Carl Theodor Dreyer y Maria Falconetti reviviendo el mito de Juana de Arco: La Pasión de Juana de Arco (1928), la génesis de una obra de culto

«No estábamos haciendo un filme. Estábamos viviendo un drama, el de Juana, y fuimos enviados para salvarla«. Ralph Holm (asistente de Dreyer)

La Pasión de Juana de Arco (1928) es sin ningún lugar a dudas una de las obras más míticas de la era muda, uno de esos filmes como Nosferatu (1922) o El Acorazado Potemkin (1925) que se han convertido por sí mismos en iconos del cine de los años 20. No es por tanto tarea fácil desgranar una obra tan legendaria y de la que se ha escrito tanto, pero este Doctor se propone hacerle justicia como Dios manda en un especial dividido en dos partes, la primera de las cuales se centra en su complejo rodaje y todas las desventuras que sufrió el filme una vez finalizado.

El mito alrededor del filme

Hay películas que han pasado a la historia no solo por su calidad, sino también por el halo mítico que las rodea y las leyendas que han generado. Con esto no estoy infravalorando ni mucho menos su valor como películas, sino resaltando que en el imaginario cinéfilo han llegado a ser «algo más» que obras maestras, y que suscitan fascinación no solo por su contenido sino por lo que rodeó al filme en sí. Me refiero por ejemplo a todos los mitos que rodearon a El Gabinete del Doctor Caligari (1920) – que ya traté en este post – o a Nosferatu (1922) – los símbolos ocultos que hay en la película, lo problemático de los derechos del filme y la leyenda alrededor del actor protagonista, que tiempo atrás oí decir en más de una ocasión que era un tipo misterioso e inquietante (¿quizá un vampiro de verdad?) cuando en realidad era un actor teatral.

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Rescatando una obra maestra: el largo y tortuoso proceso de recuperación y restauración de Napoleón (1927) de Abel Gance

Que Napoleón (1927) de Abel Gance es una de las obras cumbre no solo de la era muda sino de la historia del cine creo que es algo que está fuera de toda duda. Pero hoy en lugar de hablar de sus innumerables méritos artísticos el Doctor Caligari ha pensado que sería interesante dedicar un post a todo el caos que rodeó a la película tras su estreno. Y no solo porque resulta algo curioso de leer a nivel anecdótico, sino porque se han montado y estrenado tantas versiones diferentes de esta obra maestra que creo que toda esta información es esencial para apreciar el largo camino que se ha hecho para que hoy día podamos disfrutarla, siendo conscientes de lo que se perdió en las diferentes versiones y de lo que se logró recuperar.

De entrada hay un aspecto esencial para entender todo el caos que rodeó a Napoleón, y es conocer la personalidad de su creador: Abel Gance. Porque si hubo un director ambicioso y megalómano en la historia del cine es él. Gance empezó a hacer cine a mediados de los años 10, cuando se empezaron a descubrir muchos de los recursos de montaje y puesta en escena que permetían a las películas llegar más lejos de lo que nunca se había imaginado. Pónganse en su lugar: en aquellos años el cine era un terreno por explorar, una nueva forma de arte que aún estaba buscándose a sí misma, de modo que un cineasta ambicioso con grandes ideas tenía a su disposición la capacidad de probar cosas nuevas que, si funcionaban, abrirían caminos nuevos al resto. Y Gance fue uno de los grandes pioneros de su momento.

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L’Hirondelle et la Mésange (1920) de André Antoine

No sé cuántas veces he dicho algo similar en este humilde rincón silente, y espero poder decirlo otras muchas más en el futuro, pero es alucinante cómo a estas alturas uno puede seguir descubriendo películas que le obligan a replantearse la versión clásica de la historia del cine. Algún día espero que se le haga justicia a André Antoine, uno de los grandes directores del cine mudo francés que incomprensiblemente permaneció durante años en el olvido y que solo en las últimas décadas empieza a ser reivindicado, pero no mucho más allá de los círculos especializados de seguidores del cine mudo.

Que el neorrealismo italiano no surgió de la nada en los años 40 es algo que creo que a estas alturas está más que demostrado con la constante reivindicación de referentes como la soberbia Toni (1935) de Jean Renoir y algunas obras de los años 30 del infravaloradísimo Alessandro Blasetti. Pero me extraña que se mencionen tan poco los referentes que existen en la era muda, especialmente el caso del cineasta francés André Antoine, quien tiene en su haber películas como La Tierra (1921) o el filme que nos ocupa que presentan varias de las características que se asociaron a ese movimiento… pero 20 años antes.

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Entente Cordiale (1912) de Max Linder

Si alguno de ustedes aún no sabe por qué Max Linder está considerado uno de los grandes cómicos de la era muda, no tiene más que ver este maravilloso corto dirigido y protagonizado por él, Entente Cordiale (1912), en que el bueno de Max hospeda en su casa a un amigo con el que tiene una relación muy cordial, pero la llegada de una nueva criada provocará cierta tensión entre ambos.

