Filibus (1915) de Mario Roncoroni

filibus 1915

¿No les sucede en ocasiones que lo único que les apetece ver es un film sobre una baronesa que lleva una doble vida como genio criminal disfrazada de hombre y que perpetra nuevos planes a bordo de su zepelín? Si es así, están de enhorabuena, porque Filibus es su película.

La protagonista es la distinguida Baronesa de Croixmonde, que en sus ratos libres se dedica a cometer crímenes bajo la identidad secreta de Filibus. Al saber que la policía está haciendo todos los esfuerzos posibles por atrapar a Filibus, la traviesa Baronesa trama un intrincado plan para incriminar a su némesis, el detective Hardy, haciendo que todas las pruebas incriminatorias apunten hacia él. Para ello se servirá de una tercera identidad, la del Conde de la Brive, que le permite infiltrarse en los ambientes distinguidos en que se mueve el detective y llevar a cabo su estrategia.

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La Sala de Baile (Le Bal, 1983) de Ettore Scola

Le bal-scola

Es cierto que no es lo mismo una película muda que una sin diálogos, pero aun así este Doctor cree que de vez en cuando vale la pena hacer una pequeña excepción y reservar un hueco en este humilde rincón de la red a ciertas obras realizadas en pleno sonoro que, no obstante, han apostado por basarse más en aspectos visuales y no en la palabra escrita u oral. Y así como hace un año les comentamos el interesantísimo ejemplo de El Espía (1952) en esta ocasión les proponemos rescatar una película tan original como La Sala de Baile (1983) de Ettore Scola.

La premisa es la siguiente: situarnos en un mismo escenario (una sala de baile francesa) a lo largo de 50 años. Los personajes y acontecimientos van variando a lo largo del paso del tiempo, no hay protagonistas ni ninguna trama central, simplemente hechos puntuales de esas décadas que sirven para hacer un repaso a la historia de Francia en ese medio siglo. Para acabar de redondear la idea, no hay diálogos como ya dijimos y los diferentes personajes los interpretan el mismo elenco de actores caracterizado según la época que les corresponde.

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La Fée des Grèves (1909) de Louis Feuillade

En ocasiones creo que, aunque el cine amplió y mejoró ostensiblemente a lo largo de la era muda su número de recursos expresivos para llegar a ser la forma de arte que es, muchas obras de los inicios poseen un encanto especial para cierto tipo de historias que no se puede igualar ni con todas las mejores técnicas narrativas del mundo. Y como supondrán, el film que he escogido hoy de Louis Feuillade es un ejemplo de ello.

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Charlot, Faquín (His New Profession, 1914) de Charles Chaplin

En algún momento de su autobiografía, Chaplin comenta que en una ocasión un fan le escribió una carta en que le decía que inicialmente el famoso cineasta era el dueño de su personaje, pero que al final acabó siendo el personaje el que le dominó a él, algo que el propio Chaplin reconoció que era cierto. Vista hoy día en perspectiva esa reflexión cobra aun más sentido si tenemos en cuenta que cuando vemos sus primeras películas lo hacemos con una idea predeterminada: la de Chaplin como el gran cineasta, el que consiguió conjugar dos elementos tan dispares como el slapstick y el melodrama, el que consiguió humanizar  a un personaje cómico como era Charlot. De esta forma, existe la tentación de infravalorar sus primeros films y verlos como un inevitable precio a pagar hasta llegar al Chaplin más aclamado. O, dicho en pocas palabras, el peso que tiene sobre nosotros el Chaplin que pronuncia el discurso de El Gran Dictador (1940) hace que el Chaplin de la Keystone nos parezca poca cosa.

No cometan ese terrible error. Ambos Chaplin tienen su interés y creo que resultan complementarios más que estar uno por encima del otro. Y como ejemplo les traemos hoy Charlot Faquín, una película de su etapa en la Keystone, el primer estudio en que trabajó y donde empezó a dirigir sus films. He escogido a propósito una obra que no es de las más citadas de su época Keystone y cuyo estilo y argumento todavía son más simples para defender al primer Charlot en estado puro.

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Hurra! Einquartierung! (1913) de Franz Hofer

A la hora de hablar de esta etapa de los inicios del cine tan lejana a nosotros en el tiempo hay que evitar la tentación de conformarse con la versión oficial que hemos acarreado a lo largo de las décadas, y ser muy conscientes de que la historia se reescribe continuamente, revalorizando lo que conocemos y sacando a la luz nombres hasta ahora ocultos que quizá merecen nuestra atención.

