En ocasiones creo que, aunque el cine amplió y mejoró ostensiblemente a lo largo de la era muda su número de recursos expresivos para llegar a ser la forma de arte que es, muchas obras de los inicios poseen un encanto especial para cierto tipo de historias que no se puede igualar ni con todas las mejores técnicas narrativas del mundo. Y como supondrán, el film que he escogido hoy de Louis Feuillade es un ejemplo de ello.
Charlot, Faquín (His New Profession, 1914) de Charles Chaplin
En algún momento de su autobiografía, Chaplin comenta que en una ocasión un fan le escribió una carta en que le decía que inicialmente el famoso cineasta era el dueño de su personaje, pero que al final acabó siendo el personaje el que le dominó a él, algo que el propio Chaplin reconoció que era cierto. Vista hoy día en perspectiva esa reflexión cobra aun más sentido si tenemos en cuenta que cuando vemos sus primeras películas lo hacemos con una idea predeterminada: la de Chaplin como el gran cineasta, el que consiguió conjugar dos elementos tan dispares como el slapstick y el melodrama, el que consiguió humanizar a un personaje cómico como era Charlot. De esta forma, existe la tentación de infravalorar sus primeros films y verlos como un inevitable precio a pagar hasta llegar al Chaplin más aclamado. O, dicho en pocas palabras, el peso que tiene sobre nosotros el Chaplin que pronuncia el discurso de El Gran Dictador (1940) hace que el Chaplin de la Keystone nos parezca poca cosa.
No cometan ese terrible error. Ambos Chaplin tienen su interés y creo que resultan complementarios más que estar uno por encima del otro. Y como ejemplo les traemos hoy Charlot Faquín, una película de su etapa en la Keystone, el primer estudio en que trabajó y donde empezó a dirigir sus films. He escogido a propósito una obra que no es de las más citadas de su época Keystone y cuyo estilo y argumento todavía son más simples para defender al primer Charlot en estado puro.
Películas desaparecidas: Los Cuatro Diablos (4 Devils, 1928) de F.W. Murnau

Como seguramente ya sabrán, lamentablemente a día de hoy un porcentaje terriblemente elevado del legado fílmico de la era muda se da por perdido. Partiendo de esa base, si a un servidor le preguntaran cuál es la película desaparecida que más ilusión le haría poder recuperar, una de las más firmes candidatas sería sin duda Los Cuatro Diablos (1928) de F.W. Murnau. Y no piensen que es solo cosa mía, de hecho entre aficionados al cine mudo, suele considerarse como una de las más grandes pérdidas de esos años. No obstante, aunque cada vez parece más difícil que una copia salga a la luz, el Doctor Caligari pudo verla en el momento de su estreno, y si bien su memoria no es la que era antes, sí que recuerda suficientes detalles como para hacerles una idea bastante concreta de cómo era la gran obra perdida de Murnau.
Dicho film era el segundo proyecto del director alemán en Hollywood. Su debut en tierras americanas había sido inmejorable a nivel artístico, Amanecer (1927), una de las obras cumbre del cine, pero a nivel comercial no fue el éxito que esperaba la Fox en gran parte por sus elevados costes de producción. Murnau decidió entonces que su siguiente proyecto sería más viable económicamente, una adaptación de la novela de Herman Bang que ya había sido llevada al cine por el danés A.W. Sandberg bajo el título de Die Benefiz-Vorstellung der vier Teufel (1920).
Hurra! Einquartierung! (1913) de Franz Hofer
A la hora de hablar de esta etapa de los inicios del cine tan lejana a nosotros en el tiempo hay que evitar la tentación de conformarse con la versión oficial que hemos acarreado a lo largo de las décadas, y ser muy conscientes de que la historia se reescribe continuamente, revalorizando lo que conocemos y sacando a la luz nombres hasta ahora ocultos que quizá merecen nuestra atención.
Tomen como ejemplo el caso de Alemania, uno de los países de mayor renombre en lo que respecta a su legado de cine mudo y que siempre se ha asociado a la etiqueta expresionista y a una serie de nombres concretos. Esto puede llevar a un exceso de simplificación, entender la etapa muda germana como algo que nace y acaba en el expresionismo y que, como mucho, se puede ampliar a otros pocos nombres míticos de los años 20. Pero lo cierto es que el legado anterior a la gran edad de oro del cine alemán sigue siendo virtualmente desconocido y exige una revisión urgente. Uno de los grandes nombres de esa etapa que no ha empezado a salir a la luz en círculos de aficionados al cine silente hasta hace poco es el de Franz Hofer.
Joë Hamman, Jean Durand y el western francés
Estoy seguro de que todos ustedes han oído hablar del spaghetti-western, films del oeste que se filmaban en Italia y España en los años 60, pero apuesto a que no sabían que en la era muda el western era tan inmensamente popular que en varios países de Europa se filmaron otras películas del género. Es el caso de Alemania, Reino Unido, Italia y, sobre todo, Francia, donde adquirió una gran popularidad. El propósito del post de hoy es dar a conocer este curioso episodio de la historia del cine francés que tiene como protagonistas a Joë Hamman y Jean Durand.