Entente Cordiale es una película divertidísima, desde esa escena inicial con el desastroso traslado del piano a los intentos fallidos de seducir a la criada, que acaban provocando que los protagonistas se dediquen de las tareas del hogar en lugar de ella. Linder está espléndido tanto en el humor más físico (sus terribles intentos de limpiar la casa) como en el gestual (las miradas que dedica a cámara dando a entender lo mucho que le ha gustado la criada), y hay muy buena química entre los dos actores principales, destacando especialmente la hilarante escena del duelo.

Para rematarlo, hacia el final hay un breve instante melancólico cuando uno de los dos amigos debe aceptar que el otro se quede a la chica, y Linder consigue por un momento olvidarse del tono de farsa y darle a ese momento la ternura que necesita. Pero entonces, para acabar en una nota alegre, los personajes empiezan a cantar y bailar y, en un brillante gag surrealista, los muebles empiezan también a moverse al ritmo de la música. Un desenlace magnífico que le deja a uno con una sonrisa de oreja a oreja.

¿Les parece esto poco? Pues sepan que además la copia que compartimos es de una calidad excelente. No se lo pierdan.

Hace 100 años: las mejores películas de 1920

Amigos lectores, un año más vuelve el post que todos estaban esperando: el tradicional repaso del Doctor Caligari a los mejores filmes que este año cumplen un siglo o, dicho de otra manera, las mejores 15 películas de 1920 (si quieren consultar los listados de otros años, los tienen abajo del todo). El cambio de década, como ya sabrán, marcaría la entrada a la edad de oro de la era muda. Después de que a finales de los años 10 el cine acabara de consolidarse al encontrar su lenguaje cinematográfico propio, los años 20 supusieron su eclosión definitiva. Lo que hace que el cine de esta década sea tan fascinante es ver cómo tantos grandes cineastas explorarían, cada uno a su manera, las posibilidades de una forma de arte que todavía estaba por ver cuánto daría de sí. Era aún terreno nuevo por explorar.

Así pues uno de los hechos más significativos de este 1920 sería el surgimiento del cine expresionista, al cual le seguirían otras tendencias vanguardistas que iremos viendo en próximos años. Eso conllevó entre otras cosas la entrada con fuerza de Alemania como uno de los países más potentes a nivel cinematográfico del mundo, algo que queda bastante claro en el listado que hemos elaborado. En paralelo, nuestros amigos los suecos seguían ofreciendo algunas de las películas más interesantes del momento, entre las cuales notarán que he omitido un clásico en mayúsculas en mi listado: Erotikon (1920) de Mauritz Stiller, que si bien fue una obra muy exitosa e importante (fue uno de los filmes que empezó a establecer las reglas de las comedias sofisticadas), no se encuentra entre mis favoritas.

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La Légende des Ondines (1911) de Georges Denola

Hoy les proponemos rescatar La Légendes des Ondines (1911), un hermoso cortometraje sobre un príncipe que se enamora perdidamente de una sirena hasta el punto de abandonar a su mujer por ella en el día de su boda. Merece destacarse del corto el uso del color y la belleza de algunos planos, como aquellos en que se ve a la sugerente sirena sobre las rocas, absolutamente inolvidables. Y por supuesto uno no puede dejar de apreciar esa gestualidad típica de la época, como cuando justo después de la boda el rey da a entender con una serie de gestos un tanto exagerados que sigue recordando a su amada sirena.

Le Mystère des Roches de Kador (1912) de Léonce Perret

Si algún lector necesita todavía que le convenzan de que el francés Leonce Perret fue uno de los cineastas clave de los años 10, basta con que le eche un vistazo a la que es una de las obras más importantes de su carrera: Le Mystère des Roches de Kador (1912).

Un hombre acaudalado muere dejando a su hija Suzanne su cuantiosa herencia cuando llegue a la mayoría de edad. Pero en su testamento deja una cláusula según la cual si Suzanne muere o se vuelve mentalmente inestable, será su tutor, el conde Fernand, quien recibirá toda su fortuna. Como supondrán, nada bueno puede salir de todo esto. Fernand, ahogado en deudas, le pide a Suzanne en matrimonio pero ésta le rechaza porque está enamorada del capitán Jean d’Erquy. Desesperado, urde un maquiavélico plan: le hace llegar al capitán una nota haciéndose pasar por Suzanne donde le cita en unas rocas al borde del océano, y minutos antes del supuesto encuentro, va hasta allá con Suzanne, a quien le ha dado un veneno. La joven pierde el conocimiento y Fernand la deja en la orilla confiando que la marea se llevará su cuerpo. Después se oculta entre unas rocas y cuando llega Jean le dispara. Pero su crimen no surtirá efecto, ya que el capitán sobrevive y consigue salvar a la joven, a quien el veneno no ha llegado a matar. Pero una vez ésta se despierta se encuentra amnésica y rozando la locura. Nadie es capaz de desentrañar el misterio de qué ha sucedido y, mientras tanto, Fernand se hace con la herencia.

