Linger on your pale blue eyes: la problemática de tener ojos azules en la era muda

Siempre se ha dicho lo fotogénico que resulta para un actor tener unos bonitos ojos azules, pero ¿sabían que curiosamente en los inicios de la era muda tener unos ojos como los de Paul Newman eran en realidad un problema que jugaba en contra de los actores? La explicación está en un motivo técnico: por entonces el tipo de película que se utilizaba era ortocromática, que es altamente sensible al color azul y que abarcaban un espectro de luz más limitado. En consecuencia, una persona con ojos azules muy claros aparecía en la película con los ojos prácticamente blancos, dándole una apariencia bastante inquietante.

No se piensen que era una cuestión menor: el cómico Stan Laurel no pudo iniciar su carrera como actor de cine a finales de los años 10 porque las cámaras no captaban sus ojos tan claros, en consecuencia tuvo que conformarse con ser guionista. El mismo problema le sucedió a la cantante de ópera Geraldine Farrar en sus contadas apariciones en el cine por esa misma época, a menudo bajo la dirección de Cecil B. DeMille. Pero el caso de Farrar era diferente al de Stan Laurel: ella era una estrella muy conocida cuya presencia en el reparto de una película supondría todo un aliciente para los espectadores de la época, no se la podía descartar por ese motivo como sí se hizo con un joven Stan Laurel que por entonces no era más que otro buen cómico de vodevil. ¿Qué hacer? He aquí la sencilla solución que se le ocurrió a DeMille: cuando filmaban sus primeros planos mandó a un asistente ponerse junto a la cámara, delante de la actriz, sosteniendo un gran trozo de tela negro. Cuando la actriz miraba la tela sus pupilas se dilataban y la cámara captaba exitosamente sus ojos. ¡Bravo por la ocurrencia!

En cuanto al bueno de Stan, como supondrán también pudo superar el handicap de tener unos ojos tan claros, más concretamente cuando se generalizó el uso de película pancromática en sustitución de la ortocromática. Este tipo de filme era mucho más sensible a los diferentes tonos de color y podían por fin captar el color de esos famosos ojos llorones que tantas alegrías nos darían años después junto a un tal Oliver Hardy. No olvidemos pues lo decisivo que puede ser el desarrollo de la tecnología o pequeños detalles como el color de los ojos en la carrera de un actor.

Hace 100 años: las mejores películas de 1921

Siguiendo con toda una tradición de este rincón silente hemos decidido escoger una vez más para ustedes las mejores películas que cumplen un siglo con una selección de los 20 mejores filmes de 1921. Si han leído las anteriores entregas de este tipo de listados (abajo del todo tienen los links a ediciones pasadas) habrán notado que el número de películas escogidas ha ido aumentando a lo largo de los años. El motivo es que a medida que pasa el tiempo la cantidad de grandes filmes que se producían fue aumentando más y más, y como el propósito de estos listados es no solo ofrecer mi selección sino también reivindicar algunas obras olvidadas, he creído conveniente aumentar la lista a 20.

¿Qué nos ofrecía el universo cinematográfico en 1921? De entrada hay un aspecto cada vez más decisivo: Alemania, que había entrado con fuerza en nuestro top del 1920, se afianza definitivamente como una de las mayores potencias fílmicas del mundo tomando el relevo de los países escandinavos, que si bien aquí aún tienen mucho que ofrecer en unos pocos años pasarían a ocupar un papel más secundario al perder a sus principales exponentes. Aparte de los que hemos seleccionado, tenemos este año más filmes alemanes de interés como Corazones en Lucha de Fritz Lang o Die Geierwally de E.A. Dupont, hoy día un tanto olvidado pero en su momento un exitazo de taquilla que versaba sobre la historia de amor entre una chica de pueblo famosa por haber matado un buitre con sus manos y un muchacho que ha matado un oso… ¡ah, ya no se escriben historias como las de antes!

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La Tierra (La Terre, 1921) de André Antoine

«La tierra, por tanto tiempo cultivada para el señor, bajo el látigo y la desnudez del esclavo, que no conserva nada, ni aún la piel; la tierra fecundada con su trabajo, apasionadamente amada y deseada en aquella intimidad de todos los momentos, como la mujer de otro, a quien se cuida y se abraza y no se la puede poseer, la tierra, al cabo de siglos de concupiscencia lograda al fin conquistada, convertida en propia, en la alegría y la única fuente de su vida. Y este deseo secular, esta posesión sincera aplazada explicaba su amor por su campo, su pasión por la tierra, por la mayor cantidad de tierra posible, del terrón que se toca y se separa con la mano. Y, sin embargo, ¡qué ingrata y qué indiferente era la tierra! Por mucho que se la adorara, ella no se apasionaba ni producía un grano más. Largas lluvias pudrían las semillas, un viento de fuego secaba los tallos, y un mes de sequía enflaquecía las espigas; y además, había los insectos que roen, los fríos que matan, las malas hierbas que quitan jugo al suelo: todo se convertía en razón de ruina; la lucha era diaria, al azar de la ignorancia y en perpetua vigilancia. Ciertamente estaba furioso de ver que el trabajo no bastaba. Se habían secado los músculos de su cuerpo; se había dado todo entero a la tierra, que después de haberlo mal alimentado, le dejaba miserable, avergonzado por su senil impotencia, y pasaba a los brazos de otro macho, sin apiadarse ni aun de sus pobres huesos que esperaba.» (fragmento del libro de Émile Zola)

