El mismo año en que Victor Sjöstrom realizó una de las películas más importantes del cine sueco (Los Proscritos) y uno antes de que Mauritz Stiller dirigiera una de sus mayores obras maestras (El Tesoro de Sir Arne), los dos cineastas colaboraron en un film que seguía unos derroteros distintos, una divertida comedia titulada El Mejor Hijo de Thomas Graal (1918). Quizá a algunos de nuestros lectores les pueda parecer llamativo que dos cineastas que han pasado a la posteridad por dramas tan intensos como los mencionados también realizaran comedias, pero en realidad no tiene nada de raro. El actor y director Victor Sjöstrom era un magnífico intérprete formado en el teatro que aquí nos demuestra que tenía suficiente versatilidad para enfrentarse también a papeles cómicos además de aquellos dramáticos a los que se le suele asociar. Y en cuanto a Stiller, puede que hoy día le recordemos sobre todo por El Tesoro de Sir Arne (1919) y La Saga de Gösta Berling (1924), pero en su época se hizo un nombre también gracias a sus comedias, y de hecho su Erotikon (1920) gozó de un gran éxito internacional. Por tanto, abandonemos la sorpresa inicial y veamos qué nos ofrecen ambos en el film que hemos escogido hoy.
Siegmund Lubin y su fallida película sobre Jesucristo
Siegmund Lubin es uno de los muchos pioneros del cine que se hizo un nombre antes de la I Guerra Mundial en Estados Unidos pero que no supo adaptarse a todos los cambios que sufrió el medio a finales de los años 10. Este buen hombre de origen germano no nos resulta destacable hoy día tanto por la calidad de sus películas como por su peculiar forma de hacer negocio. Aprovechándose del caos que había en esos primeros años respecto a títulos de películas y sus auténticos creadores, Lubin, ni corto ni perezoso, se especializó en copiar obras de éxito de otros competidores volviendo a filmarlas plano por plano. Por ejemplo, a raíz de que el Asalto y Robo de un Tren (1903) de Edwin S. Porter fuera aplaudido como una de las grandes obras de su época, Lubin decidió volver a rodar la misma historia un año después. Eso no quiere decir que no tuviera películas originales y/o destacables, pero el motivo por el que hoy día es más recordado era su tendencia a copiar a otros productores.
El monstruo y la niña: de El Golem (1920) a Frankenstein (1931)
He aquí una de las imágenes más iconográficas de la historia del cine, que con toda seguridad todos ustedes reconocerán, pero por si hay por ahí algún lector despistado añadiremos que pertenecen a la versión de Frankenstein realizada en 1931 por James Whale en Hollywood, con Boris Karloff encarnando al monstruo. Aunque es una escena más que conocida, creo que resulta tan fascinante que nunca está de más volver a verla:
Esperen, esto es un blog de cine mudo, ¿verdad? No teman, el Doctor Caligari no ha perdido el norte. Les hemos hecho volver a rememorar esta escena para contraponerla con un precedente que no es tan célebre pero que merece ser justamente reivindicado: El Golem (1920) de Paul Wegener y Carl Boese.
Hace 100 años: 1915 en 10 películas
Dado que pareció gustar bastante a nuestros lectores el post que el Doctor preparó el año pasado seleccionando 10 películas del 1914, ha decidido repetir la misma idea con una selección de 10 películas que cumplen 100 años este 2015. De modo que echemos un vistazo cómo se encontraba el mundo del cine en 1915, un año en que nos atreveríamos a afirmar que la mayoría de nuestros lectores no habían nacido.
Los protagonistas de 1915 podrán comprobar que son muy similares a los del año pasado, de hecho la mayor parte de los nombres de este listado ya salieron el anterior. No es casual, aunque el cine ya estaba emergiendo con una forma de arte con un lenguaje propio todavía faltarían unos pocos años para que surgieran muchos de los grandes directores de la era muda. Es por eso que en este periodo de transición las mejores películas que este anciano recuerda con más agrado suelen ser de unos autores muy concretos.
