La magia en El Moderno Sherlock Holmes (1924)

El cine de Buster Keaton siempre ha tenido un alto componente fantástico que fascinaba a los artistas surrealistas de la época como Buñuel o Lorca. De todos sus largometrajes, el que potencia más ese aspecto es esa obra maestra llamada El Moderno Sherlock Holmes (1924).

En este film, Buster interpreta a un proyeccionista que fantasea con atravesar la pantalla de cine y convertirse en un personaje de película que consigue todo aquello en lo que ha fracasado en la vida real. De todos los trucos que nos ofrece Keaton, hay dos que destacan con luz propia y que aunque hoy en día están superados gracias a las posibilidades de los efectos digitales, en aquella época parecían trucos de pura magia.

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La Pobre Niña Rica [The Poor Little Rich Girl] (1917) de Maurice Tourneur

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La Pobre Niña Rica es una de las numerosas películas que realizó la actriz Mary Pickford encarnando un papel infantil. En el año en que se realizó, 1917, Pickford ya era una actriz muy popular entre el público con sus personajes cándidos e inocentes, que se desmarcaban por completo de la auténtica Pickford, una astuta mujer de negocios que supo administrar a la perfección su carrera.

Esta película narra la típica historia sobre una chica rica (Gwendolyn) que tiene todos los lujos y comodidades que podría desear pero se siente desdichada al no recibir ninguna atención por parte de sus padres ni tener amigos con quien jugar. La premisa algo tópica bordea entre la comedia y el drama, y en la primera parte del film no destaca especialmente más allá de la interpretación de Pickford. La película rebosa por otro lado una inocencia y encanto que con el paso del tiempo se perderían para siempre en el cine: resulta inimaginable hoy día que el público pudiera aceptar a una actriz de 25 años interpretando a una niña de 11 años, y que además ésta saliera airosa no haciendo el ridículo.

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Una cuestión de acentos

Una de las cualidades más interesantes del cine mudo era que, al no conocer las voces de los actores que aparecían en la pantalla, éstos tenían un aire casi fantasmal o irreal. En el momento en que hablaban se perdía ese rasgo único y pasaban a ser seres de carne y hueso. Un periodista de la época desarrolló la idea de esta manera:

“El pueblerino que se imaginaba que, en caso de que la Señorita X le susurrara «Te quiero», sonaría como una mandolina, ahora escucha a su diosa hablar como una dependienta de tienda masticando chicle. El devoto del seductor carácter inocente de la Señorita Y ahora la mira bajo la triste luz de los «talkies» como una mujer de mediana edad con la voz de una mujer de mediana edad. El granjero que antaño soñaba con la Señorita Z como una exótica y misteriosa dosis de polvo de cantárida ahora la verá simplemente como una inmigrante obesa con músculos sobredesarrollados asistiendo en la negociación de un inglés «pidgin»«.

microfono horror

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Nosferatu (1922) y sus problemáticos derechos de autor

El lenguaje de las sombras - Murnau, primeros años y Nosferatu (parte 2) 052

Nosferatu (1922) es una de las películas más emblemáticas de la historia del cine, pero lo que no se suele recordar es que todo lo que rodeó su producción fue bastante particular y puso en peligro la supervivencia de una de las mayores obras maestras del cine mudo.

De entrada el film no era una producción de la UFA (el estudio responsable de la mayor parte de grandes películas de la época) sino de Prana Film, una productora que se creó con la idea inicial de realizar películas sobre temas sobrenaturales pero que a la práctica sólo produjo Nosferatu. El impulsor del proyecto fue  Albin Grau, un personaje de lo más peculiar. Obsesionado por este tipo de temática y perteneciente a fraternidades esotéricas que rozaban la masonería, tuvo la idea de hacer una película sobre vampirismo cuando durante la I Guerra Mundial conoció a un granjero serbio que le contó que su padre era un vampiro. Cualquier persona se habría tomado eso como una anécdota extravagante, pero para Grau se convirtió en la motivación para hacer una película sobre el tema.

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Admiral Cigarette (1897)

Hoy rescatamos este breve cortometraje de cine de los orígenes que tiene como aliciente el ser uno de los primeros films publicitarios que se conoce. Desde los inicios del cine siempre se ha tenido muy presente su potencial para publicitar productos, pero pocos tienen el encanto naif de este cortometraje producido por la factoría Edison.