Tomen como ejemplo el caso de Alemania, uno de los países de mayor renombre en lo que respecta a su legado de cine mudo y que siempre se ha asociado a la etiqueta expresionista y a una serie de nombres concretos. Esto puede llevar a un exceso de simplificación, entender la etapa muda germana como algo que nace y acaba en el expresionismo y que, como mucho, se puede ampliar a otros pocos nombres míticos de los años 20. Pero lo cierto es que el legado anterior a la gran edad de oro del cine alemán sigue siendo virtualmente desconocido y exige una revisión urgente. Uno de los grandes nombres de esa etapa que no ha empezado a salir a la luz en círculos de aficionados al cine silente hasta hace poco es el de Franz Hofer.

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Lejos de ti (Kimi to wakarete, 1933) de Mikio Naruse

apart from you

Cada vez son más numerosos los críticos y cinéfilos que reivindican a Mikio Naruse como el cuarto nombre a añadir en la triada de grandes del cine japonés (ya saben, Akira Kurosawa, Yasujiro Ozu y Kenji Mizoguchi). Y un servidor no ha querido ser menos dedicando una entrada a una de sus primeras películas perteneciente, cómo no, a su etapa muda: Lejos de ti (1933). Su historia se centra en tres personajes: una geisha de avanzada edad, Kikue, su hijo adolescente que se avergüenza de la profesión de ella, Yoshio, y otra geisha más joven que intenta reconciliar al muchacho con su madre, Terugiku.

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Princess Nicotine (1909) de J. Stuart Blackton

Algo que me maravilla de muchos cortometrajes de cine primitivo es lo absolutamente libres e imprevisibles que son. Si a eso le sumamos que a menudo no conocemos datos contextuales de la época que nos ayudarían a entenderlos (por ejemplo, la historia, obra de teatro o canción popular en que estuvieran basados) la confusión es máxima. Desfilan ante nuestros ojos una serie de imágenes filmadas de una forma primitiva sin el lenguaje narrativo al que nosotros estamos acostumbrados y no nos queda otra que dejarnos fascinar por su encanto y, por qué no decirlo, su pureza tan especial.

Todo esto viene a raíz de este cortometraje de nuestro viejo conocido J. Stuart Blackton, que debió sorprender a espectadores de la época por sus efectos especiales (no solo las pequeñas hadas sino los objetos moviéndose de forma bastante conseguida) y que hoy día nos maravilla por lo delirante de su contenido, el cual nos hace sospechar si lo que está fumando el protagonista realmente es tabaco. Disfrútenlo.

Ah, como curiosidad, una de las hadas años después aparecería como protagonista en la mítica Tol’Lable David (1921) de Henry King.

Max Toma un Baño (Max Prend un Bain, 1910) de Lucien Nonguet

Generalmente se suele considerar al francés Max Linder como el primer gran cómico de la historia del cine y, aunque – como siempre – existen algunos precedentes de cómicos anteriores a él que ya tuvieron éxito en la gran pantalla, no creo que sea descabellado otorgar a Linder ese título, tanto por calidad como por popularidad e importancia. El hecho de que cineastas como Chaplin o Mack Sennett le tuvieran como modelo a seguir en sus inicios es solo un ejemplo de su estatus.

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El Mejor Hijo de Thomas Graal (Thomas Graals bästa barn, 1918) de Mauritz Stiller

Thomas Graals bästa barn (1918) Filmografinr 1918/08

El mismo año en que Victor Sjöstrom realizó una de las películas más importantes del cine sueco (Los Proscritos) y uno antes de que Mauritz Stiller dirigiera una de sus mayores obras maestras (El Tesoro de Sir Arne), los dos cineastas colaboraron en un film que seguía unos derroteros distintos, una divertida comedia titulada El Mejor Hijo de Thomas Graal (1918). Quizá a algunos de nuestros lectores les pueda parecer llamativo que dos cineastas que han pasado a la posteridad por dramas tan intensos como los mencionados también realizaran comedias, pero en realidad no tiene nada de raro. El actor y director Victor Sjöstrom era un magnífico intérprete formado en el teatro que aquí nos demuestra que tenía suficiente versatilidad para enfrentarse también a papeles cómicos además de aquellos dramáticos a los que se le suele asociar. Y en cuanto a Stiller, puede que hoy día le recordemos sobre todo por El Tesoro de Sir Arne (1919) y La Saga de Gösta Berling (1924), pero en su época se hizo un nombre también gracias a sus comedias, y de hecho su Erotikon (1920) gozó de un gran éxito internacional. Por tanto, abandonemos la sorpresa inicial y veamos qué nos ofrecen ambos en el film que hemos escogido hoy.

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El Heredero de Can Pruna (L’Hereu de Can Pruna, 1904) de Segundo de Chomón

Muchos de ustedes sin duda asociarán al formidable Segundo de Chomón con sus fantasías llenas de trucajes, pero el documento que este Doctor ha decidido rescatar hoy demuestra cómo en sus inicios el cineasta aragonés también se decantaba por otro tipo de films más sencillos.

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