Pero antes de pasar a la enumeración de films seleccionados, uno no puede evitar mencionar otros títulos y cineastas que merecen ser tenidos en cuenta aunque no hayan entrado en este Top10. Veamos algunos ejemplos.Leer más »
El Heredero de Can Pruna (L’Hereu de Can Pruna, 1904) de Segundo de Chomón
Muchos de ustedes sin duda asociarán al formidable Segundo de Chomón con sus fantasías llenas de trucajes, pero el documento que este Doctor ha decidido rescatar hoy demuestra cómo en sus inicios el cineasta aragonés también se decantaba por otro tipo de films más sencillos.
La Reina Kelly (Queen Kelly, 1929) de Erich von Stroheim
Dentro de la filmografía de Erich von Stroheim, La Reina Kelly (1929) es seguramente una de sus películas más malditas, lo cual tratándose de Stroheim es decir mucho. La que sería su última gran obra no solo contó con los problemas ya habituales en un rodaje de Stroheim (presupuestos descontrolados, meticulosidad exasperante, un argumento que daría para no menos de cuatro horas de film…), sino que su filmación se interrumpió a la mitad dejando la película incompleta y, además, no pudo visionarse en Estados Unidos durante décadas, convirtiéndola en toda una pieza de culto.
Uno no puede evitar preguntarse en qué estarían pensando Gloria Swanson y su productor y amante Joseph P. Kennedy (padre del futuro presidente) cuando decidieron encomendar a Stroheim el rodaje de una película para lucimiento de la actriz. Puedo entender que se sintieran lógicamente fascinados por la maestría de Stroheim tras la cámara e incluso que se dejaran seducir por el éxito de taquilla de La Viuda Alegre (1925); pero a esas alturas era imposible que no conocieran lo extremadamente problemático que era el director y los continuos dolores de cabeza que provocaba a su paso por diferentes proyectos, a cada cual terminado de forma más traumática y a menudo sin recuperar sus costes en taquilla. Por mucho que admiraran su arte (y nos consta que Swanson siempre siguió respetando enormemente el talento de Stroheim), es incomprensible que apostaran su dinero en una empresa que a todas luces iba a acabar mal. De todos modos, los cinéfilos de todo el mundo no podemos dejar de agradecerles que le dieran la última gran oportunidad de su vida.
Los documentales de los hermanos Lumière y colonialismo: dos ejemplos significativos
Como ya sabrán, tan pronto los hermanos Lumière confirmaron el potencial de su cinematógrafo les faltó tiempo para contratar a operadores de cámara que filmaran cortometrajes de todo tipo, para así ofrecer nuevas películas a un público ansioso de ver más imágenes en movimiento.
Una de las facetas más remarcables de esta primera época es que los Lumière enseguida fueron conscientes de que su invento podía tener una finalidad muy interesante: dar a conocer a la gente imágenes de todo el mundo, de lugares recónditos de los que hasta ahora solo habían visto fotografías, pero nunca en escenas que adquirieran vida. Por ese motivo, estos primeros cortometrajes documentales fueron uno de los géneros más importantes en los orígenes del cine.
Hoy hemos seleccionado un par filmados por el operador Gabriel Veyre en la Indochina francesa de la época. El propio gobierno indochino le puso todas las facilidades del mundo para que así Veyre pudiera mostrar las maravillas de su país en la Exposición de París de 1900, donde efectivamente tuvieron mucho éxito. Veamos los dos ejemplos que he escogido.
Alfred Hitchcock según Michael Powell
Hace un par de años rescatamos para ustedes un fragmento de la extensa e imprescindible autobiografía del magnífico cineasta Michael Powell en que éste hablaba de sus experiencias trabajando con el director Rex Ingram. Por si alguno de ustedes no se siente motivado para leer el libro en cuestión, A Life in the Movies (en mi opinión uno de los mejores escritos sobre el mundo del cine desde dentro), les rescatamos otro fragmento en que el futuro realizador de Las Zapatillas Rojas (1948) habla de sus primeros encuentros con Hitchcock durante el rodaje de una de sus obras mudas.
