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Home, Sweet Home pertenece a una etapa decisiva en la carrera de D.W. Griffith, cuando sus films empezaban a tener una complejidad cada vez mayor y, en consecuencia, el formato de duración estándar de la época se le iba quedando corto. En otras palabras, el paso previo al salto definitivo al largometraje con El Nacimiento de una Nación (1915).
En el caso que nos ocupa, la larga duración del film para la época (casi una hora) viene justificada porque en realidad engloba cuatro historias relacionadas entre sí por estar conectadas con la canción «Home Sweet Home».
El Crepúsculo de los Dioses(1950) es una de esas películas que casi no necesitan presentación, una de las más contundentes críticas a la cruel maquinaria de Hollywood mediante la historia de una diva de cine mudo que cayó en el olvido con la llegada del sonoro. El film es sin duda una de las grandes obras maestras del séptimo arte por sus numerosas cualidades cinematográficas, pero uno de sus aspectos más interesantes son las múltiples referencias que sobrevuelan a lo largo de todo el metraje como guiños al espectador. La mayoría son conocidas pero nunca está de más repasarlas.
El cine de Douglas Fairbanks se basa en la premisa de que el espectador disfrutará de sus aventuras casi tanto como su personaje protagonista. Eso es así sobre todo en sus primeros films, donde el actor hace explícita constantemente esa complicidad con el espectador mirando a cámara y guiñándole el ojo – por entonces la mirada a cámara aún estaba en proceso de convertirse en un tabú, por ello en sus posteriores largometrajes acabó desapareciendo del todo.
Ver sus películas hoy en día implica volver a recuperar esa complicidad que Fairbanks pedía al espectador de aquellos años y que hoy día se nos hace extraño que éste nos pida de forma tan directa. Sus películas deben entenderse como un producto de su época, apoyado en unas convenciones que hoy en día ya están algo caducas y con un estilo totalmente naif e inocentón. En esas películas nunca tememos realmente por la vida de Fairbanks, y de hecho él tampoco parece preocuparse de lo que vaya a sucederle, después de todo tanto él como los espectadores sabemos que no le va a pasar nada (de hecho lo que nos resulta chocante hoy día es constatar que él sepa que todo va a acabar saliendo bien). En aquella época Fairbanks era, no lo olvidemos, el héroe más grande del mundo del cine, y por tanto debemos entender que su personaje representa el prototipo heroico de una época: un héroe optimista, imbatible y de sonrisa perenne.
La semana pasada les hablamos brevemente de los intentos por parte de una serie de emprendedores de hacer un cine de calidad hecho por y para afroamericanos. La figura más importante de este movimiento merecía una entrada propia: Oscar Micheaux.
Como es de sobras conocido, la comunidad afroamericana ha tardado muchas décadas en tener una representación justa en el cine, ya que inicialmente los actores negros han estado siempre relegados a papeles secundarios que se basaban en tópicos humorísticos. Por ello les proponemos hacer un pequeño repaso de cómo fueron las primeras apariciones de personajes afroamericanos en el cine así como los primeros intentos (infructuosos mucho me temo, pero dignos de reseñar) de productores y directores afroamericanos por hacer un cine propio.
Si nos remontamos a los inicios del séptimo arte, las primeras representaciones de la comunidad afroamericana en el mundo del cine por desgracia venían heredadas del mundo del vodevil y del minstrel show. Resultaba en cierto modo lógico, ya que el cine de los orígenes tenía como punto de partida el vodevil, pero es una influencia bastante desafortunada teniendo en cuenta que en ese tipo de espectáculos los personajes negros eran siempre tratados mediante estereotipos cómicos: gandules, ignorantes, inocentes, ávidos devoradores de sandías y ladrones de aves de corral. Los primeros cortometrajes que mostraban a personas negras se basaban en esos estereotipos y los potenciaban aún más, como puede verse por ejemplo en estos cortometrajes Watermelon Contest(1900) y Watermelon Eating Contest(1896):
Éste es uno de esos casos de films que me gustan casi más por su explícito título que por el contenido en sí mismo.