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Le Voleur Invisible (1909) de Segundo de Chomón y Ferdinand Zecca

No hay nada como una saludable dosis de cine de los orígenes para alegrarle el día a uno, y más cuando su responsable es ni más ni menos que el genial Segundo de Chomón. Ante todo debo reconocer que tengo ciertas dudas sobre su autoría, ya que investigando un poco en algunos sitios se le atribuye la dirección a Ferdinand Zecca siendo Chomón el responsable de los efectos especiales, mientras que en otros se atribuye a Chomón la dirección completa del filme. Yo, para no comprometerme y hacer enfadar a ninguno de estos dos magníficos cineastas, he optado por la opción que han escogido muchos de citar a ambos como directores. Después de todo en el cine de los orígenes el tema de las autorías es sumamente complicado y de hecho ya cité por aquí un caso personal también con Chomón.

En todo caso, sea quien sea el director, no nos queda ninguna duda de que el autor de los efectos especiales de Le Voleur Invisible (1909) es el cineasta de origen aragonés, y son precisamente esos trucajes lo mejor de la película. Tal y como dice el título, un ladrón se hace con una copia de El Hombre Invisible de H.G. Wells y utiliza la fórmula para la invisibilidad que se cita en el libro para cometer sus robos, un pretexto magnífico para los clásicos trucajes de Chomón en que parece que los objetos se mueven solos.

 

Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2019 (III)


Imagen: Valerio Greco

Entrando en el ecuador del festival uno empieza a notar ya cierto agotamiento acumulado y los primeros síntomas de que el cuerpo está implorando a gritos salir de esa sala oscura. Es en este punto del festival cuando más lamento que casi ninguna de las proyecciones que tengo previsto saltarme sean a primera o última hora del día, que son los horarios que a uno le permitirían dormir unas horas más. Pero qué le haremos, este feliz estrés consistente en que uno tiene demasiadas cosas por ver en una semana es una de las características de festivales como Pordenone, donde además si uno se salta ciertas sesiones no tiene la seguridad de que pueda cazar esa película en otra ocasión.

8 de octubre – Travestismo a gogó

Les voy a hacer una pequeña confesión: aunque me gustan las películas de William S. Hart, no estaba seguro de ser tan fan del célebre cowboy como para disfrutar de un programa entero dedicado a él. Pero de momento la cosa está yendo bien en gran parte por dos motivos: porque aunque hay cierto tipo de argumentos o situaciones que suelen repetirse sus películas están siendo medianamente variadas, y porque el ciclo se centra sobre todo en su primera época, que son cortos y mediometrajes que se digieren mejor y permiten observar cómo va dando forma a su estilo. El mejor de esta tanda fue The Sheriff’s Streak of Yellow (1915), en que Hart es un sheriff admirado por todo el pueblo hasta que un día deja escapar expresamente a un criminal, ya que le debía un favor del pasado. Eso provoca que le obliguen a resignar de su puesto, pero al final vuelven a aceptarle cuando impide un robo al banco cometido por la banda de ese mismo forajido. Sin una mujer que le redima aquí tenemos al Hart más duro y viril en esta historia que trata sobre lo cambiante que es la actitud de la gente hacia nuestro héroe (un detalle sutil pero interesante: cuando todos acuden a ver qué ha sucedido en el banco una vez Hart ha matado a toda la banda, éste inicialmente se muestra algo desconfiado hacia los lugareños seguramente por temor a que piensen que él tuvo algo que ver con el robo, pero por suerte no es así).

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2019 (II)

Ah, no hay nada como los primeros días de Pordenone. Todo el mundo está todavía fresco y despejado. Las sesiones de las 9 de la mañana nunca están tan llenas como en estos días y uno aún mantiene el optimismo de ver todas las películas que se había propuesto. En el fondo la experiencia de un festival viene a ser encontrar un equilibrio entre verlo todo y darse las horas adecuadas de reposo. Y nunca parece tan factible y realista el plan semanal que se hace uno como en los primeros días.

5 de octubre – Once hombres y una mujer sin piedad + el anuncio más largo del mundo

Los protagonistas de la primera jornada de Pordenone han sido dos franceses… con permiso, claro está, del señor Charles Chaplin, cuya obra maestra El Chico (The Kid, 1921) ha sido escogida como plato fuerte de la sesión de inauguración del festival acompañada por la Orquesta de San Marco de Pordenone. Pero si me disculpan, dejaremos por una vez a Chaplin de lado (habrá numerosas ocasiones para hablar de El Chico) y pasemos a las otras sesiones del día.

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