When the Clouds Roll By (1919) de Victor Fleming

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Cuando uno ve una película de Douglas Fairbanks es inevitable dejarse contagiar por su visión tan optimista de la vida, hasta el punto de que si uno se ha metido demasiado en el film puede acabar dando saltos por doquier como si eso fuera lo más normal del mundo. Pocos cineastas han conseguido transmitir de forma tan pura un mensaje tan entusiasta y vitalista como Fairbanks (“Doug” para los amigos, es decir, todo el mundo), y no es de extrañar puesto que en la vida real Fairbanks realmente era así; de modo que sus películas son un reflejo exacto de su personalidad amigable y entusiasta (de hecho en su época se llegaron a publicar bajo su nombre algunos libros de autoayuda sobre cómo lograr la felicidad, una prueba de que el público vinculaba a Fairbanks con esa idea).

Aunque Fairbanks nunca dirigía sus películas, sí que era la gran fuerza creadora que las ponía en marcha escogiendo el tema, pensando la forma de desarrollarlo y seleccionando a sus colaboradores, procurando que siempre fueran los mejores en sus respectivos campos. Éstos son solo algunos de los cineastas que trabajaron para él: Victor Fleming, Allan Dwan, Fred Niblo, Mitchell Leisen, Robert Florey, Adolphe Menjou o Donald Crisp. De modo que Fairbanks, al igual que Harold Lloyd, pone en un bonito dilema la tradicional teoría que considera al director como el autor de la película, porque cuando uno repasa su carrera resulta innegable que hay un tema que circula en todas sus obras: ese desbordante optimismo. Y de toda su carrera yo creo que When the Clouds Roll By (1919) no solo es una de sus mejores películas sino la que mejor transmite la esencia de su cine.

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El final alternativo de Atlantis (1913) de August Blom

Atlantis (1913) es una de las grandes obras del cine danés de mediados de los años 10 que ayudó a cimentar su fama internacional. No obstante si hoy rescatamos esta película es para resaltar una curiosidad sobre su final.

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Los Vampiros (Les Vampires, 1915) de Louis Feuillade

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No podíamos dejar pasar este 2015 sin dedicar un post a una de las efemérides más interesantes en lo que concierne al cine mudo: el centenario del inicio del serial Los Vampiros (1915) de Louis Feuillade, que vio la luz el 13 de noviembre del 1915. Así pues, invitándoles a revisionar los 10 capítulos del serial, vamos a hacer un repaso sobre la obra más conocida de Monsieur Feuillade.

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El Guardaespaldas (The High Sign, 1921) de Buster Keaton y Edward F. Cline

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Buster Keaton se inició en el mundo del cine en 1917, trabajando como actor en cortometrajes dirigidos y protagonizados por Roscoe Arbuckle (conocido como «Fatty»), uno de los cómicos más famosos de la época. Inicialmente, Keaton dejó momentáneamente el vodevil por el cine únicamente por motivos económicos, pero de la mano de un maestro como Arbuckle acabó enamorado para siempre de ese nuevo medio. No solo el cine le permitía llegar a más público sino que además multiplicaba las posibilidades creativas, y más en alguien con la inventiva de Keaton. Según explica él en su autobiografía, una de las primeras cosas que hizo cuando empezó a sentir interés auténtico por el medio fue coger una cámara y estamparla contra el suelo, para así investigar cómo era su interior. Alguien tan interesado por la mecánica como Keaton necesitaba literalmente conocer con detalle todo el proceso que permitía la realización de películas.

A medida que quedó cada vez más claro que ese joven cómico tenía un talento innato para el cine, el amable Arbuckle pasó de utilizarle como secundario a cederle el rol de co-protagonista junto a él. Pero era inevitable que tarde o temprano Keaton fuera a probar suerte por su cuenta. Eso sucedió en 1920. Primero protagonizó su primer largometraje, Pasión y Boda de Pamplinas (en el resto del mundo civilizado se conocía como The Saphead), un título menor y poco adecuado para su talento. Lo realmente interesante vino cuando Joseph M. Schenck, el ejecutivo bajo el que Arbuckle estaba en contrato, le ofreció la oportunidad a Keaton de tener su propia unidad de producción en la que podría dirigir y protagonizar sus cortometrajes. Esos primeros films, perdidos durante décadas, son una parte tan imprescindible de su carrera como sus célebres largometrajes.

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La Casa Embrujada (La Maison Ensorcelée, 1908) de Segundo de Chomón

Para adecuarnos un poco a la temática de las fechas en que nos encontramos, el Doctor Caligari les ofrece hoy un ejemplo bastante primitivo de la ya un tanto sobreexplotada temática de terroríficas mansiones encantadas.

