My Brother Is Coming (Jön az öcsém, 1919) de Michael Curtiz

Como ya sabrán, la Meca del cine estuvo desde siempre plagada de emigrantes provenientes de los más diversos países europeos, los cuales traían con ellos un currículum más o menos vistoso de sus aventuras cinematográficas antes de llegar a la Tierra Prometida. Hay multitud de grandes nombres de Hollywood que tienen en sus inicios una carrera hoy día absolutamente desconocida por estar alejada de lo que harían luego, de modo que si uno rescata algunas enciclopedias o biografías puede encontrarse algunas sorpresas.

Vean la que les hemos preparado hoy: Michael Curtiz, director emblema de la Warner Brothers recordado por clásicos como Casablanca (1942) y la serie de films de aventuras que realizó junto a Errol Flynn, no solo nació en Hungría (un dato que quizá ya conocían) sino que empezó ahí su carrera. De hecho entre mediados y finales de los años 10 era uno de los directores de más renombre de la no muy prolífica industria cinematográfica húngara, un país que en la era clásica ha aportado más ilustres emigrantes que películas (el magnate Adolph Zukor, el productor Alexander Korda o el guionista Emeric Pressburger).

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Raskolnikow (1923) de Robert Wiene

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A lo largo de la historia del cine se han realizado varias adaptaciones cinematográficas de la célebre novela Crimen y Castigo de Fyodor Dostoievski, desde la clásica versión hollyoowdiense realizada en 1935 por Josef von Stenberg a la más canónica de origen ruso dirigida por Lev Kulidzhanov en 1970, eso sin olvidar interpretaciones más libres como la de Aki Kaurismäki en 1983.

Una de las que encuentro más interesantes es la que ideó el director de El Gabinete del Doctor Caligari (1920), Robert Wiene, rebautizándola como Raskolnikow (1923), nombre del protagonista. La historia de Dostoievski, sobre un empobrecido estudiante que comete un asesinato y se hunde por los remordimientos y el terror a ser atrapado, se prestaba especialmente para ser realizada bajo una óptica expresionista, y el resultado es ciertamente magnífico.

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Les Timidités de Rigadin (1910) de Georges Monca

Rigadin, el personaje cómico creado por el actor Charles Prince, en su momento fue uno de los más populares del mundo; por detrás, eso sí, de otro francés: el magnífico Max Linder. Ambos tenían en común retratar a personajes de apariencia burguesa que se veían abocados a situaciones absurdas, alejándolos del prototipo de clown de aspecto extravagante.

Son muchos los cortometrajes que Charles Prince filmó encarnando a Rigadin, y hoy les ofrecemos como primera muestra Les Timidités de Rigadin (1910). En esta película encarna a un joven enviado por su tío para darse a conocer a un amigo suyo de la alta sociedad, aunque parte del inconveniente es su enorme timidez… y también de su inocencia (rozando la estupidez, como veremos).

Una vez llega a la casa en cuestión, resulta que la respetable familia ha salido y todos los criados se están divirtiendo haciéndose pasar por ellos. Rigadin cae en la trampa y se deja emborrachar con consecuencias funestas, teniendo como momento cumbre cuando se pone una especie de armadura quijotesca.

Un corto muy simpático que les puede servir como primera muestra de Monsieur Prince.

La Máscara de Hierro (The Iron Mask, 1929) de Allan Dwan

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Cuando Douglas Fairbanks inició la producción de La Máscara de Hierro (1929) ya sabía que ésta sería la última película muda de su carrera. No solo eso, sino que seguramente sospechaba que con el paso al sonoro moriría una forma de hacer cine para siempre y por tanto que este último film sería su particular canto del cisne a una forma de arte. En realidad, La Máscara de Hierro sería también la última gran obra de uno de los cineastas más importantes de la era muda, y aunque luego protagonizó algunas películas sonoras menores, realmente éste film es el epitafio perfecto al cine de Douglas Fairbanks y a lo que significaba para el público.

Al igual que había hecho con uno de sus mayores éxitos, su encarnación de El Zorro (1920), Fairbanks decidió hacer una secuela sobre una de sus más famosos personajes, D’Artagnan, que de hecho era su favorito personal. La idea de que fuera su última película muda no es en absoluto anecdótica, de hecho los que colaboraron en esta obra coinciden en que pocas veces Fairbanks se esforzó tanto en la producción de un film, y que su nivel de perfeccionismo llegó a límites inauditos para la época (la película acabó costando la friolera de un millón de dólares). Para ello se rodeó de un equipo de primera calidad e incluso contrató como asesor a Maurice Leloir, un artista francés experto en la época de Louis XIV que había ilustrado algunos libros de Dumas. Leloir estuvo durante toda la producción y Fairbanks le consultó sobre literalmente cualquier aspecto del film: el vestuario, los decorados, las normas de comportamiento de la época, etc. Su obsesión era que el resultado fuera fidedigno con la época que representaba.

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A Christmas Carol (1910) de J. Searle Dawley

En su afán por llevar a la gran pantalla clásicos populares de la literatura, el estudio de Edison no podía olvidarse del célebre Cuento de Navidad de Charles Dickens. Se le pasó el encargo al eficiente director J. Searle Dawley, que quizá les sea familiar por haber adaptado otra célebre historia muy navideña y el resultado es una de las primeras versiones que se conocen de este relato.