The Boys Think They Have One On Foxy Grandpa, But He Fools Them (no me hagan escribirlo otra vez, por favor) se trata de uno de los pocos ejemplos que se conservan de la serie de cortometrajes dedicados al personaje de Foxy Grandpa. Al menos yo sólo he podido encontrar éste y otro que también circula por la red llamado Foxy Grandpa and Polly in a Little Hilarity bastante menos interesante.
Garras Humanases una de las mejores – para muchos cinéfilos directamente la mejor – colaboraciones del tándem Tod Browning-Lon Chaney. Uno de los motivos es, aparte de su indudable calidad, el ser un film que reúne las características definitorias tanto del director como del actor. Al igual que otras obras de Browning, la trama se centra en el mundo del circo y tiene como protagonista a un outsider, un freak, un personaje que escapa de lo normal. Y por supuesto el personaje de Lon Chaney le permite exhibir una de esas interpretaciones que tan bien se le daban de personajes torturados abocados a una situación límite.
Como es bien sabido, el rodaje de Luces de la Ciudad fue uno de los más difíciles de la carrera de Chaplin por diversos motivos: su enfermizo perfeccionismo que le hizo alargarlo hasta prácticamente dos años, la presión de estar haciendo un film mudo durante el sonoro y su difícil relación con la actriz protagonista Virginia Cherrill, que es el caso que nos ocupa hoy.
Cherrill en realidad no tenía ninguna experiencia como actriz. Chaplin la descubrió casualmente una noche que acudió a un combate de boxeo y decidió hacerle una prueba. Al parecer el motivo por el que decidió contratarla tras la prueba era que sabía poner expresión de ciega con toda naturalidad, sin poner los ojos en blanco ni fingir demasiado.
El Demonio y la Carne (1926) fue una de las películas más emblemáticas de la etapa muda de Greta Garbo en que se narraba la tórrida relación entre el oficial británico Leo von Harden y la seductora Felicitas. Uno de los motivos por los que el film fue tan célebre en su momento está en su marcado erotismo, especialmente en las escenas que protagonizaban Garbo y John Gilbert juntos. Solo unos pocos años después sería impensable ver momentos como éstos por culpa del código Hays de censura.
Mi escena favorita de la película tiene lugar en un baile en que la pareja empieza a intimar en el jardín poco después de conocerse. Clarence Brown nos muestra entonces un largo plano muy cerrado de los dos que no es interrumpido por ningún rótulo. Los dos se miran y sus rostros pueden casi tocarse. Ella saca un cigarro y él, lentamente, se lo quita para ponérselo entre sus labios. Por la forma como lo hace se nota que ansía tocar con sus labios ese objeto que ha pasado por los de ella, es un gesto marcadamente erótico. Seguidamente, enciende una cerilla (otro detalle maravilloso es cómo se ilumina entonces los rostros de los personajes con la excusa de la cerilla) y ambos se besan.
Definitivamente una autobiografía de Mack Sennett es un libro que tiene ganado mucho de antemano, ya que se trata de una de esas personas que tenía tanto que contar y que había hecho tantas cosas interesantes que una autobiografía suya difícilmente podría fallar.
Aunque no fue el creador de la comedia fílmica como se ha dicho a menudo, sí que fue el gran propulsor del género creando en 1912 su famoso estudio Keystone, del cual surgieron cientos de comedias que tuvieron un éxito arrollador y que convirtieron el slapstick en uno de los géneros más exitosos del cine mudo. Teniendo en cuenta los talentos que descubrió (Mabel Normand, Chaplin, Roscoe Arbuckle, Harry Langdon, Gloria Swanson) y lo importantísima que fue su aportación a la comedia, su autobiografía promete ser un jugoso caramelo para cualquier cinéfilo.