Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2017 (II)

29 de septiembre

Este año el Dr. Caligari decidió asistir a la proyección gratuita que sirve como prólogo al festival y que tiene lugar en el Teatro Zancanaro de Sacile, un pueblo (muy bonito por cierto) a solo unos kilómetros de Pordenone. En este caso se trataba ni más ni menos que de una de las obras cumbre del cine silente, El Viento (1928) de Victor Sjöstrom, con una orquesta en vivo interpretando una excelente banda sonora compuesta para la ocasión por Günter A. Buchwald. Para sorpresa de los organizadores, el teatro estaba tan lleno que tuvieron que abrir los palcos superiores (de hecho había gente haciendo cola una hora antes… ¡Sjöstrom arrasando en Sacile!).

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Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone 2017 (I)

Un año más, el Doctor Caligari ha trasladado su cuartel general al pequeño pueblo italiano de Pordenone para acudir al festival de cine mudo más importante a día de hoy: Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone. Es la cuarta vez que este Doctor acude allá para disfrutar de la excelente programación del festival y de la hospitalidad de la organización, que nunca se olvidan de enviar una invitación a Herr Caligari desde aquel año que tardaron un poco más de la cuenta y se despertaron un buen día con una bomba nuclear en el Teatro Verdi. Si quieren conocer los detalles de pasadas ediciones pueden leer los posts correspondientes al 2014, 2015 y 2016, pero pasemos a los detalles sobre este año.

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Robert Flaherty y la fallida filmación de la caza de osos

Estoy seguro de que todos ustedes conocerán el célebre documental Nanook el Esquimal (1922) de Robert Flaherty, considerado el primer gran largometraje del género. Flaherty vivió muchas aventuras durante el rodaje, y como muestra de ello hoy hemos rescatado el fragmento de un artículo suyo de la época, titulado «How I Filmed Nanook of the North» en que habla sobre una fallida expedición para filmar a Nanook cazando osos. Le cedo la palabra a Mr. Flaherty:

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King Vidor, Marion Davies y las tartas de crema

A finales de los años 20, King Vidor había estrenado dos de las grandes obras del cine mudo americano: El Gran Desfile (1925) e Y el Mundo Marcha (1928). Ambos eran dramas que trataban respectivamente sobre la I Guerra Mundial y sobre el fracaso del sueño americano. Como contraste, para su siguiente proyecto Vidor afrontó una comedia ligera que satirizaba sobre Hollywood llamada Espejismos (1928).

Como protagonista contó con la actriz Marion Davies, la amante del magnate de la prensa William Randolph Hearst. Aunque Davies y Vidor tenían muy buena relación, el cineasta tuvo que vérselas con el todopoderoso Hearst para añadir un detalle que a éste le parecía contraproducente para lo que debía ser un proyecto a medida de su amante. Dejemos que Vidor nos lo explique a través de su imprescindible autobiografía Un Árbol Es un Árbol:

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¿De qué hablaban los actores en las películas mudas?

Al ver una película muda, ¿nunca se han preguntado qué estarían diciendo los actores cuando hablaban entre ellos? Obviamente, si uno está metido dentro del film, presupone que dicen lo que señalan los rótulos de diálogo o algo relacionado con la trama, pero en la vida real podían estar diciendo cualquier cosa.

Siempre he pensado que sería sumamente interesante poder escuchar todos los sonidos que tenían lugar mientras se filmaban esas películas mudas, ya que en la era silente los rodajes eran lugares bulliciosos y caóticos. Escucharíamos a directores dando indicaciones a gritos por un megáfono mientras los actores interpretaban sus escenas, seguramente a técnicos montando al lado otro decorado para la escena siguiente y, en el caso de las producciones más cuidadas, músicos interpretando en vivo alguna pieza para dar ambiente. No es de extrañar pues que cineastas como Josef von Sternberg hicieran peticiones como la que vemos en la imagen de arriba para poner un poco de orden en los platós. Pero en todo caso lo sí se puede saber es lo que decían los actores realmente, puesto que una parte del público podía leer sus labios mientras hablaban. Y aunque puede parecer algo anecdótico, en su momento fue algo que en ocasiones provocó polémicas.

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Sinfonías de ciudades

Uno de los géneros más interesantes y enteramente propios de la era muda son las conocidas como sinfonías de ciudades. Bajo este término se designan documentales que retratan el día a día de una ciudad pero no siguiendo la estructura típica de un documental, sino de una forma más abierta o poética. La finalidad no es tanto retratar la ciudad en cuestión como utilizarla para hacer una sinfonía visual, de ahí que sea un género tan prototípico de la era muda muy ligado además al cine absoluto y a su concepción del cine como una forma visual pura, sin argumento.

