Pocos debuts en el campo del largometraje hay más brillantes y vistosos que el de Vsevolod Pudovkin con La Madre (1926), una de las grandes obras maestras de la era muda. Pudovkin llevaba ya unos años trabajando en el mundo del cine como actor, guionista y asistente de dirección colaborando entre otros con el genial teórico y cineasta Lev Kuleshov. A sus órdenes aprendió su concepción del montaje que harían célebres las grandes obras soviéticas de esos años, especialmente las trilogías de Sergei Eisenstein y el propio Pudovkin, que son las que han alcanzado mayor popularidad.
Comparando el cine de Pudovkin y Eisenstein resulta interesante constatar cómo pese a compartir un cuerpo teórico y una temática muy similares, cada uno entendió el cine de una forma diferente, algo palpable si comparamos los debuts de ambos realizadores al largometraje: La Huelga (1925) en el caso de Eisenstein y La Madre (1926) en el de Pudovkin. El primero concibe sus películas como obras en que no hay protagonistas individuales, sino colectivos (el pueblo, el proletariado). En cambio fijémonos en el tema escogido por Pudovkin: una adaptación de la novela de idéntico título escrita por Maxim Gorky sobre la fallida primera revolución de 1905.