André Antoine fue uno de los directores de teatro más importantes e innovadores de finales del siglo XIX y principios del XX. Entre sus muchas contribuciones se encuentra especialmente el acercar el teatro al realismo con una escenografía que buscara recrear la realidad de la forma más rigurosa posible (es decir no se conformaba con meros decorados pintados) y exigiendo a los actores que no interpretaran de cara al público sino que exploraran el interior de sus personajes y actuaran como si no hubiera audiencia.

En los años 10, no obstante, un Antoine algo ahogado por las deudas se vio obligado a dar el salto a un medio mucho más rentable como el cine. Y si bien es cierto que por entonces el medio no gozaba todavía de la respetabilidad del mundo del teatro, hay que decir que nuestro protagonista no hizo el cambio de medio a regañadientes y únicamente por intereses económicos, sino que se propuso desde el principio aprovechar sus capacidades expresivas.

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Au Pays Noir (1905) de Ferdinand Zecca y Lucien Nonguet

Aunque no hace ni un mes que ya comentamos aquí una película de Ferdinand Zecca, no me resisto a compartir ésta que acabo de descubrir codirigida por Lucien Nonguet titulada Au Pays Noir (1905) que es una especie de versión de Germinal de Émile Zola, a quien casualmente mencionaremos también en breve.

El filme que nos ocupa es un crudo retrato del arduo trabajo de los mineros que se nota que aspiraba a ser una gran producción de la época: la complejidad de algunos de los decorados demuestra que había mucho trabajo en materia de ambientación (el montacargas por el que descienden en el que además transportan un caballo, la explosión con todo el decorado inundado, etc.) y el impactante clímax con el accidente y su posterior rescate ofrecían suficientes emociones fuertes como para atraer al gran público a ver este corto.

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Películas desaparecidas: La Casa del Horror (London After Midnight, 1927) de Tod Browning


Si hay una película desaparecida de la era muda que está considerada la obra perdida por excelencia es London After Midnight (1927) de Tod Browning. Pocos filmes ya inexistentes han suscitado tantos comentarios y especulaciones como éste, llegando incluso al extremo absurdo de que en páginas que permiten puntuar películas como IMdB tiene más votaciones de usuarios basadas en la reconstrucción de 40 minutos realizada a partir de los pocos fotogramas existentes que otras películas de Browning que sí pueden verse.

Resulta comprensible todo el culto que rodea a este filme porque posee los ingredientes apropiados para ello pero cabe preguntarse, ¿está London After Midnight a la altura de la leyenda que hay a su alrededor o se ha magnificado e idealizado su contenido con el paso del tiempo en base a lo poco que sabemos de ella? El Doctor Caligari, que pudo verla en su momento, espera resolver sus dudas en este post.

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Decasia (2002) de Bill Morrison


¿Alguna vez se han parado a pensar en los cientos de fragmentos de películas mudas de los que nadie se acuerda ya por haber quedado huérfanos y desconocerse su título o autor? ¡Cuántos planos o escenas que nadie quiere molestarse en visionar porque no los podemos ubicar, porque estamos tan obsesionados con catalogar todo y situarlo dentro de la narrativa de una pieza que somos incapaz de disfrutar de un fragmento de película por sí mismo! Por suerte estos clips de cine mudo tienen el consuelo del found footage, películas formadas con fragmentos de otros filmes a modo de collage, de los cuales los más célebres compuestos por obras mudas son Lyrical Nitrate (1991) de Peter Delpeut y Decasia (2002) de Bill Morrison.

Decasia propone recuperar el cine en su concepto original más puro: en su fascinación por la imagen al margen de la narrativa, el hecho de disfrutar del milagro de la imagen en movimiento sin necesidad de una historia que la sostenga. El filme está compuesto por múltiples fragmentos que no están unidos por un nexo lógico sino que más bien funcionan como poesía visual apoyada por la excelente banda sonora de Michael Gordon, sin la cual no podría entenderse la película. Su condición abstracta hace además que detalles que podrían ser considerados como defectos (la mala calidad de algunos de los negativos, que hace que las imágenes se vean borrosas y con manchas) aquí jueguen en su favor, dándole un aspecto aún más irreal.

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Ali Baba y los Cuarenta Ladrones (Ali Baba et les Quarante Voleurs, 1902) de Ferdinand Zecca

Hoy les traemos la primera adaptación cinematográfica que se conoce del famoso relato de Ali Baba y los cuarenta ladrones, realizada por uno de los grandes cineastas de los primeros años del medio, Ferdinand Zecca. Como todas las obras de esa época, el filme se compone de varios retablos/planos generales que todavía le dan una cierta apariencia teatral, pero que en este caso se compensa por el magnífico uso del color mediante el proceso Pathécolor, que es lo que le da vida a la película.