Más adelante, Powell ayudaría a Hitchcock en el rodaje de La Muchacha de Londres (1929) y llegó a atribuirse la idea de situar la persecución final en el Museo Británico, que causaría un gran impacto al ser un sitio muy conocido por el público. Según Powell, luego Hitchcock reutilizó esa idea situando muchos de sus momentos de mayor suspense en sitios reconocibles como la Estatua de la Libertad, el Monte Rushmore o el Royal Albert Hall.
Pero no nos adelantemos, de momento nos encontramos en 1928 y el joven Powell está intentando abrirse paso en la industria británica. Dejemos que él mismo nos lo cuente:
La polémica alrededor de El Nacimiento de una Nación (1915)
Aunque ya han pasado 100 años desde su estreno, este anciano Doctor aún recuerda el impacto que le supuso en su época el primer visionado de El Nacimiento de una Nación (1915). Yo sabía vagamente que el film había causado una gran polémica, pero no conocía los motivos exactos (no había internet, ya saben) y supuse que sería simplemente por su visión de la Guerra de Secesión. Por ello, acudí a la sala desprevenido, movido más bien por el aliciente de disfrutar de una película que, decían, técnicamente superaba todo lo que se había hecho hasta entonces.
La primera parte, centrada en la Guerra Civil Americana, me gustó y no me pareció especialmente controvertida. No obstante, en la segunda parte empecé a notar cierto tono racista, incluso para los estándares habituales de la época, aunque no le di mucha importancia. Pero a medida que avanzaba el film se me iba haciendo más difícil no prestar atención a ese detalle, ya que el señor Griffith estaba otorgando cada vez más importancia a su retrato tan deplorable de los afroamericanos. Finalmente, ya no me quedó ninguna duda sobre el por qué de la polémica. El momento cumbre fue la escena en que se descubría que el protagonista, un atractivo y simpático jovencito, pasaba a convertirse en el heroico fundador del Ku Klux Klan. Al ver eso pensé: «Mein Gott, no puede ser«, pero claro que podía ser. Resulta que según Griffith el KKK fueron los grandes salvadores del Sur frente a las peligrosas hordas afroamericanas. Y eso, incluso en 1915, difícilmente no podía levantar ampollas.

La semana pasada les hablamos del rodaje de El Nacimiento de una Nación (1915) así como de sus virtudes artísticas, que la convierten en una de las películas más importantes de todos los tiempos. Pero, como seguramente sabrán, sus innegables cualidades no esconden una terrible evidencia, y es el hecho de ser una película terriblemente racista que suscitó una (comprensible) polémica en su momento. El artículo de hoy se centra en ese aspecto del film sin pretender por ello caer en lo moralizante, el propósito es simplemente analizar un rasgo de la película sin el cual no se podría entender ni el escándalo que produjo en su momento ni todos los debates que aún hoy día se producen entre los nutridos y abundantes círculos de fans del cine mudo.
El Nacimiento de una Nación (The Birth of a Nation, 1915) de D.W. Griffith
Hablar a estas alturas de una obra tan debatida y tan importante para la historia del cine como El Nacimiento de una Nación (1915) no es una tarea fácil, pero difícilmente podía dejar de pasar por alto el Dr. Caligari una efeméride tan importante como el aniversario del estreno oficial de la película, que tuvo lugar hace hoy exactamente 100 años.
Sin embargo, uno de los aspectos de este film que hace que aún hoy día sea algo peliagudo valorarla es el hecho de que su innegable calidad artística vaya acompañada de un mensaje tan marcadamente racista. No me gusta la idea de atacar la película por su discutible contenido cuando atesora suficientes méritos artísticos que deberían estar por encima de su línea ideológica, pero por otro lado tampoco creo que se deba ignorar ese aspecto polémico escondiéndolo bajo la alfombra, so pretexto de que es una obra tan capital en la historia del cine que uno no debería prestar atención a detallitos sin importancia como su enfoque marcadamente xenófobo. Por ello, he decidido dedicarle dos posts por separado: uno para valorar únicamente los aspectos cinematográficos del film y lo que supuso en la historia del medio, y otro dedicado a su mensaje y toda la polémica que trajo consigo en su época. Ya que, al fin y al cabo, tanto un aspecto como otro van unidos intrínsicamente a todo lo que rodea la película.








