A mediados de los años 20, la bailarina Leni Riefenstahl se sintió fascinada por el mundo del cine y decidió comenzar una carrera como actriz a las órdenes del director Arnold Fanck, especializado en bergfilm o películas de alpinismo. No obstante Riefenstahl pronto descubriría que trabajar en el mundo del cine no era fácil, y menos en este tipo de obras. Como muestra, les ofrecemos unos fragmentos de la autobiografía de la por entonces futura directora en que narra los numerosos problemas ocurridos durante el rodaje de La Montaña Sagrada (1926), que hicieron que el guión se pudiera acabar de filmar prácticamente de puro milagro:
Léonce Aime les Morilles (1913) de Léonce Perret
Hoy es un buen día para dedicarle un post a Léonce Perret, uno de los primeros grandes directores del cine francés que se mantuvo en activo desde los años 10 hasta los 30. De entrada, debo reconocer que yo solo conozco a fondo su etapa de mediados de los años 10, cuando era el cineasta más importante de Francia solo por detrás de Louis Feuillade. En esos años realizó multitud de cortometrajes protagonizados por él mismo en que además el título solía hacer mención explícita al bueno de Léonce.
Léonce Aime les Morilles (1913) es bastante representativo de este tipo de simpáticas comedias. Aquí nuestro protagonista y su bonita acompañante buscan infructuosamente setas por el bosque pero se les adelanta un inglés. Molestos por haberse quedado sin ese manjar, le gastan una broma que acaba dando pie a la parte más divertida del film, en que el pobre inglés intenta beberse todo lo que se encuentra por el camino. Fíjense en los pocos primeros planos que le dedica en un par de esas situaciones y ese ingenioso plano en que intenta beberse el agua de un lago.
De todos modos le está bien merecido, ¿quién es él para robarle a Léonce Perret sus codiciadas setas?
Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2016 (IV)
Cuando el Festival de Pordenone llega a su fin es bastante habitual que el asistente sufra una especie de jet lag. Tras tantos días dedicando la mayor parte de horas a estar encerrado en un teatro viendo películas mudas llega un punto en que uno se olvida de la realidad a la que luego deberá inevitablemente enfrentarse. El efecto desaparece aproximadamente cuando uno dejar de escuchar música de piano en su cabeza y se vuelve a acostumbrar a ver películas que, oh sorpresa, ¡tienen sonido! Aunque da algo de pena ver cómo el festival llega a su fin, después de todo supongo que tampoco es saludable estarse más de una semana en estas condiciones.
Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2016 (III)
Una de las ventajas del Festival de cine mudo de Pordenone respecto a otros similares (como por ejemplo su competidor más directo, el de Bolonia, al que por otro lado también me encantaría ir), es que todas las películas se proyectan en un mismo sitio, por tanto no hay solapes.
No obstante, eso tiene un inconveniente: como es posible ver todo, el recién llegado al festival seguramente querrá cometer la locura de intentar ver realmente todo. No lo intenten. Al final uno acaba devorando películas por gula incapaz de disfrutarlas a causa del cansancio, a no ser que se ayude de ciertas sustancias poco recomendables.
Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2016 (II)
No hay nada como encontrarse con el mismísimo Douglas Fairbanks dándonos la bienvenida con los brazos abiertos al Teatro Verdi para otra intensa semana dedicada al cine mudo. Durante le Giornate del Cinema Muto, Pordenone vuelve a convertirse durante siete días en un extraño oasis en que los actores han perdido el habla y los cortos de cine primitivo pasan de ser una mera curiosidad a ser joyas aplaudidas efusivamente por un público compuesto sobre todo de archivistas, historiadores y genios del mal.
Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2016 (I)
Una vez más, el Doctor Caligari sigue fiel a la gran cita anual para todos los fanáticos del cine mudo: la Giornate del Cinema Muto de Pordenone, el festival más importante dedicado a la materia, que tiene lugar durante una semana en esta localidad situada en la zona del Friuli-Venecia Julia. Después de las inolvidables experiencias del año pasado y del 2014 este Doctor no quería perderse las novedades del mundo silente (valga la paradoja) que ofrecería el festival este año.