El responsable es nuestro viejo conocido Segundo de Chomón, y eso ya saben lo que significa: ¡una saludable dosis de efectos especiales de la época! El argumento no es gran cosa (y en eso me temo que el género apenas ha cambiado): unos viajeros buscan refugio en una casa encantada en la que no paran de suceder hechos inauditos. La aparición de una especie de demonio al principio y, sobre todo, al final sigue resultando algo inquietante y son mis momentos favoritos. Merece destacarse también un largo plano a mitad de metraje en que se ve como todos los objetos adquieren vida y se mueven solos, una reminiscencia de uno de los cortos más célebres de su autor, El Hotel Eléctrico (1905).

Un exponente clarísimo de lo que se conoce como «cine de atracciones», que buscaba más generar impresiones y emociones concretas al espectador antes que narrar una historia.

Le Moulin Maudit (1909) de Alfred Machin

Alfred Machin es uno de esos muchos nombres a rescatar de las primeras décadas del cine que hoy día, gracias a internet, están a nuestro alcance en un par de clics (¿recuerdan por ejemplo un caso similar, el de Franz Hofer que citamos por aquí hace unos meses?).

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Diary of Chuji’s Travels (Chuji Tabinki, 1927) de Ito Daisuke

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En 1959, la emblemática revista de cine Kinema Junpō publicó una lista de las mejores películas de la historia del cine japonés. Curiosamente, el puesto número uno, contrariamente a lo que uno esperaría hoy día, no era para Cuentos de Tokio (1953) ni para ningún otro film de Yasujiro Ozu. Tampoco para una obra de Kurosawa o Mizoguchi. La escogida como mejor película de la historia era una obra muda dividida en tres partes: Diary of Chuji’s Travels (1927) de Ito Daisuke.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (IV)

Cuando llega ese momento en que uno tiene en la cabeza música de piano de películas mudas al pasear por las calles de Pordenone o darse una ducha (¡sí, eso sucede!), en ese preciso instante es cuando uno se da cuenta de que quizá lleva demasiados días viendo films mudos y de que obviamente Le Giornate del Cinema Muto llega a su fin. Otros síntomas indicativos son agujetas en las piernas de tenerlas encajonadas durante horas en las butacas del Teatro Giuseppe Verdi en el caso de que seas un poco patilargo, o que tu cuerpo se haya acostumbrado finalmente a saltarse horarios de comida, resignado ante la evidencia de que uno prefiere no perderse la conferencia sobre cine soviético o la primera película de la tarde antes que sentarse a recuperar fuerzas en un restaurante.

Es una auténtica pena que le Giornate del Cinema Muto llegue a su fin, pero quizá nuestros cuerpos agradecerán que esta genial cita no se prolongue más de una semana.

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (III)

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Cuando uno tiene por delante toda una semana repleta de películas muy interesantes por ver, necesariamente se ha de hacer selección y renunciar a algunas. La norma más lógica es renunciar a las más fáciles de visionar fuera del festival, pero aun así servidor no puede resistir la tentación de saltarse esa regla acudiendo por ejemplo a la proyección de un film tan fácil de conseguir como La Máscara del Zorro (1920) o, el año pasado, El Tesoro de Arne (1919). ¿Por qué? En primer lugar porque en Pordenone la música en vivo que acompaña a las películas suele ser muy buena, que ya es más de lo que podemos decir de algunas ediciones en DVD que circulan por ahí. Y en segundo lugar, en el caso de la película de Stiller, por la experiencia de verla en pantalla grande (aún recuerdo lo mucho que me impresionó), y en el de Fairbanks por ser el tipo de película que se agradece ver rodeado de más gente que comparte el mismo entusiasmo. Quizá este Doctor debería emplear esa hora y media en reposar un poco de tanta película y tomar el aire pero, ¿cómo resistirse a la tentación?

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2015 (II)

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Una de las grandes virtudes del Festival de Cine Mudo de Pordenone para aquellos locos que sentimos una fascinación especial por el cine mudo es que ofrece una programación repleta de títulos fuera de lo común. Este año tenemos por ejemplo un ciclo dedicado a Sinfonías de Ciudades, pero no solo queda fuera la famosa Berlín, Sinfonía de una Ciudad (1927), sino otras sinfonías que sin alcanzar el estatus de esa obra maestra son más o menos conocidas por los seguidores del cine mudo, como Manhatta (1921) de Paul Strand. Lo mismo sucede con el programa dedicado a comedias soviéticas, donde no hay ni rastro del director más recordado del género, Boris Barnet. En otras ocasiones, cuando se programa un film conocido, el aliciente está en la nítida calidad de la copia presentada y en el excelente acompañamiento musical en vivo.

Todo esto queda puesto de manifiesto, como veremos a continuación, desde el primer día del Giornate del festival.

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