En las dos últimas ediciones del Festival de Pordenone parte del programa estuvo dedicado a sinfonías de ciudades (pueden ver aquí el índice de mis aventuras en dicho festival el 2015 y el 2016) y creo que este año habrá incluso una tercera parte, lo cual nos demuestra que más allá de los títulos más famosos hay muchas obras por descubrir. Por otro lado, el hecho de que en ambas ediciones fueran de los programas favoritos del público demuestra que las sinfonías de ciudades constituyen un género que sigue siendo de interés hoy día por su estilo tan libre y fresco. Así pues, el Doctor Caligari les propone un acercamiento introductorio a este tipo de cine con una selección de sus quince sinfonías de ciudades favoritas.

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Abel Gance y la triple pantalla de Napoleón (1927)

Es innegable que Monsieur Gance era un tipo megalómano. Muy megalómano. Como prueba de ello tienen el gran proyecto de su vida, una biografía sobre otra figura megalómana, Napoleón, que duraba más de cinco horas; que solo abarcaba hasta cuando el protagonista consigue el mando del ejército porque el director tenía previsto rodar cinco secuelas más y que, además, tenía como título Napoleón vu par Abel Gance (Napoleón visto por Abel Gance)… Después de todo, ¿no era Abel Gance lo suficientemente importante como para ocupar el título de la película junto a ese tal Napoleón?

Como ven, Monsieur Gance iba a por todas, pero lo más interesante es que Napoleón (1927) es una obra que está realmente a la altura de sus ambiciones: un film monumental, cinematográficamente impecable y técnicamente tan apabullante como adelantado a su época. Ya les hablamos hace un año de algunas de las innovaciones que Gance introdujo en mi película favorita de su carrera, La Rueda (1923), pero en esta ocasión nos centraremos en una de las innovaciones más llamativas de Napoleón: la triple pantalla.

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Hace 100 años: 1917 en 10 películas

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Siguiendo con las buenas costumbres, el Dr. Caligari vuelve a su post anual dedicado a rescatar las mejores películas que cumplen 100 años. De modo que les invitamos a viajar al pasado y revivir durante un rato cómo fue el año 1917 a nivel cinematográfico.

1917 está considerado a nivel histórico uno de los años clave en que se consolidó el estilo de lo que conocemos como cine clásico, pero además resulta muy interesante porque, en paralelo a ello, surgieron bastantes novedades interesantes. Por ejemplo, tenemos el primer film en Technicolor (hoy día perdido), The Gulf Between (1917), o el primer largometraje de animación de la historia (también perdido), El Apóstol (1917) del argentino Quirino Cristiani.

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Películas multiversiones: una curiosa alternativa al doblaje

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Uno de los problemas inmediatos que trajo la llegada del sonido a Hollywood fue la exportación de esos films al mercado extranjero. Desde siempre para Estados Unidos fue importantísima la recaudación que tuvieran sus películas en el resto del mundo. En la época muda el intercambio de películas entre países era muy sencillo, bastaba con cambiar los rótulos traducidos al idioma que tocara et voilà. Sin embargo con el sonido se enfrentaban a un problema nuevo: ¿cómo iban los espectadores de otros países a entender las películas inglesas?

La opción de doblarlas no era muy viable por entonces, ya que el equipamiento que había en aquella época todavía era muy primitivo para diseñar un sistema de doblaje en masa. De hecho casi siempre las bandas de sonido incluían diálogos, música y efectos de sonido juntos, y no por separado. Por lo tanto, la solución a la que se recurrió fueron las multiversiones: es decir volver a rodar la misma película en otros idiomas.

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El accidente que casi acaba con la carrera de Harold Lloyd

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El slapstick es un mundo que por su naturaleza es especialmente proclive a dar pie a accidentes tragicómicos, un universo en que un hombre puede morir a causa de las heridas provocadas por una manada de avestruces (y si no, que se lo digan a Billie Ritchie) y una prometedora carrera puede acabar truncada por jugar literalmente con dinamita. Y eso fue lo que le sucedió a Harold Lloyd.

Pongámonos en situación. En 1917 Harold ya se había hecho un nombre como cómico realizando una serie de cortometrajes en que encarnaba a un personaje llamado Lonesome Luke, que era una mala copia de Chaplin. Lloyd, que era un actor ambicioso, se cansó pronto de ser un imitador y decidió transformar su carrera creando un nuevo personaje bautizado simplemente «The Boy», cuyo mayor rasgo característico serían sus gafas. Ni que decir tiene que el estudio quedó horrorizado ante la idea: ¿para qué arriesgarse cambiando si con Lonesome Luke ya les iba bien? Pero Lloyd acabó teniendo razón: los nuevos cortos que realizó a partir de entonces como The Boy gustaron al público y esta vez sin copiar a nadie.

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