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The White Shadow (1923) de Graham Cutts

Si el difunto director Graham Cutts pudiera ver desde donde quiera que esté el regocijo con que se recibió el reciente descubrimiento de unos rollos de su película The White Shadow, se llevaría en primer lugar toda una alegría. Pero más adelante se decepcionaría al darse cuenta de que lo que los cinéfilos han celebrado no es el descubrimiento de un film suyo, sino el de una obra que se creía desaparecida en que colaboró Alfred Hitchcock.

Y aquí está el mayor peligro a la hora de encarar The White Shadow: verla como una película de Hitchcock e incluso atribuirle a él parte de la autoría de la misma pese a que no era el director. Es cierto que colaboró muy activamente en su producción y que de hecho desempeñó varias tareas (escribió el guión, diseñó los decorados y fue ayudante de dirección), pero no hay que caer en la trampa de buscar su estilo en una película que ni siquiera es suya. Es cierto que tiene el aliciente ser el único ejemplo que tenemos hoy día de los films en que Hitchcock colaboró antes de pasarse a la realización, pero no hay que buscar más allá de eso.

La mala noticia es por tanto que The White Shadow no es un film de Hitchcock. A cambio la buena noticia es que The White Shadow es un film notable que se sostiene por sí solo.

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Tod Browning

Tod Browning es uno de esos directores a los que creo que es inevitable coger cierto aprecio, incluso aunque uno analice su filmografía desde la distancia de alguien que no es realmente un ferviente admirador suyo. Y es que Browning posee muchos de los rasgos que convierten a un artista en figura de culto, como una carrera olvidada durante años y un tipo de cine que desafiaba las convenciones del momento.  Se hace difícil encontrar otro cineasta americano de la época que se dedicara a profundizar como él en el género fantástico y de terror dando forma a fantasías tan tenebrosas que mostraran el lado oscuro del hombre. Browning, en medio de una industria que potenciaba el glamour y los héroes atractivos, era el encargado de situar en el centro de atención a los desheredados de la gran pantalla: los criminales, los anormales, los monstruos, los freaks. No es de extrañar por tanto que su carrera cayera en desgracia a mediados de los años 30, en un contexto que hacía cada vez más difícil su tipo de cine.

Hoy en día Browning ha sido felizmente rescatado de las catacumbas pero se le conoce básicamente por dos títulos: Drácula (1931) y Freaks (1932), que son los que han hecho que su nombre quede de por siempre asociado al género fantástico y de terror. No obstante, aún cuando éste fuera su género predilecto, la carrera de Browning en el cine es larga y consta de títulos de géneros muy diversos. Buena parte de sus films mudos han desaparecido, pero hay bastantes que todavía pueden visionarse y que permiten profundizar en su filmografía más allá de sus títulos más conocidos.

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Cerrado por vacaciones

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El prestigioso Dr. Caligari va a estar ausente durante un par de meses para poder tomarse unas vacaciones en las que aprovechará para visitar filmotecas de todo el mundo y traerse consigo más films mudos que comentar. En Septiembre estará de vuelta para compartir con ustedes sus inestimables conocimientos.

En su ausencia, aprovechen para ver muchas películas (mudas o no). El Doctor Caligari les esperará a su regreso.

La escalada de El Hombre Mosca (1923)

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Si hay una secuencia por la que Harold Lloyd pasará a la historia del cine es la de la escalada del edificio de El Hombre Mosca (1923).
En realidad este momento tenía ya precedentes en dos cortometrajes de Lloyd que comentaremos seguidamente: Look Out Below (1919) y La Caza del Zorro (1921) – el argumento y el título original de este último, Never Weaken, no tienen nada que ver con el que se le dio en español; sospecho que el título hispano viene de alguna confusión con el cortometraje Among Those Present del mismo año en que Lloyd participaba en una caza de zorros.

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Rien Que Les Heures (1926) de Alberto Cavalcanti

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Rien Que Les Heures (1926) del brasileño Alberto Cavalcanti es el film que inaugura ese pequeño ciclo de documentales mudos que retratan ciudades siguiendo un estilo vanguardista, que culminaría con las célebres Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927) de Walter Ruttmann y otras obras menos conocidas pero igualmente interesantes.

Este film supone el debut de Cavalcanti como director tras haber colaborado con Marcel L’Herbier en films como El Inhumano (1924), lo cual sirvió de formación al brasileño para familiarizarse con el medio y las formas expresivas tan innovadoras que estaba llevando a cabo L’Herbier.

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