“Hay más magia en un par de gafas de lo que piensan los oculistas, y tampoco yo podía imaginar ni la mitad de ello cuando me las puse en 1917. Con ellas, soy Harold Lloyd; sin ellas soy un ciudadano común. Puedo pasear por cualquier calle o ciudad sin que me reconozcan si no llevo las gafas, una bendición por la que un actor pagaría bien. Por el precio de 75 centavos esas gafas me proporcionan una marca de fábrica reconocida al instante en todas las películas en que aparecen. Gracias a ellas, el vestuario de las comedias de bajo nivel es innecesario, permiten tener suficiente atractivo romántico para atraer el ojo femenino, normalmente apartado de las comedias, y no me restringen a ningún tipo o rango de historia.
Garras Humanas (The Unknown, 1927) de Tod Browning
René Clair jugando con el sonido
Rex Ingram por Michael Powell
Rex Ingram es uno de esos grandes directores de la era muda de Hollywood que cayó en desgracia con el paso del tiempo. En su caso ya antes de la llegada del cine sonoro su carrera empezaba a estar de capa caída, y se retiraría tras haber hecho sólo una película hablada.
Uno de los directores que más reivindicó su figura fue el genial Michael Powell, autor de obras maestras como Las Zapatillas Rojas (1948) o El Fotógrafo del Pánico (1960). Powell de hecho empezó en el cine a los 20 años participando en los rodajes de Mare Nostrum (1926) y El Mago (1926) de Ingram, que se llevaron a cabo en Francia. Powell, que por entonces vivía ahí, consiguió infiltrarse entre el numeroso equipo que rodeaba a Ingram desempeñando todo tipo de tareas que le servirían como primer aprendizaje de cara al futuro. De hecho, años después figuras del cine británico como Alfred Hitchcock sentirían interés por el principiante Powell simplemente por el hecho de que había trabajado con el gran Rex Ingram.
Chaplin, Virginia Cherrill y el difícil rodaje de Luces de la Ciudad (1931)
Como es bien sabido, el rodaje de Luces de la Ciudad fue uno de los más difíciles de la carrera de Chaplin por diversos motivos: su enfermizo perfeccionismo que le hizo alargarlo hasta prácticamente dos años, la presión de estar haciendo un film mudo durante el sonoro y su difícil relación con la actriz protagonista Virginia Cherrill, que es el caso que nos ocupa hoy.
Cherrill en realidad no tenía ninguna experiencia como actriz. Chaplin la descubrió casualmente una noche que acudió a un combate de boxeo y decidió hacerle una prueba. Al parecer el motivo por el que decidió contratarla tras la prueba era que sabía poner expresión de ciega con toda naturalidad, sin poner los ojos en blanco ni fingir demasiado.
Explosion of a Motor Car (1900) de Cecil M. Hepworth
Este cortometraje del pionero del cine británico Cecil M. Hepworth es una perfecta muestra de la función que tenía el cine en sus orígenes, buscando más chocar al espectador e impresionarle por el contenido de sus imágenes que narrar una historia.
El erotismo de El Demonio y la Carne (1926)
El Demonio y la Carne (1926) fue una de las películas más emblemáticas de la etapa muda de Greta Garbo en que se narraba la tórrida relación entre el oficial británico Leo von Harden y la seductora Felicitas. Uno de los motivos por los que el film fue tan célebre en su momento está en su marcado erotismo, especialmente en las escenas que protagonizaban Garbo y John Gilbert juntos. Solo unos pocos años después sería impensable ver momentos como éstos por culpa del código Hays de censura.
Mi escena favorita de la película tiene lugar en un baile en que la pareja empieza a intimar en el jardín poco después de conocerse. Clarence Brown nos muestra entonces un largo plano muy cerrado de los dos que no es interrumpido por ningún rótulo. Los dos se miran y sus rostros pueden casi tocarse. Ella saca un cigarro y él, lentamente, se lo quita para ponérselo entre sus labios. Por la forma como lo hace se nota que ansía tocar con sus labios ese objeto que ha pasado por los de ella, es un gesto marcadamente erótico. Seguidamente, enciende una cerilla (otro detalle maravilloso es cómo se ilumina entonces los rostros de los personajes con la excusa de la cerilla) y ambos se besan.
Nana (1926) de Jean Renoir
Adaptar una obra considerada un gran clásico de la literatura es siempre una tarea difícil, especialmente cuando se trata de un libro extenso, porque eso implica adaptarlo a la duración media de un film reduciendo su complejidad y la densidad psicológica de los personajes. Eso es lo que sucede inevitablemente con la adaptación que hizo Renoir de Nana de Émile Zola, la célebre novela que narraba la historia de una prostituta que asciende hasta convertirse en amante de lujo de numerosos nobles y personajes acaudalados, llevándolos a todos a la perdición.
La escalinata de Odessa
La escena de la escalinata de Odessa no es solo el momento más famoso de El Acorazado Potemkin (1925) sino una de las escenas clave de la historia del cine, por lo que no creo que haga falta comentarla, aunque nunca está de más volver a verla:
El Rey de la Comedia de Mack Sennett
Definitivamente una autobiografía de Mack Sennett es un libro que tiene ganado mucho de antemano, ya que se trata de una de esas personas que tenía tanto que contar y que había hecho tantas cosas interesantes que una autobiografía suya difícilmente podría fallar.
Aunque no fue el creador de la comedia fílmica como se ha dicho a menudo, sí que fue el gran propulsor del género creando en 1912 su famoso estudio Keystone, del cual surgieron cientos de comedias que tuvieron un éxito arrollador y que convirtieron el slapstick en uno de los géneros más exitosos del cine mudo. Teniendo en cuenta los talentos que descubrió (Mabel Normand, Chaplin, Roscoe Arbuckle, Harry Langdon, Gloria Swanson) y lo importantísima que fue su aportación a la comedia, su autobiografía promete ser un jugoso caramelo para cualquier cinéfilo.