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Tonka of the Gallows (Tonka Sibenice, 1930) de Karl Anton

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Evidentemente a estas alturas el prototípico tema de la prostituta con corazón de oro es algo que tenemos más que visto. No obstante permitan que igualmente llame su atención respecto a esta pequeña joya, un film checo filmado en los últimos años del mudo llamado Tonka of the Gallows (1930).

La protagonista es una joven que regresa a su casa en un pequeño pueblo después de un largo tiempo ausente. Ahí la recibe entusiasmada su madre, que se alegra de que las cosas le vayan tan bien en la ciudad, y su prometido, que le da a entender de forma bastante directa que ya va siendo hora de que se casen. Pero Tonka, pese a la alegría inicial, oculta cierto poso de tristeza y se niega a la petición de matrimonio. El motivo no es difícil de intuir: en la gran ciudad Tonka ha tenido que dedicarse a la prostitución para sobrevivir e, incapaz de seguir engañando a ambos, decide volver allá resignada a ese modo de vida.

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Max, Professeur de Tango (1912) de Max Linder

Siempre es un buen momento para rescatar un film de ese magnífico cómico llamado Max Linder, uno de los más importantes de la era muda admirado por maestros de la talla de Charles Chaplin.

Hoy les proponemos visionar Max, Professeur de Tango (1912), un corto con un argumento bastante sencillo: el bueno de Max se luce en un cabaret berlinés como bailarín de tango y un barón le ofrece su tarjeta para que vaya a su mansión a darle unas lecciones a su familia. Pero el bueno de Max se pasa toda la noche bebiendo con sus amigos y llega a la casa borracho.

No es una de sus películas más vistosas pero merece la pena por ese impagable plano final de la lección de baile, en que toda la familia imita los incoherentes gestos de un Max totalmente ebrio (que, vistos hoy día, no se alejan mucho de las coreografías que uno podría ver en una discoteca actual…).

Nathan el Sabio (Nathan der Weise, 1922) de Manfred Noa

26_0La película que hemos seleccionado hoy, Nathan el Sabio (1922), es la adaptación fílmica de una obra de teatro de mismo título publicada por Gotthold Ephraim Lessing en 1779. Pero pese a su antigüedad, su contenido, una apología a la tolerancia entre diferentes religiones, seguía siendo tan necesario y de actualidad en el momento de su versión fílmica como en el siglo XVIII.

El film se sitúa en Jerusalén en la época de las cruzadas medievales, y tiene como protagonistas a una serie de personas de credo cristiano, judío y musulmán. Un príncipe musulmán que se había convertido al cristianismo para casarse con su mujer amada, se ve envuelto en una cruel batalla con los sarracenos; y antes de que él y su esposa fallezcan, pide a uno de sus sirvientes que salve a sus dos hijos. Finalmente Jerusalén es conquistada por su hermano, el Sultán Saladino, y con el paso de los años los dos hermanos crecen por separado bajo credos diferentes. Él, Assad von Filneck, se ha hecho templario; ella, Recha, ha sido criada bajo el judaísmo por el sabio Nathan, quien la ha adoptado como hija propia. Cuando los templarios son derrotados por los musulmanes, Saladino libera a Assad de la pena de ejecución al darse cuenta de su verdadera identidad, pero no le hace saber que es su sobrino. Por otro lado, Assad y Recha se conocen y se enamoran, mientras en paralelo él empieza a sentir respeto hacia el judaísmo por influencia de Nathan.

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The Hand of the Artist (1906) y Artistic Creation (1901) de Robert W. Paul

En uno de los posts que abrí hace un mes sobre Le Giornate del Cinema Muto 2016 mencioné un maravilloso programa dedicado al pionero británico Robert W. Paul, pero dada la cantidad de películas que vi por entonces no pude dedicarle espacio más allá de un párrafo, y creo que dicho autor se merece un post con más detenimiento.

Paul debe ser recordado como uno de los grandes nombres de la primera década del cine gracias a una serie de cortometrajes que realizó en esos años donde daba rienda suelta a todo tipo de trucajes muy ingeniosos. Históricamente algunos de esos cortos han sido atribuidos a Walter Robert Booth, un artista que aparece en muchos de ellos como protagonista. Probablemente, Booth trajo consigo algunos de sus trucos como mago y Paul utilizó medios cinematográficos para darles forma, en todo caso como la autoría de los films en esos primeros años es muy difícil de dilucidar, sigue siendo un tema algo dudoso.

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Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1912) de Lucius Henderson

El famoso relato de Robert Louis Stevenson publicado en 1886 ciertamente se prestaba tarde o temprano a una versión cinematográfica. Aunque la más famosa de la era muda es la protagonizada por John Barrymore, ya existen otras anteriores como la que rescatamos hoy de 1912.

De entrada, al igual que sucedió con otras adaptaciones de la época como la del primer Frankenstein (1910), el punto de partida no es tanto el relato original como la obra teatral que se hizo del mismo, en este caso adaptada por Thomas Russel Sullivan en 1887, y que gozó de una enorme fama. Eso implicaba por ejemplo que se enfatizaba más el contraste entre Jekyll y Mr. Hyde, haciendo de éste prácticamente una encarnación del mal, y que se desvela desde el principio la transformación de Jekyll y Hyde (algo que de todos modos no tiene sentido dejar como sorpresa final, puesto que el público ya estaba familiarizado con la historia).

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