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La Mudanza (Cops, 1922) de Buster Keaton y Edward F. Cline

Aunque a la hora de valorar la carrera de grandes cineastas siempre tendemos a fijarnos en sus largometrajes (que es el formato «estándar» actual de consumo de películas), en el mundo del slapstick es innegable que algunos de los más grandes logros del género se encuentran en el terreno del cortometraje (de hecho en algún caso como Laurel y Hardy creo que ninguno de sus largos está a la altura de sus cortos o mediometrajes). Además resulta especialmente interesante analizar cómo algunos de los cortos de Chaplin, Harold Lloyd o Buster Keaton ya empiezan a anticipar algunas de las ideas que luego explotarían en profundidad en sus largometrajes más célebres, como podemos comprobar en el filme que hemos seleccionado hoy de Keaton, La Mudanza (aunque me gusta más su título original: Cops).

La película se inicia con uno de esos gags de confusión que tanto gustaban en el slapstick y que solo un año después Harold Lloyd retomaría en El Hombre Mosca (Safety Last, 1923): Buster habla con su chica tras unas rejas que les separan… y que luego comprobamos que no corresponden a la cárcel sino a la entrada de la mansión donde vive ella, por tanto lo que les impide estar juntos es su diferencia social; de hecho, ella se niega a aceptarle como pretendiente hasta que no sea un exitoso hombre de negocios. Dicho y hecho, Buster encuentra una cartera con dinero y se dirige a la ciudad para convertirse en un hombre de provecho. Pero las cosas no salen como tenía previsto, ya que un hombre le estafa haciéndole creer que le vende unos muebles que en realidad pertenecían a una familia que se está mudando y, mientras los transporta en un desvencijado carro, irrumpe ruidosamente en un desfile de la policía y acaba siendo perseguido por cientos de agentes de la ley.

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El joven ayudante de dirección de Ben-Hur (1925)

Tal y como les explicamos en su día referente al complejo y costoso rodaje de Ben-Hur (1925) de Fred Niblo, la famosa carrera de cuadrigas fue una de las escenas más difíciles de filmar de la época y para ello se congregó literalmente a miles de extras para que llenaran las gradas. Dado que era imposible que una sola persona pudiera controlar a todos los extras, se hizo un llamamiento masivo para reclutar a los asistentes de dirección que hubiera disponibles en aquel momento. Entre los que acudieron había un joven de 23 años que trabajaba en otro estudio, la Universal, que se llamaba William Wyler.

Wyler era primo de Carl Laemmle, fundador de la Universal, famoso entre otras cosas por su tendencia a contratar a familiares en cualquier puesto disponible. No obstante, Wyler por entonces tampoco gozaba de una posición privilegiada: empezó haciendo trabajos muy pequeños que no se tomaba muy en serio e incluso en una ocasión llegó a ser despedido. Pero en cierto momento se dio cuenta de que le gustaría poder dirigir películas y decidió esforzarse para conseguirlo. No fue en vano, en la época de Ben-Hur ya había sido ascendido a asistente de dirección y ese mismo año dirigiría sus primeras películas (mayormente westerns baratos).

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El Golem (Der Golem, wie er in die Welt kam, 1920) de Paul Wegener y Carl Boese

Una de las películas más importantes que el año pasado cumplió un siglo es El Golem (1920) de Paul Wegener. Eso sumado a la reciente restauración que recientemente salió a la venta nos sirve de excusa perfecta para dedicarle una entrada detallada a la que es una de las obras maestras del cine mudo alemán.

Todo empezó cuando el actor de teatro Paul Wegener estaba filmando en Praga la primera versión cinematográfica de El Estudiante de Praga (1913), codirigida por él y Stellan Rye. En medio del rodaje, Wegener se enteró de una leyenda local judía sobre un rabino que en la Edad Media dio vida a un golem para proteger a los habitantes de su gueto. Fascinado por la historia, Wegener se propuso convertirla en película, y de ahí surgiría El Golem (1915), codirigida por él y Henrik Galeen. Por desgracia dicha versión está perdida, lo cual supone una enorme pérdida porque las escenas que sobreviven resultan muy prometedoras (en su momento ya comenté los pocos fragmentos que pude ver en Le Giornate del Cinema Muto del 2017). Lo interesante de esta versión es que Wegener la situaba en la época contemporánea – el presupuesto no daba para recrearla en la Edad Medieval – pero el director quedó muy poco satisfecho con el resultado. A ésta le seguiría una especie de secuela en clave humorística, El Golem y la Bailarina (Der Golem und die Tänzerin, 1917) también codirigida por Wegener, quien encarnaba a un actor que se disfrazaba de golem para impresionar a una bailarina en un baile de disfraces. De nuevo se trata de una película perdida que, si bien no parece tan prometedora como El Golem (1915), tiene como aliciente tanto sus juegos metacinematográficos (con Wegener encarnando a un actor que ha interpretado a un golem en una película) como la idea de extraer partido humorístico a una figura en principio terrorífica (algo que explotarían más a fondo posteriormente cineastas como Tod Browning o James Whale).

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