El principal protagonista de nuestra historia es Joë Hamman, un hombre fascinado por la cultura americana que tuvo la suerte de viajar a Estados Unidos y conocer a Buffalo Bill en persona, con quien trabó amistad. No solo eso, sino que aprendió trucos de equitación en un rancho y pasó unos meses en una reserva india Sioux conviviendo con los indígenas como uno más.
Lejos de ti (Kimi to wakarete, 1933) de Mikio Naruse
Cada vez son más numerosos los críticos y cinéfilos que reivindican a Mikio Naruse como el cuarto nombre a añadir en la triada de grandes del cine japonés (ya saben, Akira Kurosawa, Yasujiro Ozu y Kenji Mizoguchi). Y un servidor no ha querido ser menos dedicando una entrada a una de sus primeras películas perteneciente, cómo no, a su etapa muda: Lejos de ti (1933). Su historia se centra en tres personajes: una geisha de avanzada edad, Kikue, su hijo adolescente que se avergüenza de la profesión de ella, Yoshio, y otra geisha más joven que intenta reconciliar al muchacho con su madre, Terugiku.
Princess Nicotine (1909) de J. Stuart Blackton
Algo que me maravilla de muchos cortometrajes de cine primitivo es lo absolutamente libres e imprevisibles que son. Si a eso le sumamos que a menudo no conocemos datos contextuales de la época que nos ayudarían a entenderlos (por ejemplo, la historia, obra de teatro o canción popular en que estuvieran basados) la confusión es máxima. Desfilan ante nuestros ojos una serie de imágenes filmadas de una forma primitiva sin el lenguaje narrativo al que nosotros estamos acostumbrados y no nos queda otra que dejarnos fascinar por su encanto y, por qué no decirlo, su pureza tan especial.
Todo esto viene a raíz de este cortometraje de nuestro viejo conocido J. Stuart Blackton, que debió sorprender a espectadores de la época por sus efectos especiales (no solo las pequeñas hadas sino los objetos moviéndose de forma bastante conseguida) y que hoy día nos maravilla por lo delirante de su contenido, el cual nos hace sospechar si lo que está fumando el protagonista realmente es tabaco. Disfrútenlo.
Ah, como curiosidad, una de las hadas años después aparecería como protagonista en la mítica Tol’Lable David (1921) de Henry King.
Extraños en el paraíso: cineastas europeos en Hollywood (II)
Seguimos repasando los casos de algunos cineastas europeos que emigraron a Hollywood durante la era muda, centrándonos hoy ante todo en los casos de Suecia y Alemania, que tuvieron que sufrir la pérdida de algunos de los mayores talentos de sus países después de que éstos recibieran unas ofertas que no pudieron rechazar.
Extraños en el paraíso: cineastas europeos en Hollywood (I)
Desde que Hollywood se convirtió en la gran industria cinematográfica del mundo ha servido como infalible imán para atraer el talento de artistas de todas partes. Durante toda su historia, cineastas de varios países europeos se han dejado seducir por la autodenominada Meca del Cine y han abandonado sus naciones para emprender una carrera en la famosa tierra de las oportunidades. A partir de aquí, los ha habido con más o menos suerte, los que se integraron a la perfección en el sistema realizando películas exitosas y ganadoras de premios y, mucho nos tememos, los que han salido escaldados de la experiencia.
Chaplin y Eisenstein, dos de los mayores genios cinematográficos del mundo haciendo el tonto con sendas raquetas de tenis.
Esto no es algo que se vea cada día.
Este proceso ya sucedía en la era del cine mudo, donde el talento de muchos directores y actores europeos no pasó desapercibido para los magnates de la industria. Hay casos en que esa odisea americana fue un “visto y no visto”, como el del alemán E.A. Dupont, que se hizo un nombre a nivel internacional con Variété (1925), consiguiéndole un pasaporte a Hollywood. Pero ahí solo realizó una película, Love Me and the World Is Mine (1927) – hoy día desaparecida – y fue tal fracaso que volvió a Europa, en concreto a Reino Unido, donde siguió trabajando con algo más de suerte. Otros no llegaron siquiera a tener la oportunidad de realizar una película, como es el caso de Serguéi Eisenstein, quien viajó a América a principios de los años 30 para investigar la novedad del cine sonoro y recibió ofertas para realizar algunos proyectos en Hollywood. Habría sido digno de ver qué películas habría hecho el cineasta soviético en un ambiente tan diferente al de la URSS, pero se ejercieron tales presiones políticas contra él que los estudios se vieron obligados a echar atrás sus ofertas.
Seguidamente nos centraremos en el caso de varios cineastas de prestigio que llegaron a América en la era muda con desigual suerte.
Max Toma un Baño (Max Prend un Bain, 1910) de Lucien Nonguet
Generalmente se suele considerar al francés Max Linder como el primer gran cómico de la historia del cine y, aunque – como siempre – existen algunos precedentes de cómicos anteriores a él que ya tuvieron éxito en la gran pantalla, no creo que sea descabellado otorgar a Linder ese título, tanto por calidad como por popularidad e importancia. El hecho de que cineastas como Chaplin o Mack Sennett le tuvieran como modelo a seguir en sus inicios es solo un ejemplo de su estatus.