El Milagro de los Lobos (Le Miracle des Loups, 1924) de Raymond Bernard

El joven François Truffaut en su época de virulento crítico de cine tenía un término muy simpático con el que referirse al tipo de cine francés que odiaba: «le cinéma de papa«, que le servía para referirse a las grandes producciones históricas supuestamente de gran calidad que contaban con el beneplácito de la crítica tradicional asentada. Aunque Truffaut usaba ese concepto para designar una serie de films surgidos inmediatamente después de la II Guerra Mundial, el visionado de El Milagro de los Lobos (1924) de Raymond Bernard me trae de nuevo a la mente esa expresión, ya que creo que se adecua perfectamente.
No interpreten esto de entrada como una crítica hacia la calidad del film sino como una forma de contextualizar sus intenciones. La película surgió de una compañía llamada La Société des Films Historiques (el nombre ya da una pista de por dónde van los tiros) que quería reivindicar el glorioso pasado histórico francés con grandes producciones de prestigio. Además, su realizador, Raymond Bernard, dirigiría otra obra que iría por los mismos derroteros, El Jugador de Ajedrez (1927), y en la época del sonoro se enfrentó como quien no quiere la cosa con una de las grandes obra clásicas de la literatura francesa: Los Miserables (1934).
Cerrado por vacaciones
Por mucho que este Doctor disfrute como el que más viendo películas de tiempos pretéritos día y noche, hay ocasiones en que no puede evitar sentirse atraído por las posibilidades que ofrece el mundo real más allá de su habitáculo, algo que sucede con más frecuencia en verano.
Es por eso que durante un par de meses dejaremos en descanso este pequeño espacio mientras el Doctor Caligari se dirige hacia playas solitarias donde puede zambullirse en paz y tranquilidad para luego secarse entregándose a una de sus mayores aficiones: la construcción de castillos de arena.
En Septiembre volverá con ustedes para ofrecerles renovadas dosis de cine mudo, esperamos que no se lo pierdan.
Ringvall på äventyr (1913) de Georg af Klercker
Georg af Klercker es uno de los pioneros más destacados del cine escandinavo al que hace tiempo que quería dedicar una entrada para salirnos de los nombres más típicos del cine sueco (los colosos Victor Sjöstrom y Mauritz Stiller). El film que he escogido, Ringvall på äventyr (1913), no es uno de los más vistosos, pero lo he considerado muy oportuno por la temática que toca.
Su protagonista es Axel, un turista obeso que viaja de vacaciones al campo. Unas campesinas se ríen de su penoso aspecto (no se pierdan el detalle de todos los cachivaches que lleva consigo) y le gastan una broma dejándole perdido en mitad de la montaña – los pueblerinos suecos tienen un sentido del humor un tanto peculiar. Finalmente, nuestro sufrido héroe llega a una pequeña casa de campo donde pide alojamiento y pasa la noche, pero le esperan nuevas sorpresas.
Estamos pues ante una simpática comedia donde destaca especialmente su actor protagonista, Axel Ringvall, y que pone de manifiesto los típicos enfrentamientos campo-ciudad, y la invasión de los cómicos turistas urbanitas incapaces de desenvolverse en un ambiente rural. Pueden verla entera aquí por cortesía de la filmoteca sueca, espero que les sirva de lección para sus vacaciones veraniegas.
Piccadilly (1929) de E.A. Dupont

Pónganse en situación: Londres, años 20. Un club de moda cuya mayor atracción son una pareja de bailarines que actúa cada noche: Mabel y Victor (¿le reconocen? es el actor Cyril Ritchard, que encarnaba al pintor en La Muchacha de Londres de Hitchcock). La película se embriaga del ambiente nocturno, de la animación que se vive en el club, y eso se nota en la dirección tan dinámica y atractiva. Tras la cámara se encuentra el director alemán E.A. Dupont, quien se había hecho un nombre internacionalmente gracias al éxito avasallador de Varieté (1925). Dupont sabía perfectamente lo que el público y la crítica esperaban de él: si el cine alemán se había hecho famoso era por la fama que tenía de ser técnicamente muy superior, de emplear trucos de cámara apabullantes. Por tanto, él ofrece a los espectadores lo que se espera de él, y mientras Mabel y Victor hacen su número, la cámara baila literalmente con ellos, con unos travellings maravillosos que giran por todo el club. ¿No opinan que los travellings resultan doblemente atrayentes en el cine mudo?






