sandías y ladrones de aves de corral. Los primeros cortometrajes que mostraban a personas negras se basaban en esos estereotipos y los potenciaban aún más, como puede verse por ejemplo en estos cortometrajes Watermelon Contest (1900) y Watermelon Eating Contest (1896):

 

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The Boys Think They Have One On Foxy Grandpa, But He Fools Them (1902)

Éste es uno de esos casos de films que me gustan casi más por su explícito título que por el contenido en sí mismo.

The Boys Think They Have One On Foxy Grandpa, But He Fools Them (no me hagan escribirlo otra vez, por favor) se trata de uno de los pocos ejemplos que se conservan de la serie de cortometrajes dedicados al personaje de Foxy Grandpa. Al menos yo sólo he podido encontrar éste y otro que también circula por la red llamado Foxy Grandpa and Polly in a Little Hilarity bastante menos interesante.

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La magia de un par de gafas

Harold Lloyd

“Hay más magia en un par de gafas de lo que piensan los oculistas, y tampoco yo podía imaginar ni la mitad de ello cuando me las puse en 1917. Con ellas, soy Harold Lloyd; sin ellas soy un ciudadano común. Puedo pasear por cualquier calle o ciudad sin que me reconozcan si no llevo las gafas, una bendición por la que un actor pagaría bien. Por el precio de 75 centavos esas gafas me proporcionan una marca de fábrica reconocida al instante en todas las películas en que aparecen. Gracias a ellas, el vestuario de las comedias de bajo nivel es innecesario, permiten tener suficiente atractivo romántico para atraer el ojo femenino, normalmente apartado de las comedias, y no me restringen a ningún tipo o rango de historia.

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Garras Humanas (The Unknown, 1927) de Tod Browning

Garras humanas
Garras Humanas es una de las mejores – para muchos cinéfilos directamente la mejor – colaboraciones del tándem Tod Browning-Lon Chaney. Uno de los motivos es, aparte de su indudable calidad, el ser un film que reúne las características definitorias tanto del director como del actor. Al igual que otras obras de Browning, la trama se centra en el mundo del circo y tiene como protagonista a un outsider, un freak, un personaje que escapa de lo normal. Y por supuesto el personaje de Lon Chaney le permite exhibir una de esas interpretaciones que tan bien se le daban de personajes torturados abocados a una situación límite.

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René Clair jugando con el sonido

Viva la Libertad (1931) es una de las primeras películas sonoras del director francés René Clair, quien había dado el salto a esta nueva forma de hacer cine con gran éxito gracias a Bajo los Techos de París (1930), considerado unánimemente como el primer gran film sonoro hecho en Francia.
Clair, quien tendría en el futuro una carrera a caballo entre Francia y Hollywood, era un cineasta muy imaginativo y creativo. En sus inicios estuvo vinculado con los movimientos vanguardistas cinematográficos, de los que tomó algunos recursos para dotar a sus films de una mayor libertad expresiva. Eso explica que en esta obra nos encontremos un pequeño gag que encuentro muy interesante porque nos da algunas pistas sobre el uso del sonido en los inicios del cine sonoro.

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Rex Ingram por Michael Powell

rex ingram

Rex Ingram es uno de esos grandes directores de la era muda de Hollywood que cayó en desgracia con el paso del tiempo. En su caso ya antes de la llegada del cine sonoro su carrera empezaba a estar de capa caída, y se retiraría tras haber hecho sólo una película hablada.

Uno de los directores que más reivindicó su figura fue el genial Michael Powell, autor de obras maestras como Las Zapatillas Rojas (1948) o El Fotógrafo del Pánico (1960). Powell de hecho empezó en el cine a los 20 años participando en los rodajes de Mare Nostrum (1926) y El Mago (1926) de Ingram, que se llevaron a cabo en Francia. Powell, que por entonces vivía ahí, consiguió infiltrarse entre el numeroso equipo que rodeaba a Ingram desempeñando todo tipo de tareas que le servirían como primer aprendizaje de cara al futuro. De hecho, años después figuras del cine británico como Alfred Hitchcock sentirían interés por el principiante Powell simplemente por el hecho de que había trabajado con el gran Rex Ingram.

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Chaplin, Virginia Cherrill y el difícil rodaje de Luces de la Ciudad (1931)

chaplin virginia cherrill

Como es bien sabido, el rodaje de Luces de la Ciudad fue uno de los más difíciles de la carrera de Chaplin por diversos motivos: su enfermizo perfeccionismo que le hizo alargarlo hasta prácticamente dos años, la presión de estar haciendo un film mudo durante el sonoro y su difícil relación con la actriz protagonista Virginia Cherrill, que es el caso que nos ocupa hoy.

Cherrill en realidad no tenía ninguna experiencia como actriz. Chaplin la descubrió casualmente una noche que acudió a un combate de boxeo y decidió hacerle una prueba. Al parecer el motivo por el que decidió contratarla tras la prueba era que sabía poner expresión de ciega con toda naturalidad, sin poner los ojos en blanco ni fingir demasiado.

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Explosion of a Motor Car (1900) de Cecil M. Hepworth

Este cortometraje del pionero del cine británico Cecil M. Hepworth es una perfecta muestra de la función que tenía el cine en sus orígenes, buscando más chocar al espectador e impresionarle por el contenido de sus imágenes que narrar una historia.

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El erotismo de El Demonio y la Carne (1926)

El Demonio y la Carne (1926) fue una de las películas más emblemáticas de la etapa muda de Greta Garbo en que se narraba la tórrida relación entre el oficial británico Leo von Harden y la seductora Felicitas. Uno de los motivos por los que el film fue tan célebre en su momento está en su marcado erotismo, especialmente en las escenas que protagonizaban Garbo y John Gilbert juntos. Solo unos pocos años después sería impensable ver momentos como éstos por culpa del código Hays de censura.

Mi escena favorita de la película tiene lugar en un baile en que la pareja empieza a intimar en el jardín poco después de conocerse. Clarence Brown nos muestra entonces un largo plano muy cerrado de los dos que no es interrumpido por ningún rótulo. Los dos se miran y sus rostros pueden casi tocarse. Ella saca un cigarro y él, lentamente, se lo quita para ponérselo entre sus labios. Por la forma como lo hace se nota que ansía tocar con sus labios ese objeto que ha pasado por los de ella, es un gesto marcadamente erótico. Seguidamente, enciende una cerilla (otro detalle maravilloso es cómo se ilumina entonces los rostros de los personajes con la excusa de la cerilla) y ambos se besan.

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